Castilla la vieja: transite por donde nadie lo hace

Aunque no tiene la fama (hoy la gente se decanta más por las costas), esta es la mejor región de España a la hora de viajar. Buenas carreteras, excelente comida, ausencia de aglomeraciones, parajes difícilmente imaginables… Olvídese de los señuelos propios de las agencias de viajes, que, como es lógico, buscan su provecho, y sumérjase en lugares acerca de los que no tiene la menor idea. Destinos exóticos para quien los quiera.  Esto sí que es exótico, original, insólito e infrecuente. Y para exotismos, mire ESTO, que aquí sí que se cuentan aventuras.

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Correría por Castilla

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El bosque del hada Pan de Azúcar, que está escondida entre la fronda (aunque en realidad foto hecha en la mismísima margen del canal de Castilla a la altura de Olmos de Pisuerga, provincia de Palencia).

Lo que sigue pertenece a uno de mis libros, el que se llama Correría por Castilla y detalla un viaje por los caminos de sirga, aventura en la que me metí durante uno de estos veranos que han transcurrido. Después de escribir un montón de novelas, caigo en la cuenta de que aún no he tocado el género libros de viaje, y me ha divertido hacerlo; claro, que la excursión valió la pena.

Del contenido, unas doscientas y pico páginas, he extraído tres que se sitúan al final, y aquí las pongo a modo de ejemplo. El protagonista protesta, pero no es para menos, pues tras diez días recorriendo campos casi deshabitados y tratando con las gentes castellanas, ¿se imaginan ustedes lo que es volver a la civilización y sus usos? Son asuntos tan dispares que me parece que en realidad refunfuña poco, que mucho más podría decir…, pero, en fin, dejémoslo así por el momento.

 

[1]

El tramo que recorro no es muy sombreado, aunque paso por una esclusa con su correspondiente y enorme fábrica de harina, esta en plena labor –a juzgar por el ruido–, pero lo que más me sorprende, sobre todo al final, es que conforme me aproximo a la ciudad comienzan a aparecer indicios de lo que llamamos civilización. Sí, porque por aquí la gente no saluda, es curioso. Me cruzo con dos o tres corredores modernos de esos que visten de colores, llevan auriculares y –lo que se deduce de su aspecto– entre col y col frecuentan los gimnasios, y ninguno dice una palabra; ni miran. Ellos, a lo suyo. ¡Qué diferencia con las personas que hasta aquí he encontrado!, porque la gente del campo de Castilla, la gente con la que me crucé en el camino, mira tú por dónde, es de lo más amable que pueda uno imaginar. Todos saludan atentamente, se interesan por lo que haces o dejas de hacer, te aconsejan lo que les parece más conveniente y, llegado el caso, te invitan a tabaco o a una caña.

–Bueno, o a una paella.

–Desde luego; o te llevan a una multitudinaria fiesta del barroco regada con champán e iluminada por un sinnúmero de velas colocadas sobre candelabros.

–Ya. Esto último ha sido el no va más. ¡Menudo colofón!

Y de esta manera, sin hacerme eco del mutismo de quienes están imbuidos por los antipáticos usos de las ciudades, con las imágenes de la fiesta de anoche bailándome ante los ojos hago caso omiso y acelero el paso.

–La verdad es que una rusa bien traída te puede poner los puntos. ¡No sabéis lo que os perdéis, esclavos!

[2]

En las terracitas de la gran calle sólo encuentro avisos de comida basura, es el verano en la ciudad y la gente me mira con recelo porque pocas veces se ve a alguien con una mochila a cuestas por vías urbanas.

–Y menos con alpargatas.

–Pues no sé qué tendrán que decir, que esto es lo único que veo que sea genuinamente de la tierra. ¡Menudos traidores! Se han pasado al enemigo… Míralas, todas con bailarinas

En un paso de cebra se me atraviesa un gracioso que tiene mucha prisa, un calvorota de veintipocos años con camiseta negra de tirantes que va en un descapotable diminuto y hace como que no me ve, va mirando para Cuenca y a lo mejor es verdad que no me ha visto, que mucha cara de espabilado no tiene; lo más seguro es que le hayan dado el carné en una tómbola.

–Ya; hay gente pa todo.

Si uno se fía de las encuestas llega a la conclusión de que el urbanita es un ser muy fino, respetuoso (hay que tener más respeto, dicen a veces con unción los cursis), legal y superguai, y cuyas principales aficiones son la lectura de libros y las audiciones de música refinada, pero a poco que se escarbe resulta que este es un territorio de necios, de ineducados y analfabetos que repiten como cotorras las consignas que aprenden en la tele, y como ovejas se acercan a las urnas el día que les han señalado, y cuyas verdaderas aficiones, como todos sabemos, son en realidad el fútbol, el cotilleo y la pornografía, y luego se atreven a infamar, o lo intentan, las tierras libres que tienen aquí al lado, que ni siquiera conocen, en donde canta la alondra y el águila se remonta, y las hojas de los álamos, y el ruido del agua que corre, llevan a sus últimos extremos las melodías susurrantes que son las únicas que no dañan los oídos… En fin, el mundo al revés.

[3]

Pasa una nube.

–Pues hete aquí de nuevo. Se acabó la excursión.

–Ya… Se acabó el camino infinito pleno de lugares solitarios y misteriosos, y los pueblos de piedra, adobe y ladrillo, y las gentes sencillas y bienintencionadas y los animales del mundo casi deshabitado, las rapaces que cuando pasas alzan el vuelo desde las ramas más altas y los pajarillos que sin cesar pían y revuelven con sus continuos juegos, y las ranas que se arrojan al agua ante la presencia extraña… Y los gallos que anuncian el amanecer, y los sapos y las cigarras que cantan por la noche a la luna y las estrellas, el Triángulo del Verano y tantas otras que tardarás en volver a ver…

–Y a los planetas.

–Sí, y a los planetas, y a las estrellas fugaces que de lado a lado del firmamento trazan su rauda luz… Se acabó todo eso, aunque esperemos que lo que se avecina sea tan sólo una situación pasajera, una mínima pausa entre dos revoluciones, porque las revoluciones, lo que son las cosas…, se llevan dentro.

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También se puede ver esto,

https://docs.google.com/presentation/d/1eVkXZLdJBtJgcSuY00iC3YuXXBVKW_tYbiVhjAJSVqM/

esto,

http://youtu.be/BI7_v7TKZWI

y esto otro:

https://www.amazon.com/author/camargorain

Esta semana no hay libro gratis…

… pero la que viene, sí: la tercera y última parte del Culebrón yeyé (novela también llamada “Charli en Wonderland”) que tanto éxito está teniendo entre los amantes de la literatura rosa (ja ja…).

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Esto puede parecer una broma, pero no es tal, que de verdad que este final del libro, en donde se descubre todo (je je…), se podrá descargar gratis, como de costumbre, desde el lunes 22 de agosto al viernes 26, ambos días incluidos, en la siguiente dirección:

https://www.amazon.es/dp/B01EJBKXF2


Mientras tanto podéis ver esto,

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Andanzas de Camargo Rain por un escenario tan fantástico como es el canal de Castilla

o esto otro, en donde también hay cosas que os pueden interesar:

NOVELAS DE AVENTURAS

La vida secreta de las tierras castellanas

120102 - soria - recuerda - campos antigua 800

Castilla, en especial la Vieja, es históricamente la región más representativa de España. Los turistas prefieren el ambiente andaluz y las costas mediterráneas, y los españoles, influidos por la incansable propaganda del sistema, allá nos vamos, pero en la meseta central, lugar en donde nuestra más reciente historia comenzó alrededor del siglo x, se pinta la más limpia de las luces, lo cual se debe a las condiciones geográficas (700 m de altitud media), el extremado clima continental y la casi completa ausencia del primero de los sectores económicos (la industria).

Es Castilla región agrícola, carente de humos y aglomeraciones, reino de la soledad señalado sin duda por el dedo de los dioses (sobre esto ya sé que hay opiniones encontradas), y paraíso en donde a la vuelta de muchas esquinas se pueden hallar bares de los de antes, pormenor en absoluto desdeñable…, y es más (por añadir algún detalle), que si lo que usted desea es ver puestas de sol como las que todos llevamos en la mente –algo difícil de lograr tal y como están los tiempos–, encarámese una buena tarde a la torre del alcázar de Segovia, o, aún mejor, al pico de Almanzor, en el Sistema Central, y ya me contará.

Me voy a dejar de encomios literarios acerca de esta extensa comarca, y les convido a que lo contemplen con los ojos de la cara, que no suelen mentir. Se trata de una docena de fotos elegidas al azar (tengo muchísimas), y me parece que en ellas se advierte lo que es difícil expresar con palabras. La dirección para verlas es:

https://docs.google.com/presentation/d/1pIHivH87Y2URLpA-1I0ZnzD7u6d5Bd86mB-p7bmMezs/

Published in: on Martes, abril 21, 2015 at 10:26 am  Dejar un comentario  
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El viaje del morisco, entrega 3

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Todos los años (o cada dos años) acabo un libro nuevo. El anterior fue Charli en Wonderland, del que ya he puesto un par de trozos en estos blogs –como este…–, y del anterior, Ojos azules, que data de 2011, también he puesto por aquí alguna cosa (como esta o esta de los piratas de las gafas de sol), pero luego he finalizado otro que lleva por título El viaje del morisco. Es un libro de 400 páginas en el que se cuenta una larga historia acerca de un tesoro (¿es una partida de pescado podrido, una chica o un tesoro de verdad…? ¿O se trata de abrir los caminos de Castilla a los nuevos transportes de aquellos tiempos de la mano de los Taxis, acaudalada familia judía que ostentaba el monopolio de los correos de la época?). Sea como fuere, pongo hoy este trozo que sucede durante el principio del verano de 1601, primer año del siglo XVII, cuando los protagonistas del viaje circulan desorientados por Castilla y acaban por llegar a Valladolid.

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 Habíamos partido con cincuenta hombres y apenas nos quedaban treinta, pero Esteban opinó que eran suficientes para manejar la impedimenta, y que el resto no constituían sino un estorbo al que habría que alimentar sin ventaja alguna para la buena marcha de la empresa. Además, los que habían desertado, eran en buen parte desconocidos, criados que nos habían prestado para el caso Bartolomé y don Joaquín, y no nos contrarió vernos sin ellos, de forma que, habiendo cumplido lo que allí nos había llevado, volvimos de nuevo al camino que nos conducía hacia el norte.

Fue en Medina es donde supimos que el rey no acababa de partir hacia los reales de la cálida estación que se avecinaba, y que la corte seguía en Madrid, por lo que, tras consultarlo con Germán y los mayorales, nos encaminamos hacia aquella ciudad, en la que esperaba poder deshacerme del resto de la mercancía, por la que transcurrían los días sin cuento y en breve se encontraría tan deteriorada que difícil sería que alguien la quisiera.

–No nos vendrá mal este trueque –dije a Germán, que cabalgaba a mi lado–, pues aunque nos aparta de la ruta que habíamos prevenido, nos va a permitir examinar el estado de este importante camino real, el camino de Tordesillas a Madrid, que mucho han de recorrer nuestros correos, según se me ocurre –y cuando por aquella plana superficie, pues la vía que recorríamos se presentaba cuidada y sombreada por interminables filas de álamos, hasta el extremo de parecer durante leguas un paseo más propio de una gran ciudad, he aquí que tuvimos un encuentro que nos iba a enderezar de nuevo en el primitivo trayecto.

El convoy que conducíamos había quedado reducido a una veintena de carros que viajaban juntos, pues todos opinaron que en tierras como aquellas no eran de temer las asechanzas de peligrosas y nutridas bandas de salteadores. Recorríamos el corazón de Castilla entre poblaciones de tan sonoros nombres como Olmedo, Tordesillas o Valladolid, y la Hermandad se ocupaba de mantener expeditos los caminos, y durante algunas jornadas no tuvimos encuentros dignos de mención, pero una tarde soleada, a lo lejos, en la amable calzada carretera que recorríamos comenzó a pintarse una nube de polvo que vaticinaba la presencia de un grupo al menos tan grande como el nuestro, ¡y qué digo…!, pues resultó mucho mayor, decenas de carruajes precedidos de compañías de caballeros, soldados de brillantes uniformes que levantaban el polvo del suelo y al grito de ¡paso al rey! nos hicieron apartar. Desde los bordes del camino observamos el transcurrir del cortejo, numeroso de carrozas y carros cubiertos, cuyos conductores nos saludaron con abigarrado tremolar de banderolas y gritos procaces, en especial desde que vieron a las mujeres que con nosotros llevábamos, y no miento si digo que en algunos de los más pesados carromatos pudimos vislumbrar extraños animales enjaulados, algunos rugientes…

Uno de los emplumados capitanes, que recorría las filas, se detuvo sudoroso un momento ante el grupo que a pie firme formábamos Esteban, Germán y yo, y nos preguntó,

–¿Tienen sus mercedes agua? –y de inmediato le alargamos un odre, del que bebió en abundancia.

–Muchas gracias, señores –nos dijo–. ¿Adónde se dirigen?

–A la corte –respondí.

–¿A la corte…? Pues llevan camino equivocado. Dos semanas ha que la corte se encuentra en Valladolid, y allá nos dirigimos con parte del equipaje real –tras lo que levantó la mano y azuzando la montura tornó a su labor.

Al fin el cortejo se alejó, el polvo reposó en el suelo y la calma de la luminosa tarde volvió por donde solía, pues las mieses y los tiritones álamos se aplicaron en su melodioso susurrar, y las blancas y algodonosas nubes en sus continuas transformaciones.

–¿Qué les parece a sus mercedes esta revelación? –pregunté a quienes me rodeaban, el mayoral, Germán y algún arriero que se nos había agregado–. Resulta que perseguimos fantasmas…

Nos contemplamos confusos, pero al fin Germán dijo,

–Si su señoría no encuentra inconveniente, creo que es de rigor variar nuestro rumbo, como lo haría un barco en el océano. He tomado suficientes datos referentes a este Real camino, y nada nos impide dejarlo y dirigirnos a donde parece que más nos conviene…

Durante los días finales del mes de junio del año del Señor de MDCI, en el camino de Olmedo a Valladolid, la Vallisoletum de los clásicos, a las puertas y a la vista de esta ciudad que nos recibe con salvas de cañonazos que sin duda festejan y simbolizan la presencia del rey entre sus gentes

digo que sus innumerables torres descuellan sobre los campos que la circundan, extensas huertas y trigales, bosquecillos, riachuelos que corren de aquí para allá como las acequias de Andalucía, todo ello la adorna de muy enfática manera, y qué decir de las murallas, propias de ciudad de antaño… En las afueras y a la vera del camino que a ella conduce encuentran su asiento corraladas, barracones, posadas, casas de citas, unas encubiertas y otras descaradas, paradores y simples tabernas que alivian la sed de los viajeros, hornos de leña en los que se cuece el pan y ocasionalmente, cuando no todas las tardes, se asan cabritos cubiertos de dulces hierbas. Valladolid, urbe inmensa de largas calles soladas de piedra, sede ahora de la corte, según nos han dicho, emporio del teatro y de los pícaros que aún no han conseguido llegar a Sevilla ni pasar a las Indias, Babilonia de las Españas y revoltijo y ensalada de judíos, moros y cristianos, Valladolid de las torres y las enaltecidas casas de piedra plagadas de viejos blasones…, pues es esta una ciudad privilegiada por la imprevista llegada del rey.

Las calles están atestadas y en seguida se advierte el aire de fiesta. Después de dejar instalados los carros y dar las primeras y aceleradas disposiciones, con prisa me he internado, seguido por Esteban y Germán, entre la multitud que las puebla. A grandes zancadas hemos recorrido las calles que llevan a la plaza mayor sin detenernos en ninguno de los muchos lugares que nos han salido al paso, pues es harta mi prisa por encontrarme en el meollo de las Españas y observar si es cierto lo que de ellas se dice.

A este monumental coso hemos accedido por una enlosada y plagada de gentes rúa que finaliza en enorme arco ojival de piedra. Bajo él hemos pasado, y al fin desembocado en el más sobresaliente lugar de la ciudad entre los soportales iluminados por la luz del poniente sol que ilumina las fachadas, algunas de piedra labrada pero la mayor parte revestidas de ocre tierra. La plaza es grande, muy grande, y está ocupada, como las calles que la circundan, por un considerable gentío que sin cesar se desplaza de un lugar a otro, allá van los jaques de puñal en cinto y las hermosas, y los perros, en especial los mastines de luengas barbas y mirada cansada y los ratoneros de noble cuna y aposento, perrillos a los que ha sonreído la caprichosa fortuna y pasean majestuosamente prendidos de una correa, y los criados que se aburren pero no separan el ojo de lo que deben guardar, y algunas dueñas de redondas formas y costosos trajes, todos se saludan y se contemplan, ríen y gozan y se convidan entre sí, es la fiesta perpetua del atardecer, cuando el calor disminuye y los ociosos y dormilones despiertan para dar principio a su jornada.

Nos detenemos en una esquina, y entre el alboroto digo a mis acompañantes,

–Señores, resulta obligado restaurar fuerzas tras la cabalgada que nos ha traído hasta este ruidoso lugar. Propongo… –y no puedo terminar, pues Germán dice,

–En lo mismo estaba pensando yo. Acabo de ver el establecimiento que sin duda nos conviene. Acompáñenme sus mercedes…

… y con premura nos conduce hasta el más ruidoso y atestado de los figones que se asoman a las aceras, señalado por multitud de enhiestas cubas y a cuyo alrededor se apiñan personas de toda edad y condición que gritan, escupen con furia, beben y sin cesar expulsan los condenados humos azules de los ensalivados chicotes. Los criados van y vienen de continuo con frascos repletos y enormes y abrasadoras fuentes de barro que sin duda acaban de salir de algún horno, y los grupos aclaman cada nueva y humeante aparición.

Conseguimos hacernos un hueco en aquel campo de Agramante e interesar a uno de los atareados mozos…

 

[…]

 

Published in: on Sábado, febrero 21, 2015 at 12:06 pm  Dejar un comentario  
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Vacaciones de Semana Santa

Esta es la historia de Pipo y Azucena, dos hermanos de trece y catorce años que, conducidos por la mulata Patricia, una chica jamaicana guapísima a la que tienen de institutriz, hacen un viaje por Castilla la vieja aprovechando las vacaciones de Semana Santa.
Pertenece a una de mis novelas, la que lleva por nombre «Las estaciones», y, dadas las fechas, me ha parecido apropiado para meterlo aquí.
Si se mira bien, resulta que este fragmento también podría ser una glosa de las excelencias de la región aludida, o una página de la mejor publicidad sobre ella, tales son las cosas que se dicen.

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Vacaciones de Semana Santa

A los pocos días nos dieron las vacaciones de Semana Santa, pero antes nos dieron las notas, y como a Azucena le suspendieron no sé cuántas, mamá le dijo que de irse con Rosana y sus padres a la costa, nada, que mi hermana ya se las prometía muy felices y se quedó bastante triste, y entonces, al día siguiente, Patricia dijo que ya estaba bien de desgracias y de malas caras y de jugar con el ordenador –sobre todo a aquello de Némesis del Espacio Profundo, aunque seguía sin poder dejar a mi gusto a la mulata que allí salía y mucho menos ganar, que era lo bueno y cuando podías desvestir a la que habías elegido–, que me iba a quedar tonto y lo que teníamos que hacer era irnos a algún lado, a la playa o a cualquier otro sitio que estuviera lejos de casa, que andando por esos caminos se aprenden muchas cosas que vosotros no sabéis, así dijo, y ya que estás ahí, ante esa máquina, busca algún sitio al que podamos ir, y estuvimos mirando en internet y encontramos muchísimos, todos con fotos, y entre ellos uno que se llamaba El Confital, Azucena decía la confitería, la Casa de los Coroneles, una casa que, según Patricia, era como alguna de su pueblo, allá en Jamaica, en el Caribe.
–¿A que no sabes lo que es el Caribe?
–¡Hombre, no…! Un mar. El mar de tu tierra.
–Muy bien, Pipo, muy bien… Bueno, y ahora, ¿a que no sabes lo que es la ruta del románico?
–¿Del qué?
–¡Ah! ¿Ni siquiera sabes lo que es el románico?
–No. ¿Qué es?
–Pipo, no me extraña que te suspendan… Es un estilo arquitectónico del siglo XII.
–¿Y qué?
–Nada. A ver, busca la ruta del románico.
… y yo lo busqué y encontramos muchas cosas que a Patricia le interesaron, incluso montones de fotos con el cielo muy azul, y entonces ella se puso de acuerdo con mamá y al día siguiente por la mañana nos montamos en el coche los tres y nos fuimos de viaje, aunque no a la playa sino a aquello de la ruta del románico que yo no sabía lo que era, a Castilla la Vieja, que es muy grande y muy ancha y hay muchísimos sitios bonitos para ver. ¿Tú crees…?, le dijo Azucena, que no quería ir y separada de su amiga Rosana estaba bastante enfurruñada, y Patricia le contestó, pues claro, mujer, ya verás qué cantidad de pueblos y sitios nuevos vamos a encontrar, y Azucena dijo, ¡jo, pues vaya rollazo!, y Patricia, que no quería discutir, dijo, bueno, bueno, ya veremos, y como mi hermana llenó una maleta de ropa, Patricia le dijo que ni hablar, ¿quieres ir cargando con todo eso por el campo…?, porque nos vamos al campo, ¿eh?, y allí no te va a ver nadie; no, déjalo todo ahí, ponte unos zapatos buenos y unos vaqueros, coge unas camisetas y andando, y entonces Azucena dijo, ¡sí, anda, todos los días con lo mismo!, pero Patricia la convenció, y durante aquellos días, que no fueron muchos, sólo cinco o seis, Azucena fue vestida igual, que era raro, pero aquella vez lo hizo, y como de todas formas los vaqueros eran apretados y un poco cortos, o sea, que se le veían los calcetines y un trozo de pierna y le quedaban bien, estuvo todo el tiempo mirándose en los escaparates y en los cristales de los coches que estaban aparcados y casi no protestó. Luego resultó que lo que más le gustaba era un jersey de Patricia que le quedaba bastante grande, le sobraba por todas partes, sobre todo de largo y por las mangas, pero dijo que era lo que más le gustaba y que no se lo iba a quitar, y luego le preguntó que si se lo regalaba y Patricia se quedó sorprendida, ¿lo quieres?, pues para ti, mujer, ¡ay, sí, sí, gracias…!, ya verás, no me lo voy a quitar en todo el camino, ¡jo, es que es más guay…!, y no hacía más que mirarse en el espejo de la habitación y darse vueltas.
Patricia quería conocer Castilla porque decía que era el sitio en donde se había desarrollado buena parte de la historia de nuestro país, ese país tan grande y complicado que se llama España, la historia que ella estaba estudiando, que le interesaba mucho, y allá fuimos, pero a Patricia no le gustaban las ciudades, que decía que nunca sabía qué hacer en ellas con aquel coche tan grande y que dejándolo por ahí nos iban a romper un cristal y a robar todo lo que llevábamos, que en realidad no era casi nada, y con aquello resultó que a ciudades fuimos a pocas y estuvimos todo el tiempo de pueblo en pueblo. Llegábamos a uno, dejábamos el coche en una calle y nos íbamos a andar por él y a buscar el barrio antiguo y la plaza, y si es mayor, mejor, porque en todos estos sitios hay plaza mayor; fijaos, ayer estuvimos en dos en los que había plaza mayor, hasta una llena de soportales de piedra y con una iglesia muy antigua en un extremo, y hoy vamos a ver otras, ¿no?
En el coche había un mapa y Patricia fue todo el tiempo mirándolo, dando vueltas y diciendo, y ahora vamos a ir a Madrigal, y ahora a Peñaranda, y ahora a no sé dónde, y luego decía otros nombres y fuimos a todos, desde luego hicimos muchísimos kilómetros en aquellos días y vimos varias procesiones de las que hay en Semana Santa, la primera de casualidad porque la encontramos al llegar a uno de los pueblos, un sitio en el que no dejaban pasar a los coches y nos tuvieron bastante rato parados, y luego, buscándolas y preguntando en dónde había las más raras, nos encaminaron a un lugar que estaba por allí cerca y en el que la procesión era en las afueras, en mitad del campo, y además había que levantarse muy temprano, cuando amanecía o antes, y resultó que en aquel pueblo no había ningún hotel ni nada que se le pareciera, pero una señora de un bar nos dijo que si queríamos podíamos dormir en su casa, que tenía un cuarto con tres camas y que si aquello nos convenía que fuéramos, ustedes verán, y Patricia nos dijo, qué, ¿os atrevéis a dormir en una casa de un pueblo de verdad?, y Azucena le contestó, sí, ¿por qué no?, pero cuando entramos lo entendimos porque la casa era viejísima y todos los suelos rechinaban como si se fueran a hundir y tragarnos para siempre. La señora nos llevó a la habitación, que era enorme y muy baja, encendió la luz, una luz que colgaba del techo, y dijo, aquí es, ¿les gusta?, y aunque el sitio era bastante raro nosotros dijimos que sí, que claro, y nos fuimos a pasear por el pueblo, en donde cenamos.
Luego, cuando volvimos, a Azucena y a mí nos extrañó todo, los muebles, los cuadros llenos de polvo, las mantas de las camas, que eran como antiguas, y hasta las mismas camas, que estaban muy frías, y cuando hubimos revisado los objetos que contenía aquella gran habitación, Patricia dijo, niños, cada uno a su cama, y entonces Azucena casi chilló, ¡ah, no, que yo no me desvisto delante de ése!, y Patricia apagó la luz y dijo, venga, que ahora no te ve, y riéndose añadió, ¡venga, niña, que enciendo…!, y se oyó a Azucena desvestirse a toda velocidad y gritar, ¡ayyy…!, ¡oye, no, espera, espera…!, y luego dijo, ¡ya!, y cuando Patricia encendió la luz ella estaba tapada hasta el cuello y yo en mi cama. Entonces Patricia nos dijo, esto sí que es raro, ¿verdad? Fijaos, estamos en medio de Castilla la Vieja, en un pueblo perdido que casi no tiene luz, porque la han debido de poner hace poco, ni carretera ni nada…, ¡oye, carretera sí tiene!, que nosotros hemos venido por ella, bueno, sí, pero no es una carretera importante sino sólo una carretera que viene a este pueblo, o sea que por aquí no pasa nadie y no hay turistas ni nada de eso, sólo los de aquí y los de los pueblos de al lado que han venido a ver la procesión de mañana. Estamos casi como en el siglo XII, o el XIII, cuando aquello de la Reconquista y estas tierras cambiaban de dueño todos los años y los reyes de León y Castilla las repoblaban con gentes que traían de otras partes para que los musulmanes no volvieran a instalarse en ellas… ¿No os habéis fijado en que no se oye ni un ruido?, y nosotros prestamos oído y tuvimos que convenir en que era verdad porque no se oía nada, sólo algún golpe lejano de vez en cuando, que seguramente era la señora de la casa trajinando, un perro que ladró un par de veces y un coche que pasó a lo lejos, aunque casi ni se le oyó. Sí, no se oye nada, dijo Patricia, como en los lugares encantados, y menos ese rumor que se escucha siempre que estás en una ciudad, todos los coches lejanos y los motores de la civilización…, y allá arriba estarán las estrellas como siempre han estado y a nuestro alrededor los enormes bosques, esos pinares llenos de animales salvajes que llevan viviendo aquí desde el principio de los tiempos…, y ahora, fijaos en esto, y nosotros miramos y Patricia abrió las contraventanas de madera vieja, encendió unas velas que había encima de un mueble y apagó la luz, y entonces, con todas aquellas sombras y luces temblequeantes sí que de verdad me pareció que habíamos retrocedido en el tiempo y estábamos en algún lugar de los que aparecen en los programas de ordenador, en los de misterio…, bueno, y en los libros, para qué voy a decir otra cosa, que son de los pocos sitios en donde uno puede encontrar mundos nuevos, más rodeados por todos aquellos muebles viejísimos, y a través de la ventana, que era muy pequeña, vi que parpadeaban unas luces, esas luces que en la ciudad y entre sus nieblas casi nunca puedes distinguir…
Luego Patricia dijo, niño, ponte mirando a la pared, y yo pregunté, ¿para qué?, y ella dijo, venga, date la vuelta que ahora me toca a mí desvestirme, y yo hice como que hacía lo que me mandaba pero procuré no perder del todo el punto de vista, aunque ella se dio cuenta, claro, y dijo, Pipo, ¿quieres ponerte mirando a la pared?, y no me quedó más remedio que hacerlo, y luego, cuando estábamos los tres en la cama, pasamos horas hablando y riéndonos porque las camas eran rarísimas, muy antiguas y llenas de bultos, y ellas no sé, pero yo, desde luego, estuve la noche entera dando vueltas.
Por la mañana, que estaba todo oscuro, Azucena sí que protestó un poco porque decía que casi no había dormido, pero Patricia le quitó las sábanas y ella, aunque se enfadó y gritó, se tuvo que levantar, más que nada porque sólo tenía puesta una camiseta y unas bragas y decía que yo la miraba, y yo, para hacerla rabiar, me puse a mirarla y ella intentó darme, pero yo me aparté, y entonces, de pura rabia, llamó a Patricia no sé qué y Patricia hizo como que se enfadaba y le mandó que se levantara y se diera prisa, que si no, nos íbamos a perder la procesión, y al final fuimos, ellas bastante serias, que estaba todo nublado y como si fuera a llover. Nos pusimos al borde de una carretera estrecha, sentados en una tapia, aunque cuando aparecieron los primeros nos levantamos y los vimos pasar de pie, y al cabo de un rato desfiló la procesión entera, que era un montón de señores con la cara tapada, vestidos de negro y descalzos, todos con las velas apagadas y humeando porque hacía bastante viento, y entre ellos varios que tocaban el tambor, unos tambores grandes y en los que sólo daban un golpe, ¡pum!, y al cabo de un rato otro, ¡pum!, y luego otra vez, y todos callados y como mirando hacia el suelo y andando muy despacio, y al final, entre varios, traían una cruz de madera que debía de pesar bastante. Todos pasaron por allí, por la carretera, y se perdieron en dirección al pueblo, y nosotros y más gente que había mirando los seguimos y acabamos en una plaza que estaba atestada y en una de cuyas esquinas había una iglesia viejísima con toda la piedra carcomida por el agua –y por el tiempo; eso, y por el tiempo–, y allí se metieron los que pudieron, aunque la mayor parte de la gente se quedó en la calle, nosotros entre ellos, mientras la campana de la iglesia sonaba a cada poco, como antes los tambores, y luego no sé qué ocurrió que salieron todos otra vez y la gente entró en los bares que había por allí y Patricia dijo, bueno, pues habrá que desayunar, ¿no?, y entramos también nosotros en uno que estaba lleno de gente gritando, incluso algunos de los de la procesión, aunque entonces ya no llevaban la cara tapada, y pedimos cola caos y unas galletas muy raras y estuvimos en aquella mesa durante mucho rato mirando lo que sucedía a nuestro alrededor, toda la gente bebiendo copas y hablando en alto, y a Azucena, con lo del cola cao y el griterío, que en vez de las ocho de la mañana parecía que eran las doce, se le pasó todo y dijo a Patricia, oye, perdona, ¿eh?, que es que lo de antes no te lo quería decir…, y luego me miró bastante seria y dijo, y tú cállate, ¿eh?, que no estoy hablando contigo, y yo seguí con mi taza y las galletas e hice como que no la había oído, pero ellas se arreglaron y se pasaron el día entero andando cogidas de la mano, Azucena de lo más cariñosa y haciendo tonterías, que seguramente se había arrepentido de su arrebato y debía de querer hacer méritos, y por la tarde, sin que viniera a cuento, cuando estábamos viendo la puesta de sol en mitad de la llanura infinita y subidos en unas peñas, como ella estaba sentada a mi lado, fue y me dio un beso, yo creo que se lo había dicho Patricia, me cogió por un hombro y me dio un beso en la cara y luego se quedó mirándome mucho rato, seguramente a ver qué decía yo, pero yo no dije nada porque la había entendido de sobra, y es que Azucena es mi hermana, y aunque es bastante bruta, eso me da igual porque es mi hermana.
Luego continuamos aquella excursión tan larga y atravesamos casi todos los pueblos, bosques, páramos y barrancos de Castilla, y cada vez que encontrábamos un pantano o un río Patricia paraba el coche, ¡vaya sitio más bueno…!, e íbamos hasta la orilla, y aunque a veces daba marcha atrás y decía que de bañarse en aquel sitio ni hablar, que nos podíamos ahogar los tres, otras veces, sobre todo en los ríos que tenían piedras en las orillas, decía que sí, y que si no teníamos mucho frío que nos metiéramos en el agua, y una tarde, en un sitio precioso y lleno de arboledas sin fin, al borde de un canal, porque aquello no era un río sino una presa pequeña que había en un canal, Azucena dijo que no le apetecía ponerse el traje de baño y que si se podía bañar así, ¿cómo así?, pues me quito la ropa y con la de debajo…, y Patricia dijo, bueno, si a tu hermano no le importa…, pero a Azucena aquello le daba igual, bueno, si le importa que se fastidie, además, ¡como no hace más que mirar…!, y se quitó las botas, luego los calcetines, luego los pantalones, todo esto haciéndose la desentendida, y luego, ya mirándome, también la camiseta, y aunque me miraba a ver si yo la miraba, me hice el loco y dije, ah, pues yo también, ¿para qué me voy a poner el traje de baño?, total, los calzoncillos son como un bermudas, ¿no?, ¿no qué?, que los calzoncillos son como unos bermudas de esos y a mí me da igual, bueno, pues báñate como quieras, y le dije, ¿y tú?, y entonces Azucena se rió, ¿lo ves?, ¿lo ves?, si es que no quiere más que verte…, pero Patricia dijo, no, yo así, y se quitó la ropa y ella sí que llevaba debajo un traje de baño, y nos metimos en el agua que estaba helada, vamos, estaba congelada y sólo pudimos entrar y salir, pero mientras estuvimos allí vinieron los pájaros a vernos y estuvieron todo el rato saltando y haciendo ruido en los árboles que había encima de nosotros, y luego salimos y Patricia dijo que no nos vistiéramos con la ropa mojada, que nos la quitáramos y nos pusiéramos la que traíamos, y Azucena le dijo, ¿pero así, sin nada debajo?, sí, qué más da, ahora te secas, y luego, cuando vayamos al hotel, te duchas y te vuelves a poner a tu gusto, ¡ya, pero es que no me voy a desnudar delante de éste…!, y Patricia dijo, no, delante no, os volvéis de espaldas y así ninguno ve al otro, ¡venga, niños!, que os vais a quedar helados, y de aquella manera fue la cosa. Azucena se volvió a encasquetar los vaqueros y el jersey grandísimo y dijo que iba a ir siempre vestida así, sin nada debajo, que era mucho mejor, y como tenía el pelo mojado hasta yo la encontré bien, el día que digo estaba más guapa que en otras ocasiones, cuando se maqueaba y pintaba para ir a la discoteca, aunque fuera poco.
Aquellos días fueron fantásticos, todo el tiempo de pueblo en pueblo y parando en todas partes, recorriendo calles y plazas y castillos y ruinas sin parar y Patricia haciendo fotos de todo lo que veía, algunas veces con nosotros delante y otras sólo el paisaje, comiendo sopas gordísimas y una cantidad de carne como nunca habíamos comido, sobre todo cordero churruscante, que era lo que más me gustaba, y también chuletas enormes, pero es que aquella carne era de la buena porque alrededor de nosotros todo eran mieses y relucientes campos con rebaños de vacas, y hasta Azucena, que al principio no quería venir, cuando el domingo por la mañana Patricia dijo que teníamos que volver a casa, contestó que no le apetecía nada y que prefería quedarse a vivir por allí, y entonces Patricia le dijo, oye, ¿y tu ropa?, porque estarás deseando cambiarte y ponerte algo más elegante, ¿no?, y Azucena dijo que no, que no le importaba nada y que prefería estar así vestida, con las botas y los pantalones vaqueros y el jersey grandísimo, que se estaba muy bien, y luego añadió, ¡jo!, es que ahora…, otra vez, volver a la ciudad, y a casa…, y Patricia movió los hombros, ¿qué pasa?, nada, que se está muy bien aquí, y se puso medio ñoña, se agarró a Patricia y le dijo, oye, ¿para qué vamos a volver?, nos podemos quedar unos días más, ¿no…?, ¡anda, llama a mamá y se lo dices!, pero Patricia dijo que ni hablar, ¡niña, que tienes que ir al colegio!, y tu hermano también…, ¡qué más quisiera yo que quedarme!, pero no puede ser…, y además, ¿no decías que no te gustaba esto y que era una pesadez?, y Azucena tuvo que reconocer que lo había pasado muy bien. Bueno, pero volvemos a la noche, ¿eh?, que hasta la noche aún podemos ir a algún sitio y comer en un bar de esos…, ¿de cuáles?, pues de esos de los pueblos, que la comida de aquí está buenísima, y Patricia se reía aún más, ¡pero, niña!, ¿se te han olvidado ya las pizzas…?

Arco iris primaveral

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Dicen que Castilla (la vieja) es una región plana, uniforme, austera…, pero en pocos sitios se pueden ver los cielos que se ven en esa comarca. Ello se debe a su altura, claro es, y a que hay pocas fábricas que oscurezcan el aire con sus vapores. Menos aún había durante el siglo XVIII, cuando Juan Evangelista transitaba a su libre albedrío por las mil y mil dehesas que en tal lugar existen, con ocasión de lo cual hizo esta foto…

Eres la primera confusa sensación de mi larga vida y nunca he de olvidarte, vaho de la jara de la sierra de la Peña de Francia, olor mágico y resinoso, olor de dehesa y de grisáceo granito marmolado, y qué digo olor sino sonido o reflejo cristalino, condensación o amalgama del agua de las montañas vecinas y del azul cenital del cielo crepuscular de un día purísimo, un día castellano, uno de esos días que sólo he podido ver en mi amada tierra, sierras de Gata y de Gredos, encaramado en una sólida peña, lejos del mundo y mis enemigos y contemplando, en la dulce compañía de mi madre, cómo el Sol se dirige hacia el lejano horizonte, sobre él se cierne durante unos instantes, cuando lo atraviesa, y luego se oculta dejando un rastro multicolor y dilatado en el tiempo del que nunca llegaré a comprender la verdadera esencia.


(Texto extraído de la “Edad de las tinieblas”, el primero de los libros que escribió nuestro personaje).

Pues como decía, hizo esta foto en el curso de una magnífica tormenta primaveral, y con la cabeza, por supuesto, que entonces no había Kodachromes ni Fujichromes que ayudaran a retener fielmente la imagen, pero es lo mismo, la hizo y aquí la pongo, que me parece que vale la pena.

Published in: on Martes, junio 16, 2009 at 10:16 am  Dejar un comentario  
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