El siglo XX español en fotos
Aventura en la República española

Traigo hoy a colación un fragmento de “Perpétuum móbile“, el cuarto y último de los libros de memorias de Juan Evangelista, que se desarrolla durante el siglo XX. El texto que va más abajo cuenta una de las muchas aventuras que sucedieron al protagonista en el transcurso de la alborotada Segunda República Española, que él vivió en Madrid como delegado de la Cruz Roja. Por aquellos entonces debía de tener el aspecto de una persona de sesenta años, sobre poco más o menos.
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Como dije, yo tenía amigos en todas partes (en la Cruz Roja, en los sindicatos, en los bancos ingleses…), y durante aquellos años tuve ocasión de conocer y tratar a personajes variopintos. Por ejemplo, el negro Chevique. El negro Chevique, al que luego ahorcaron en un calabozo de la Modelo (quién, no se supo), era el que con suma añoranza decía, aquí los que tendrían que venir son Satalín y Molotouve, porque él, como sólo leía las revistas de los sindicatos, era un admirador de determinados personajes. El negro Chevique quería hacer las cosas bien, mil veces se lo oí decir acodado en la barra de un bar de la calle del Bronce, pero cómo se van a hacer las cosas bien cuando los que nos rodean tienen aficiones de salvajes y se dedican a voltear sillas por encima de su cabeza cogiéndolas con los dientes por la barra superior del respaldo…, porque aquello era lo que hacía el Matamares, que había venido de un pueblo costero de la Andalucía oriental. El matamares era el que decía,
–Dura e incierta es la vida del marinero…
… para concluir con hondo pesar,
–No hay suerte pa’l hombre honrao.
… y sus amigos sindicalistas atracaban bancos y, en los ratos libres, visitaban domicilios de personas pudientes. No pidas; tómalo, era su consigna.
–Vosotros sois muy valientes con quienes están en casa indefensos, porque la burguesía nunca se atrevió a empuñar las armas, pero ya veremos lo que ocurre el día que os saquen a tiros de algún lado, o cuando nos alcance esa batalla que está a punto de alcanzarnos a todos. No sé cómo no os da vergüenza andar de un lado a otro requisando joyas que luego os metéis en el bolsillo.
El que parecía jefe de aquellos muchachos, pues ninguno llegaba a los treinta, lucía en la gorra un emblema rojo y negro a guisa de galón.
–En realidad no lo hemos requisado, don Juan, no piense usted mal de estos pobres proletarios, que estaba abandonado delante de una casa y ya no era de nadie, ¡fíjese que automóvil tan magnífico! Su dueño ha huido al extranjero cuando se ha enterado de que íbamos a hacerle una visita. Alguien le habrá dado el soplo, porque esto está lleno de infiltrados, pero a nosotros nos ha servido para pasear como esos burgueses que usted dice. Ahora pensábamos ir a un establecimiento, y ya que le hemos encontrado…, ¿quiere acompañarnos?
El Río Club era un cabaret que estaba entre los dos Carabancheles, y aquella noche había actuación. Dejamos el coche en la puerta y ellos entraron en tromba, difícilmente refrenados por los porteros. La actuación había comenzado, y en seguida se alzaron voces reclamando silencio. Mis acompañantes, a los que salía el licor por las orejas, no sin gritos e insultos de muchos de los presentes consiguieron acercarse al escenario e instalarse en una de las primeras filas, detrás de lo que me parecieron unos matrimonios jóvenes, todos muy trajeados.
Luego se hizo la calma y la actuación prosiguió. Una muchacha cantaba una canción de moda acompañada por una orquestina, y mis conocidos, quizás impacientes ante el aire angelical de la música, comenzaron a gritar y aplaudir junto a las orejas de quienes estaban delante. Luego, no contentos con ello, se levantaron todos a una y, de la forma más discordante y puño en alto, comenzaron a entonar la Internacional. ¡Nunca lo hicieran!
Al principio hubo voces de protesta, sí, mientras ellos contemplaban insolente y chulescamente al personal que les abucheaba –pues no en vano llevaban pistolas en el cinto–, pero luego, de repente, aquellos que me habían parecido unos matrimonios se levantaron como rayos de sus asientos, cogieron las sillas y se las estrellaron a mis amigos en la cabeza, y eso que sólo eran tres. ¡Allí fue Troya!, que se suele decir, y pocas veces he visto una cosa tan rápida. Un instante después yacían los sindicalistas en el suelo, debatiéndose desesperadamente y chorreando sangre por doquier…, que ni oportunidad tuvieron de sacar las pistolas, mucho menos de hacer uso de ellas, y si a mí no me tocaron ello se debió a que, siguiendo el ejemplo del numeroso público, me aparté apresuradamente hacia la puerta una vez comenzada la refriega. La batalla concluyó en brevísimo y se oyeron unas voces, ¡la policía, la policía…!, todo el mundo salió corriendo y entraron unos cuantos guardias de asalto que, mientras intentaban levantarles del suelo, les dijeron, camaradas, ¿qué habéis hecho…?, no sabéis con quién os habéis metido, ¡el clan de la Veci!, gitanos de Andalucía, suerte habéis tenido de quedar vivos, a veces trabajan para los fascistas, ¿qué van a decir en la Dirección…?, ¿cómo se os ha ocurrido hacer una cosa así?, a ver, ¿quién es el que manda aquí?, y uno de ellos, que parecía ser el que llevaba la voz cantante, señaló en mi dirección.
–Bueno, pues venga –dijo el guardia–, todos al cuartelillo que vamos a poner esto en claro –y allá fui con los damnificados, que a duras penas podían caminar.
Llegamos y nos encerraron en un calabozo, y al cabo aparecieron unos guardias que dijeron,
–Desnudaros todos, que vienen los fumigadores… La ropa ahí, en un montón.
… y aunque la medida no me pareció inadecuada, porque aquellos mozos no probaban el agua ni en las comidas, dábase la circunstancia de que yo portaba entre las ropas un diamante enorme –una de las joyas de la marquesa–, que desde antiguo y en ocasiones solía llevar encima convenientemente escondido por si se presentara alguna contingencia inesperada.
–¿Qué hacer? –me dije, pero al instante lo supe.
Con el mayor de los disimulos la extraje de su escondite… y me la tragué. Luego pensé, aquí me las den todas, y observé que en el montón que se iba formando habían caído varias pistolas, que fueron de inmediato requisadas por los guardias.
–¡Todos contra la pared! –se oyó, y al instante fuimos rociados abudantemente con alguno de aquellos elixires que se utilizaban para matar los ácaros…
De aquel lance salimos bien –yo con el diamante dentro– porque al fin, tras muchas firmas, papeleos y gritos con el puño en alto, nos echaron de la comisaría. Sólo éramos una pandilla de borrachos que habían cogido por la noche, y eso, ¿a quién podía interesarle, dado lo que estaba sucediendo en las calles…?, y mientras montábamos de nuevo en el coche que nos había traído, lo pensé.
–¡La única vez que me han obligado a desnudarme, y ha tenido que suceder en la afamada Segunda República Española…!
… aunque el diamante lo recuperé durante el transcurso de la mañana, claro es.
Al día siguiente, en un periódico, con gruesos caracteres decía, ¡Carnaval en Río!, y continuaba, unos matrimonios han puesto fuera de combate a varios miembros de un sindicato; una de las señoras estaba embarazada, pero parece que no hay riesgo de aborto; los heridos fueron conducidos al hospital, en donde se les practicó una cura de urgencia… (etc.).
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A este respecto, y en lo que se refiere a estos libros, pueden verse los siguientes enlaces:
Tetralogía de Juan Evangelista
Perpétuum móbile
“La verdadera historia de Juan Evangelista”, enorme narración que consta de cuatro libros, cuenta la vida del personaje que le da nombre, alguien que nació en la Ciudad Rodrigo de 1680 y murió en estos tiempos que corren, rondando el comienzo del tercer milenio. El cuarto libro, llamado “Perpétuum móbile”, está dedicado a la descripción de lo que fueron sus hazañas durante el siglo XX, y comienza de la manera que puede leerse a continuación.
Si alguien quiere curiosear en el aspecto de uno de estos libros, puede hacerlo aquí: “Edad de las tinieblas”
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Juan Evangelista, quien ante ustedes se presenta, nació de padres ricos en la fortificada plaza de Ciudad Rodrigo durante los lejanísimos años que rodearon al de 1680, tiempos que fueron del cometa caudato, la peste bubónica y el último y fatal declinar del poderío español en el Orbis Terrárum.
Juan Evangelista, tocado de inexplicable melancolía, recorrió los primeros veinte años de su infancia de la mano de sus padres, maravillados ante el prodigio. También acompañado de la única compañera de juegos que tuvo a tan temprana edad, la niña de los ojos azules, que crecía, y él no… Luego llegaron los tiempos de las continuas huidas, la guerra con Portugal, la escondida casa nueva de las montañas y al fin la cueva, el paraíso en el valle del Lobo del vecino país, que seguramente se enclavaba en tierras del Alentejo.
Más tarde aún, cuando ya podía comprender lo que le rodeaba, amaneció el Siglo de las luces, la Ilustración y sus encendidas luminarias que alumbraron el terreno, la naciente ciencia que todo lo quiso medir a pesar de los obstáculos que los poderes establecidos pusieron en su camino. Allí conoció la manzana del amor, el sistema de los tres campos, las melodías de los maestros europeos y el perpétuum móbile, juguete de las clases ilustradas que pronto iba a revelarse ineficaz. También los caballos, único medio de locomoción de la época, y el despertar de la burguesía; l’eau heröique, que no es decir cualquier cosa; las aguas y tempestades del océano Atlántico, el amor desbocado, los insalubres pantanos de la región del Darién, los guardianes de los harenes de la costa de África y las abruptas y pedregosas montañas de la enorme cordillera de los Andes, y luego, cuando las luces de que hemos hecho mención se extinguieron y arribaron las guerras y revoluciones del siglo XIX –entre las que no fue la menor la de Nube Roja–, de igual manera las majestuosas locomotoras de vapor, en cuyo manejo fue doctorado por la práctica y las instituciones de la época. Al fin, el fabuloso y lejano archipiélago que se conoce como Indias Orientales apareció asimismo ante sus ojos, tierras y aguas de otro hemisferio en donde durante muchos años actuó como encargado y agente de las instituciones comerciales que componían los imperios marítimos de aquellos tiempos…, y aunque en el tintero nos restan la mayor parte de los hitos de que podríamos hacer mención, cesemos en esta copiosa relación y digámosolo de otra manera.
…
¡Qué ingente profusión de hechos diversos me condujeron hasta el lugar en que me encuentro, y cuán enorme es el caudal de nebulosos recuerdos que a mi mente vienen! Paso y repaso las páginas anteriores y me digo, Juan Evangelista, ¡qué exagerado eres!, pero mi vida no es la de una persona corriente y de ninguna manera podría contarla como tal. ¿Quién ha podido viajar en uno de los últimos convoyes de Indias que desde el puerto de Cádiz salieron, y al propio tiempo luchar entre los partisanos de la española guerra de la Independencia? ¿Quién ha recorrido las pampas, escalado los Andes y buscado mujer en las abigarradas poblaciones de Rio Grande do Sul o los harenes de los factores que escondidamente habitan en los puertos de la costa del África central? ¿Quién pudo discernir con los ojos de la cara las habilidades de mi lejana Inés, que subida en el tejado de nuestra casa y gracias a su violín hizo amistad con los pajarillos recién nacidos?
Sí, contemplo los libros anteriores y lo que en ellos se dice, y no puedo por menos de pensar, Juan Evangelista, ¡cómo han cambiado las cosas! Antiguamente todo se transportaba a mano o sobre los lomos de las caballerías. Del sudor de la frente hemos pasado a la caldera alimentada por carbón, y de las profecías de augures y heteromantes a la expansión universal de Hubble, uno de los mas renombrados sabios del siglo XX, y a todo ello asistí, pero es que mi vida fue una continua huida, pues estaba obligado a ocultar mis anomalías a quienes me rodeaban, fruto de lo cual fueron los constantes viajes y las familias que contribuí a formar y entre las que encontré cobijo.
Aquellos fueron tiempos antiguos, algunos muy antiguos, pero los siglos se cumplen y el aspecto de lo que nos rodea se transforma. Atrás quedaron los inmensos bosques y las silenciosas ciudades de piedra tallada, aunque también el hambre, las enfermedades infecciosas y la ignorancia de gentes que sólo podían agachar la cabeza ante los poderosos, reyes y prelados, nobles y usureros, nacidos con fortuna que ordenaban lo que había de hacerse.
…
Cuanto he dicho, sin embargo, no forma parte de una crónica mágica al uso, sino que es la auténtica narración de alguien a quien, por razones que se nos resisten, cayó en suerte vivir una existencia inusual, creciendo a un ritmo varias veces menor del que se supone común a las personas.
Sí, han leído bien, y es que nos las habemos con un personaje que nada tiene de habitual, Juan Evangelista, hijo del cometa y niño diablo al principio –eso dijeron en los tiempos antiguos–, pero ahora sabio y viejo, muy viejo, habitante al fin del lugar que llamamos mundo civilizado.
Juan Evangelista, lobo solitario que recorrió la faz de la Tierra animado de sus solas fuerzas, ha vivido más de doscientos años, aunque parezca imposible y novelesco, y aborda el último siglo de su existencia rico en sabidurías y billetes de banco de las más sólidas instituciones que en nuestro planeta existen, es decir, libras esterlinas y florines holandeses. Su perpetuo trasladarse le conduce desde la Insulindia, en donde habitó durante los últimos decenios, a las mediterráneas y templadas costas de las islas Baleares, una vez más su nación, y allí, ustedes lo van a ver, continuarán sus innumerables y pausadas aventuras hasta que lleguen el ocaso y la muerte, inevitable destino de todos los seres vivos.
En la Europa de 1930
“La verdadera historia de Juan Evangelista”, como ya se ha dicho en otros lugares de este blog, consta de cuatro libros. Del cuarto, que se llama “Perpétuum móbile”, aún no he puesto nada aquí, y para remediar tal carencia ahí van estas seis páginas, que cuentan algunos de los sucesos que acontecieron al protagonista durante un viaje que, como delegado de la Cruz Roja, hizo por la Europa de 1930.
Permanecí en Rusia el término de un mes, y habiéndome despedido de mis anfitriones invitándoles a ir a España, emprendí el regreso por camino diferente pues deseaba visitar Alemania, nación en la que entonces tenían lugar los más desaforados sucesos, y fue en Bielorrusia, o quizá en Galitza, una boscosa región de Polonia, en donde una tarde, cuando viajaba en un convoy de la Cruz Roja en el que hice varias jornadas, fui espectador de un bombardeo aéreo, quizá la única escaramuza de guerra moderna a la que haya asistido en persona.
Nuestra columna se componía de muchos automóviles y camiones, y se desplazaba con dificultad por caminos casi intransitables. Los vehículos, además, se averiaban continuamente, y nos veíamos obligados a pernoctar en las más extrañas localidades, lo que tomábamos con buen humor y siempre acompañados por el alcohol que en cada lugar hubiera disponible.
La tarde que digo avanzábamos penosamente, a no más de cuarenta kilómetros por hora, y contábamos con alcanzar el lugar al que nos dirigíamos antes de que se hiciera de noche. Estábamos cerca de alguna frontera, y en aquellos revueltos pagos no eran raros los enfrentamientos entre unas y otras facciones, lo que se evidenciaba en los continuos controles militares que por todas partes había. Uno de los coches de cabeza volvió apresuradamente, y aunque no pude entender lo que desde él se decía, observé que los conductores miraban ansiosamente al cielo.
Al instante, en efecto, nos sobrevoló un avión y se oyeron gritos urgentes que nos ordenaban dejar los vehículos y apartarnos de la carretera; nosotros llevábamos cruces rojas pintadas sobre los techos, pero aquella divisa no era una salvaguarda, pues los guerrilleros la utilizaban como bandera en sus incursiones. Luego, sin que pudiera precisar de dónde, aparecieron más aviones, algunos en vuelo rasante. Se oyeron tableteos de ametralladoras, y desde los trigales en donde nos habíamos refugiado reparé en que la carretera era barrida por balas que levantaban tierra del suelo. Un camión comenzó a arder y varias personas corrieron para ponerse a salvo. Nuevas voces avisaron de una segunda oleada, y aquella vez fueron dos los aviones que sobre nuestras cabezas pasaron rugiendo… y arrojando bombas. Las explosiones retumbaron peligrosamente cerca de donde estábamos y todos hundimos la cabeza entre los hombros, y luego, cuando pareció que se habían alejado, pudieron escucharse unos silbatos y, comandados por algunos soldados que viajaban con nosotros, tuvimos que colaborar para apagar los incendios, lo que nos llevó lo que restaba de tarde. Al fin pudimos reanudar el viaje en los vehículos que no habían sido dañados, y caída la noche llegamos a una aldea cercana, en donde había una guarnición y nos hospedaron los naturales, quienes nos proveyeron de comida y bebida que hubimos de pagar a precios astronómicos, aunque nos felicitamos por haber salido con bien del lance.
Días después, sin haber tenido otros encuentros dignos de mención, atravesamos la frontera alemana y llegamos a lugar civilizado, pues lo que a todos llamó la atención, tras tantos días por países dejados de la mano de Dios, fue lo limpio que estaba todo, las calles, las casas, y lo bien arreglado; podría haber parecido un país en paz, una Arcadia feliz, si no hubiera sido por las alarmantes noticias que habían llegado a mis oídos, pero al fin, tras varias jornadas más llegamos a nuestro destino, una ciudad en donde debíamos dejar los vehículos.
Yo viajaba, como ya he dicho, con varios ingleses y franceses que pertenecían a la Cruz Roja, y al llegar nos encontramos con que, dispuesto por las autoridades, teníamos alojamiento reservado en el mejor hotel de la población, lo que agradecimos tras un viaje tan aventurado. Sin embargo, aquella misma tarde, uno de los ingleses nos advirtió sobre la presencia de micrófonos ocultos en las habitaciones.
–¡Pensarán que somos espías! –dijo alguien con chanza, pero no era aquel –en donde en seguida se iba a hablar del dominio de la niebla y de la noche, expresión alimentada desde la más alta burocracia y que aludía a la suerte que tenían reservada a los disidentes– lugar a propósito para las bromas, y allí, al igual que me había sucedido en Rusia, también se nos largó una buena ración de propaganda sobre los méritos de la reconstrucción nacional.
Un burócrata, que seguramente era miembro del partido nacionalsocialista –entonces en pleno auge, aunque aún no hubiera llegado al poder–, nos enseñó los lugares más sobresalientes, principalmente fachadas barrocas, museos y grandes plazas adornadas con fuentes, y cuando le preguntamos por la fábrica de armamento, pues en la ciudad se enclavaba una renombrada industria fabril, nos dijo que aquello eran habladurías y cambió de asunto. Él hablaba en inglés, pero cuando se dirigía a mí lo hacía en español, aunque con un acusado acento francés que también tenía algo de sudamericano, y a la hora de las apologías sobre los logros del régimen, lo que fue habitual durante los días que nos acompañó, elevaba el tono y se acompañaba ampliamente con las manos. Parecia inofensivo, pese a los correajes que a veces exhibía, pero una tarde en que me había apartado del grupo para fotografiar una calle lateral que me pareció digna de un cuadro antiguo, interrumpió su inagotable discurso, vino corriendo hasta el lugar en que me encontraba y me colocó apresuradamente la mano delante del objetivo.
–¡Verboten, verboten…! –casi gritó mientras fruncía el ceño, y mirándome con cara de pocos amigos, añadió–. Pog favog, señog, le agradesegué que siga mis indicasione –por lo que desistí de mi intento, aunque, al tiempo de echar una última ojeada al lugar, me pregunté que habría en aquella calle.
Pocas veces más vi a aquel gesticulante individuo porque pretexté haber enfermado, y también porque, habiendo concluido la gestión que allí nos llevó, abandonamos en seguida el país, pero antes de hacerlo me las ingenié para llevar a cabo una visita a un lugar que me indicó un personaje que conocí en el bar del hotel.
Alguna noche me quedé acodado a la barra y con una botella delante hasta horas tardías, pues mis acompañantes llevaban a rajatabla los madrugones. El lugar solía estar desierto, fuera de alguna pareja que lo había adoptado como escenario para sus abrazos, y en él trabé relación con el único cliente asiduo que parecía tener. Era de mediana edad y cara enrojecida por el alcohol, y en alguno de los coloquios hizo mención de un bosque y de los viejos tiempos…
–¿Quizá le gustaría a usted verlo? –me preguntó, y yo, desechando mis temores, pues en aquel país todos tenían algo de espías, le dije que sí, que por supuesto, de forma que durante la tarde del día siguiente dimos un largo paseo por anchas alamedas que bordeaban canales.
–Le gusta, ¿verdad? –dijo mi cicerone–. Alemania es un gran país, patria de Bach y de Hegel y de tantos otros… ¿Sabe usted quiénes fueron?
Yo asentí.
–Sin embargo, hoy tenemos a Hindenburg, y la literatura se nutre de títulos como Mein kampf… ¿Oyó usted hablar de ello?
Yo negué con la cabeza, y él, mientras caminaba y a media voz, masculló,
–Mejor.
Al fin llegamos a un puente que cruzaba un ancho río. Al otro lado se divisaba lo que parecía un selvático bosque, y señalándome la linde de la espesura dijo,
–Bien, ya hemos llegado. Ahí tiene usted lo que era el orgullo de la población, pero el paso ha sido ahora restringido por las autoridades y ni siquiera se han preocupado de explicar los motivos. ¡Dios nos ha abandonado…! Allá lo puede ver, aunque no sea prudente acercarse más –y así debía de ser, pues la carretera estaba obstruida con barreras de cemento, alambradas y lejanos cartelones que prohíbían el paso.
Volvimos al hotel lentamente, y durante el recorrido nos cruzamos con lo que parecía una de aquellas manifestaciones que tenían lugar en Madrid. Sin embargo, qué diferencia, porque si en mi país eran obreros con su característica indumentaria los que gritaban y ocupaban las aceras, allí fueron personas mayores ataviadas de la más estrafalaria manera las que transitaron marcialmente por la calzada. Las banderas con la esvástica marchaban al frente, y todo eran insignias y correajes (de nuevos los correajes) que cuadraban mal con el aspecto (no digamos la edad) de quienes los portaban.
–Así es –dijo quien me acompañaba ante mi expresión–. Nos hemos vuelto locos… Alemania se ha convertido en un lugar en el que todo el mundo pasea por la calle vestido de militar. Todos gritan mucho, marcan el paso y pegan continuos y recios taconazos, y fíjese: ¿observa que la mayoría luce esos llaveros con la imagen de Hitler? Su fabricación es una industria pujante, y deja buenos dividendos al partido. ¡Si hasta los turistas que nos visitan los compran…!
Una vez más, revueltos acontecimientos de todos los signos…
Días después abandonamos aquella ciudad y tomé el rumbo de la ciudad de París, que tenía curiosidad por visitar pues no había vuelto a ella desde más de cien años atrás, cuando en su seno viví en compañía de Isabelle, mi mujer francesa de tales tiempos. Arribé una mañana en un ruidoso expreso nocturno…

