Autorretrato de Juan Evangelista

   Como es sabido, Juan Evangelista fue un buen dibujante. Hizo sus pinitos en la pintura mediado el siglo XVIII, con ocasión de su sonado romance con Marián, la soprano sevillana que pasó por Lima como integrante de una compañía musical (aventura narrada en el segundo de sus libros, “Siglo de las luces”), y luego nunca abandonó su afición por los pinceles. Mucho más tarde, hacia 1850, mientras construía el Union Pacific, ferrocarril que había de atravesar las llanuras norteamericanas, inmerso como estuvo en las largas noches de ocio que le deparó la guerra de Nube Roja tuvo ocasión de ejercitarse en tal arte, y de aquella época data el autorretrato que traigo hoy a esta página. A la sazón tenía alrededor de cuarenta años.

Las portadas de los libros de Juan Evangelista

 

Estas son las tapas de los cuatro libros que, a guisa de memorias, Juan Evangelista escribió al final de su vida. En ellos se narran las aventuras que, durante trescientos años, le sucedieron sobre la faz del planeta Tierra.

Sus títulos son los siguientes:

Libro primero: Edad de las tinieblas

Libro segundo: Siglo de las luces

Libro tercero: Era de las máquinas

Libro cuarto: Perpétuum móbile

Publicado en on Domingo, Mayo 25, 2008 at 11:13 am Comentarios (0)
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Juan Evangelista cuenta un detalle desconocido hasta ahora

… un detalle con mucha enjundia, además. Véase.

Una vez, hace más de doscientos años, cuando yo era un joven inexperto, me comisionaron para hacer una de mis fotos, fotos muy peculiares, según se decía en círculos, pero que tenían gran éxito. Se trataba de retratar a la querida del rey, ni más ni menos, que estaba apartada en un convento en espera de la ocasión propicia. Pocos la habían visto, y aquello debía ser llevado a cabo con el mayor sigilo. Hice mis preparativos (las emulsiones, claro es, y ya pueden imaginar ustedes cómo eran las emulsiones del siglo XVIII…) y una buena mañana, escoltado por un edecán, me dirigí a tal lugar. Los escenarios que me propusieron me parecieron a propósito, y tras mucho pensarlo y repetidas mediciones fotométricas elegí la alberca, la alberca del convento. Luego hubimos de esperar a que atardeciera, pues eso de la luz… Al fin apareció ella y pude tomar aquellas fotos, de las que elegí una como definitiva… ¿Le gustaría a usted verla? Pues nada más sencillo: vaya a este enlace .

 

Publicado en on Sábado, Mayo 3, 2008 at 5:19 pm Comentarios (0)
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La ventera de la cueva de Portugal

Pongo hoy una página perteneciente al primer libro (”Edad de las tinieblas“) de los cuatro que Juan Evangelista escribió al final de su vida. En él habla de algo que le sucedió durante los primeros años del siglo XVIII en una venta que había cerca del lugar en que entonces vivía, la sin par cueva de Portugal.

Comer huevos con patatas no es tan fácil, hay que saber hacerlo sin pan. Los huevos con patatas asadas en la brasa…, sí, los huevos con patatas de las tabernas de los caminos que recorren las cercanías del campo de Argañán, llevan pimiento verde y son el complemento perfecto a la mansa tarde, casi al crepúsculo, y al camino de tierra que se pierde en la lejanía. Yo estoy en la puerta del ventorrillo bajo el porche de cañizo, ante una mesa, al otro lado de la frontera, callado y sentado en una silla, y allá, a lo lejos, el sol se hurta tras el horizonte. Sin embargo, cerca, ante mí, hay un humeante plato de loza con huevos y patatas y pimientos asados que la ventera acaba de colocar cuidadosamente. Ahora me trae el pan porque yo se lo he pedido, hoy quiero pan, hoy me apetece, pan negro y blanco, pan de avena y morcajo, y agua, y por el distante camino, más allá de la primera loma, viene un personaje oscuro. Es mi padre, que llega lentamente en un mulo y cansado por mi culpa. Viene solo y triste porque no está mi madre, mi madre se quedó allá atrás, y el niño del bosque también, hace mucho tiempo de esto, y mi padre, el novator, el cuidadoso músico, el titiritero o el buhonero, no lo sé, el fullero o el mago, depende…, llega desde la lejanía envuelto en un capote. Seguramente acaba de desvalijar al siete a algún incauto traficante, ¿quién sabe?, y lo ha hecho en el vecino establecimiento, la venta al otro lado de la raya fronteriza adonde nunca quiere llevarme. No, tú quédate aquí y espérame a que vuelva. El Consejo de Castilla y el Santo Oficio te la tienen jurada, no te olvides de ello. Busca lagartijas para María Asunción, la ventera, nuestra amiga por mor de las circunstancias.

-María Asunción, dime, ¿a ti también te echaron de Castilla?

-No, a mí no. Me fui yo porque me dio la gana, pero este lugar es mejor. El cielo y los caminantes son los mismos pero aquí no nos conoce nadie, ni a ti ni a mí, y los dos tenemos motivos para escondernos. Sin embargo, ¿quién iba a buscarnos en un lugar perdido del Alentejo, tan cerca y tan lejos? Ni aun la Santa Hermandad se atreve a aventurarse por estos pagos dejados de la mano de Dios. Oye, Juan Evangelista, ¿por qué comes tan despacio…? Oye, escúchame, ¿y por qué siempre te lavas?

-María Asunción…, ¿no quieres lagartijas?

-¿Lagartijas…? Sí, pero ahora es tarde y tenemos una comida mejor. Los pimientos asados en las brasas no pueden esperar. ¡Come, Juan Evangelista!

Yo empecé a comer, y mientras lo hacía con cautela y observaba el luminoso atardecer que tanto le gustaba a mi madre, una suerte de agradecimiento hacia quienes me rodeaban me embargó de arriba abajo.

-¡Yo os convidaré a ti y a mi padre a almorzar algún día! ¿Quieres, María Asunción?

-Por supuesto que sí, niño de la cueva, pero ahora…, ¡come y no te preocupes de más!

Cuando llegó el verano y las graníticas peñas que nos aposentaban se llenaron de aquellos pequeños saurios, dediqué una mañana entera a intentar atrapar cuanto animal transitó por las cercanías, y tras haber conseguido llenar un gran zurrón nos dirigimos a la posada. Cuando ella observó el producto de mi cacería, dijo,

-¡Por todos los santos, Juan Evangelista, que despoblarás los contornos de estos animales de Dios!

-No, María Asunción, que las lagartijas se multiplican como los granos de las espigas de nuestros campos. ¡Yo cojo muchas, y todos los años hay más!

-Bueno. ¿Tendremos un perol tan grande en que nos quepan todas?

-Sí, seguro, María Asunción. ¿Te ayudo a pelarlas? -y tras múltiples manipulaciones en que nos acompañaron cebollas y ajos, zanahorias, pimientos y nabos y castañas, productos todos de nuestra huerta, las esencias del aceite y el vino blanco y un enorme caldero de cobre, en la luminosa tarde hicimos una cena con mi caza en cuyo guiso era ella experta, y la comimos con enorme satisfacción y regada de oscuro vino.

Al fin, tras una larga sobremesa iluminada por la luz del ocaso y la de los candiles y hachones de aquella venta, infantilmente sentí saldada una antigua e indefinible deuda con mis antepasados y semejantes.

Publicado en on Lunes, Abril 14, 2008 at 7:07 am Comentarios (0)
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Viaje a Valdepeñas

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Corre el año de 1740… Juan Evangelista, residente a la sazón en el convento de Úbeda al que fue enviado por su protectora, la marquesa de los ojos violetas, es requerido para llevar a cabo una delicada misión… 

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Mil y una tareas hube de desempeñar durante aquellos años, sí, y la menor no fue, sin duda, la de catador de vino, pues por los años pasados en ambientes lujosos era conocedor y experto en tales materias, y como tal reconocido en la comunidad, resultando que el prior me envió, junto a dos de mis cofrades, a la delicada misión de la compra y traslado del vino que durante un año se consumía en nuestra institución.

–Juan Evangelista… ¿Oyó vuestra merced hablar de vinos pobres y vinos ricos, vinos de gran alcurnia y vinos sin bautizar…? –y ante semejantes y tan familiares palabras de nuestro superior, pronunciadas a mis espaldas en la biblioteca, no pude sino volverme y responder,

–Algo conozco de ello, pero no confíe Su Eminencia en mis escasos saberes al respecto.

El padre prior, que me contemplaba con cierta sorna y una no menos cierta indulgencia, dijo,

–Enorme modestia la suya, hermano, pero creo que, como perito en tales materias, es la persona más indicada de la congregación para llevar a cabo esta necesaria tarea.

El viaje hasta la gran llanura en donde se asienta la populosa ciudad de Valdepeñas, que a tal lugar nos dirigimos, lo hice acompañado de otros dos monjes y siguiendo las pautas de mendicidad de los anteriores, y si bien durante el trayecto no sucedió hecho alguno de mención, una vez llegados allí los acontecimientos se precipitaron. Nos dirigimos a la lonja con objeto de tantear el mercado, y a modo de prueba nos dieron tal cantidad de caldo que salimos sumamente reconfortados en la soleada tarde, animosos y con el mayor de los optimismos pintado en la cara, y, habida cuenta del buen cariz que parecía que tomaban los acontecimientos –y de que nadie supervisaba nuestros actos–, nos obsequiamos con la suculenta cena que merecíamos, y lo que comenzó siendo una pequeña rapiña a los haberes comunitarios terminó con su agotamiento.

Ante tal despojo puse al principio el grito en el cielo y me negué en redondo a secundar las ideas de mis compañeros, pero conforme fueron cayendo jarras de vino en el mejor mesón que encontramos en el pueblo, pues debíamos obligatoriamente digerir el enorme asado del que habíamos dado cuenta a modo de cena, aquello empezó a parecerme menos sin sentido, y aunque intenté borrar la sacrílega idea del ánimo de mis interlocutores, mis admoniciones no dieron resultado alguno. El hermano Silesio, con la bolsa en la mano y fuera de mi alcance, tambaleándose entre los soportales de la plaza mayor y desternillándose ante mi escrupulosa expresión, voceaba,

–¡Dios proveerá, hermano, Dios proveerá…! –jocosas expresiones en las que era auxiliado por el hermano Serafín.

–¡Hombre de poca fe!, que no confiáis en la Providencia…

Toda aquella noche la empleamos asistiendo a saraos y celebraciones bodeguiles sin fin, y la rematamos durmiendo entre sábanas de hilo y acompañados de un montón de extrañas mujeres, alguna joven pero en su mayoría maduras, que si bien nos trasladaron efímeramente al Paraíso, también dieron un buen pellizco a nuestros caudales, y llegada la luminosa mañana, una vez almorzados y recompuestos y habiendo hecho ciertas gestiones para encaminar con bien el negocio que hasta allí nos había llevado…, conseguimos producir idéntico resultado al de la tarde anterior. Nos regalamos con una copiosa comida compuesta por todos los alimentos prohibidos, entre ellos deliciosas perdices y enormes y sanguinolentas tajadas, y por la tarde, tras la sobremesa y pese a nuestras intenciones, volvieron a darse los mismos sucesos…, y no diré más.

De tal manera nos comportamos durante una semana, y cuando desmayadamente y apoyados en una tapia observábamos el ocaso del séptimo día, comenzábamos a estar cansados y nuestra bolsa agotada, dimos en discutir violentamente sobre lo acontecido y las consecuencias de nuestros actos, pero habiendo llevado cabo el acto de contrición convinimos en invertir el resto de los haberes en una opípara cena y una no menos reconfortante noche entre las sábanas del parador, y a la mañana siguiente, con las huellas de aquellos días en los andares y el rostro y harto dolor en el corazón, emprendimos el incierto regreso, que además de incierto había de ser azaroso, pues desde el convento, dada nuestra tardanza, habían despachado una comitiva en busca de noticias.

Una mañana, caminando a buen paso e intentando ponernos de acuerdo sobre las explicaciones que íbamos a dar, alcanzamos a ver una caravana de nobles como aquellas de las que antaño había formado parte. Sucedió que al fondo de la inmensa llanura salteada de viñas, desmedrados trigales y también algunos caseríos que se pintaban en el horizonte, comenzó a divisarse una lejana nube de polvo. Una nube de polvo sólo puede ser causada por un gran número de caballos, y como de nuestra mente no se despegaban las pasadas, a más de luctuosas, aventuras, por las que sentíamos gran aflicción y arrepentimiento, prestamos atención a lo que entraba dentro de lo posible que sucediera, así que cuando alcanzamos a divisar las banderolas y pendones que el cortejo llevaba y al punto reconocimos…

Existía en Úbeda una señora de origen noble y acrecentados caudales que siempre se distinguió por su amistad con el prior, interés por los estudios y trato de favor hacia nuestro convento, y si bien tal dama no hizo sino favorecernos con sus donaciones, no podría decirse lo mismo de su consorte, que era de temer, pues el barón, ruidoso y juerguista personaje, y sumamente grosero con los criados y aun los eclesiásticos, era muy aficionado a la caza, el billar –para lo que disponía de una gran sala provista de todos los aditamentos que tal deporte requería– y las más pesadas bromas, que gastaba a quien tuviera a su alcance, incluida su santa mujer. Con razón o sin ella se había erigido en defensor de nuestra institución, y aunque en ocasiones nos había sacado de algún apuro, las más de las veces sus actos no nos habían proporcionado más que disgustos y complicaciones, como las que, desde que vimos los gallardetes, supimos que iba a suceder.

Con la mayor urgencia nos ocultamos entre los árboles y peñas de aquel lugar, pero el hermano Silesio, al que faltaba un pulmón, no pudo hacerlo con la rapidez que el caso hubiera requerido y fue descubierto, reconocido, perseguido y alcanzado por la vanguardia del temible cortejo. La comitiva se detuvo al borde del camino, las puertas de la carroza se abrieron para dejar paso a la sumamente gruesa figura de su dueño, los caballeros descendieron de sus monturas con chulescos y amenazantes ademanes… Qué dijeron no lo sé, pues la distancia era mucha y nosotros nos preocupamos sobre todo de mantenernos a cubierto y tan sólo asomar los ojos entre el follaje para observar lo que ocurriera, pero entre la nube de polvo que los encerraba aún conseguimos atisbar muchos y groseros gritos, al hermano Silesio arrodillado en el polvo, luego azotado entre carcajadas por la fusta de algunos de aquellos gañanes, y obligado al fin a subir a la galera que escoltaba a la carroza…

Por último, entre innumerables órdenes enmascaradas por la distancia y nuevas y densas polvaredas, la caravana dio media vuelta y retomó la dirección que había traído. ¡Allá fue el escuadrón de gente montada y los carruajes que se bamboleaban sin freno por efecto del malísimo camino…!, y al fin todo se perdió en la lontananza entre nubes de polvo y nosotros dos pudimos salir de nuestro escondrijo y sacudirnos las briznas de los hábitos.

–Hermano Juan Evangelista… ¡Ya podemos irnos preparando para el recibimiento que vamos a tener en casa de nuestros mayores! –lo que fue exacto y cabal y sucedió dos días después, pero de ello no añadiré nada pues constituyó uno más de los sucesos que durante aquellos años viví.

Publicado en on Sábado, Marzo 15, 2008 at 7:27 pm Comentarios (0)
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El mensajero de los Dioses

El texto que pego hoy sucede hacia 1760, cuando Juan Evangelista, con aspecto de tener veinte años y en compañía de Mendoza (quien le tenía contratado como secretario), dedicaba sus esfuerzos a efectuar mediciones topográficas en el ingente escenario de los Andes. Procede del segundo libro de la vida del protagonista, libro que lleva por título “Siglo de las luces”.

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Una mañana arribamos a una aldea perdida en la fragosidad de las montañas, y Mendoza, tras hablar con los lugareños, me dijo,

–Prepare usted sus entendederas, sí, y abra bien los ojos y los oídos, que va a observar algo que se presencia escasas veces. ¡Acompáñeme, hombre, póngase en marcha!

Nos sumamos a un grupo de indios, y tras una larga caminata que nos llevó a una enorme hondonada entre picachos, nos escondimos entre las peñas y pasamos la mayor parte del día al acecho.

–¿Al acecho de qué?

–Del mensajero de los Dioses, ya que quiere usted que le destripe el cuento. Pero no atienda a las palabras sino a los acontecimientos. ¡Fíjese…!, ahí viene –y una enorme sombra surgida de los aires nos sobrevoló dirigiéndose hacia el señuelo.

Aquel formidable animal –mensajero de los Dioses– tocó la tierra al lado del cordero despeñado y observó sus alrededores con desconfianza. Luego, cuando parecía ir a hacer ademán de hincar su monstruoso pico en la carne de la presa, los indios salieron de sus escondites y con toda confianza se dirigieron hacia él. El cóndor, que no otro era nuestro botín, intentó de inmediato alzar el vuelo, pero, ¡ay!, las paredes del embudo pedrero a que había sido conducido eran demasiado altas para él, y sus desesperados aleteos no le sirvieron para remontar el vuelo sino tan sólo para desplazarse de un lugar a otro, preso en la encerrona que no había imaginado. Los indios lo persiguieron con risas y cánticos por todo aquel fondo rocoso y se hartaron de tirarle piedras que no consiguieron sino enfurecerlo, pero luego, cuando el animal daba muestras de cansancio, se aproximaron a él y, con un capuz, le taparon la cabeza. A continuación, y usando de una caña hueca, le dieron a probar un licor cuyo nombre desconozco…

Nuestra llegada al pueblo con la enorme ave supuso el comienzo de la fiesta que durante el día siguiente iba a tener lugar y que comenzó con una misa, una misa presidida por el cóndor, al que, convenientemente sujeto, colocaron en sitio preferente, el primero de los bancos, al lado del alcaide y otros notables entre los que nos contamos, pues Mendoza era conocido en aquel lugar. La aldea al completo asistió a la función, función que se alargó durante varias horas, pues al objeto de que el cóndor guardara en su memoria cuanto sucedía, los cantos sagrados y las ceremonias se repitieron hasta la extenuación.

El cóndor, que observaba cuanto se desarrollaba a su alrededor con toda reverencia y expresión de curiosidad, y en ningún momento intentó escaparse, fue llevado al mediodía hasta la gran explanada que hacía las veces de plaza en aquel poblado entre montañas, y tras el banquete que en su honor se sirvió –cuyas mejores tajadas fueron devoradas por él mismo–, conducido en volandas de la multitud hasta lomos de un toro azabache que aguardaba en un cercado. Con las dificultades que son de suponer, pues aunque el toro estaba trabado de pies y manos bufaba furiosamente, fue encaramado encima y convenientemente amarrado, y cuando tras la orden del alcaide el bovino liberado de sus cadenas, pudimos contemplar uno de los más aparatosos espectáculos que nunca me fue dado ver.

¡Sí, era la ceremonia del toro alado! Cabalgando sobre un toro corveteante y agitando con desesperación las alas, pues quería separarse de aquel bruto, el cóndor semejaba algún mitológico y fantástico animal dotado de múltiples miembros, y de verdad parecía que en cualquier momento pudiera emprender el vuelo… La música redobló su velocidad, y todos cuantos allí estábamos nos dimos en seguir el ritmo in crescendo que llevaban los tambores. Ante el parsimonioso fondo de las montañas, el sordo y lento golpeteo que parecía provenir de las entrañas de la quebrada tierra que nos hospedaba fue el perfecto acompañamiento a tanto grito y baile desbocado, rasguear de charangos y pifiar de ruidosas siringas y zampoñas, ruda sinfonía con la que yo también me embriagué.

Al atardecer, tras aquellos momentos de confusión y profuso trance báquico, cuando todos, incluidos el cóndor y el toro, habíamos agotado nuestras fuerzas, cesó la música, y la población al completo, en forma de abigarrada procesión, se encaminó a una de las cercanas cimas que nos rodeaban, una cima que daba sobre un vertical precipicio. El cóndor fue colocado sobre la más alta de las peñas y liberado de sus ataduras, y acto seguido…

–¡Allá va… –dijo Mendoza–, el mensajero de los Dioses!, de vuelta al cielo para narrar a sus dueños cuanto ha sucedido en las últimas horas. Las ceremonias, las comidas y bebidas y los cantos multitudinarios… ¡A reclamar benevolencia a quienes pueden desparramarla a manos llenas y a solicitar un diluvio de días venturosos…! Sí, amigo Salamanca, esta es la forma en que los indios se comunican con los Dioses…, pues, ¿de qué otra forma iban a hacerlo, sino por mediación de un mensajero?

 

Publicado en on Viernes, Febrero 15, 2008 at 8:16 pm Comentarios (0)

Aquí hay tela

Hoy, en vez de hablar de Juan Evangelista, ese personaje que por mor de circunstancias que no sabemos describir, vivió más de trescientos años, podremos contemplar un asunto que también tiene su miga, que no es otro que la renombrada página en la que se explica en qué consiste esto de Camargo Rain & cía., o bien Camargo Rain & asociados, que de muchas formas le dicen.

Puede pìnchar en la imagen y explayarse, y así saldrá de dudas. 

Se trata de la “Música para viajar”.

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Publicado en on Miércoles, Enero 16, 2008 at 9:21 am Comentarios (0)
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Juan Evangelista pasa por Cádiz, libro segundo

Para que comprobéis que la historia de nuestro personaje se prolonga más allá de lo que nadie podría sospechar, copiaré a continuación algo que en el “Siglo de las luces” -segundo libro de los que describen su vida- se dice de su primer paso por Cádiz, lugar que, durante los siglos, visitará en variadas ocasiones.

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Descendimos la última cuesta, yo a la carrera y Juan Everardo voceando por mis urgencias y porque su mula y Candela se negaban a seguirme, y durante horas olvidé su existencia y la de los animales que nos acompañaron. Me interné en aquel mundo poblado y multicolor, y sin prestar atención a nada ni a nadie –y eso que el lugar al que llegué era un abigarrado laberinto de habitantes que me contemplaron pasar con sorpresa–, corrí hasta las pantanosas orillas de las riberas, bajo las murallas de sillares, en donde permanecí larguísimo tiempo recorriéndolas arriba y abajo. Luego deambulé sobre las partes más altas de las mismas murallas y acabé por descubrir los muelles de la bahía, y me quedé tanto tiempo que sólo el hambre y la sed que veinticuatro horas después sentí pudieron distraerme de aquel elemento ingente, aquella brillante superficie sobre la que tantas veces había de navegar en años venideros.

Las olas, por ejemplo, que rompían con estruendo en peñas y malecones y de las que nunca hubiera podido imaginar su forma…, ¿qué decir de ellas?, y los infinitos arenales, las gaviotas que en formidables bandos se desplazaban de lado a lado de las rías y la multitud de embarcaciones de todos los aspectos y tamaños, desde las diminutas lanchas que cruzaban una y otra vez la bahía ocupadas en sus insospechados quehaceres, a las carracas, los bergantines y goletas, las fragatas y los majestuosos galeones que dejaban flamear sus gallardetes… Todo ello me abstrajo de tal manera que no fue sino cuando atardeció al día siguiente, tras sentir en mi conciencia una repentina carga, que busqué y encontré la posada en la que nos hospedábamos, Juan Everardo en una de las habitaciones, y yo, ¡modestos fueron mis principios por esos mundos!, en cierta dependencia aneja a la cuadra y cuyo olor a desinfectante la definía con precisión, y en donde descubrí que la burra, Candela, sostén de nuestras desgracias y que tanto nos había ayudado en nuestra reciente aventura, había desaparecido misteriosamente. Juan Everardo, interrogado por mí a la mañana siguiente, acabó por confesar que se había desecho del animal a causa de su inutilidad.

–¡Juan Evangelista…! ¿Pensaba acaso vuestra merced cruzar el Atlántico sobre sus lomos, cual mitológico personaje que cabalgara sobre el vendaval…? Esa burra era un estorbo para nosotros, y el dinero que por ella me dieron lo he empleado en más provechosos negocios, que en tal devino la cena de anoche, compuesta, en honor de vuestra protegida, por perdices asadas regadas con espesos caldos. Pero, ¡esperad!, que la mitad lo he reservado para vos, puesto que todas las ánimas del Señor precisan de su acompañamiento –y me tendió unas monedas.

Yo no hice ni ademán de ir a cogerlas. Antes bien le miré torcidamente, y tras pensarlo, con el disgusto en la voz y sin mover un solo músculo, dije,

–Su merced, Excelentísimo Señor don Juan Everardo, será un enviado del Papa de los mil anillos, sí, del Protector de la Cristiandad y Matachín de los infieles, pero su codicia no tiene límites, ni su desapego. ¿Cómo, con los servicios y favores que nos prestó la bestia, ha podido su merced llevar a cabo tan grosera transacción?

Aquella parrafada dejó estupefacto a Juan Everardo, quien a partir de entonces empezó a tomarme en consideración y, muy a su pesar, a mirarme con cierto respeto, aunque no perdiera la oportunidad que se le presentaba para hacer alarde de su autoridad y poderes.

–¿Sabéis, don Juan Evangelista, que como predicador no tenéis precio…? Sin embargo, esas alusiones a vuestro Santo Padre… ¡Tened cuidado, don Juan Evangelista, que las paredes oyen y el brazo de la ley es alargado!

Allí quedó la cosa, y mientras Juan Everardo visitaba una y otra vez los figones, barberías y tabernuchos a que tan aficionado era, que antes que inquisidor parecía rufián, yo, rumiando el consiguiente enfado por lo sucedido, desaparecí durante varios días y aproveché para prolongar los paseos y exploraciones y familiarizarme con la nueva y luminosa ciudad. Me harté de respirar el aire marino y vagar sin rumbo por aquellas desconocidas callejuelas atestadas de gentes de todos los colores, índoles y nacionalidades, soldados que recorrían en tumulto las tabernas, paisanos contemplativos, graves y paseantes eclesiásticos, grupos de comadres atareadas y habladoras, y hasta cuadrillas de niños que gritaban y corrían y en una ocasión me apedrearon con escasa puntería antes de salir huyendo.

Una tarde, tras sentir la sed propia de quien camina sin pausa, entré en una tahona en que anunciaban caldos fortificantes, y al tiempo de reponer fuerzas ante una helada sopa de verduras –en la que predominaba mi amado tomate– me fue dado hojear una sobada gaceta llena de exóticas noticias que en su mayoría correspondían a seis y más meses atrás. Las gacetas eran los periódicos de la época y pocas veces se podía conseguir una, por lo que la leí de pe a pa. En ella, entre otros asuntos de mayor relieve, se anunciaban milagrosos remedios contra las tercianas y ungüentos mágicos para la calvicie, se proclamaban bodas de rango celebradas en Sevilla y se hablaba de la próxima reforma de la Academia Española, institución entonces en ciernes. Asimismo se informaba de las dialécticas maniobras de Mayans en pro de los empiristas británicos, conceptos para mí muy confusos, pero cuyo razonamiento venía a concluir diciendo algo como lo que sigue: “Observa el poeta que, según un célebre axioma peripatético, el conocimiento de las cosas nos viene por los sentidos”. ¡En graves cuestiones andaba metida la intelectualidad de la patria!

Después de bostezar, acabar la lectura y dar principio a la digestión de tan saludable bebida, como quiera que empecé a encontrarme incómodo en aquel oscuro antro, y que la a ratos incontinente cháchara de la propietaria no me detuviese, tras hacerle partícipe de mis bendiciones volví a la calle, las siempre luminosas calles de la ciudad que me daba asilo, y no las volví a abandonar, pues durante las restantes jornadas, quizá vivificado por el aire marino que por vez primera respiraba, u ofuscado por calamitosas premoniciones acerca del sinuoso viaje que me aprestaba a hacer, vagué y vagué por muelles y marismas hasta que llegó el día de embarcar.

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Y para quien quiera leer otras páginas de esta misma historia, dispersas aquí y allá en el tiempo, pongo el siguiente enlace: http://juanevangelista.ohlog.com/

Publicado en on Lunes, Diciembre 10, 2007 at 6:54 pm Comentarios (2)
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Libro tercero, página aleatoria

“La verdadera historia de Juan Evangelista” es una larga narración que se compone, por el momento, de tres libros. Traigo hoy a este escaparate (para variar) un trozo del tercero que bien podría llamarse, “En los mares y costas de Insulindia”.

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… entre los soldados y lejos de sus captores, y gracias a ello y a la intervención del capitán, que ordenó enviarlos al barco, no fueron rematados allí mismo, pero otros, aún vivos aunque agonizantes, sufrieron peor suerte.
El capitán y el médico de nuestro barco mantuvieron una breve conversación, y tras ella observé que a los moribundos se les administraba una pócima que les provocaba no pocas convulsiones; luego, escasos segundos después, expiraban.
Yo me adelanté hacia quien se decía doctor, e indignado le tomé por el brazo.
–¿Qué están haciendo ustedes…? ¿Qué es esto? –y el médico, que era un hombretón irlandés, me miró con evidentes malas pulgas y cara de pocos amigos.
–Esto es cianuro potásico –repuso sosegadamente, y añadió–. Ahora, apártese, si no quiere probarlo… –y ante la amenaza y las hoscas miradas de los soldados desistí de mi intento y, con verdadera rabia, ayudé a abrir la fosa en la que fueron arrojados algunos de aquellos cuerpos, que encontraron revuelta sepultura debajo de los árboles.
Algunos de aquellos cuerpos, sí, porque otros fueron llevados hasta el extremo de la playa y quemados entre gran estrépito y aclamaciones, y aun otros amarrados en las más estrambóticas posturas pendientes de los árboles…, y cuando algunos malayos se aprestaban a colgar de los cocoteros los últimos caídos en la batalla, con la ayuda de los soldados que estaban con nosotros quise impedirlo, pero el capitán, que lucía las ropas destrozadas por efecto de la contienda, me impidió de nuevo intervenir. Ante mi más que justificada indignación, dijo,
–Por supuesto que voy a permitir que cuelguen esos cuerpos. Es su costumbre y no hacen mal a nadie…, puesto que están muertos. Hoy ha sido un día muy agitado y no quiero más problemas, y menos con gentes de nuestro propio bando. Al contrario, debería dar usted gracias a Dios por estar vivo, pues sepa que yo he estado en refriegas de las que libramos con bien por pura casualidad.
Luego me contempló con cachaza y añadió,
–¡Vaya, vaya allí y diviértase…!, que correrá el alcohol en abundancia. ¡Una victoria es siempre una victoria!, y todos hemos contribuido a ella.
… y a pesar de mi repugnancia, en compañía de algunos de nuestros hombres, que no mostraban tantos escrúpulos como quien les habla, me acerqué hasta las grandes hogueras que en el otro extremo de la playa habían encendido los naturales del lugar y nos unimos a su desbordada alegría, que fue subrayada por ininteligibles y guturales gritos y sones de tambor malayo.
Cada pueblo tiene sus músicas, y la música de los mercenarios malayos, ¿saben ustedes cuál es? Pues yo se lo diré: es la de las esquilas que colocan en el cuello de los ahorcados en los cocoteros de sus playas. Cuando los ahorcados son cuarenta o más, el concierto es polifónico, y en ocasiones, tocadas por el viento, he creído oír melodías que me resultaban familiares…
Los aborígenes malayos de taparrabos y mirada oscura colocaban esquilas y cencerros y cascabeles en el cuello a los que iban a ahorcar, y a veces también en los pies, y cuando el cocotero, tras ser cortada de un hachazo la cuerda que lo sujetaba, recuperaba su forma, merced al viento el cuerpo se balanceaba sin fin produciendo la consiguiente sinfonía…

Sin embargo, lo que digo resulta excesivamente prolijo y confuso, en ocasiones espeluznante, y ustedes me agradecerán sin duda que se lo ahorre, lo que haré con gusto.
Tan sólo, como final de esta historia de matuteros sucedida en aguas del océano Índico cercanas al estrecho de la Sonda, contaré que, algún tiempo después, quizá un año …

Edad de las tinieblas, 3

Mis peculiaridades eran metabólicas, pero este es un término moderno que entonces no tenía ningún significado. Digamos mejor que se atribuyeron a razones que correspondían al dominio de la cábala y al enorme e irreconocible reino de las conjeturas, reino confuso donde los haya. Mis peculiaridades, pese a ser de orden puramente físico, fueron tomadas como manifestaciones de reglas superiores, de principios ocultos, e inevitablemente tratadas como si en ellas participara el Maligno, personaje que, se suponía, intervenía en nuestras vidas diarias. Mis peculiaridades dieron pábulo a profusión de aguas benditas y sahumerios en los que intervenían las jaras, sí, pero también el incienso, la canela, el romero y la salvia, los pretendidamente quiméricos repiques de las campanas y la casi constante presencia de personajes superiores, de los que mediante profundos rezos y letanías se esperaba un prodigio que nunca llegó, porque yo tardé muchísimo en despertar de aquel sueño florido, aquel sueño luminoso y sonoro, esto es curioso, la sensación del chorro de leche deslizándose por tu garganta puede inducir pensamientos sabios o sensaciones pavorosas, transportarte al deseado edén de los hambrientos o provocarte un asco sin igual, un juego de luces y sombras en el diminuto cerebro de un recién nacido que no comprende nada, todo lo ase como puede, lo manipula, lo prueba y analiza, lo rechaza o acepta…, aunque luego lo escupe, de sí lo arroja horrorizado debido a su consistencia o a la de las partículas que lo componen, y esto semana tras semana y mes tras mes ante el asombro e impaciencia de quienes se afanan en que continúe cumpliendo días terrestres, vueltas y más vueltas de los cielos y sus astros sobre nuestras cabezas, que era lo que se pensaba entonces aunque hoy se diga lo contrario. Sin embargo, no quiero seguir hablando de ello y será mejor que volvamos a las vaporosas sensaciones de antaño, el humo, sí, el invisible humo y el vaho, el vaho de la jara de la Sierra de la Peña de Francia quemándose en braseros y procurando en mi retina de niño confundido visiones de la más inmediata realidad.

¿Se puede tocar el rumor de las manos campaneras que te abrazan? Enorme cuestión. Las campanas están lejos, en la torre de la Catedral, y las manos que te miran están cerca, muy cerca… ¿Y se pueden tomar con los dedos las luces que emiten los braseros y no están allí para iluminar sino con el único objeto de dejar flotando en el aire un magnífico sonido, el sonido de la ardiente jara de la principal sierra de mi comarca? ¿Se puede, además, oler la luz de las estrellas, esos seres lejanos aunque bienintencionados, o escuchar las emanaciones que parten del fogón, se deslizan silenciosa y cautamente por pasillos y escaleras, luego se cuelan por las rendijas de las puertas y tenuemente me alcanzan en mi cuna de madera noble, en donde permanezco despierto y atento, con los ojos como platos y la boca ávida? ¡Amado fulgor de los estofados y sin par sonido de los maravillosos caldos de verduras de las huertas de mi niñez, qué lejos estáis en el espacio y en el tiempo…!

Podría continuar con esta retahíla desaforada, producto de los eléctricos y tempranos procesos cerebrales, pero, en fin, dejémoslo por ahora, y para concluir esta liviana y poco menos que amable relación que antecede –si exceptuamos mis comentarios sobre la leche materna–, voy a añadir un dato tangible, algo a lo que ninguno de ustedes sería capaz de llegar por sí mismo.

¿Saben cómo he averiguado el año de mi nacimiento, y por qué afirmo tan rotundamente que yo nací el año que dije, 1680, y no cualquier otro de aquella época? Muy sencillo: porque el año en que nací, una nueva luz, un vistoso cometa, una de esas bolas de sucia nieve que de azarosa forma circundan el Astro Rey, surcó la Bóveda Celeste y dejó a la Humanidad, tan melindrosa siempre ante lo inexplicable, perpleja, atónita y espantada. Mis padres, en una ocasión y creo que pesarosamente, se dijeron entre sí, hijo del cometa…, ¡fruto del cometa caudato!, y lo repitieron varias veces con desconcierto y turbación. Yo estaba en mi lecho, en el cuarto contiguo, y aunque aquellas palabras no fueron dichas en voz alta, sí fueron pronunciadas con un énfasis tan especial que a mí, pese a lo pequeño que era –pues quizá sólo tuviera un año de mi particular forma de medir el tiempo–, se me quedaron grabadas ab eternum. ¡Hijo del cometa, del cometa barbato!

El cometa que atemorizó a las personas, y a mí me marcó para siempre, fue el Gran Cometa de 1680, célebre en su momento –y en las crónicas posteriores– por su maligno aspecto y enorme tamaño, pues, según he podido leer recientemente –cuando me llegó la edad de las investigaciones–, durante semanas abarcó la mitad de la bóveda celeste, engullendo por tanto las familiares constelaciones nocturnas que muchos creyeron desaparecidas para siempre, tempus terríbilis…, aunque quizá esté equivocado y el año exacto no sea el que dije sino el de 1682, pues en aquél, y según las antiguas crónicas a que aludí, se observó con idéntico sentimiento el paso del Halley –aunque este cuerpo entonces no se llamara así–, periódico objeto que cada setenta y seis años repite su travesura y en la ocasión que narro se zambulló en el interior del Sistema Solar despertando una vez más el asombro y los temores. Sí, yo lo conozco bien, lo he visto varias veces, hasta cuatro, la última hace pocos años, que es algo que ninguna otra persona de este planeta puede decir, al menos que yo sepa.

Sea como fuere me siento autorizado a afirmar que una de las fechas que menciono fuera en verdad la de mi nacimiento, puesto que al cabo de algunos años entramos de lleno en lo que llegó a llamarse el Siglo de las Luces, o El Gran Siglo, que no es otro que el XVIII. ¿Y qué decir de los acontecimientos históricos? La llegada de los Borbones al trono español coincidió con ello, y aún recuerdo las admoniciones de mi señora, la marquesa de la Vega Grande –de la que hablaremos en su momento–, haciendo sarcásticas y continuas referencias al Rey Burócrata…

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Publicado en on Sábado, Noviembre 10, 2007 at 1:03 pm Comentarios (0)