Para que comprobéis que la historia de nuestro personaje se prolonga más allá de lo que nadie podría sospechar, copiaré a continuación algo que en el “Siglo de las luces” -segundo libro de los que describen su vida- se dice de su primer paso por Cádiz, lugar que, durante los siglos, visitará en variadas ocasiones.

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Descendimos la última cuesta, yo a la carrera y Juan Everardo voceando por mis urgencias y porque su mula y Candela se negaban a seguirme, y durante horas olvidé su existencia y la de los animales que nos acompañaron. Me interné en aquel mundo poblado y multicolor, y sin prestar atención a nada ni a nadie –y eso que el lugar al que llegué era un abigarrado laberinto de habitantes que me contemplaron pasar con sorpresa–, corrí hasta las pantanosas orillas de las riberas, bajo las murallas de sillares, en donde permanecí larguísimo tiempo recorriéndolas arriba y abajo. Luego deambulé sobre las partes más altas de las mismas murallas y acabé por descubrir los muelles de la bahía, y me quedé tanto tiempo que sólo el hambre y la sed que veinticuatro horas después sentí pudieron distraerme de aquel elemento ingente, aquella brillante superficie sobre la que tantas veces había de navegar en años venideros.
Las olas, por ejemplo, que rompían con estruendo en peñas y malecones y de las que nunca hubiera podido imaginar su forma…, ¿qué decir de ellas?, y los infinitos arenales, las gaviotas que en formidables bandos se desplazaban de lado a lado de las rías y la multitud de embarcaciones de todos los aspectos y tamaños, desde las diminutas lanchas que cruzaban una y otra vez la bahía ocupadas en sus insospechados quehaceres, a las carracas, los bergantines y goletas, las fragatas y los majestuosos galeones que dejaban flamear sus gallardetes… Todo ello me abstrajo de tal manera que no fue sino cuando atardeció al día siguiente, tras sentir en mi conciencia una repentina carga, que busqué y encontré la posada en la que nos hospedábamos, Juan Everardo en una de las habitaciones, y yo, ¡modestos fueron mis principios por esos mundos!, en cierta dependencia aneja a la cuadra y cuyo olor a desinfectante la definía con precisión, y en donde descubrí que la burra, Candela, sostén de nuestras desgracias y que tanto nos había ayudado en nuestra reciente aventura, había desaparecido misteriosamente. Juan Everardo, interrogado por mí a la mañana siguiente, acabó por confesar que se había desecho del animal a causa de su inutilidad.
–¡Juan Evangelista…! ¿Pensaba acaso vuestra merced cruzar el Atlántico sobre sus lomos, cual mitológico personaje que cabalgara sobre el vendaval…? Esa burra era un estorbo para nosotros, y el dinero que por ella me dieron lo he empleado en más provechosos negocios, que en tal devino la cena de anoche, compuesta, en honor de vuestra protegida, por perdices asadas regadas con espesos caldos. Pero, ¡esperad!, que la mitad lo he reservado para vos, puesto que todas las ánimas del Señor precisan de su acompañamiento –y me tendió unas monedas.
Yo no hice ni ademán de ir a cogerlas. Antes bien le miré torcidamente, y tras pensarlo, con el disgusto en la voz y sin mover un solo músculo, dije,
–Su merced, Excelentísimo Señor don Juan Everardo, será un enviado del Papa de los mil anillos, sí, del Protector de la Cristiandad y Matachín de los infieles, pero su codicia no tiene límites, ni su desapego. ¿Cómo, con los servicios y favores que nos prestó la bestia, ha podido su merced llevar a cabo tan grosera transacción?
Aquella parrafada dejó estupefacto a Juan Everardo, quien a partir de entonces empezó a tomarme en consideración y, muy a su pesar, a mirarme con cierto respeto, aunque no perdiera la oportunidad que se le presentaba para hacer alarde de su autoridad y poderes.
–¿Sabéis, don Juan Evangelista, que como predicador no tenéis precio…? Sin embargo, esas alusiones a vuestro Santo Padre… ¡Tened cuidado, don Juan Evangelista, que las paredes oyen y el brazo de la ley es alargado!
Allí quedó la cosa, y mientras Juan Everardo visitaba una y otra vez los figones, barberías y tabernuchos a que tan aficionado era, que antes que inquisidor parecía rufián, yo, rumiando el consiguiente enfado por lo sucedido, desaparecí durante varios días y aproveché para prolongar los paseos y exploraciones y familiarizarme con la nueva y luminosa ciudad. Me harté de respirar el aire marino y vagar sin rumbo por aquellas desconocidas callejuelas atestadas de gentes de todos los colores, índoles y nacionalidades, soldados que recorrían en tumulto las tabernas, paisanos contemplativos, graves y paseantes eclesiásticos, grupos de comadres atareadas y habladoras, y hasta cuadrillas de niños que gritaban y corrían y en una ocasión me apedrearon con escasa puntería antes de salir huyendo.
Una tarde, tras sentir la sed propia de quien camina sin pausa, entré en una tahona en que anunciaban caldos fortificantes, y al tiempo de reponer fuerzas ante una helada sopa de verduras –en la que predominaba mi amado tomate– me fue dado hojear una sobada gaceta llena de exóticas noticias que en su mayoría correspondían a seis y más meses atrás. Las gacetas eran los periódicos de la época y pocas veces se podía conseguir una, por lo que la leí de pe a pa. En ella, entre otros asuntos de mayor relieve, se anunciaban milagrosos remedios contra las tercianas y ungüentos mágicos para la calvicie, se proclamaban bodas de rango celebradas en Sevilla y se hablaba de la próxima reforma de la Academia Española, institución entonces en ciernes. Asimismo se informaba de las dialécticas maniobras de Mayans en pro de los empiristas británicos, conceptos para mí muy confusos, pero cuyo razonamiento venía a concluir diciendo algo como lo que sigue: “Observa el poeta que, según un célebre axioma peripatético, el conocimiento de las cosas nos viene por los sentidos”. ¡En graves cuestiones andaba metida la intelectualidad de la patria!
Después de bostezar, acabar la lectura y dar principio a la digestión de tan saludable bebida, como quiera que empecé a encontrarme incómodo en aquel oscuro antro, y que la a ratos incontinente cháchara de la propietaria no me detuviese, tras hacerle partícipe de mis bendiciones volví a la calle, las siempre luminosas calles de la ciudad que me daba asilo, y no las volví a abandonar, pues durante las restantes jornadas, quizá vivificado por el aire marino que por vez primera respiraba, u ofuscado por calamitosas premoniciones acerca del sinuoso viaje que me aprestaba a hacer, vagué y vagué por muelles y marismas hasta que llegó el día de embarcar.
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Y para quien quiera leer otras páginas de esta misma historia, dispersas aquí y allá en el tiempo, pongo el siguiente enlace: http://juanevangelista.ohlog.com/