Sobre este personaje de ficción que se llama Juan Evangelista

Este Juan Evangelista del que se habla en el presente blog es un personaje ficticio. Por supuesto, no tiene nada que ver con San Juan el Evangelista, y lo digo porque más de un mensaje me ha llegado de alguien que los confundía (alguien a quien, según decía, no le cuadraban los datos).
Mi Juan Evangelista se llama así, de nombre de pila, porque de esta manera lo quisieron sus padres cuando nació, allá por los finales del siglo XVII y en la Ciudad Rodrigo de entonces. Luego sucedió que en realidad se reveló como un monstruo, pero no en el mal sentido, sino en el bueno, pues debido a peculiaridades de su metabolismo que muy por encima intentan detallarse en el texto, dado que de esto sabemos muy poco, durante toda su vida creció a un ritmo cuatro veces menor al que es común a las personas, lo que le llevó a perdurar durante más de trescientos de nuestros años…, y a mí me dio pie para narrar sus sin fin aventuras, que tres siglos, el XVIII, el XIX y el XX y sus infinitos sucesos, dan para mucho. A este ilustrado personaje lo he paseado por la haz casi entera del planeta, y el recuento de sus hazañas me ha ocupado durante más de cuatro años. Nunca he escrito una historia tan larga (cuatro libros, 1200 páginas), y espero no tener que volver a hacerlo.
Todo ello es una pura fantasía, claro, como todas las novelas, porque quien se dirige a ustedes encuentra sumo placer en imaginar sucesos que nunca tuvieron lugar y emborronar cuartillas (aunque hoy semejante tarea se lleve a cabo con ventaja en esa máquina poderosa que ahorra tantísimo tiempo y se llama ordenador), y a todo ello fui ayudado (lo digo sin el menor empacho) por los efectos de la cerveza y la sin par música de don Juan Sebastián Bach y los músicos del barroco en general, cuyas diabluras y melodías han inspirado buena parte de lo que puede leerse en la multitud de páginas que la naturaleza me ha llevado a inventar.
Pues bien, como este preámbulo podría alargarse hasta el infinito, dejo que sean mis lectores, o quienes de ellos estén interesados, los que descubran lo que hay debajo de estas líneas, y para ello nada mejor que unas cuantas direcciones de internet, en donde pueden encontrarse cosas que yo no haría sino reiterar. Helas aquí:

Los libros de Juan Evangelista

https://sites.google.com/site/librosparaviajar/

http://camargorainlibros.wordpress.com/

Published in: on Viernes, abril 20, 2012 at 7:42 pm  Dejar un comentario  
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Vacaciones de Semana Santa

Esta es la historia de Pipo y Azucena, dos hermanos de trece y catorce años que, conducidos por la mulata Patricia, una chica jamaicana guapísima a la que tienen de institutriz, hacen un viaje por Castilla la vieja aprovechando las vacaciones de Semana Santa.
Pertenece a una de mis novelas, la que lleva por nombre «Las estaciones», y, dadas las fechas, me ha parecido apropiado para meterlo aquí.
Si se mira bien, resulta que este fragmento también podría ser una glosa de las excelencias de la región aludida, o una página de la mejor publicidad sobre ella, tales son las cosas que se dicen.

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Vacaciones de Semana Santa

A los pocos días nos dieron las vacaciones de Semana Santa, pero antes nos dieron las notas, y como a Azucena le suspendieron no sé cuántas, mamá le dijo que de irse con Rosana y sus padres a la costa, nada, que mi hermana ya se las prometía muy felices y se quedó bastante triste, y entonces, al día siguiente, Patricia dijo que ya estaba bien de desgracias y de malas caras y de jugar con el ordenador –sobre todo a aquello de Némesis del Espacio Profundo, aunque seguía sin poder dejar a mi gusto a la mulata que allí salía y mucho menos ganar, que era lo bueno y cuando podías desvestir a la que habías elegido–, que me iba a quedar tonto y lo que teníamos que hacer era irnos a algún lado, a la playa o a cualquier otro sitio que estuviera lejos de casa, que andando por esos caminos se aprenden muchas cosas que vosotros no sabéis, así dijo, y ya que estás ahí, ante esa máquina, busca algún sitio al que podamos ir, y estuvimos mirando en internet y encontramos muchísimos, todos con fotos, y entre ellos uno que se llamaba El Confital, Azucena decía la confitería, la Casa de los Coroneles, una casa que, según Patricia, era como alguna de su pueblo, allá en Jamaica, en el Caribe.
–¿A que no sabes lo que es el Caribe?
–¡Hombre, no…! Un mar. El mar de tu tierra.
–Muy bien, Pipo, muy bien… Bueno, y ahora, ¿a que no sabes lo que es la ruta del románico?
–¿Del qué?
–¡Ah! ¿Ni siquiera sabes lo que es el románico?
–No. ¿Qué es?
–Pipo, no me extraña que te suspendan… Es un estilo arquitectónico del siglo XII.
–¿Y qué?
–Nada. A ver, busca la ruta del románico.
… y yo lo busqué y encontramos muchas cosas que a Patricia le interesaron, incluso montones de fotos con el cielo muy azul, y entonces ella se puso de acuerdo con mamá y al día siguiente por la mañana nos montamos en el coche los tres y nos fuimos de viaje, aunque no a la playa sino a aquello de la ruta del románico que yo no sabía lo que era, a Castilla la Vieja, que es muy grande y muy ancha y hay muchísimos sitios bonitos para ver. ¿Tú crees…?, le dijo Azucena, que no quería ir y separada de su amiga Rosana estaba bastante enfurruñada, y Patricia le contestó, pues claro, mujer, ya verás qué cantidad de pueblos y sitios nuevos vamos a encontrar, y Azucena dijo, ¡jo, pues vaya rollazo!, y Patricia, que no quería discutir, dijo, bueno, bueno, ya veremos, y como mi hermana llenó una maleta de ropa, Patricia le dijo que ni hablar, ¿quieres ir cargando con todo eso por el campo…?, porque nos vamos al campo, ¿eh?, y allí no te va a ver nadie; no, déjalo todo ahí, ponte unos zapatos buenos y unos vaqueros, coge unas camisetas y andando, y entonces Azucena dijo, ¡sí, anda, todos los días con lo mismo!, pero Patricia la convenció, y durante aquellos días, que no fueron muchos, sólo cinco o seis, Azucena fue vestida igual, que era raro, pero aquella vez lo hizo, y como de todas formas los vaqueros eran apretados y un poco cortos, o sea, que se le veían los calcetines y un trozo de pierna y le quedaban bien, estuvo todo el tiempo mirándose en los escaparates y en los cristales de los coches que estaban aparcados y casi no protestó. Luego resultó que lo que más le gustaba era un jersey de Patricia que le quedaba bastante grande, le sobraba por todas partes, sobre todo de largo y por las mangas, pero dijo que era lo que más le gustaba y que no se lo iba a quitar, y luego le preguntó que si se lo regalaba y Patricia se quedó sorprendida, ¿lo quieres?, pues para ti, mujer, ¡ay, sí, sí, gracias…!, ya verás, no me lo voy a quitar en todo el camino, ¡jo, es que es más guay…!, y no hacía más que mirarse en el espejo de la habitación y darse vueltas.
Patricia quería conocer Castilla porque decía que era el sitio en donde se había desarrollado buena parte de la historia de nuestro país, ese país tan grande y complicado que se llama España, la historia que ella estaba estudiando, que le interesaba mucho, y allá fuimos, pero a Patricia no le gustaban las ciudades, que decía que nunca sabía qué hacer en ellas con aquel coche tan grande y que dejándolo por ahí nos iban a romper un cristal y a robar todo lo que llevábamos, que en realidad no era casi nada, y con aquello resultó que a ciudades fuimos a pocas y estuvimos todo el tiempo de pueblo en pueblo. Llegábamos a uno, dejábamos el coche en una calle y nos íbamos a andar por él y a buscar el barrio antiguo y la plaza, y si es mayor, mejor, porque en todos estos sitios hay plaza mayor; fijaos, ayer estuvimos en dos en los que había plaza mayor, hasta una llena de soportales de piedra y con una iglesia muy antigua en un extremo, y hoy vamos a ver otras, ¿no?
En el coche había un mapa y Patricia fue todo el tiempo mirándolo, dando vueltas y diciendo, y ahora vamos a ir a Madrigal, y ahora a Peñaranda, y ahora a no sé dónde, y luego decía otros nombres y fuimos a todos, desde luego hicimos muchísimos kilómetros en aquellos días y vimos varias procesiones de las que hay en Semana Santa, la primera de casualidad porque la encontramos al llegar a uno de los pueblos, un sitio en el que no dejaban pasar a los coches y nos tuvieron bastante rato parados, y luego, buscándolas y preguntando en dónde había las más raras, nos encaminaron a un lugar que estaba por allí cerca y en el que la procesión era en las afueras, en mitad del campo, y además había que levantarse muy temprano, cuando amanecía o antes, y resultó que en aquel pueblo no había ningún hotel ni nada que se le pareciera, pero una señora de un bar nos dijo que si queríamos podíamos dormir en su casa, que tenía un cuarto con tres camas y que si aquello nos convenía que fuéramos, ustedes verán, y Patricia nos dijo, qué, ¿os atrevéis a dormir en una casa de un pueblo de verdad?, y Azucena le contestó, sí, ¿por qué no?, pero cuando entramos lo entendimos porque la casa era viejísima y todos los suelos rechinaban como si se fueran a hundir y tragarnos para siempre. La señora nos llevó a la habitación, que era enorme y muy baja, encendió la luz, una luz que colgaba del techo, y dijo, aquí es, ¿les gusta?, y aunque el sitio era bastante raro nosotros dijimos que sí, que claro, y nos fuimos a pasear por el pueblo, en donde cenamos.
Luego, cuando volvimos, a Azucena y a mí nos extrañó todo, los muebles, los cuadros llenos de polvo, las mantas de las camas, que eran como antiguas, y hasta las mismas camas, que estaban muy frías, y cuando hubimos revisado los objetos que contenía aquella gran habitación, Patricia dijo, niños, cada uno a su cama, y entonces Azucena casi chilló, ¡ah, no, que yo no me desvisto delante de ése!, y Patricia apagó la luz y dijo, venga, que ahora no te ve, y riéndose añadió, ¡venga, niña, que enciendo…!, y se oyó a Azucena desvestirse a toda velocidad y gritar, ¡ayyy…!, ¡oye, no, espera, espera…!, y luego dijo, ¡ya!, y cuando Patricia encendió la luz ella estaba tapada hasta el cuello y yo en mi cama. Entonces Patricia nos dijo, esto sí que es raro, ¿verdad? Fijaos, estamos en medio de Castilla la Vieja, en un pueblo perdido que casi no tiene luz, porque la han debido de poner hace poco, ni carretera ni nada…, ¡oye, carretera sí tiene!, que nosotros hemos venido por ella, bueno, sí, pero no es una carretera importante sino sólo una carretera que viene a este pueblo, o sea que por aquí no pasa nadie y no hay turistas ni nada de eso, sólo los de aquí y los de los pueblos de al lado que han venido a ver la procesión de mañana. Estamos casi como en el siglo XII, o el XIII, cuando aquello de la Reconquista y estas tierras cambiaban de dueño todos los años y los reyes de León y Castilla las repoblaban con gentes que traían de otras partes para que los musulmanes no volvieran a instalarse en ellas… ¿No os habéis fijado en que no se oye ni un ruido?, y nosotros prestamos oído y tuvimos que convenir en que era verdad porque no se oía nada, sólo algún golpe lejano de vez en cuando, que seguramente era la señora de la casa trajinando, un perro que ladró un par de veces y un coche que pasó a lo lejos, aunque casi ni se le oyó. Sí, no se oye nada, dijo Patricia, como en los lugares encantados, y menos ese rumor que se escucha siempre que estás en una ciudad, todos los coches lejanos y los motores de la civilización…, y allá arriba estarán las estrellas como siempre han estado y a nuestro alrededor los enormes bosques, esos pinares llenos de animales salvajes que llevan viviendo aquí desde el principio de los tiempos…, y ahora, fijaos en esto, y nosotros miramos y Patricia abrió las contraventanas de madera vieja, encendió unas velas que había encima de un mueble y apagó la luz, y entonces, con todas aquellas sombras y luces temblequeantes sí que de verdad me pareció que habíamos retrocedido en el tiempo y estábamos en algún lugar de los que aparecen en los programas de ordenador, en los de misterio…, bueno, y en los libros, para qué voy a decir otra cosa, que son de los pocos sitios en donde uno puede encontrar mundos nuevos, más rodeados por todos aquellos muebles viejísimos, y a través de la ventana, que era muy pequeña, vi que parpadeaban unas luces, esas luces que en la ciudad y entre sus nieblas casi nunca puedes distinguir…
Luego Patricia dijo, niño, ponte mirando a la pared, y yo pregunté, ¿para qué?, y ella dijo, venga, date la vuelta que ahora me toca a mí desvestirme, y yo hice como que hacía lo que me mandaba pero procuré no perder del todo el punto de vista, aunque ella se dio cuenta, claro, y dijo, Pipo, ¿quieres ponerte mirando a la pared?, y no me quedó más remedio que hacerlo, y luego, cuando estábamos los tres en la cama, pasamos horas hablando y riéndonos porque las camas eran rarísimas, muy antiguas y llenas de bultos, y ellas no sé, pero yo, desde luego, estuve la noche entera dando vueltas.
Por la mañana, que estaba todo oscuro, Azucena sí que protestó un poco porque decía que casi no había dormido, pero Patricia le quitó las sábanas y ella, aunque se enfadó y gritó, se tuvo que levantar, más que nada porque sólo tenía puesta una camiseta y unas bragas y decía que yo la miraba, y yo, para hacerla rabiar, me puse a mirarla y ella intentó darme, pero yo me aparté, y entonces, de pura rabia, llamó a Patricia no sé qué y Patricia hizo como que se enfadaba y le mandó que se levantara y se diera prisa, que si no, nos íbamos a perder la procesión, y al final fuimos, ellas bastante serias, que estaba todo nublado y como si fuera a llover. Nos pusimos al borde de una carretera estrecha, sentados en una tapia, aunque cuando aparecieron los primeros nos levantamos y los vimos pasar de pie, y al cabo de un rato desfiló la procesión entera, que era un montón de señores con la cara tapada, vestidos de negro y descalzos, todos con las velas apagadas y humeando porque hacía bastante viento, y entre ellos varios que tocaban el tambor, unos tambores grandes y en los que sólo daban un golpe, ¡pum!, y al cabo de un rato otro, ¡pum!, y luego otra vez, y todos callados y como mirando hacia el suelo y andando muy despacio, y al final, entre varios, traían una cruz de madera que debía de pesar bastante. Todos pasaron por allí, por la carretera, y se perdieron en dirección al pueblo, y nosotros y más gente que había mirando los seguimos y acabamos en una plaza que estaba atestada y en una de cuyas esquinas había una iglesia viejísima con toda la piedra carcomida por el agua –y por el tiempo; eso, y por el tiempo–, y allí se metieron los que pudieron, aunque la mayor parte de la gente se quedó en la calle, nosotros entre ellos, mientras la campana de la iglesia sonaba a cada poco, como antes los tambores, y luego no sé qué ocurrió que salieron todos otra vez y la gente entró en los bares que había por allí y Patricia dijo, bueno, pues habrá que desayunar, ¿no?, y entramos también nosotros en uno que estaba lleno de gente gritando, incluso algunos de los de la procesión, aunque entonces ya no llevaban la cara tapada, y pedimos cola caos y unas galletas muy raras y estuvimos en aquella mesa durante mucho rato mirando lo que sucedía a nuestro alrededor, toda la gente bebiendo copas y hablando en alto, y a Azucena, con lo del cola cao y el griterío, que en vez de las ocho de la mañana parecía que eran las doce, se le pasó todo y dijo a Patricia, oye, perdona, ¿eh?, que es que lo de antes no te lo quería decir…, y luego me miró bastante seria y dijo, y tú cállate, ¿eh?, que no estoy hablando contigo, y yo seguí con mi taza y las galletas e hice como que no la había oído, pero ellas se arreglaron y se pasaron el día entero andando cogidas de la mano, Azucena de lo más cariñosa y haciendo tonterías, que seguramente se había arrepentido de su arrebato y debía de querer hacer méritos, y por la tarde, sin que viniera a cuento, cuando estábamos viendo la puesta de sol en mitad de la llanura infinita y subidos en unas peñas, como ella estaba sentada a mi lado, fue y me dio un beso, yo creo que se lo había dicho Patricia, me cogió por un hombro y me dio un beso en la cara y luego se quedó mirándome mucho rato, seguramente a ver qué decía yo, pero yo no dije nada porque la había entendido de sobra, y es que Azucena es mi hermana, y aunque es bastante bruta, eso me da igual porque es mi hermana.
Luego continuamos aquella excursión tan larga y atravesamos casi todos los pueblos, bosques, páramos y barrancos de Castilla, y cada vez que encontrábamos un pantano o un río Patricia paraba el coche, ¡vaya sitio más bueno…!, e íbamos hasta la orilla, y aunque a veces daba marcha atrás y decía que de bañarse en aquel sitio ni hablar, que nos podíamos ahogar los tres, otras veces, sobre todo en los ríos que tenían piedras en las orillas, decía que sí, y que si no teníamos mucho frío que nos metiéramos en el agua, y una tarde, en un sitio precioso y lleno de arboledas sin fin, al borde de un canal, porque aquello no era un río sino una presa pequeña que había en un canal, Azucena dijo que no le apetecía ponerse el traje de baño y que si se podía bañar así, ¿cómo así?, pues me quito la ropa y con la de debajo…, y Patricia dijo, bueno, si a tu hermano no le importa…, pero a Azucena aquello le daba igual, bueno, si le importa que se fastidie, además, ¡como no hace más que mirar…!, y se quitó las botas, luego los calcetines, luego los pantalones, todo esto haciéndose la desentendida, y luego, ya mirándome, también la camiseta, y aunque me miraba a ver si yo la miraba, me hice el loco y dije, ah, pues yo también, ¿para qué me voy a poner el traje de baño?, total, los calzoncillos son como un bermudas, ¿no?, ¿no qué?, que los calzoncillos son como unos bermudas de esos y a mí me da igual, bueno, pues báñate como quieras, y le dije, ¿y tú?, y entonces Azucena se rió, ¿lo ves?, ¿lo ves?, si es que no quiere más que verte…, pero Patricia dijo, no, yo así, y se quitó la ropa y ella sí que llevaba debajo un traje de baño, y nos metimos en el agua que estaba helada, vamos, estaba congelada y sólo pudimos entrar y salir, pero mientras estuvimos allí vinieron los pájaros a vernos y estuvieron todo el rato saltando y haciendo ruido en los árboles que había encima de nosotros, y luego salimos y Patricia dijo que no nos vistiéramos con la ropa mojada, que nos la quitáramos y nos pusiéramos la que traíamos, y Azucena le dijo, ¿pero así, sin nada debajo?, sí, qué más da, ahora te secas, y luego, cuando vayamos al hotel, te duchas y te vuelves a poner a tu gusto, ¡ya, pero es que no me voy a desnudar delante de éste…!, y Patricia dijo, no, delante no, os volvéis de espaldas y así ninguno ve al otro, ¡venga, niños!, que os vais a quedar helados, y de aquella manera fue la cosa. Azucena se volvió a encasquetar los vaqueros y el jersey grandísimo y dijo que iba a ir siempre vestida así, sin nada debajo, que era mucho mejor, y como tenía el pelo mojado hasta yo la encontré bien, el día que digo estaba más guapa que en otras ocasiones, cuando se maqueaba y pintaba para ir a la discoteca, aunque fuera poco.
Aquellos días fueron fantásticos, todo el tiempo de pueblo en pueblo y parando en todas partes, recorriendo calles y plazas y castillos y ruinas sin parar y Patricia haciendo fotos de todo lo que veía, algunas veces con nosotros delante y otras sólo el paisaje, comiendo sopas gordísimas y una cantidad de carne como nunca habíamos comido, sobre todo cordero churruscante, que era lo que más me gustaba, y también chuletas enormes, pero es que aquella carne era de la buena porque alrededor de nosotros todo eran mieses y relucientes campos con rebaños de vacas, y hasta Azucena, que al principio no quería venir, cuando el domingo por la mañana Patricia dijo que teníamos que volver a casa, contestó que no le apetecía nada y que prefería quedarse a vivir por allí, y entonces Patricia le dijo, oye, ¿y tu ropa?, porque estarás deseando cambiarte y ponerte algo más elegante, ¿no?, y Azucena dijo que no, que no le importaba nada y que prefería estar así vestida, con las botas y los pantalones vaqueros y el jersey grandísimo, que se estaba muy bien, y luego añadió, ¡jo!, es que ahora…, otra vez, volver a la ciudad, y a casa…, y Patricia movió los hombros, ¿qué pasa?, nada, que se está muy bien aquí, y se puso medio ñoña, se agarró a Patricia y le dijo, oye, ¿para qué vamos a volver?, nos podemos quedar unos días más, ¿no…?, ¡anda, llama a mamá y se lo dices!, pero Patricia dijo que ni hablar, ¡niña, que tienes que ir al colegio!, y tu hermano también…, ¡qué más quisiera yo que quedarme!, pero no puede ser…, y además, ¿no decías que no te gustaba esto y que era una pesadez?, y Azucena tuvo que reconocer que lo había pasado muy bien. Bueno, pero volvemos a la noche, ¿eh?, que hasta la noche aún podemos ir a algún sitio y comer en un bar de esos…, ¿de cuáles?, pues de esos de los pueblos, que la comida de aquí está buenísima, y Patricia se reía aún más, ¡pero, niña!, ¿se te han olvidado ya las pizzas…?

Niños en noche de Reyes (a la antigua)

Lo que sigue es un trozo de Europa barroca, una de las novelas que escribí hace ya tiempo. Es una novela bastante larga y de la que nunca he sabido si se llama como he dicho o más bien La aventura de las luces azules, pero el caso es que hay una parte (muy cerca del principio) que lleva precisamente por título Niños en noche de Reyes, y me ha parecido que es el momento de ponerlo por aquí a ver si a alguien se le ocurre echarle una ojeada. El trozo completo es más largo, pero tampoco hay que exagerar.

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[…]
La noche de Reyes también dormíamos en casa de la abuela, pero los últimos años, Claudia, que era muy mayor, ya no iba. La abuela se las veía y deseaba para explicarnos a los demás por qué Claudia no iba, aunque se inventó algunas historias muy curiosas, y luego fue el Cacho el que dejó de ir.
La noche de Reyes era una noche mágica en la que había que hacer ciertos preparativos, para los que la abuela se daba mucha maña.
–En un caldero se deja agua, para que beban los camellos, y en una mesa, turrón, para los Reyes.
Antes de irnos a dormir teníamos que colocar los zapatos, cada uno el suyo, en lugares estratégicos del salón, el salón del piano, que era la habitación más grande de la casa, un cuarto forrado de raso de colores y espejos y que raramente se abría, sólo en las fiestas.
Mi prima Anita y yo, los pequeños, éramos ayudados en aquellos menesteres por la abuela, los tíos, los jefes y las chachas, que eran quienes más disfrutaban con toda aquella historia, y nos hacían colocarlos en los mejores lugares.
–Ponlo aquí; esto está al lado del balcón y los Reyes entran por él; ya lo verás.
Nosotros debimos de ser de los últimos que hicimos estas cosas, pues ya por entonces tales celebraciones llevaban tiempo siendo sustituidas por otras parecidas y novedosas como la de Papá Noel. A mí, Papá Noel, no es que no me gustara, pero su escenografía no se podía comparar con la de los Reyes Magos. Ellos eran tres y llevaban séquitos, cabalgaban sobre camellos y elefantes y venían de países en donde crecían palmeras. Además, en su cielo, que era un cielo limpio y lleno de constelaciones refulgentes, un cielo propio de lugares secos y cálidos, brillaba una estrella con cola, una estrella que los guiaba y de la que hay quien dice que era el cometa de Halley en una de sus periódicas apariciones. Comparar todo esto con las estepas heladas, unos renos, un trineo y un gordo vestido de rojo, no tiene mucho sentido desde el punto de vista de un niño.
Los Reyes, como es de imaginar, en casa de la abuela se portaban harto generosamente. Cuando por la mañana del día 6 se abría la puerta y nos dejaban entrar en el salón grande –ceremonia que era preparada por la abuela con precisión militar–, aparecía todo el suelo sembrado de paquetes envueltos en papeles de colores, aquello era una auténtica exageración. En los lugares destinados a las personas mayores, en la pared del fondo, aún se podía advertir cierta moderación en el volumen y número de los envoltorios, pero en nuestra parte, la de los niños, los montones llegaban casi hasta el techo. […]

Published in: on Viernes, enero 6, 2012 at 4:02 pm  Dejar un comentario  
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Personajes de mis novelas

Como ya he escrito muchas novelas, el otro día hice un inventario de los personajes.  Me salieron muchísimos, en vista de lo cual abrí una página y coloqué en ellos a los más sobresalientes. De algunos he puesto sus retratos, y pese a que cada cual se imagina sus caras de una manera (al leer el libro, me refiero), he dado aquí mi particular punto de vista sobre la cuestión. Muchas de estas fotos las tuve delante mientras escribía, y supongo que algo habrá quedado de tales imágenes en la escritura. Además, son mis hijos, puesto que los he creado casi de la nada; al principio sólo había un papel en blanco, y luego, con el paso del tiempo…

El enlace para ver esta página, “Personajes de mis novelas”, es el siguiente:

https://sites.google.com/site/personajesdemisnovelas/

Sobre estas líneas se puede ver a Nastasia y a Crucita, dos hermanas que se llevan veinte años y cuentan su vida con toda clase de pormenores en las novelas llamadas “La efímera vida de Nastasia” y “Crucita y yo”.

Published in: on Miércoles, mayo 11, 2011 at 8:22 am  Dejar un comentario  
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La chica en la que continuamente estamos pensando, parte segunda

Esta es la chica (o la situación) en la que continuamente estamos todos pensando… Así empezaba una entrega anterior, y la verdad es que el que lo escribió tenía toda la razón (o algo de razón, que esta cualidad suele estar bastante repartida). La foto de hoy es por el estilo, ¿y a quién no le gusta eso de cerrar los ojos y dejar que la onda eterna (o sea, la de siempre, en la que todos estamos todo el día pensando, como decía) se apodere de tu cerebro y te haga creer, ¡y qué digo creer…!, sino vivir una interferencia casual, epidérmica y en el camino con arquetipos y arquetipos, lauren bacall, ingrid bergman o cosas así? Yo qué sé, bueno, que cada uno lo cuenta como quiere o como su respectiva experiencia le dicta…

(Lo anterior está tomado de una de mis novelas, la denominada Viaje al verano).

Así que para desintoxicar voy a poner un enlace que os lleva a un trozo de mis escritos, que se llama Los piratas de las gafas de sol van a tomar unas cañas y está en el libro citado, trozo que se puede leer aquí.

La foto que antecede a estas líneas está tomada en el planeta Tierra durante un mes de agosto, en una de esas correrías que a veces se llevan a cabo y en las que todo parece salir redondo.

Published in: on Miércoles, marzo 23, 2011 at 1:00 pm  Dejar un comentario  
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Escalera al cielo

Pongo hoy un cuento antiguo que tiene bastante moraleja. No tiene mucho que ver con nuestro amigo Juan Evangelista, el que vivió trecientos años, pero da igual.

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ESCALERA AL CIELO

Joshua I, de apellido Sagan, sobrino del legendario exobotánico que nunca supo si era hombre o mujer, estaba montado en un globo de aluminio cuando se le ocurrió la idea: mirando hacia abajo las cosas se ven mejor. “¿Y por qué no…?”, se dijo. Luego miró hacia arriba, y lo que pudo contemplar hubiera bastado para desanimar a cualquiera: miles y miles de estrellas centelleaban por todas partes. Joshua I no tenía ni idea de astronomía recreativa (ni de la otra), pero como a tantos que le precedieron, no le hubiera importado subir al cielo. Cosa curiosa, por otra parte, en un intermediario, como era él.

Aquella noche se lo comentó a su compañera sentimental, porque Joshua I tenía compañera sentimental. Él no sabía que eso de la compañera sentimental es una horterada de tomo y lomo, pero hay usos y costumbres que se extienden como la mala hierba. Le dijo,

–Me parece que sé cómo se puede hacer una escalera al cielo. ¡Menuda obra…!

Su compañera sentimental ni le contestó. Lo primero, que no estaba el horno para bollos, con tanto viaje en globo y tanta historia, y lo segundo, que estaba mucho más interesada en una cosa que se veía en la televisión, una cosa toda llena de floripondios y lentejuelas como las de los viejos tiempos. Dio un suspiro y se recostó en el sofá del otro lado. ¡Qué tonterías había que oír! Una escalera al cielo… Para acabar de arreglarlo, recordó que ahora andaban diciendo por ahí que las máquinas iban a sustituir a las personas, ¡por Dios!

La compañera sentimental de Joshua I lo había comentado una vez con una amiga.

–¿Tú crees que eso de que las máquinas van a sustituirnos puede ser verdad?

La amiga de la compañera sentimental de Joshua I era medio boba.

–¿Cómo dices…?

La amiga de la compañera sentimental de Joshua I estaba mucho más interesada en la boda del príncipe Ruperto.

–No, que si tú crees que eso de que las máquinas van a sustituirnos puede ser verdad…

–¡Ay, Jesús, qué barbaridad!

Joshua I, desde que tuvo la idea, no paraba. Él tenía, por oscuras razones de las que nunca hablaba a nadie, mucha mano en el gobierno regional. Se dedicaba a las contratas, y a veces, cuando escaseaba el trabajo, hacía de intermediario. Los jueves por la noche solía acudir a unas reuniones medio secretas que se celebraban en una casa de lenocinio electrónico que había en las afueras, justo al lado del nudo que comunicaba las autopistas, y a las que también solían acudir algunos subsecretarios. Una vez le habían presentado a un ministro, pero a él le gustaban más los subsecretarios. Eran, ¿cómo diría…?, más dúctiles.

–Don Carlos…, qué…, ¡vaya moza que llevaba usted el otro día!

Don Carlos, que llegaba directamente del Congreso Regional, le dedicó una amplia sonrisa al pasar. Era simpático aquel Joshua I, se fijaba en todo, pensó, habría que darle algo este semestre… Sí, tendría que hablar con su secretario.

Joshua I, en realidad, estaba haciendo méritos, que era lo suyo. Pagaba cuentas de botellas que ascendían a cantidades astronómicas, y si la cosa se terciaba, también algún polvo electrónico extra; todo servía. Eso sí, cuando aparecía por el ministerio se prodigaban las sonrisas y apretones de mano; hasta los ujieres habían oído hablar de él. Aquella mañana se animó a entrarle al ayudante del subsecretario, un zascandil con ojos de mochuelo que le había chuleado una historia con una rubia más bien basta dos semanas antes.

–Eso que usted me cuenta… –le había contestado mirándole fijamente–, nos interesa, sí, nos interesa. ¿Y cuánto ha dicho usted que…?

–Unos trescientos millones, don Ferrari. Los estudios preliminares, unos trescientos millones.

Aquello de don Ferrari no era ningún apodo despectivo, como pudiera parecer; Joshua I no era tan tonto como para tener una metedura de pata de semejante calibre. La especie había sido alimentada por el propio don Ferrari, quien, en el cenit de sus borracheras, solía recordar a quien quisiera oírle que él, cuando joven, había tenido un Ferrari. (Y dos Porsches, añadía, uno rojo y otro azul). Luego los más cercanos comenzaron a conocerle por aquel nombre, y el apodo tomó carta de naturaleza pública. Aunque sólo dejaba usarlo a los allegados, Joshua I lo era, ¡vaya si lo era!, y por el cariz que estaba tomando el asunto, interesaba que siguiera siéndolo.

Al ayudante del subsecretario le entró una cierta aprensión. Como no tenía ni la más remota idea de lo que era un ascensor espacial, preguntó cautelosamente,

–¿Puedo hablar de esto con el ministro?

A Joshua I se le abrieron las puertas del cielo.

–Por Dios, don Ferrari… ¡Usted mismo!

La siguiente vez que se vieron fue en el reflexólogo. El ayudante del subsecretario estaba radiante.

–¡Muy bien, don Joshua, muy bien! ¡El ministro está muy contento! Ha dicho que cree que esto puede llevarnos lejos…

A continuación los acontecimientos se precipitaron, no era para menos. Primero fue una comisión de servicios la que se encargó de todo, y luego los periódicos, sobre todo los de casa, empezaron a hablar del tema. Por fin el Gobierno Mundial tomó cartas en el asunto, pero para entonces el ministro, el subsecretario, el ayudante del subsecretario y Joshua I habían creado una sociedad fantasma que construía chalets de dos plantas y operaba desde las Malabares. Joshua I había soñado a veces con dirigir la faraónica obra, que para algo era aparejador, pero bueno, se conformaba. En el intermedio hubo una época difícil porque un escandalillo político creado por la oposición (¡aquellos hijos de perra!) amenazó con hacer saltar al gobierno, pero el ministro, que después de tantos años se las sabía todas, contrató los servicios de una agencia de publicidad que puso las cosas en su sitio. El colíder de la oposición salió escaldado de aquella, vaya si salió… Tardaría años en olvidarlo, y eso si su carrera política no se arruinaba definitivamente.

–Ahora… ¡a vivir! –le dijo el ayudante del subsecretario una vez que se lo encontró en “La gata muónica”, la casa de lenocinio electrónico donde Joshua I volvió a pagar aquella noche, aunque entonces ya no le importaba como antes.

–Bueno –pensó–. Todo sea por San Dieciséis por ciento.

La compañera sentimental de Joshua I, al final, estaba hasta interesada.

–Y ¿tú crees que esto nos llevará lejos?

Joshua I, ya lo dijimos, seguía sin tener ni idea de astronomía recreativa, ni de la otra; lo suyo eran las comisiones. ¡Quién se lo iba a haber dicho a él! ¡Tantos años de intermediario y sin haberse dado cuenta de lo de las comisiones…!

El Gobierno Mundial era extremadamente activo. Lo primero que hizo fue preparar a lo que desde antiguo se conocía como “opinión pública”. El “Hollywood del siglo XXI”, ahora sito en algún lugar de Extremo Oriente, se encargó de ello. Lo que se acabó conociendo como “Saga de los planetas” fue una serie de seis películas en 3D que, durante lustros, ostentaron el récord de recaudación. Además, Mariquilla S., aquella actriz mexicana, comenzó allí su meteórica carrera… Luego derogó unas leyes que le impedían tomar unas patentes como propias –sí, aquel hilo de diamante era el material adecuado…– por lo que el descubridor puso el grito en el cielo, pero un país africano, que casualmente era el mayor productor de diamantes, se encargó de hacerle entrar en razón, y por último hubo que buscar el lugar adecuado. No podía estar en el ecuador debido al efecto coriolis, ni en cualquiera de los polos por razones obvias, pero al final se encontró una solución a gusto de casi todos: lo instalarían en la línea de cambio de fecha, a unos veintisiete grados de latitud sur, cerca de las islas Samoa. Aquello quedaba en mitad del Pacífico, y así, si había un accidente… Joshua I fue una vez a ver las obras y se llevó con él a su compañera sentimental, que por aquel entonces había criado unos muslos que parecían jamones.

–Papá, papá –decía entusiasmado el hijo que habían tenido unos años antes–, ¿y tú crees que eso aguantará?

Joshua I miró a su hijo. No se podía negar que hablaba igual que su madre, pero, en cuanto a lo suyo, Joshua I no se hacía muchas ilusiones. Las mujeres, ¡eran tan falsas…!

De todas formas, el niño tenía razón. A Joshua I, que depositaba una confianza ilimitada –como buen técnico que era– en las obras de ingeniería, se le humedecieron un poco los ojos cuando lo pensó. Sí, aquella línea azul que subía hacia las estrellas y se perdía a lo lejos era realmente impresionante… ¡Y pensar que él había sido el descubridor…! Joshua I durmió aquella noche a pierna suelta en el Gran Holiday Hilton de Samoa y soñó que le ponían una condecoración con una cinta azul y muchos dorados y piedras de colorines.

El Presidente del Gobierno Mundial, un chino medio calvo que se echaba el único mechón de atrás hacia adelante, lo inauguró unos años después. Aunque escasamente llegaba a la media centena parecía un viejecillo, pero es que aquello del poder, ¡quemaba tanto…!

–… este gran paso de la Humanidad… (y bla bla bla) –dijo con su voz ligeramente cascada, y durante algunos meses la Humanidad se dedicó a celebrarlo.

¡Qué otra cosa iban a hacer, cuando el trabajo, el inmemorial castigo bíblico, estaba casi desapareciendo…! Luego el ascensor espacial se convirtió en un objeto de uso cotidiano, y con el transcurrir del tiempo la gente llegó a olvidar que durante muchos siglos aquel había sido uno de sus sueños más perseguidos.

Published in: on Miércoles, junio 9, 2010 at 10:21 am  Dejar un comentario  
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Lamentación como del miserere

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¿Qué podría contar de Juan Evangelista, personaje que nació en 1680 y vivió tres siglos, que no haya dicho en estos blogs? Porque semejante fenómeno tiene dedicados a su persona dos de estos engendros informáticos que nadie lee, y si lo hace es por ver si sale algo pornográfico…

(Este es otro de esos blogs: Blog de Juan Evangelista en Ohlog.com)

La verdad es que resulta harto ingrato observar el estado actual de la humanidad, ayuna de estímulos y propósitos y sólo dedicada a desentrañar los secretos del poder, el sexo, el dinero (y el golf)… Codicia, lujuria, soberbia…, pecados capitales todos ellos y que únicamente conducen a la imbecilidad.

Comprar objetos que no necesitamos con dinero que no tenemos para agradar a gentes que nos disgustan… Tal es el entretenimiento de la mayor parte de las personas que conforman la sociedad de consumo, eso que los cursis conocen como estado del bienestar

Sí, nuestra sociedad es una de las más estúpidas que ha engendrado el planeta Tierra, lo digo sin el menor recato, y cosas peores hubiera dicho nuestro protagonista, que vivió a sus anchas durante los siglos XVIII, XIX y XX y de todo supo sacar partido. Por eso, lo dejo aquí. A lo mejor el mes que viene, o el trimestre que viene, vayan ustedes a saber, se me pasa el malhumor y sigo contando las aventuras que me llevaron a abrir estos blogs, aventuras de alguien muy especial pero que en nada interesan a quienes tienen como único guía el don dinero que todo lo puede. ¡Bueno, no!, que mejor voy a añadir un párrafo del “Siglo de las luces“, segundo libro de las memorias de quien se hace mención, y que, en boca de uno de sus amigos ingleses -quien lee de un libro de la época en una discusión sobre constituciones (no se olvide que esto sucede hacia 1770 y en las costas del Perú español de entonces)- dice lo siguiente:

«Hablando de esa confusa ciencia que es la política, hay que decir que las idílicas ideas que el pueblo llano posee sobre las virtudes que se atribuyen a los poderosos, todo cuanto atañe a la justicia, la igualdad, la continencia, la confianza mutua y demás zarandajas con que intentan enredarnos, son falsas. Todo, absolutamente todo, se reduce a la fuerza».

Los impetuosos vientos del otoño, que a tantos desagradan, contribuyen a arrancar de los árboles las hojas secas, y de esta forma consiguen que las plantas (las que sobreviven a la tempestad) se fortalezcan con vistas al próximo ejercicio. ¿Será esto lo que tiene que suceder con las personas? Quizá sea un otoño lo que necesitamos, pero la naturaleza es sabia, y si nos tiene en esta intermedia etapa entre dos revoluciones, por algo será.

(Nota final: en la imagen que antecede al texto, don Juan Evangelista cuando tenía alrededor de sesenta años y vivía en los mares del sur, andanzas que se relatan en el tercer libro, o sea, la “Era de las máquinas”).

Published in: on Sábado, noviembre 7, 2009 at 4:05 pm  Dejar un comentario  
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Cuando Juan Evangelista salió de casa de la viuda

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Juan Evangelista, nacido en 1680 en el término de Ciudad Rodrigo –hoy en la provincia de Salamanca, aunque siempre frontero al reino de Portugal– corrió mundo durante trescientos años, larguísima vida, y transitó durante ellos a lo largo y ancho del planeta Tierra. Vivió los siglos XVIII, XIX y XX, y, como es lógico, le sucedió de todo.

Hoy traigo una de sus aventuras en la ingente cordillera de los Andes, que tuvo lugar cuando, hacia 1750, por la fuerza de las circunstancias se vio obligado a huir de casa de la viuda que le acogió en las tierras altas peruanas… (El que quiera enterarse en profundidad de sus avatares lo tiene muy fácil; puede leer el Siglo de las luces, novela a que pertenece este fragmento, o la Edad de las tinieblas, primer libro de la serie).

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 Mientras sucedía cuanto conté, durante todos aquellos años, había mantenido correspondencia con el convento de origen de Juan Everardo, sito en una lejana provincia española que nunca había visitado y a la que llamaban Rioxa, y de ella me llegaban puntualmente misivas hablándome de cuestiones que en ocasiones no comprendía, pero dada la lejanía de tal lugar hice caso omiso de sus requerimientos y me dediqué a informarles con todo lujo de detalles sobre mis actividades, para lo que hube de inventar un nuevo personaje, el escribiente de aquella casa, al que, imitando el rufianesco estilo que recordaba de nuestras conversaciones y aquellos escritos que guardaba en sus baúles, llamaba amado, ¡mi amado Domingo, licenciado supuesto, escribiente de calidad y auxiliar en mis escabrosos autos de fe, compinche de interrogatorios y camarada en las sesiones de tortura, que no exististe más que en la mente de los Inquisidores…!, pues como mi letra era perfecta dije que había sufrido un accidente en las tortuosas sendas por las que, en el servicio de Dios y la Iglesia, me veía obligado a transitar, y utilizaba un pendolista como auxiliar.

Durante mucho tiempo me pregunté cuánto tardaría en descubrirse la superchería, y viendo ya cerca el término de mis días en aquella casa comencé a pensar en la mejor forma de evadirme cuando llegara el momento, para lo que tracé varios planes. Al fin, tal y como había previsto, nueve años después de mi llegada a aquellas tierras y habiendo cubierto las sucesivas etapas que me llevaron a graduarme como doctor en leyes, al tiempo que llegábamos al ecuador del siglo, el que luego sería conocido como Siglo de las luces, recibí un buen día una confidencial misiva que, por las trazas, no había sido abierta por mano humana ni contemplada por otros ojos que no fueran los míos. «Nuestro Señor Prepósito don Juan Everardo…», que con estos o similares términos comenzaba, a los que seguían toda suerte de clarines y anuncios de futuros acontecimientos, los acontecimientos, precisamente, que yo desde siempre supe que acabarían sucediendo.

Es hora de partir, me dije, sí, es hora de partir. Gran labor desarrollaste, la propia de los maestros y sabios preceptores aun sin serlo, y de tu vida no te puedes quejar, Juan Evangelista, no Juan Everardo, que pasaste a la historia y tu persona se convertirá en humo y tu recuerdo será grato y ameno para quienes te conocieron y durante un tiempo te recordarán. ¿Juan Everardo…? Sí, excelente persona, y aquí está mi hijo que dará fe de ello si Su Eminencia lo demanda… Es hora de cambiar de ámbito pues demasiado tentaste al Destino, Juan Evangelista, aunque lo dejaste todo bien dispuesto, tus riquezas amontonadas en casas de crédito y manos de amigos fieles y tu espíritu adornado por nuevas y provechosas sabidurías, ¿n’est-ce pas? Es hora de mudanza, hora de cambio y fin de mi tránsito por el mundo de los místicos y educadores por cuenta ajena. Adiós a todos, señora de la casa que tan bien me trataste, Pedro de Meneses, paisano de mis Españas y fiel amigo, y tu ingente familia que sin duda serán en el futuro personas de provecho para sus semejantes. Adiós, Rolando, que no serás capaz de explicarte mi abrupta desaparición, tú que tantas cosas me enseñaste, pero sobre todo, adiós, Andrés, que a tus quince años ya no tendrás necesidad de mí y deberás desenvolverte solo, como todos hemos tenido que hacer, por los infinitos caminos de la vida. Aprendiste los secretos de la aritmética, de la botánica, de la quebrada geología de estos lares, los tuyos; de la gramática y la horticultura y tantas otras disciplinas en las que pude iniciarte, pero sobre todo aprendiste a cantar, habilidad que sin duda te será de provecho en el futuro. ¡Adiós, Andresilllo, y no me eches en falta, porque quizás un día nos encontremos en donde ni tú ni yo sospechamos!

Por medio de Meneses me informé sobre los preparativos de alguna expedición que me llevara lejos, de las que a menudo se hablaba y cada pocos meses ocupaban lugar en las gacetas, y habiendo tenido noticias de una que parecía convenirme, debí inexcusablemente aprestarme para el inicio de lo que parecía ser una nueva etapa en mi vida, por lo que hice mis preparativos.

Me procuré ropas seculares, ropas de excelente calidad pues eran el disimulado embalaje de mis riquezas, y entre sus costuras, como antaño, oculté varias de aquellas piedras preciosas que la marquesa me diera y creía que podrían serme útiles llegado el caso, y las restantes las encerré, cuidadosamente envueltas, en una caja metálica que sepulté profundamente en un apartado lugar que juzgué a propósito, una llana meseta lejos de los caminos y señalada de inconfundible manera por un cruce de alineaciones de peñas lejanas que creía poder recordar en el futuro, un lugar que me pareció adecuado, alejado de cumbres y peñascales y a cubierto en cierta medida de los aludes, terremotos y otros cataclismos que allí son tan habituales.

–¿Os encontraré cuando algún día vuelva, mundanas riquezas, o habrán sucedido las catástrofes que ahora no puedo prever…? Juan Evangelista, ¿volverás algún día de tu aventura expedicionaria…, o por el contrario los Hados se cruzarán en tu camino y estas preocupaciones presentes resultarán infructuosas, como tantas?

Contemplé durante largo rato mis escarpados y abruptos alrededores mientras el sol se ocultaba tras las montañas, y aún hube de concluir lapidariamente y a modo de sentencia.

–Juan Evangelista…, ¿quién puede saberlo? Lo que importa ahora es tu desaparición sin dejar huella, pero eso no parece difícil de llevar a cabo en tan áspero lugar…

En aquella última etapa solía salir a cazar solo por las tardes, lejos de Rolando, que no era amigo de tal actividad, y del tumulto propio de la casa, y aunque casi nunca conseguía cobrar ninguna pieza, la reiteración de paseos vespertinos me sugirió una inmejorable forma de escapatoria sin dejar rastro alguno.

Una tarde salí como tantas otras, y llegado al punto que me convenía, el borde de un precipicio que discurría sobre un tumultuoso e inaccesible torrente, bajé de la montura, desgarré mi hábito, algunos de cuyos jirones arrojé sobre las zarzas de la empinada ladera, y tiré la carabina y las bolsas de cuero al suelo, pisoteándolas para que se confundieran con el polvo.

Luego, vestido con las duras ropas que bajo el hábito portaba y habiendo observado cómo mi montura, que era sumamente dócil, triscaba las escasas hierbas del borde del estrecho sendero y permanecía en el lugar sin alejarse, inicié aquella andadura que había de llevarme lejos, mucho más lejos de lo que entonces era capaz de imaginar, y cuando sobrepasé la última curva, antes de perder para siempre de vista el lugar, lo pensé una vez más: ¡Juan Everardo, nuestro apreciado capellán, orgullo de esta casa e inestimable preceptor de mi hijo, se accidentó en el torrente y su cuerpo nunca fue encontrado…!

Por cierto, que nunca supe que sucedió con aquellas pistas ni si mi ardid resultó, porque nunca volví a ver a ninguna de las personas que poblaban tan abigarrada mansión.

 

 

Periplo del mundo salvaje

No hacía falta, en realidad, una nueva filiación para transitar por los agrestes paisajes, frondosos bosques y ásperas y múltiples quebradas de la parte sur del Nuevo Continente, así que cuando me preguntaron cómo me llamaba, y yo dudara, con zumba me dijeron, qué, ¿no sabe vuesa merced cómo se llama?, ¿de dónde procede su ilustrísima?, y yo dije, de Salamanca, momento a partir del cual me llamaron Salamanca.

Me enrolé en una suerte de expedición que partía hacia la costa atlántica atravesando lo más duro del continente, la cordillera de los Andes y la selva más virgen e inexplorada, y pretendía reconocer el terreno con vistas a establecer caminos practicables entre nuestro virreinato y las regiones orientales. El tremendo viaje que se avecinaba corría por cuenta de una sociedad sobre la que yo no tenía la menor noticia, una sociedad de españoles radicados en una ciudad que se asentaba en la lejana región del Río de la Plata, y juzgué que la distancia me proporcionaría un mejor disimulo de mi vida anterior. Los jefes de la correría, que prometía ser larga, eran españoles, como dije, o descendientes de españoles, y entre sus nombres descollaban recios y antiguos apellidos de abolengo, como el de un tal Mendoza, de quien se contaban cosas admirables y nos aguardaba en algún lugar de la lejana costa.

El tremendo viaje que se avecinaba, como decía, se iba a prolongar a lo largo de no menos de setecientas leguas, cantidad sobrecogedora, más para aquellos tiempos en que todo se llevaba a cabo con la sola ayuda de las piernas, pues los únicos medios de transporte en regiones tan deshabitadas como las que digo eran las caballerías, mulos y caballos mal preparados para transitar por terrenos que no eran los suyos, y las almadías que pudiéramos construir en los cursos de agua navegable que sin duda íbamos a encontrar, pero la realidad, como pronto iba a comprobar, fue aún mucho más dura de lo que imaginaba.

Allí se dio el primer caso en que precisé del concurso de todas las fuerzas de mi cuerpo. Antes nunca me había resultado necesario, pues mi vida anterior, si no regalada, había resultado cómoda, y durante las primeras semanas lo extrañé en grado sumo, sobre todo si se tiene en cuenta que debí acostumbrarme a seguir a la tropa a su ritmo, y con ello quiero decir que mis erráticos ciclos de vigilia y sueño se trastornaron, viéndome obligado a intentar dormir unas horas todas las noches, pero como semejante viaje fue muy desigual, y jornadas hubo en que no pudimos hacerlo de ninguna manera, entretenidos como estábamos en ímprobos trabajos y huidas sin fin ante las acometidas de las innumerables tribus que en tales territorios se asientan, saqué ventaja de todo ello sobre mis compañeros pues no lo necesitaba, y en no pocas ocasiones me constituí en insustituible vigilante de la caravana, y cuando los demás flaqueaban era yo el que tenía que dar ánimos a los demás y tirar de ellos con garganta y lengua, produciendo innumerables gritos que despertaban ecos sin fin y bandadas de pájaros que nos sobrevolaban alarmados. También sucedió lo contrario, y cuando me llegaban los sopores eran mis compañeros quienes de ninguna manera querían detenerse a esperarme, pero la presencia en aquella caravana de blancos, indios y negros libertos de un ser como Cornejo, personaje de mediana edad y que dirigía la tropa más como una incursión de estudio de la naturaleza que como una simple expedición guerrera, en lo que a la postre se convirtió, me alivió y consiguió que no me quedara atrás sumergido en aquel nuevo y fascinante, aunque peligrosísimo e intransitable, término.

 (Continuará).

Published in: on Sábado, octubre 17, 2009 at 5:53 pm  Dejar un comentario  
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CÓMO ESCRIBÍ LA HISTORIA DE JUAN EVANGELISTA

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Esta narración, de la que harto se ha hablado en esta página y se llama «La verdadera historia de Juan Evangelista, niño diablo, hijo del cometa y lobo solitario», se compone de cuatro libros, a saber: 

Libro primero: Edad de las tinieblas

Libro segundo: Siglo de las luces

Libro tercero: Era de las máquinas

Libro cuarto: Perpétuum móbile

 En sus mil doscientas páginas se cuenta la vida de un personaje, un señor como usted o como yo que, por inexplicables peculiaridades de su metabolismo, creció con un ritmo cuatro veces menor al que es habitual en las personas. Él nació en la Ciudad Rodrigo de 1680, finalizando el siglo XVII, y vivió como una persona normal, es decir, unos ochenta años, pero como 80 multiplicado por 4 son 320, resulta que murió alrededor del año 2000, año más o menos. Ello da pie para contar la historia de los últimos tres siglos, que es larga y variada, sí, y movida, y todo ello aderezado por sus múltiples viajes y aventuras…

 Comencé esta historia con muchas dudas en 2004, y en 2005 había conseguido acabar el primero de los libros, la infancia del protagonista. En 2006 escribí el segundo; el tercero, que se refiere al siglo XIX y es el más largo, durante 2007 y parte de 2008, y al fin, para no dejarlo a medias, que es cosa que da mucha rabia, en la segunda mitad de 2008, el cuarto, el siglo XX, que comienza con una narración que parece policíaca y continúa con una novela de amor…

 Arduo trabajo (aunque al mismo tiempo he hecho muchas otras cosas, claro es), pero al fin pude con ello, y cuando acabé…, sentí como si me hubiera quitado un descomunal peso de encima. Lo que sucede es que esto de escribir crea mucho hábito (unos se enganchan con el alcohol, otros con el caballo, otros con los coches o con las mujeres…, etc., y todos con el tabaco) y no se puede abandonar tan fácilmente, así que a la docena de novelas que tengo en el disco duro ( y en la estantería, bueno), voy a añadir la decimotercera, que lleva ya buen ritmo y es una fantasía plenomedieval, un asunto que sucede en tierras manchegas, castellanas e incluso portuguesas, durante los últimos años del siglo XII y los primeros del XIII, la época de las legendarias batallas de Alarcos y las Navas de Tolosa. Tiempo habrá para hablar de ella.

Published in: on Lunes, septiembre 7, 2009 at 1:31 pm  Dejar un comentario  
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Encuentro con un lince

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En la “Edad de las tinieblas” está esta historia, que sucede cuando Juan Evangelista vivía con sus padres en la cueva de Portugal, rodeado de los bosques y de la naturaleza propia de los comienzos del siglo XVIII.

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 Yo había vivido siempre al aire libre, incluso en la gran casa de mis padres de la antigua Miróbriga, y creía conocer la mayor parte de los resortes de la naturaleza, las blancas nubes que tan escasamente nos enviaban el agua vivificadora, las madrigueras de los topos, el girar de la noria del pozo, los gritos de las rapaces…, pero cuando ante mis ojos de aprendiz transcurrieron varias de aquellas estaciones de apacible, continuada y completa vida silvestre, me di cuenta de que todo lo anterior no había sido sino una ilusión. ¿Qué sabía yo de la diversidad de los vientos de la montaña, de los extremados ciclos de calor y frío –que entonces se manifestaban rudamente–, de los modernos métodos de explotación agrícola que cité o de las huellas de los diferentes animales salvajes? Porque allí aprendí a distinguir las del lobo de las del zorro, las del corzo de las del ciervo y hasta las del tejón de las de la nutria, y trabé consecuente conocimiento con la multitud de animales que poblaban los bosques de mi país, animales tan diversos como las cigüeñas negras que anidaban en los árboles más altos, los alimoches que se cernían en las corrientes ascendentes y los que con total impunidad se paseaban por nuestras posesiones y comían cuanto podían de ellas, cuales eran ardillas y zorros, lirones y jabalíes, tejones y liebres y conejos, ciervos, corzos y gamos, nutrias y tritones, estos últimos instalados a sus anchas en el gran estanque que, aguas arriba, delimitaba el dique del que nos surtíamos. También, como resulta de rigor en las granjas, vivieron en nuestra compañía varios perros y gatos, celosos guardianes de las puertas y despositarios de nuestra confianza, y con uno de aquellos animales, que era una perra y atendía por su raza, me sucedió una notable aventura que por su interés consignaré.

–Galga, vámonos al bosque.

La galga, que disfrutaba como nadie persiguiendo a todo bicho viviente, aunque aquel no fuera su terreno natural, salió corriendo y me esperó anhelante en el linde. Nos internamos en el laberinto vegetal dirigiéndonos a mi lugar preferido, unos peñascos que a cosa de media legua afloraban entre la espesura y desde los que con nítida perfección se divisaba el desvanecimiento del sol sobre la arboleda infinita y las montañas lejanas. Aquella tarde, además, correspondía a fase de luna llena, y yo había observado que su rojiza y fantasmal aparición por el este coincidía en los plenilunios con la puesta del sol por el oeste, estupenda y doble función que no quería perder.

Llegamos a ellos tras muchas carreras y ladridos y escalé su cumbre, en donde permanecí largo rato contemplando el espectáculo mientras la perra corría sin cesar por los alrededores y ladraba con alborozo cada vez que percibía algún incitante rastro de los muchos que en tan salvaje lugar encontraba.

Luego el sol se ocultó, y tras dar media vuelta y contemplar el orto lunar, deslumbrante espectáculo que sucedió sobre los celajes de oriente, decidí volver, puesto que mi padre estaba de viaje y mi madre en la cueva, y aunque tenía otros perros y armas, y sabía usarlas, yo no quería dejarla sola por mucho tiempo, de forma que comencé a descender por las abruptas e inclinadas rocas, fácil tarea que había llevado a cabo en multitud de ocasiones, pero sucedió que aquella vez… Di un resbalón, me doblé un tobillo, rodé por una durísima losa y caí aparatosamente y de espaldas en el fondo de un agujero que, parecido a un ancho pozo lleno de zarzas, formaba la disposición de las piedras. Las punzantes espinas se me clavaron en todas partes, y aunque me sirvieron de colchón e impidieron que me estrellara contra el suelo, sentí cómo mil agujas me taladraban la piel. De un brinco intenté levantarme, pero las fuerzas no me respondieron y las espinas redoblaron sus aguijonazos. Entre mis gritos oí cómo la perra prorrumpía en sollozos desgarrados y carreras sin ton ni son alrededor del lugar en que me encontraba, para ella impenetrable…

Nos separaban aquellas altísismas piedras, sí, pero ella se las ingenió, tras mucho olisquear y escarbar, febril actividad que deduje de los ruidos, para conseguir acceder hasta el lugar que ocupaba por un delgado resquicio que encontró, aunque como aquella hendidura estaba obstruida por las zarzas, el aspecto que presentaba era lastimoso. ¡Pobre Galga, que llena de tierra y sangrando por todas partes llegó a mi lado y me llenó de lametones!

–Galga, no, estáte quieta… –susurré, y ella aulló lastimeramente.

–Sí, tienes razón, me he hecho daño… ¡Espera…!

Intenté enderezarme y descubrí que no podía hacerlo, pues uno de mis pies aparecía doblado en un ángulo inverosímil.

–¡Ayyy…! ¡Galga…!, no me puedo mover…

La perra me miró con alarma y volvió a lamerme con ansiedad. Luego me cogió con los dientes por la ropa, y pensando quizá que yo cabía por donde ella había entrado, intentó tirar de mí hacia la abertura, pero como al moverme me clavaba aún más aquellas lacerantes espinas, volví a gritar.

–¡Galga, no, quieta, quieta!

La oscuridad se cernía sobre mi fosa, y mi estado, tras la caída, tampoco me permitía pensar con rectitud. El tobillo empezaba a dar dolorosas muestras de su extraño estado y torcedura, y las espinas se me clavaban más a cada momento. A mi alrededor sentía las desordenadas carreras de la perra, tan descompuesta como yo, y en el cenit el cambiante tono del crepúsculo. Luego, con el pausado discurrir de los minutos, fue tal el tormento que me llegó que acabé desvanecido. Los objetos comenzaron a girar, todo se borró con mansedumbre, y al final sólo oía los desesperados ladridos de la galga que se iban alejando lentamente…

Cuando me desperté en aquel pozo, iluminado por la luna llena, la noche había caído por completo y el silencio era total. ¡Un pájaro nocturno ululó por las cercanías y un batir de alas se alejó…! ¿Dónde estoy…?, me pregunté, pero las mil y una espinas sobre las que yacía, amén del descoyuntado tobillo, me lo indicaron de inmediato.

–¡Ayyy…! –gemí, y de nuevo me lamenté sin acertar a moverme–. ¡Horrible suerte la tuya, Juan Evangelista, que sólo querías observar las maravillas de la naturaleza y te ves reducido a la parálisis en este lugar inaccesible…!

A punto estuve de echarme a llorar, tal era mi angustia y desolación, pero recordando las enseñanzas de mi padre luché por encauzar los pensamientos.

–Juan Evangelista, no es el momento de huecas palabras, sino el de averiguar lo que se puede hacer en situación semejante…

Escuché con atención, pero ni de la galga, mi única compañía y en quien cifraba las escasas esperanzas que tenía de escapar de aquel agujero, se percibía el menor rumor. Por un momento temí que me hubiera abandonado, aunque de inmediato rechacé tal idea, pues, ¿cómo me iba a dejar allí a mi suerte? Ella era incapaz de tal acto de ingratitud, y lo más probable es que anduviera por los alrededores o hubiese ido a buscar auxilio, aunque, de ser así, ¿conseguiría volver…?, porque la cueva estaba lejos… Pero sí, me dije al instante, porque los perros son listos, como de sobra sabía, además de fieles y abnegados.

Aquel pensamiento me tranquilizó, y disponiéndome a esperar me pregunté, ¿qué hacer en el entretanto? La pierna entera me ardía, y la multitud de espinas, que casi no sentía, me impedían moverme.

–No, Juan Evangelista, permanece quieto y veremos qué sucede –y con fugaces e imperceptibles movimientos que me hacían ver las estrellas intenté colocarme de una forma algo más cómoda, cosa que, aunque pueda sonar raro, al final conseguí.

La luna, allá arriba, me miraba burlona, y el sepulcral silencio del bosque pesaba sobre mi ánimo como una losa. Las escasas estrellas que no eran eclipsadas por la luz lunar me guiñaban sus ojos, y con su única compañía poco a poco fui quedándome de nuevo adormecido, aunque despertado bruscamente a intervalos por los ruidos de la selva…

Más tarde, cuando en sueños me preguntaba dónde estaban mis semejantes, ¿dónde estás, galga, y por qué tardas tanto?, fui de manera imprevista despabilado por un lejano y familiar sonido. ¿No eran aquellos los ladridos de la perra, que seguramente volvía con el anhelado auxilio? Repentinamente excitado y despierto presté oído atento y los ladridos fueron haciéndose más claros y cercanos, e instantes después, antes de que pudiera pensarlo, la galga, como un meteoro y a través del resquicio por el que consiguió entrar la vez anterior, llegaba a mi lado ladrando estrepitosamente de alegría y llenándome de saliva, y entre el coro de ladridos oí una voz conocida.

–¡Juan Evangelista!, ¡Juan Evangelista…! –y mi madre, que se había encaramado a las peñas, asomó la cabeza allá arriba.

–¡Hijo mío…! –exclamó estupefacta, pues aunque era de noche, la luna derramaba su claridad iluminándolo todo.

–¡Madre…! –grité, y el solo movimiento de la boca llegó hasta el tobillo y me hizo soltar un aullido.

–¡No te muevas! –gritó ella–. ¡Ahora bajo yo! –y, en efecto, agarrándose a las piedras de precaria manera comenzó a descender hacia mí, y cuando estaba a punto de conseguirlo, resbaló, tal y como me había sucedido a mí, y con gran estrépito se vino abajo y cayó a mi lado, también sobre la zarza.

–¡Ayyyyy…! –gimió, pero al instante y sin reparar en las espinas, se dio media vuelta y me abrazó.

–¡Juan Evangelista…!, ¿estás bien?

El aspecto de mi cara debía de ser aterrador, porque me contempló con espanto.

–¡Mi pie…!

Mi madre, haciendo caso omiso de los pinchazos que sin duda debía de sentir, se inclinó a mirarlo, y acto seguido entró en frenética actividad. Se quitó el jubón que sobre todos los vestidos llevaba, que era de fuerte tela, y extendiéndolo sobre el mar de zarzas y haciendo un soberano esfuerzo trasladó mi cuerpo a su superficie. Al instante…, ¡qué alivio! Los mil pinchazos cesaron en su totalidad y pude por fin desentumecerme…

Ella, que de rodillas sobre el espinoso arbusto a duras penas podía moverse, se inclinó de nuevo sobre mi pie, me miró con muchísima preocupación y musitó dos palabras.

–¡Dios mío!

¡Henos aquí a mi madre y a mí sobre la superficie de un zarzal que ocupaba el fondo de un empinado embudo, ella con el vestido hecho jirones y yo con un tobillo roto! ¡Envidiable situación…!, pero mi madre, con inconfundibles ademanes, aleccionó de inmediato a la perra para que fuera a buscar ayuda al pueblo, difícil encargo, puesto que estaba lejos y en él pocos la conocían.

–¡Galga, corre al pueblo, corre y trae a alguien, venga, ve, ve…! –y la galga, mirándonos descompuesta y gimoteando como sólo saben hacer los perros, dio media vuelta, se introdujo por la estrechísima ranura por la que entraba y salía, reptó por ella y desapareció.

Nosotros nos quedamos allí, en aquella escondida sima, tristísimos y desamparados y componiendo una especie de descendimiento, pues yo estaba acostado sobre las zarzas y entre sus brazos, y mi madre arrodillada y procurando sostenerme…, y ella, que tras aquel ¡Dios mío! no quería alarmarme más de lo que estaba, se dio en distraerme y comenzó a hablar de lo único que nos era posible observar, el cielo estrellado.

–Juan Evangelista, ¿ves esas tres estrellas que nos miran desde lo alto?

Yo, entre brumas y dolores, procuré verlas.

–¿Cuáles? ¿Las que brillan más…?

–Sí, son las estrellas del verano. El triángulo del verano, como se las conoce desde antiguo. ¡Vega, Deneb y Altair…, pregoneras del buen tiempo! Ahora llegarán los largos días del verano y podremos ir a bañarnos a nuestra poza, aguas arriba de casa. Cuando regrese tu padre tenemos que decirle que repare el dique, que en tan mal estado se encuentra…

La conversación continuó de este tenor, y luego, tras un rato en que contemplamos el cielo en silencio, un gran búho comenzó a chuchear escandalosamente y rompió a volar, aleteando furioso desde los árboles cercanos, tras lo que le oímos alejarse…

La quietud volvió en seguida a hacerse dueña del lugar, callada calma que persistió durante un cierto tiempo…, y cuando no esperábamos oír nada más y yo comenzaba a entrar en un dulce sopor, se percibieron unos imperceptibles y cautelosos pasos y rasquidos…

Nos miramos sorprendidos, y luego mi madre, a media voz, dijo,

–¿Galga…?

… y un instante después un fragor infernal, como el que originarían mil demonios enfurecidos, llenó el aire circundante. Pareció que fueran a desplomarse las rocas, pero al fin, en medio del más indescriptible estrépito de rugidos y arañazos, un extraño animal penetró en el pozo por el mismo lugar que lo había hecho la perra y se mostró ante nosotros iluminado por la luna.

–¿Qué es eso…?

Lo que veíamos era un enorme gato ronroneante, del tamaño de un perro grande y que lucía una ridícula barbita blanca, que con la dificultad que le procuraba el cúmulo de zarzas comenzó a caminar apuradamente alrededor de nosotros como si flotara y no tocara el suelo, y cuyos ojos nos contemplaban asombrados y centelleaban con luz propia…

–¡Un tigre..! –balbuceé con espanto, pues yo conocía tan feroz animal de los libros de zoología de mi padre, aunque nunca hubiera podido imaginar que existieran en nuestras latitudes.

–¡No, el lubicán…, calla! –susurró mi madre, y alzando lentamente una pistola que llevaba al cinto y yo aún no había visto, colocó al animal en su punto de mira.

El gigantesco gato se paseó durante un buen rato sin quitarnos ojo, bufando a intervalos y preguntándose seguramente si constituiríamos presas de agradable sabor, pero luego, quizá porque aquella noche ya había comido suficiente, porque las zarzas le molestaran en demasía o porque dos seres humanos le parecieran excesivo enemigo, tras contemplarnos inmóvil e inquisitivo, como si estuviera pensándolo, de un prodigioso salto dio media vuelta y se introdujo de nuevo, con mucho agitarse de ramas, por la abertura por la que había conseguido entrar, en donde desapareció.

Mi madre y yo, tras aquellos instantes de absoluta tensión, respiramos hondamente y con alivio y ella bajó la pistola.

–Seguramente no volverá… –dijo al fin–. Duerme, hijo, que en seguida será de día y regresará la galga con las gentes del pueblo.

Yo, entre sus brazos, me quedé al fin amodorrado, y no sé cuanto duró aquel estado, aunque debió de ser largo porque cuando desperté comenzaba a clarear. Mi madre estaba muy intranquila y pronto descubrí la razón.

–No te inquietes, hijo. Ahora que ha amanecido iré a buscar ayuda al pueblo y volveré en seguida. Quédate con la pistola. ¿Sabes usarla? –pero cuando, tras darme innumerables besos y hacerme muchísimas otras recomendaciones, se aprestaba a escalar la pared de piedra, que no parecía tarea pequeña, oímos bulliciosos ladridos lejanos.

–¡Espera…! ¿Oyes…?

Yo presté oído y, ¡sí!, sin duda era la galga la que ladraba desaforadamente, aunque aún lejos.

–¿Habrá encontrado a alguien? –se preguntó mi madre, mirando ansiosamente hacia lo alto de las piedras.

Un instante después, en medio de los innumerables aullidos que le hicieron dar las espinas, como un torbellino entró la perra en nuestro reducto, en donde nos colmó de caricias y lametones, y luego, desde lo alto de las piedras, a nuestras espaldas, una voz se oyó.

–¡Señora…! ¡Por todos los diablos…! –y allí terminaron nuestros infortunios.

Quienes nos rescataron eran dos hombres del pueblo, que molestos por los continuos ladridos de la perra y sorprendidos por su actitud, pues aullaba lastimera e intentaba arrastrarlos tirándoles de las ropas, decidieron investigar lo sucedido, y siguiéndola apresuradamente…

 

Published in: on Sábado, agosto 15, 2009 at 5:47 pm  Dejar un comentario  
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