Juan Evangelista en un serrallo africano

Juan Evangelista, que vivió trescientos años, tuvo tiempo sobrado para recorrer casi todo el planeta. Las aventuras que cuenta son constantes, y de ellas he entresacado esta escena que se puede datar hacia mediados del siglo XVIII y suponer que sucede en algún lugar de la costa occidental del África tropical. Allí estaban las factorías de tratantes de esclavos, y nuestro personaje pasó por una de ellas en cierta ocasión, lo que, amén de otros mil sucesos, narra en el segundo de los libros de sus memorias, el llamado «Siglo de las luces».

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En el lugar en que estuvimos se concentraban no menos de cuatro o cinco factores diferentes, dueños de almas y haciendas, y de acuerdo con su competencia y rango disponían de harenes más o menos numerosos. Yo nunca tuve trato con ellos, los potentados de las latitudes en que nos encontrábamos, pero sí con la cuidadora de uno de los serrallos, negra vieja y arrugada que hablaba castellano por sus frecuentes tratos con mis paisanos, visitadores frecuentes de las costas, y como en aquel lugar eran pocas las personas que disfrutaban de tal habilidad, trabamos una creciente amistad. Desde el principio me demostró gran simpatía, e incluso curiosidad por mis rarezas, pues me hacía compañía en mis obligados ocios y paseos nocturnos, y una vez hubieron transcurrido los primeros tiempos me abrió las puertas de sus dominios, y de su mano y bajo la vigilancia de un monumental negro que no me quitaba ojo, recorrí los salones en donde las mujeres hacían la vida nocturna entre ruidosos bailes, comilonas y saraos sin fin. Las bebidas corrían sin tasa, y a fe que tras probarlas tuve que convenir en que su calidad no tenía parangón con lo que se servía a los extranjeros en las tascas del poblado, y las desnudeces, unas veces veladas pero otras manifestadas sin recato, estaban a la orden de las horas en que todo se desarrollaba. Aquellas mujeres me miraban, claro es, pues pocos eran, si hacemos excepción de eunucos y otros guardianes, los hombres que en tal lugar tenían entrada, pero debido a mi más que juvenil aspecto, las miradas eran de simpatía o sorpresa y su interés no muy grande.

Un harén, acorde con lo que yo suponía, es un lugar de continuos sobresaltos, de alborotos y frenesíes incesantes, de carreras diurnas y nocturnas y esconderse y ocultarse del amo con el apoyo de los eunucos, personajes con los que allí tuve trato por primera vez, para mostrarse sólo en ocasiones elegidas, cuando las voces arrecian y el castigo se adivina cercano. Es un lugar tumultuoso en el que raras veces se lleva a cabo la función para la que fue creado, ya que su poseedores suelen ser personas de edad avanzada y estado, por lo general, de ebriedad casi absoluta, pero en donde suceden cosas, claro es, puesto que las acogidas en tales instituciones suelen ser jóvenes, en algunos casos muy jóvenes. Con los días descubrí que en un ala del edificio se aposentaban precisamente las más jóvenes, que aparentaban la edad de mi lejana Marifló, y entre ellas descubrí a quien, en el curso de los días venideros, en lo bueno y en lo malo iba a causarme emociones similares a las que me proporcionó Rubí. Aquella niña, mi preferida, de nombre Esmeralda y no descollante por su actividad entre tales hembras y doncellas, era una criatura de piel negra…

Muchas noches pasé allí, pues tras agotar la ronda con mis compinches encaminaba los pasos al lugar que conocía y deseaba, siéndome franqueada la entrada sin reparos en la mayor parte de las ocasiones, y en tal lugar observé algo que había de llamarme la atención, como fue que tras mi cotidiana llegada, la niña de mis ojos dirigía su mirada hacia mi persona… ¿Por qué?, me preguntaba, y es que como ella entraba y salía frecuentemente de aquel gran cuarto en donde se aposentaban las huríes –pues su oficio en el lugar que digo era el de camarera–, con los días pude observar que cuando accedía a la gran habitación me buscaba fugazmente con la mirada, y como su actividad era constante, cada vez que pasaba ante mí me dedicaba una de sus inquisitivas ojeadas, correspondiendo yo a su interés con idéntica actitud y disimuladas sonrisas…

Quien fue mi protectora en aquella parte del mundo, creyendo con buen sentido que ello iba a ser de mi agrado, me introdujo luego en los secretos atisbaderos de las salas, al principio a escondidas pero luego más desahogadamente, en donde me dejaba solo para que me expansionara a mis anchas, y lo que allí encontré… A través de las mil rendijas que en paredes de paja y adobe pueden existir tuve ocasión de observar la vida secreta de las mujeres, conocimiento que está al alcance de pocos y me cautivó, y durante noches dediqué mi atención a los sucesos que en tales lugares se producen…, pero en vez de hacer mención de ello –secretos celosamente guardados, reservados a los elegidos y que no deben desvelarse–, vayamos a lo que de puertas afuera y al alcance de todos sucedió.

La dueña, con los días y habiendo observado mis preferencias, me persuadió para que diera de lado las contemplaciones y pasara a los hechos, y a una ininteligible orden suya, ella, mi preferida, se arrodilló ante mi asiento, alzó su cara hacia la mía, me tomó por la mano y me llevó hasta una habitación desierta…, y de esta forma me encontré en un lecho –que sin duda era observado como los que antes describí– con la niña de mis sueños, pero, ¡sorpresa!, no se desarrollaron los acontecimientos como yo preveía, pues tras las ceremonias de rigor –y con pesar he de decir que me comporté como el más irracional de los animales– ella se levantó, se vistió y desapareció sin haber dado la menor muestra de entusiasmo.

–¡Juan Evangelista… –me dije cuando me quedé solo, desnudo y desconcertado en aquella habitación desconocida–, que te fue regalado el Paraíso y lo mancillaste! Sí, lo envileciste con tus prisas y falta de mundo… ¡Corrompiste el dilatado sentimiento que procuran las miradas lejanas con los actos físicos más urgentes e inmediatos, y todo en aras de esa fugaz necesidad de la que ya no te acuerdas…! ¡Una vez más obligaste a una mujer a llevar a cabo actos no deseados…! –y con cierta aflicción recuperé mis ropas y mi escaso espíritu y, tras hacer propósito de enmienda, salí sin despedirme.

Así transcurrió aquella cálida estación, taladrándonos con agudas miradas a distancia pero sin llegar nunca a comprendernos por entero cuando llegaba la hora del amor, pues aquello se repitió en ocasiones, y si bien estas no fueron todo lo habituales que hubiera deseado, sí he de consignar que mis buenas intenciones quedaron en vanos pensamientos, pues a los arrebatos propios de la edad seguía el poso de tristeza que noche tras noche captaba en su expresión.

Luego, una noche en que observaba las actividades, bailes y risas de las componentes del harén, sucedió que alguien le dijo algo al oído –yo lo observé; desde lejos vi como otra de las camareras le susurraba palabras–, y entonces aquella muchacha, negra como un carbón y hermosa como la diosa Venus, sorprendida por lo que acababa de oír comenzó a dar saltos sobre las partes anteriores de sus pies, creció una vara. Ella era una niña apagada y nunca la había visto distinguirse por sus énfasis, aparentemente mortecina y silenciosa como la misma selva nocturna, tensa e impávida e inescrutable como una estatua y engañosamente débil como una flauta…, pero, aquella vez, Esmeralda comenzó a cantar sobre sus pies, a entonar la dulce y eterna canción de las mujeres que son mujeres y salmodiar con su esqueleto lo que no hubiera comprendido si hubiera salido de su boca, docto recurso y trámite de alguien que ha crecido con el perenne sol sobre su cabeza, el Astro Rey que madura aceleradamente a aquel a quien pone bajo sus ardientes ojos.

Ella era mi preferida, como dije, a quien siempre había encontrado inerte, pero en aquella ocasión y gracias a un exterior impulso, los mecanismos de su cuerpo se pusieron en marcha como nunca hubiera podido figurarme. ¿Cuál era el mensaje que tal milagro había conseguido?, me pregunté tal vez desairado, y para mi sorpresa y disgusto resultó que en seguida iba a averiguar la razón de tales alegrías, y de la forma que más podía desagradarme y menos podía imaginar.

¡Mujeres traidoras, que siempre me sorprendisteis, y cuando más os necesité huisteis raudas de mi lado! ¡Cuántas veces debí tropezar en las mismas preciosas piedras, Rubíes y Esmeraldas…, para acabar averiguando lo que vosotras sabéis desde casi el mismo momento de vuestra concepción!…, y es que la torpeza de los hombres es proverbial y nuestra única función la de fecundadores, siéndonos vedadas la sagacidad y la astucia, la perspicacia y el recto discernimiento, facultades todas que la Naturaleza considera baladíes para llevar a cabo acto tal.

La dueña, aquella noche, me hizo una seña desde el otro extremo del gran y concurrido salón, y cuando atendí a su demanda me encontré una exquisitez entre las piernas, jóvenes mulatas que me condujeron, me desvistieron y se dieron a toda clase de excesos, excesos que yo nunca había imaginado pero me sugirieron nuevos pensamientos.

–¡Esmeralda, eres tú quien grita…! ¡Esmeralda, eres tú quien está aquí, conmigo…! –y pese a cierto remordimiento de conciencia lo disfruté, porque, ¿a quién amarga un dulce?

Luego, acabada la faena –y debo decir que no quedé en absoluto descontento–, retorné obnubilado a la gran sala, y quien me protegía me hizo un nuevo gesto.

–Mi querido Salamanca… –me dijo jocosamente, porque aquella anciana había mejorado con el trato el uso de mi idioma–. ¿Se siente con ánimos, tras su solaz, para contemplar el espectáculo final?

… y como yo, creyendo que al fin iba a producirse alguna novedad en los deseos de mi amada, afirmara con la cabeza, me condujo pasillo adelante hasta una desierta habitación, en donde me dejó solo recomendándome por gestos que guardara silencio…

Los gritos y gemidos que al cabo de un rato comenzaron a adivinarse al otro lado del tabique me resultaron vagamente familiares, y cuando me aproximé a la pared, tan agujereada como todas las que el africano continente encierra, me encontré a la diosa Esmeralda –diosa joven, es cierto, aunque vehemente– abigarrada con dos eunucos del harén, los cuales, babeando y con los ojos como platos, le estaban introduciendo sus ropas, que no eran mayores que una larga y gaseosa y ligerísima túnica blanca, en sus partes más recónditas, y todo lo que no había hecho ni gritado conmigo lo hacía y gritaba en aquel momento, y lo que era más…, ¡en la inexplicable compañía de aquellos dos cerdos!, y fue tal mi indignación, ¡juvenil ignorancia!, que enarbolando el machete que a mis manos vino me precipité a través de la frágil pared rompiéndolo todo y clamando las mil voces del más encendido despecho.

Los eunucos se incorporaron aterrados ante tal visión y desaparecieron en los pasillos dando gritos histéricos, y ella, sorprendida en sus más íntimos actos y amor propio, abrió la boca, de improviso muda… Caí sobre su cuerpo, que yacía desnudo y boquiabierto, inmóvil a más de chasqueado, y levanté el cuchillo dispuesto a cortarle el cuello de un tajo, pero cuando la vi allí, postrada y somnolienta, que aún no había salido de su asombro y ni siquiera parecía darse cuenta de lo que estaba sucediendo, bajé el arma y la contemplé estupefacto. Esmeralda, agitada por lo que parecían estertores, no gritó ni intentó defenderse sino que exhaló un suspiro larguísimo, un suspiro tan ronco como la voz de alguno de aquellos animales invisibles que durante los últimos meses había podido percibir…

De un salto me puse en pie, arrojé el machete a un rincón y, dando media vuelta, salí de la habitación corriendo y casi llorando, y en la antesala pude observar a mi protectora de aquellos lúbricos tiempos, que instalada en un rincón, protegida por el gran guardián y mientras deleitada dejaba escapar sus risillas de comadreja, decía,

–¿Por qué, Salamanca, si tú hiciste lo propio…?

¿Sabían ustedes que un burro rebuznando es cosa que asusta muchísimo a las mujeres negras, sobre todo si tal suceso ocurre por la noche? Yo fui instruido en aquella treta por un portugués recién desembarcado y al que conocí en uno de los tugurios que había en nuestra aldea, lugares nocturnamente frecuentados por mi persona tras los sucesos anteriores, pues al harén de mi amiga nunca volví. Tenía, además, el agente necesario, es decir, el asno, que se apresuró a desembarcar en cuanto llegamos a un acuerdo. Él era amigo de toda clase chanzas y chirigotas, y aunque la operación podía tornarse peligrosa para sus autores, puesto que yo ignoraba por completo la actitud de quienes nos alojaban hacia las bromas de grueso calibre, no dudamos en ponerla en práctica.

Una noche oscura, noche sin luna y poblada de cuanto tenebroso rumor pueda esperarse oír en lo más profundo de la selva, condujimos al animal encapuchado desde donde lo teníamos oculto hasta los aledaños de la para mí familiar mansión. Llegados a sus inmediaciones le descubrimos los ojos al tiempo de aguijonearle, y el infeliz jumento, que no esperaba tal acometida de quienes ni siquiera veía, prorrumpió en lamentos y alaridos y se dio a la carrera por los angostillos vecinos, y a inmediata consecuencia de ello, tal y como me había anunciado el portugués, el harén y aun el pueblo entero se despertó y despobló, y ni la multitud de guardianes del serrallo fue capaz de impedir la desbandada. Todas las negras y mulatas del entorno se levantaron como poseídas de sus lechos, corrieron desnudas por calles y pasillos y sobrepasaron los palenques, desapareciendo en la oscuridad de la selva y escalando con envidiable agilidad cuanto árbol encontraron, lugares a los que, cuando llegó la mañana, hubieron de ir a buscarlas sus dueños verdaderos…

Luego todo aquello pasó y mis andanzas nocturnas se redujeron a la nada. El último mes lo ocupamos con noticias que nos hablaban de la inmediata llegada de la mercancía que esperábamos, humana mercancía que debía haber tocado mis fibras, pero como quiera que los acontecimientos que narré estaban recientes, y mi simpatía por lo que representara la raza negra no había aumentado, no pensé ni mucho ni poco en ello, dedicando mis esfuerzos a lograr el mayor éxito posible en nuestra aventura.

Una mañana, cuando lo anterior estaba anegado en frecuentes mares de infame licor, nos llegó la nueva de que el barco iba a ser cargado, operación que se hacía en escaso tiempo y era dirigida por negros armados de pistolas y rebenques, y no había llegado el mediodía cuando nos dijeron que embarcáramos aprisa pues no había barcos a la vista, los temibles corsarios amigos de lo ajeno, lo que hicimos de inmediato, y más tarde, desde el puente y sobre la ascendente marea de voces que llegaba de las bodegas, contemplando cómo se alejaba la costa no pude evitar pensar en quien se quedaba atrás, Esmeralda, mi frustrado amor africano y de la que nunca volvería a ver cómo fugaz y huidizamente ponía sus ojos sobre mi persona…

Published in: on Sábado, octubre 16, 2010 at 2:25 pm  Dejar un comentario  
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Influencia de la música sobre la escritura

 

Trucos diversos sobre el arte literario. Capítulo segundo.

Resulta frecuente sentarse ante la mesa dispuesto a escribir algo maravilloso…, y quedarse en blanco. Pues bien, para combatir tan estéril y frustrante estado de ánimo propongo una receta que a mí me ha dado un resultado cuando menos sorprendente: se trata de escuchar música, de dejarse acompañar por la música (la más bella de las Bellas Artes, como es sabido) al modo en que lo hacía el antiguo hilo musical. No se trata de escucharla conscientemente, sino antes bien de permitir que la mente se sumerja en su acariciador arrullo (por decirlo de una manera historiada) y, bajo su influjo, las neuronas que todos tenemos en el cerebro se vayan acoplando adecuadamente, que no otro es el fenómeno físico al que llamamos inspiración. Por extraño que pueda resultar (a muchos les sonará a cuento chino), es un truco que da resultado, y llega un momento en que las ideas afluyen a la cabeza como surgidas de un lugar que estuviera fuera por completo de los límites de nuestro limitado universo cotidiano, que no es poco. Eso sí, hay que perseverar en el empeño, y añadiré que nadie debe esperar resultados tangibles tras un par de sesiones, pero esto es lo de menos, pues para escribir cosas que valgan la pena hay que aplicarse en la labor durante un número de horas que habría que describir con guarismos más propios de la astronomía.

Y en cuanto a qué música, también desvelaré mi personal punto de vista: yo conseguí tan peculiar estado de ánimo (y advierto que no me ha abandonado y sospecho que ya nunca lo hará, pues en momentos de sequía sigo utilizando este recurso) escuchando una tras otra las famosísismas y abracadabrantes (y digo poco) cantatas de Juan Sebastián Bach, el más influyente y armónico músico que nunca vivió sobre este planeta nuestro. Tienen la ventaja añadida de que son muchísimas (unas 230), y cada una dura del orden de 25 minutos (por término medio), por lo que tras meses y meses de veladas audiciones vuelves a empezar y no te acuerdas de nada, siempre te parece música nueva, que es lo que menos distrae a nuestros propios pensamientos, pues son ellos, precisamente, los que tienen que fluir de la más espontánea de las maneras.

Nota final:

Lo que he escrito, contra el parecer de muchos (seguramente la mayoría en esta sociedad en que lo único que se vende es el fútbol, el cotilleo, la pornografía y todo aquello que nos dicta la televisión), es la pura verdad, aunque resulte raro, y desde aquí recomiendo encarecidamente el uso de esta técnica que da magníficos resultados, como he aprendido por propia experiencia, aunque tampoco desecho la posibilidad de que otras personas consigan lo mismo escuchando otras clases de músicas. Ya me contaréis, si es el caso y alguien se atreve con el experimento.

Published in: on Viernes, abril 16, 2010 at 8:05 am  Dejar un comentario  
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La música de Juan Evangelista

Jordi Savall

Juan Evangelista habla en sus libros de música, puesto que él, educado en ello por sus padres durante la infancia (principios del siglo XVIII), fue un buen flautista. Y cuenta que la pieza que se le quedó grabada para siempre, puesto que la oyó desde muy pequeño, es la celebérrima “Folía de España”, anónimo español que algunos remontan hasta el siglo XIV y que luego, con el correr de los tiempos, iba a ser objeto de glosas sin fin, entre las que destacan el concerto grosso que escribió Arcángelo Corelli y un trío sonata de Antonio Vivaldi, el RV 63.

Su padre era un señor que tocaba el violín, y su madre cantaba y tocaba la flauta. Los amigos de sus padres eran también muy aficionados a la más bella de las Bellas Artes, y entre todos componían una orquesta con violas y violones, dulzainas, cítaras, castañuelas y tambores, que él tuvo ocasión de escuchar harto durante la infancia.

Por cierto, su padre se parecía (a juzgar por lo que se dice en el primer libro, “Edad de las tinieblas”), a quien aparece al principio de este comunicado, que no es otro que el mejor violagambista de este planeta, el archiconocido Jordi Savall.

De esta forma, hoy os traigo el enlace de un sitio de youtube en donde se puede contemplar al grupo del señor que cito (Jordi Savall), tocando precisamente la Folía de España, y tocándola tal y como se debía de tocar en aquellos tiempos, los primeros años del siglo XVIII. Vale la pena verlo, pues la música es maravillosa, y los intérpretes, gente muy seria, maestros donde los haya, y es que el que sabe, sabe, y los demás a Alemania, a aprender, que estamos hartos de aficionados.

Jordi Savall y su grupo tocando la Folía de España

(Lo que puede escucharse no es exactamente la “Folía de España”, sino una de las muchísimas versiones que sobre este anónimo se han escrito: las “Diferencias sobre las folías” de Antonio Martín y Coll, fechada hacia 1706 y música como para caerte de espaldas).

El niño salvaje

 

Juan Evangelista, personaje que nació en la Ciudad Rodrigo de 1680 y murió con la llegada del tercer milenio, y personaje, además, cuya vida constituye el núcleo de este blog, tuvo un encuentro de niño con un fauno. La historia es larga y está en el primero de los libros de sus memorias, Edad de las tinieblas, pero aquí voy a poner un trozo. Lo que se narra podría datarse hacia 1725, cuando con sus padres vivía en una cueva del vecino reino de Portugal.

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Contaré ahora uno más de los episodios de mi vida, pródiga en ellos, que resultó harto instructivo, amén de luctuoso, y ocurrió por las fechas que narro, cual fue mi primer encuentro con un fauno.

Yo, como dije, tuve escasísimos compañeros de juegos y parientes de mi edad, y aunque en el poblado vecino a la cueva había hecho algunas amistades, cuando éste se despobló me quedé sin ellas. Estaba, por tanto, acostumbrado a la soledad, pero una primaveral tarde del cualquier año, cuando efectuaba una más de las correrías que me llevaban a introducirme en los montes y bosques que nos rodeaban, excursiones que tan poco gustaban a mis padres y que procuraba hacer a escondidas, tuve un encuentro propio de ser narrado con mejor estilo.

Sucedió que, al borde de un arroyo que estaba a escasa distancia de nuestra cueva y yo frecuentaba por lo extraordinario del lugar, mientras agachado contemplaba en el agua lo harapiento de mi aspecto y los árboles que me rodeaban, algo se movió fugaz y sigilosamente a mis espaldas. Me di la vuelta alarmado, pero no vi nada. Detrás de mí sólo había inmóvil vegetación en aquella tarde tranquila, y fuera del débil murmullo del viento y las hojas no se percibía ni un ruido, aunque yo estaba seguro de haber visto…

Estaba pensando en ello cuando un bulto surgió de la maleza. En donde sólo parecía haber amarillentas y pajizas zarzas algo se alzó lentamente, algunas de aquellas hierbas se movieron y asomó lo que parecía una cabeza, luego una revuelta y enlodada frente, más tarde unos ojos encendidos…, y me encontré frente a un ser indescriptible. Al pronto creí estar ante algún animal salvaje, tal era su traza, pero las pupilas que me contemplaban, que sólo podía adivinar entre aquella maraña, no me parecieron las de un ser irracional sino que las relacioné con las de las personas. ¿Era aquel ser un extraño y peludo lobo acechante o una criatura nueva para mis escasos conocimientos? ¿Era quizás un fauno, un individuo de la mitológica especie que con anterioridad había oído citar…, o un simple niño, como yo?

La sorpresa me dejó inmóvil y la boca se me abrió de manera involuntaria. Nos contemplamos durante unos instantes, y luego, lo más lentamente que pude, alargué la mano hacia él. Torció la cabeza, como si quisiera observarme mejor, y también abrió la boca, pero cuando di un paso retrocedió alarmado y endureció la expresión. Di un nuevo paso y volvió a retroceder, saliendo de los matojos que hasta entonces le habían ocultado…, y entonces pude verle por entero. Iba desnudo, pero la endurecida capa de barro que le cubría semejaba un astroso traje que protegiera su piel. Además, estaba en cuclillas, que parecía ser su postura natural, y para moverse se apoyaba continuamente en las manos.

A mi vez me agaché, procurando imitar aquella actitud, y tan despacio como pude fui hasta él, que me observaba con desasosiego y recelo. Varias veces estuvo a punto de escapar, aunque su curiosidad se lo impidió, y cuando estuve a su lado, con movimientos cada vez más lentos levanté la mano y le acaricié la cara, mientras él, resoplando leve y desconfiadamente, me observaba presto a salir huyendo. Luego, tras producirse el roce, dejó escapar un suspiro, levantó repentinamente la mirada, hizo una mueca, lanzó un aullido propio de lobo y, dando media vuelta y como un rayo, rompió a correr desenfrenadamente. Yo, cogido por sorpresa, corrí como pude detrás de él y lo llamé con las únicas voces que se me ocurrieron.

–¡Eeehhh, ven…! –gritaba mientras corría–. ¡No corras, ven…!

… pero aquel niño, pues pese a su extraña forma de moverse y esquelético aspecto nunca dudé de que lo fuera, era mucho más rápido que yo. Con muy ágiles movimientos y piruetas pronto se puso fuera de mi alcance, y lo último que alcancé a escuchar fueron los precipitados y lejanos pasos de alguien que aplasta las hojas y se pierde sin remedio en las entrañas de la selva… Luego, nada.

Corrí un poco más tras aquella fantasmal aparición, pero al fin, en un claro, hice alto y me declaré vencido. Mientras miraba a mi alrededor, con las manos como bocina grité,

–¡Eeeh…, vuelve…!

… pero sólo los ecos del bosque y algún pájaro que no pude ver me contestaron.

Más tarde, mientras volvía a casa agitado por el raro suceso, intenté caminar como lo hacía él. ¿Cómo era…? Desplazarse como un animal, apoyando las cuatro extremidades en el suelo, era difícil, y aún más correr a aquella endiablada velocidad a que le había visto hacer…, por lo que tras infructuosos ensayos recobré mi postura original, aunque no sin echar sorprendido de nuevo la vista atrás.

Published in: on Viernes, enero 8, 2010 at 3:00 pm  Dejar un comentario  
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Lamentación como del miserere

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¿Qué podría contar de Juan Evangelista, personaje que nació en 1680 y vivió tres siglos, que no haya dicho en estos blogs? Porque semejante fenómeno tiene dedicados a su persona dos de estos engendros informáticos que nadie lee, y si lo hace es por ver si sale algo pornográfico…

(Este es otro de esos blogs: Blog de Juan Evangelista en Ohlog.com)

La verdad es que resulta harto ingrato observar el estado actual de la humanidad, ayuna de estímulos y propósitos y sólo dedicada a desentrañar los secretos del poder, el sexo, el dinero (y el golf)… Codicia, lujuria, soberbia…, pecados capitales todos ellos y que únicamente conducen a la imbecilidad.

Comprar objetos que no necesitamos con dinero que no tenemos para agradar a gentes que nos disgustan… Tal es el entretenimiento de la mayor parte de las personas que conforman la sociedad de consumo, eso que los cursis conocen como estado del bienestar

Sí, nuestra sociedad es una de las más estúpidas que ha engendrado el planeta Tierra, lo digo sin el menor recato, y cosas peores hubiera dicho nuestro protagonista, que vivió a sus anchas durante los siglos XVIII, XIX y XX y de todo supo sacar partido. Por eso, lo dejo aquí. A lo mejor el mes que viene, o el trimestre que viene, vayan ustedes a saber, se me pasa el malhumor y sigo contando las aventuras que me llevaron a abrir estos blogs, aventuras de alguien muy especial pero que en nada interesan a quienes tienen como único guía el don dinero que todo lo puede. ¡Bueno, no!, que mejor voy a añadir un párrafo del “Siglo de las luces“, segundo libro de las memorias de quien se hace mención, y que, en boca de uno de sus amigos ingleses -quien lee de un libro de la época en una discusión sobre constituciones (no se olvide que esto sucede hacia 1770 y en las costas del Perú español de entonces)- dice lo siguiente:

«Hablando de esa confusa ciencia que es la política, hay que decir que las idílicas ideas que el pueblo llano posee sobre las virtudes que se atribuyen a los poderosos, todo cuanto atañe a la justicia, la igualdad, la continencia, la confianza mutua y demás zarandajas con que intentan enredarnos, son falsas. Todo, absolutamente todo, se reduce a la fuerza».

Los impetuosos vientos del otoño, que a tantos desagradan, contribuyen a arrancar de los árboles las hojas secas, y de esta forma consiguen que las plantas (las que sobreviven a la tempestad) se fortalezcan con vistas al próximo ejercicio. ¿Será esto lo que tiene que suceder con las personas? Quizá sea un otoño lo que necesitamos, pero la naturaleza es sabia, y si nos tiene en esta intermedia etapa entre dos revoluciones, por algo será.

(Nota final: en la imagen que antecede al texto, don Juan Evangelista cuando tenía alrededor de sesenta años y vivía en los mares del sur, andanzas que se relatan en el tercer libro, o sea, la “Era de las máquinas”).

Published in: on Sábado, noviembre 7, 2009 at 4:05 pm  Dejar un comentario  
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Cuando Juan Evangelista salió de casa de la viuda

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Juan Evangelista, nacido en 1680 en el término de Ciudad Rodrigo –hoy en la provincia de Salamanca, aunque siempre frontero al reino de Portugal– corrió mundo durante trescientos años, larguísima vida, y transitó durante ellos a lo largo y ancho del planeta Tierra. Vivió los siglos XVIII, XIX y XX, y, como es lógico, le sucedió de todo.

Hoy traigo una de sus aventuras en la ingente cordillera de los Andes, que tuvo lugar cuando, hacia 1750, por la fuerza de las circunstancias se vio obligado a huir de casa de la viuda que le acogió en las tierras altas peruanas… (El que quiera enterarse en profundidad de sus avatares lo tiene muy fácil; puede leer el Siglo de las luces, novela a que pertenece este fragmento, o la Edad de las tinieblas, primer libro de la serie).

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 Mientras sucedía cuanto conté, durante todos aquellos años, había mantenido correspondencia con el convento de origen de Juan Everardo, sito en una lejana provincia española que nunca había visitado y a la que llamaban Rioxa, y de ella me llegaban puntualmente misivas hablándome de cuestiones que en ocasiones no comprendía, pero dada la lejanía de tal lugar hice caso omiso de sus requerimientos y me dediqué a informarles con todo lujo de detalles sobre mis actividades, para lo que hube de inventar un nuevo personaje, el escribiente de aquella casa, al que, imitando el rufianesco estilo que recordaba de nuestras conversaciones y aquellos escritos que guardaba en sus baúles, llamaba amado, ¡mi amado Domingo, licenciado supuesto, escribiente de calidad y auxiliar en mis escabrosos autos de fe, compinche de interrogatorios y camarada en las sesiones de tortura, que no exististe más que en la mente de los Inquisidores…!, pues como mi letra era perfecta dije que había sufrido un accidente en las tortuosas sendas por las que, en el servicio de Dios y la Iglesia, me veía obligado a transitar, y utilizaba un pendolista como auxiliar.

Durante mucho tiempo me pregunté cuánto tardaría en descubrirse la superchería, y viendo ya cerca el término de mis días en aquella casa comencé a pensar en la mejor forma de evadirme cuando llegara el momento, para lo que tracé varios planes. Al fin, tal y como había previsto, nueve años después de mi llegada a aquellas tierras y habiendo cubierto las sucesivas etapas que me llevaron a graduarme como doctor en leyes, al tiempo que llegábamos al ecuador del siglo, el que luego sería conocido como Siglo de las luces, recibí un buen día una confidencial misiva que, por las trazas, no había sido abierta por mano humana ni contemplada por otros ojos que no fueran los míos. «Nuestro Señor Prepósito don Juan Everardo…», que con estos o similares términos comenzaba, a los que seguían toda suerte de clarines y anuncios de futuros acontecimientos, los acontecimientos, precisamente, que yo desde siempre supe que acabarían sucediendo.

Es hora de partir, me dije, sí, es hora de partir. Gran labor desarrollaste, la propia de los maestros y sabios preceptores aun sin serlo, y de tu vida no te puedes quejar, Juan Evangelista, no Juan Everardo, que pasaste a la historia y tu persona se convertirá en humo y tu recuerdo será grato y ameno para quienes te conocieron y durante un tiempo te recordarán. ¿Juan Everardo…? Sí, excelente persona, y aquí está mi hijo que dará fe de ello si Su Eminencia lo demanda… Es hora de cambiar de ámbito pues demasiado tentaste al Destino, Juan Evangelista, aunque lo dejaste todo bien dispuesto, tus riquezas amontonadas en casas de crédito y manos de amigos fieles y tu espíritu adornado por nuevas y provechosas sabidurías, ¿n’est-ce pas? Es hora de mudanza, hora de cambio y fin de mi tránsito por el mundo de los místicos y educadores por cuenta ajena. Adiós a todos, señora de la casa que tan bien me trataste, Pedro de Meneses, paisano de mis Españas y fiel amigo, y tu ingente familia que sin duda serán en el futuro personas de provecho para sus semejantes. Adiós, Rolando, que no serás capaz de explicarte mi abrupta desaparición, tú que tantas cosas me enseñaste, pero sobre todo, adiós, Andrés, que a tus quince años ya no tendrás necesidad de mí y deberás desenvolverte solo, como todos hemos tenido que hacer, por los infinitos caminos de la vida. Aprendiste los secretos de la aritmética, de la botánica, de la quebrada geología de estos lares, los tuyos; de la gramática y la horticultura y tantas otras disciplinas en las que pude iniciarte, pero sobre todo aprendiste a cantar, habilidad que sin duda te será de provecho en el futuro. ¡Adiós, Andresilllo, y no me eches en falta, porque quizás un día nos encontremos en donde ni tú ni yo sospechamos!

Por medio de Meneses me informé sobre los preparativos de alguna expedición que me llevara lejos, de las que a menudo se hablaba y cada pocos meses ocupaban lugar en las gacetas, y habiendo tenido noticias de una que parecía convenirme, debí inexcusablemente aprestarme para el inicio de lo que parecía ser una nueva etapa en mi vida, por lo que hice mis preparativos.

Me procuré ropas seculares, ropas de excelente calidad pues eran el disimulado embalaje de mis riquezas, y entre sus costuras, como antaño, oculté varias de aquellas piedras preciosas que la marquesa me diera y creía que podrían serme útiles llegado el caso, y las restantes las encerré, cuidadosamente envueltas, en una caja metálica que sepulté profundamente en un apartado lugar que juzgué a propósito, una llana meseta lejos de los caminos y señalada de inconfundible manera por un cruce de alineaciones de peñas lejanas que creía poder recordar en el futuro, un lugar que me pareció adecuado, alejado de cumbres y peñascales y a cubierto en cierta medida de los aludes, terremotos y otros cataclismos que allí son tan habituales.

–¿Os encontraré cuando algún día vuelva, mundanas riquezas, o habrán sucedido las catástrofes que ahora no puedo prever…? Juan Evangelista, ¿volverás algún día de tu aventura expedicionaria…, o por el contrario los Hados se cruzarán en tu camino y estas preocupaciones presentes resultarán infructuosas, como tantas?

Contemplé durante largo rato mis escarpados y abruptos alrededores mientras el sol se ocultaba tras las montañas, y aún hube de concluir lapidariamente y a modo de sentencia.

–Juan Evangelista…, ¿quién puede saberlo? Lo que importa ahora es tu desaparición sin dejar huella, pero eso no parece difícil de llevar a cabo en tan áspero lugar…

En aquella última etapa solía salir a cazar solo por las tardes, lejos de Rolando, que no era amigo de tal actividad, y del tumulto propio de la casa, y aunque casi nunca conseguía cobrar ninguna pieza, la reiteración de paseos vespertinos me sugirió una inmejorable forma de escapatoria sin dejar rastro alguno.

Una tarde salí como tantas otras, y llegado al punto que me convenía, el borde de un precipicio que discurría sobre un tumultuoso e inaccesible torrente, bajé de la montura, desgarré mi hábito, algunos de cuyos jirones arrojé sobre las zarzas de la empinada ladera, y tiré la carabina y las bolsas de cuero al suelo, pisoteándolas para que se confundieran con el polvo.

Luego, vestido con las duras ropas que bajo el hábito portaba y habiendo observado cómo mi montura, que era sumamente dócil, triscaba las escasas hierbas del borde del estrecho sendero y permanecía en el lugar sin alejarse, inicié aquella andadura que había de llevarme lejos, mucho más lejos de lo que entonces era capaz de imaginar, y cuando sobrepasé la última curva, antes de perder para siempre de vista el lugar, lo pensé una vez más: ¡Juan Everardo, nuestro apreciado capellán, orgullo de esta casa e inestimable preceptor de mi hijo, se accidentó en el torrente y su cuerpo nunca fue encontrado…!

Por cierto, que nunca supe que sucedió con aquellas pistas ni si mi ardid resultó, porque nunca volví a ver a ninguna de las personas que poblaban tan abigarrada mansión.

 

 

Periplo del mundo salvaje

No hacía falta, en realidad, una nueva filiación para transitar por los agrestes paisajes, frondosos bosques y ásperas y múltiples quebradas de la parte sur del Nuevo Continente, así que cuando me preguntaron cómo me llamaba, y yo dudara, con zumba me dijeron, qué, ¿no sabe vuesa merced cómo se llama?, ¿de dónde procede su ilustrísima?, y yo dije, de Salamanca, momento a partir del cual me llamaron Salamanca.

Me enrolé en una suerte de expedición que partía hacia la costa atlántica atravesando lo más duro del continente, la cordillera de los Andes y la selva más virgen e inexplorada, y pretendía reconocer el terreno con vistas a establecer caminos practicables entre nuestro virreinato y las regiones orientales. El tremendo viaje que se avecinaba corría por cuenta de una sociedad sobre la que yo no tenía la menor noticia, una sociedad de españoles radicados en una ciudad que se asentaba en la lejana región del Río de la Plata, y juzgué que la distancia me proporcionaría un mejor disimulo de mi vida anterior. Los jefes de la correría, que prometía ser larga, eran españoles, como dije, o descendientes de españoles, y entre sus nombres descollaban recios y antiguos apellidos de abolengo, como el de un tal Mendoza, de quien se contaban cosas admirables y nos aguardaba en algún lugar de la lejana costa.

El tremendo viaje que se avecinaba, como decía, se iba a prolongar a lo largo de no menos de setecientas leguas, cantidad sobrecogedora, más para aquellos tiempos en que todo se llevaba a cabo con la sola ayuda de las piernas, pues los únicos medios de transporte en regiones tan deshabitadas como las que digo eran las caballerías, mulos y caballos mal preparados para transitar por terrenos que no eran los suyos, y las almadías que pudiéramos construir en los cursos de agua navegable que sin duda íbamos a encontrar, pero la realidad, como pronto iba a comprobar, fue aún mucho más dura de lo que imaginaba.

Allí se dio el primer caso en que precisé del concurso de todas las fuerzas de mi cuerpo. Antes nunca me había resultado necesario, pues mi vida anterior, si no regalada, había resultado cómoda, y durante las primeras semanas lo extrañé en grado sumo, sobre todo si se tiene en cuenta que debí acostumbrarme a seguir a la tropa a su ritmo, y con ello quiero decir que mis erráticos ciclos de vigilia y sueño se trastornaron, viéndome obligado a intentar dormir unas horas todas las noches, pero como semejante viaje fue muy desigual, y jornadas hubo en que no pudimos hacerlo de ninguna manera, entretenidos como estábamos en ímprobos trabajos y huidas sin fin ante las acometidas de las innumerables tribus que en tales territorios se asientan, saqué ventaja de todo ello sobre mis compañeros pues no lo necesitaba, y en no pocas ocasiones me constituí en insustituible vigilante de la caravana, y cuando los demás flaqueaban era yo el que tenía que dar ánimos a los demás y tirar de ellos con garganta y lengua, produciendo innumerables gritos que despertaban ecos sin fin y bandadas de pájaros que nos sobrevolaban alarmados. También sucedió lo contrario, y cuando me llegaban los sopores eran mis compañeros quienes de ninguna manera querían detenerse a esperarme, pero la presencia en aquella caravana de blancos, indios y negros libertos de un ser como Cornejo, personaje de mediana edad y que dirigía la tropa más como una incursión de estudio de la naturaleza que como una simple expedición guerrera, en lo que a la postre se convirtió, me alivió y consiguió que no me quedara atrás sumergido en aquel nuevo y fascinante, aunque peligrosísimo e intransitable, término.

 (Continuará).

Published in: on Sábado, octubre 17, 2009 at 5:53 pm  Dejar un comentario  
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Encuentro con un lince

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En la “Edad de las tinieblas” está esta historia, que sucede cuando Juan Evangelista vivía con sus padres en la cueva de Portugal, rodeado de los bosques y de la naturaleza propia de los comienzos del siglo XVIII.

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 Yo había vivido siempre al aire libre, incluso en la gran casa de mis padres de la antigua Miróbriga, y creía conocer la mayor parte de los resortes de la naturaleza, las blancas nubes que tan escasamente nos enviaban el agua vivificadora, las madrigueras de los topos, el girar de la noria del pozo, los gritos de las rapaces…, pero cuando ante mis ojos de aprendiz transcurrieron varias de aquellas estaciones de apacible, continuada y completa vida silvestre, me di cuenta de que todo lo anterior no había sido sino una ilusión. ¿Qué sabía yo de la diversidad de los vientos de la montaña, de los extremados ciclos de calor y frío –que entonces se manifestaban rudamente–, de los modernos métodos de explotación agrícola que cité o de las huellas de los diferentes animales salvajes? Porque allí aprendí a distinguir las del lobo de las del zorro, las del corzo de las del ciervo y hasta las del tejón de las de la nutria, y trabé consecuente conocimiento con la multitud de animales que poblaban los bosques de mi país, animales tan diversos como las cigüeñas negras que anidaban en los árboles más altos, los alimoches que se cernían en las corrientes ascendentes y los que con total impunidad se paseaban por nuestras posesiones y comían cuanto podían de ellas, cuales eran ardillas y zorros, lirones y jabalíes, tejones y liebres y conejos, ciervos, corzos y gamos, nutrias y tritones, estos últimos instalados a sus anchas en el gran estanque que, aguas arriba, delimitaba el dique del que nos surtíamos. También, como resulta de rigor en las granjas, vivieron en nuestra compañía varios perros y gatos, celosos guardianes de las puertas y despositarios de nuestra confianza, y con uno de aquellos animales, que era una perra y atendía por su raza, me sucedió una notable aventura que por su interés consignaré.

–Galga, vámonos al bosque.

La galga, que disfrutaba como nadie persiguiendo a todo bicho viviente, aunque aquel no fuera su terreno natural, salió corriendo y me esperó anhelante en el linde. Nos internamos en el laberinto vegetal dirigiéndonos a mi lugar preferido, unos peñascos que a cosa de media legua afloraban entre la espesura y desde los que con nítida perfección se divisaba el desvanecimiento del sol sobre la arboleda infinita y las montañas lejanas. Aquella tarde, además, correspondía a fase de luna llena, y yo había observado que su rojiza y fantasmal aparición por el este coincidía en los plenilunios con la puesta del sol por el oeste, estupenda y doble función que no quería perder.

Llegamos a ellos tras muchas carreras y ladridos y escalé su cumbre, en donde permanecí largo rato contemplando el espectáculo mientras la perra corría sin cesar por los alrededores y ladraba con alborozo cada vez que percibía algún incitante rastro de los muchos que en tan salvaje lugar encontraba.

Luego el sol se ocultó, y tras dar media vuelta y contemplar el orto lunar, deslumbrante espectáculo que sucedió sobre los celajes de oriente, decidí volver, puesto que mi padre estaba de viaje y mi madre en la cueva, y aunque tenía otros perros y armas, y sabía usarlas, yo no quería dejarla sola por mucho tiempo, de forma que comencé a descender por las abruptas e inclinadas rocas, fácil tarea que había llevado a cabo en multitud de ocasiones, pero sucedió que aquella vez… Di un resbalón, me doblé un tobillo, rodé por una durísima losa y caí aparatosamente y de espaldas en el fondo de un agujero que, parecido a un ancho pozo lleno de zarzas, formaba la disposición de las piedras. Las punzantes espinas se me clavaron en todas partes, y aunque me sirvieron de colchón e impidieron que me estrellara contra el suelo, sentí cómo mil agujas me taladraban la piel. De un brinco intenté levantarme, pero las fuerzas no me respondieron y las espinas redoblaron sus aguijonazos. Entre mis gritos oí cómo la perra prorrumpía en sollozos desgarrados y carreras sin ton ni son alrededor del lugar en que me encontraba, para ella impenetrable…

Nos separaban aquellas altísismas piedras, sí, pero ella se las ingenió, tras mucho olisquear y escarbar, febril actividad que deduje de los ruidos, para conseguir acceder hasta el lugar que ocupaba por un delgado resquicio que encontró, aunque como aquella hendidura estaba obstruida por las zarzas, el aspecto que presentaba era lastimoso. ¡Pobre Galga, que llena de tierra y sangrando por todas partes llegó a mi lado y me llenó de lametones!

–Galga, no, estáte quieta… –susurré, y ella aulló lastimeramente.

–Sí, tienes razón, me he hecho daño… ¡Espera…!

Intenté enderezarme y descubrí que no podía hacerlo, pues uno de mis pies aparecía doblado en un ángulo inverosímil.

–¡Ayyy…! ¡Galga…!, no me puedo mover…

La perra me miró con alarma y volvió a lamerme con ansiedad. Luego me cogió con los dientes por la ropa, y pensando quizá que yo cabía por donde ella había entrado, intentó tirar de mí hacia la abertura, pero como al moverme me clavaba aún más aquellas lacerantes espinas, volví a gritar.

–¡Galga, no, quieta, quieta!

La oscuridad se cernía sobre mi fosa, y mi estado, tras la caída, tampoco me permitía pensar con rectitud. El tobillo empezaba a dar dolorosas muestras de su extraño estado y torcedura, y las espinas se me clavaban más a cada momento. A mi alrededor sentía las desordenadas carreras de la perra, tan descompuesta como yo, y en el cenit el cambiante tono del crepúsculo. Luego, con el pausado discurrir de los minutos, fue tal el tormento que me llegó que acabé desvanecido. Los objetos comenzaron a girar, todo se borró con mansedumbre, y al final sólo oía los desesperados ladridos de la galga que se iban alejando lentamente…

Cuando me desperté en aquel pozo, iluminado por la luna llena, la noche había caído por completo y el silencio era total. ¡Un pájaro nocturno ululó por las cercanías y un batir de alas se alejó…! ¿Dónde estoy…?, me pregunté, pero las mil y una espinas sobre las que yacía, amén del descoyuntado tobillo, me lo indicaron de inmediato.

–¡Ayyy…! –gemí, y de nuevo me lamenté sin acertar a moverme–. ¡Horrible suerte la tuya, Juan Evangelista, que sólo querías observar las maravillas de la naturaleza y te ves reducido a la parálisis en este lugar inaccesible…!

A punto estuve de echarme a llorar, tal era mi angustia y desolación, pero recordando las enseñanzas de mi padre luché por encauzar los pensamientos.

–Juan Evangelista, no es el momento de huecas palabras, sino el de averiguar lo que se puede hacer en situación semejante…

Escuché con atención, pero ni de la galga, mi única compañía y en quien cifraba las escasas esperanzas que tenía de escapar de aquel agujero, se percibía el menor rumor. Por un momento temí que me hubiera abandonado, aunque de inmediato rechacé tal idea, pues, ¿cómo me iba a dejar allí a mi suerte? Ella era incapaz de tal acto de ingratitud, y lo más probable es que anduviera por los alrededores o hubiese ido a buscar auxilio, aunque, de ser así, ¿conseguiría volver…?, porque la cueva estaba lejos… Pero sí, me dije al instante, porque los perros son listos, como de sobra sabía, además de fieles y abnegados.

Aquel pensamiento me tranquilizó, y disponiéndome a esperar me pregunté, ¿qué hacer en el entretanto? La pierna entera me ardía, y la multitud de espinas, que casi no sentía, me impedían moverme.

–No, Juan Evangelista, permanece quieto y veremos qué sucede –y con fugaces e imperceptibles movimientos que me hacían ver las estrellas intenté colocarme de una forma algo más cómoda, cosa que, aunque pueda sonar raro, al final conseguí.

La luna, allá arriba, me miraba burlona, y el sepulcral silencio del bosque pesaba sobre mi ánimo como una losa. Las escasas estrellas que no eran eclipsadas por la luz lunar me guiñaban sus ojos, y con su única compañía poco a poco fui quedándome de nuevo adormecido, aunque despertado bruscamente a intervalos por los ruidos de la selva…

Más tarde, cuando en sueños me preguntaba dónde estaban mis semejantes, ¿dónde estás, galga, y por qué tardas tanto?, fui de manera imprevista despabilado por un lejano y familiar sonido. ¿No eran aquellos los ladridos de la perra, que seguramente volvía con el anhelado auxilio? Repentinamente excitado y despierto presté oído atento y los ladridos fueron haciéndose más claros y cercanos, e instantes después, antes de que pudiera pensarlo, la galga, como un meteoro y a través del resquicio por el que consiguió entrar la vez anterior, llegaba a mi lado ladrando estrepitosamente de alegría y llenándome de saliva, y entre el coro de ladridos oí una voz conocida.

–¡Juan Evangelista!, ¡Juan Evangelista…! –y mi madre, que se había encaramado a las peñas, asomó la cabeza allá arriba.

–¡Hijo mío…! –exclamó estupefacta, pues aunque era de noche, la luna derramaba su claridad iluminándolo todo.

–¡Madre…! –grité, y el solo movimiento de la boca llegó hasta el tobillo y me hizo soltar un aullido.

–¡No te muevas! –gritó ella–. ¡Ahora bajo yo! –y, en efecto, agarrándose a las piedras de precaria manera comenzó a descender hacia mí, y cuando estaba a punto de conseguirlo, resbaló, tal y como me había sucedido a mí, y con gran estrépito se vino abajo y cayó a mi lado, también sobre la zarza.

–¡Ayyyyy…! –gimió, pero al instante y sin reparar en las espinas, se dio media vuelta y me abrazó.

–¡Juan Evangelista…!, ¿estás bien?

El aspecto de mi cara debía de ser aterrador, porque me contempló con espanto.

–¡Mi pie…!

Mi madre, haciendo caso omiso de los pinchazos que sin duda debía de sentir, se inclinó a mirarlo, y acto seguido entró en frenética actividad. Se quitó el jubón que sobre todos los vestidos llevaba, que era de fuerte tela, y extendiéndolo sobre el mar de zarzas y haciendo un soberano esfuerzo trasladó mi cuerpo a su superficie. Al instante…, ¡qué alivio! Los mil pinchazos cesaron en su totalidad y pude por fin desentumecerme…

Ella, que de rodillas sobre el espinoso arbusto a duras penas podía moverse, se inclinó de nuevo sobre mi pie, me miró con muchísima preocupación y musitó dos palabras.

–¡Dios mío!

¡Henos aquí a mi madre y a mí sobre la superficie de un zarzal que ocupaba el fondo de un empinado embudo, ella con el vestido hecho jirones y yo con un tobillo roto! ¡Envidiable situación…!, pero mi madre, con inconfundibles ademanes, aleccionó de inmediato a la perra para que fuera a buscar ayuda al pueblo, difícil encargo, puesto que estaba lejos y en él pocos la conocían.

–¡Galga, corre al pueblo, corre y trae a alguien, venga, ve, ve…! –y la galga, mirándonos descompuesta y gimoteando como sólo saben hacer los perros, dio media vuelta, se introdujo por la estrechísima ranura por la que entraba y salía, reptó por ella y desapareció.

Nosotros nos quedamos allí, en aquella escondida sima, tristísimos y desamparados y componiendo una especie de descendimiento, pues yo estaba acostado sobre las zarzas y entre sus brazos, y mi madre arrodillada y procurando sostenerme…, y ella, que tras aquel ¡Dios mío! no quería alarmarme más de lo que estaba, se dio en distraerme y comenzó a hablar de lo único que nos era posible observar, el cielo estrellado.

–Juan Evangelista, ¿ves esas tres estrellas que nos miran desde lo alto?

Yo, entre brumas y dolores, procuré verlas.

–¿Cuáles? ¿Las que brillan más…?

–Sí, son las estrellas del verano. El triángulo del verano, como se las conoce desde antiguo. ¡Vega, Deneb y Altair…, pregoneras del buen tiempo! Ahora llegarán los largos días del verano y podremos ir a bañarnos a nuestra poza, aguas arriba de casa. Cuando regrese tu padre tenemos que decirle que repare el dique, que en tan mal estado se encuentra…

La conversación continuó de este tenor, y luego, tras un rato en que contemplamos el cielo en silencio, un gran búho comenzó a chuchear escandalosamente y rompió a volar, aleteando furioso desde los árboles cercanos, tras lo que le oímos alejarse…

La quietud volvió en seguida a hacerse dueña del lugar, callada calma que persistió durante un cierto tiempo…, y cuando no esperábamos oír nada más y yo comenzaba a entrar en un dulce sopor, se percibieron unos imperceptibles y cautelosos pasos y rasquidos…

Nos miramos sorprendidos, y luego mi madre, a media voz, dijo,

–¿Galga…?

… y un instante después un fragor infernal, como el que originarían mil demonios enfurecidos, llenó el aire circundante. Pareció que fueran a desplomarse las rocas, pero al fin, en medio del más indescriptible estrépito de rugidos y arañazos, un extraño animal penetró en el pozo por el mismo lugar que lo había hecho la perra y se mostró ante nosotros iluminado por la luna.

–¿Qué es eso…?

Lo que veíamos era un enorme gato ronroneante, del tamaño de un perro grande y que lucía una ridícula barbita blanca, que con la dificultad que le procuraba el cúmulo de zarzas comenzó a caminar apuradamente alrededor de nosotros como si flotara y no tocara el suelo, y cuyos ojos nos contemplaban asombrados y centelleaban con luz propia…

–¡Un tigre..! –balbuceé con espanto, pues yo conocía tan feroz animal de los libros de zoología de mi padre, aunque nunca hubiera podido imaginar que existieran en nuestras latitudes.

–¡No, el lubicán…, calla! –susurró mi madre, y alzando lentamente una pistola que llevaba al cinto y yo aún no había visto, colocó al animal en su punto de mira.

El gigantesco gato se paseó durante un buen rato sin quitarnos ojo, bufando a intervalos y preguntándose seguramente si constituiríamos presas de agradable sabor, pero luego, quizá porque aquella noche ya había comido suficiente, porque las zarzas le molestaran en demasía o porque dos seres humanos le parecieran excesivo enemigo, tras contemplarnos inmóvil e inquisitivo, como si estuviera pensándolo, de un prodigioso salto dio media vuelta y se introdujo de nuevo, con mucho agitarse de ramas, por la abertura por la que había conseguido entrar, en donde desapareció.

Mi madre y yo, tras aquellos instantes de absoluta tensión, respiramos hondamente y con alivio y ella bajó la pistola.

–Seguramente no volverá… –dijo al fin–. Duerme, hijo, que en seguida será de día y regresará la galga con las gentes del pueblo.

Yo, entre sus brazos, me quedé al fin amodorrado, y no sé cuanto duró aquel estado, aunque debió de ser largo porque cuando desperté comenzaba a clarear. Mi madre estaba muy intranquila y pronto descubrí la razón.

–No te inquietes, hijo. Ahora que ha amanecido iré a buscar ayuda al pueblo y volveré en seguida. Quédate con la pistola. ¿Sabes usarla? –pero cuando, tras darme innumerables besos y hacerme muchísimas otras recomendaciones, se aprestaba a escalar la pared de piedra, que no parecía tarea pequeña, oímos bulliciosos ladridos lejanos.

–¡Espera…! ¿Oyes…?

Yo presté oído y, ¡sí!, sin duda era la galga la que ladraba desaforadamente, aunque aún lejos.

–¿Habrá encontrado a alguien? –se preguntó mi madre, mirando ansiosamente hacia lo alto de las piedras.

Un instante después, en medio de los innumerables aullidos que le hicieron dar las espinas, como un torbellino entró la perra en nuestro reducto, en donde nos colmó de caricias y lametones, y luego, desde lo alto de las piedras, a nuestras espaldas, una voz se oyó.

–¡Señora…! ¡Por todos los diablos…! –y allí terminaron nuestros infortunios.

Quienes nos rescataron eran dos hombres del pueblo, que molestos por los continuos ladridos de la perra y sorprendidos por su actitud, pues aullaba lastimera e intentaba arrastrarlos tirándoles de las ropas, decidieron investigar lo sucedido, y siguiéndola apresuradamente…

 

Published in: on Sábado, agosto 15, 2009 at 5:47 pm  Dejar un comentario  
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La música de Juan Evangelista

violín afinado para tocar La Resurrección de Biber

Juan Evangelista, en sus cuatro libros, dice muchas cosas de la música. Él toca la flauta, a lo que aprendió de pequeño en la cueva de Portugal (buscar en entradas anteriores), y luego, en la Era de las máquinas, su tercer libro, dice que eso de las polkas y los valses no le enrollan nada; que son cosas de modernos, en una palabra. Y esto es así porque a todos se nos queda grabada la música que oímos de pequeños, de la que ya nunca podremos separarnos. Para él esa música es la del barroco, pues él nació en 1680 y oía a sus padres tocarla, y de entre todas aquellas músicas que oyó, habla mucho de una en particular, la folía de España, que es un anónimo español del siglo XVI y, por lo visto, interpretaba su padre. 

No pongo esta música pero pongo otra cosa, una peliculita que he hecho el otro día y tiene de fondo, precisamente, el principio de la folía de España. Para verla (dura dos minutos) hay que ir al siguiente enlace:

http://www.youtube.com/watch?v=_0D76hus_gI&feature=channel_page

Published in: on Sábado, mayo 9, 2009 at 8:01 pm  Dejar un comentario  
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Desenterrando el tesoro

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Pongo hoy un trozo de la “Era de las máquinas”, el tercero de los libros que Juan Evangelista escribió a guisa de memorias durante los años finales de su larga vida. En él habla de algo que le sucedió a finales del siglo XVIII en la región de Champagne, es decir, en plena Revolución francesa, acontecimiento al que también (como a tantos otros) asistió. Él sabía dónde había enterrado un tesoro, y como no iba a dejárselo a los franceses, que habían matado a Isabelle, su amada de entonces…

El que quiera enterarse de todo lo que le sucedió…, en fin, que no le va a quedar más remedio que leer el libro entero.

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Mi único acompañante de los meses que cuento fue un viejo asno que hizo la mayor parte del trabajo, pues era él quien a duras penas arrastraba el mugriento carro en que me desplazaba y en cuyo interior se agolpaban baratijas sin fin que, para mayor disimulo, yo vendía en las alhóndigas y plazas de los lugares que atravesaba durante los largos días de camino. La caridad de las gentes del campo me dio cuartel en aquellas tierras extrañas que mediaban entre la ciudad de París y la renombrada región de Champagne, puesto que durante los viajes me permitían guarecerme de las inclemencias y dormir en cuadras y portalones. Con el correr de las mañanas y de pueblo en pueblo me dejaba caer por los lugares de reunión, y luego, una vez finalizado el mercado y cuando los labriegos recogían sus pertenencias, acudía a las tabernas y daba en ellas nuevas muestras de mis habilidades, mientras los parroquianos, ignorantes de lo que acontecía, me arrojaban monedas de cobre que yo recogía dando muestras de agradecimiento… Al fin, llegado con los días a mi meta, los bosques que rodeaban la casa de Champagne, simulando seguir el camino me internaba en lo más profundo de los bosques, y tras una noche de trabajo apartando piedras y volviéndolas a colocar, habiendo provisto mi oculta bolsa daba media vuelta y emprendía el camino de regreso.

El nombre de guerra que adopté para tal lance fue el de Pascual Bailón, como en anterior asiento me conocieron los monjes en el convento de Úbeda, y ocasiones sobradas tuve para demostrarlo, pues uno de mis fuertes eran los embustes, las leyendas medievales y los cuentos chinos, los pretendidos malabarismos, los trampantojos y los groseros juegos de magia que había almacenado en el magín durante más de cien años. Cuando en ello era rechazado y grupos de desenvueltos mozos pretendían tomarme a chacota o apedrearme, que de todo hubo, me convertía en santón, en humilde anacoreta, en dulce e inofensivo ere-mita venido de la lejana Bohemia, que bien a las claras lo mostraba en la luenga barba que me dejaba crecer y en mi desmesurado hábito, y no se extrañen por ello, pues hubiera llevado hasta el gorro frigio si necesario hubiera sido, pero entonces ya no era moda entre los paisanos y me contenté con lucir ostentosamente la tricolor, que era algo que respetaban todas las facciones. Mis discursos, por otra parte…, había que escucharlos. Acompañado de una campanilla, la flauta en la diestra, la mirada punzante, el atabal cruzado en la espalda…, clamaba cuando me convenía y con chillona voz acerca de la hora Prima, de la hora Sexta, de los sagrados árboles de la libertad de época anterior, del sistema métrico decimal –entonces en ciernes, pero del que tenía ciertas nociones por mis abundantes lecturas–, y hasta de los cuatro jinetes del Apocalipsis, por lo que con el tiempo llegaron a conocerme en la mayor parte de los establecimientos del camino y mi presencia celebrada en plazas y mercados cuando en ellas hacía aparición.

Realicé de esta guisa dos o tres viajes haciendo acopio de lo que allí me llevaba, el oro escondido, excursiones nocturnas entre bosques que nunca me depararon ninguna sorpresa, pero durante la que juzgaba que iba a ser la última tuve un inopinado encuentro que no acabó mal por pura casualidad.

Un atardecer, al llegar al lugar en que estaban enterradas las monedas, descubrí con sorpresa en el barro huellas recientes de lo que me pareció un perro, y no me confundí, pues aquella misma noche, cuando tras varias horas de trabajo me disponía a cerrar el túmulo, oí detrás de mí un sonido inconfundible. ¡Era el familiar gruñido de Sansón!, que, quién sabe cómo, había dado conmigo.

Me volví como un rayo y vi que sus llameantes ojos me observaban desde la linde de los árboles; la lengua le colgaba de la boca agitada. Le silbé amigablemente, pero el perro gruñó de nuevo y levantó tierra con las patas como si se dispusiera a atacarme. Yo, con movimientos lentos y sin perderle de vista, tomé del suelo la espuerta de grueso cuero que utilizaba para cargar las monedas y me la enrollé en el brazo como pude. Luego tenté el arma que llevaba en la cintura…

El perro dudaba sobre qué hacer, pues seguramente no confiaba en sus fuerzas, de forma que le azucé simulando emprender la huida, y en cuanto le di la espalda noté que corría en mi dirección. Me volví, y cuando tras un par de brincos saltó sobre mí rugiendo sordamente, dejé que clavara los dientes en el brazo en el que me había enrollado el cuero, y cuando él creía que me tenía preso y comenzaba a revolverse, enarbolando un afilado cuchillo de cocina que solía portar por lo que pudiera suceder…, con la mano que me quedaba libre se lo clavé en el vientre. El mordisco se aflojó al instante, y el perro, herido hasta lo más profundo, exhaló un hondo gruñido y rodó entre las hierbas agitando las patas al aire; al fin, tras un último y sonoro estertor, se derrumbó inmóvil, aparentemente muerto.

A continuación me vi en la necesidad de esconderle, pues su cadáver resultaba muy acusador en aquel lugar, de forma que lo arrastré lejos, y como el cuerpo era pesado y yo no podía perder el tiempo porque pronto iba a amanecer, con una gran piedra atada precariamente al cuello acabé tirándolo al río en un lugar que me pareció adecuado, una poza que parecía ser de cierta profundidad y se enseñaba aguas arriba, en la que confiaba que los peces llevaran pronto a cabo su cometido.

¡Pobre Sansón, y en qué mala hora apareció en donde no debía!, pero él era ya un perro viejo y artrítico y poco pudo hacer ante mi cruel engaño, que sin duda no esperaba. Yo no hubiera querido hacerle mal, pero no me quedó más remedio que llevar a cabo lo que relaté, pues sus ladridos y correrías por el lugar podían haber puesto a sus amos sobre la pista de lo sucedido.

La mañana me cogió en el camino, saliendo de los últimos bosques, y en la entrada del pueblo detuve mi alocada huida y simulé estar durmiendo debajo del carro. Los niños que me descubrieron me despertaron con gritos alusivos a mi nueva circunstancia, ¡Pascual Bailón!, ¡ha venido San Pascual Bailón!, y aquel día no lo dediqué a recorrer el mercado y las tabernas, como había hecho en viajes anteriores, sino a huir avizorando con los dos ojos las personas que encontraba a mi paso, pues quién podía saber si alguien me iba a reconocer…

Nada de ello sucedió, y con mi preciada carga escondida bajo las desbaratadas tablas del carro procuré alejarme cuanto antes de aquella región, a la que esperaba no tener que volver jamás. Al fin, al caer la noche, cuando me vi lejos, entre las personas absolutamente desconocidas de la posada en que me alojaron, con un vaso de vino en las manos respiré con un alivio como pocas veces recordaba haber sentido.

¡Ay, los franceses! ¡Si ellos supieran a quién habían socorrido y lo que ante sus narices había tenido lugar!, porque, como he contado, durante casi un año mi presencia fue harto conocida y celebrada en la región de que procedía Isabelle, ¡aquí llega Pascual Bailón!, bohemio arrojado de su país por el opresor absolutismo que lo gobierna y camina junto al destartalado carro en el que porta sus pretendidas riquezas de papel rizado, hilos de colores y cacharrería diversa, hacedor de largas y frecuentes caminatas a lomos de su borrico, entendido en juegos malabares y virtuoso en las difíciles artes de los sacamuelas y tañedores de caramillo…

Aquella bien pudo haber sido una exacta definición de mi persona entre los paisanos de la Champagne, y muchos así lo creyeron, pues las apariencias resultan a veces incuestionables y pocos poseen el discernimiento para desenmascararlas…, pero había que ver también a Juan Evangelista en París, ocupante de una de las mejores y más soleadas boardillas que al Sena se asomaban, lobo solitario que en los atardeceres entra pulcramente vestido en los cafés, aquellos cafés que antaño –aunque tampoco muchos años atrás– fueron nido de revolucionarios jacobinos y hoy apacibles salones en donde se discute sin alzar la voz sobre la conveniencia del Directorio o del Imperio… Sí, Juan Evangelista, perulero renombrado, quizás agente enmascarado de alguna sociedad del casi extinto imperio español o foráneo que trabaja para los odiados ingleses, pues tales son sus opiniones; rico atildado, desde luego, y amigo de sus amigos, como siempre lo fue, aunque pertenezcan al país de los franceses… Juan Evangelista, además, que se disfraza para entrar en las instituciones crediticias, pues sus artes de disimulo no se restringen a las correrías campestres sino que se extienden a las respetables casas de cambios que a pocos aceptan, tocado de levitón, sombrero y bigote postizo, él, que nunca fue amigo de faramallas pero ahora convertido a los nuevos usos por mor del correr de los tiempos y las circunstancias, de las que tantas y tan diferentes pudo ver…

 

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Los dos primeros libros de esta serie se pueden ver (y conseguir) en los siguientes enlaces: Edad de las tinieblas y Siglo de las luces

La cueva

 

En la “Edad de las tinieblas”, primero de los cuatro libros en los que Juan Evangelista cuenta su vida, está este texto, que habla de cuando el protagonista tenía unos diez o doce años, es decir, hacia 1720, y por circunstancias que allí se detallan, él y sus padres tuvieron que huir de Castilla y refugiarse en el vecino país de Portugal.  

 

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Un antiguo soldado de Flandes, amigo de faramallas y filaterías, capigorrón por más señas, y rufián de alquiler y embeleco, al que mi padre en sus años mozos había dado seguramente revesa en alguna casa de conversación, fue quien por despecho movió el negocio, tan mal negocio para nuestros intereses que acabamos huyendo una vez más a campo traviesa y lejos de nuestro habitual lugar de residencia, la ciudad amurallada que me viera nacer.

La Inquisición, la Audiencia, el Santo Oficio, los parientes y sus ayudantes, hombres de negro, común color de la época, con las rojas cruces de sus Órdenes sobre los hábitos y desde sus lejanos aposentos compusieron la orden y la firmaron. La orden, en nombre del Rey, era seguramente falsa y amañada, y mi presencia física celosamente vigilada por mis padres, que nunca consintieron en que se me viera de puertas afuera, en la vega, la gran finca en el campo y lugares adyacentes, parajes adonde sólo viajaba en carromato cubierto cuando ya tenía el saludable aspecto de un infante de siete años, pero era tal la cantidad de historias que corrían sobre el niño diablo de la casa del antiguo Ordenador –por entonces músico y hacendado, novator y labriego, guardián y encargado de los caballos del Rey– que los acontecimientos se precipitaron, y lo que a la larga había de suceder se presentó de improviso y cuando menos lo esperábamos.

Pues, como dije, la Inquisición, la Audiencia, quién sabe quién, inducida a ello por la envidia, la avaricia, la codicia, las malas lenguas, la ignorancia o las oscuras razones de quien posee insospechados poderes, tomó cartas en el asunto y una mañana tuvimos una inesperada visita en la persona de don Juan, con el resultado de que mi padre matara a un alguacil o inquisidor, ¿qué más da?, que había ido a nuestra casa sin ser invitado y con el exclusivo fin de prenderme. Hace muchísimo de esto, y constituyó un lance más de los muchos que, de aquella traza, sucedían cotidianamente en los tiempos que narro.

Era don Juan un conocido entonces, aunque antiguo amigo de correrías de mi padre, es decir, alguien que nos resultaba familiar, pero que por ambición, mérito o mala intención, se avino a llevar a cabo el trabajo que nadie quería hacer. Vino de otra comarca, leguas allende, y se presentó como amigo, aunque embozado. Conferenció breves instantes con mi padre en su despacho, y a partir de ahí se desencadenó uno de los mayores zafarranchos que me haya sido dado contemplar. Primero fueron voces altisonantes, luego ruidos de pesados muebles derrumbarse, y al fin todo se volvió boca abajo, más para los ojos de un niño que nunca había visto correr la sangre sino en los mataderos o los periódicos sanmartines. Las estocadas recorrieron el pasillo, y la fuerza y habilidad de los músculos se pusieron de manifiesto, ¡torpeza la de mi homónimo don Juan en presentarse allí solo aquella mañana! Él había dicho, orden del Rey, el Rey lejano no sabía nada pero él dijo, ¡orden del Rey!, mientras, de pie y observado por mi aterrada madre, enarbolaba un grueso papel al que se adivinaban las letras negras. Luego mi padre desenvainó la daga, se acometieron, y don Juan, el confiado, el torpe, el ciego y engreído de sus propias fuerzas, acabó traspasado por el acero, degollado en el suelo, boqueando y pidiendo a gritos confesión, tan negra estaba seguramente su conciencia, de resultas del cual suceso mi padre ordenó inmediatamente enjaezar las mulas, engancharlas a un carruaje entoldado y hacer desaparecer el acusador cuerpo en el monumental horno de la cocina, al que nunca me habían dejado acercarme.

Las cosas, como decía, se pusieron tan mal, más después de lo que acababa de suceder, que nos cambiamos de casa de nuevo. En aquella ocasión, tras muchas vueltas y revueltas por sombríos caminos carreteros, algunos días ocultos en ruinosas construcciones en lo más profundo de los montes y otros agasajados por ilustres conocidos de mi padre que nos recibieron en sus posesiones con los brazos abiertos, acabamos instalándonos, tras cruzar la raya fronteriza e innumerables y peladas sierras, en un poblado sito en lo que llamaban el Vale del Lobo, en el extremo norte del Alentejo, un lugar a resguardo y alejado de las más frecuentes rutas de comunicación.

Aquel lugar era un poblado perdido en lo más hondo de una serranía quebrada, un lugar dejado de la mano de Dios y muy a propósito para lo que eran los planes de mis progenitores, es decir, desaparecer de la pública y notoria vida que llevábamos en nuestro lugar de origen de la Corona de Castilla. Mi padre lo había comprado a la familia de un antiguo conocido portugués que un día se embarcó rumbo a los mares de la China y había sido declarado muerto, y se parecía a lo que luego, con el tiempo, había de llamarse rancho en otras latitudes. Se componía de una gran casa, rodeada de árboles, y dos docenas de cabañas que no osarían ocupar ni los porqueros de Ciudad Rodrigo. Las personas que lo habitaban eran humildes campesinos, porque aquella parte del mundo vivía al margen de la civilización que lo circundaba, un lugar entre sierras al que nunca llegaban noticias ni viajeros, como no fueran los extraviados.

Nosotros, claro es, nos instalamos en la casa grande, que hubo que arreglar, y durante un par de años vivimos rodeados de criados, regalo del que tan escasos estuvimos en nuestra última etapa en la llanura castellana. Mi padre, durante los años que cuento, se dedicó a mejorar las habitaciones de aquellos seres y los campos circundantes, para lo que, aplicando sus conocimientos, que eran muchos, y ayudado por los pobladores de aquel yermo, construyó un viaducto que traía la necesaria agua desde las fuentes de los vecinos montes.

–¡El agua…! Juan Evangelista, ¿no oíste decir que sólo hay agua donde la Tierra se derrumbó y quedaron las montañas?

Yo, que nunca antes había podido hacer una vida normal, es decir, rodeado de seres de mi edad, procuré expansionarme entre aquel cúmulo de desharrapados y trabar amistad con quienes me rodeaban, no sólo las personas sino también los animales, los conejos, perros, gallinas, cerdos y vacas que, entre enormes montones de basura, desarrollaban su vida diaria. A los animales los conocía de sobra, pues ellos fueron mis únicos amigos durante toda la etapa anterior, si exceptuamos a la niña de los ojos violetas y los que luego conocí en la hacienda de ignoto nombre en donde estuvimos algunos años.

–¡Al niño diablo…!

Nosotros nos las prometíamos muy felices, y durante los primeros años, servidos por criados, como digo, y aprovisionados de cuanto pudiéramos desear, lo fuimos, pero una vez hubo una guerra y pasó por allí un ejército, o alguna unidad de un ejército, seres tristes y desorientados, pobremente vestidos y peor armados que no hicieron ninguna tropelía pero se llevaron los pocos artículos comestibles que encontraron y casi todos los caballos, y mi padre, que lo tenía todo previsto, en previsión de insospechados peligros nos escondió en un lugar especial, una gran cueva cercana a nuestra aldea y que él había mandado acondicionar, en donde vivimos mientras duró el conflicto.

Les describiré ahora la cueva.

Estaba en un paraje de aquella comarca al que llamaban el valle del Lobo, un lugar descampado en la ladera de una sierra quebrada y pedregosa a escasa distancia de nuestro pueblo. Presentaba abundantes signos de haber estado habitada con anterioridad, y ante la abertura que hacía de puerta había una gran extensión de tierra fértil salteada de árboles, algunos de adorno pero la mayoría útiles, como alcornoques, nogales, olivos, castaños y otros frutales.

La cueva tenía su entrada en una gran concavidad de la roca que hacía las funciones de antesala, en donde estaba el hogar, el fuego, y a continuación, tras una separación compuesta con tablas y un altísimo y sucinto túnel, se tenía acceso a las habitaciones propiamente dichas. Eran tres las salas de que disponíamos. La primera era grande, alta y pétrea como una catedral, y junto al fondo un pequeño manantial manaba incesante; cuando llegamos el suelo estaba encharcado, pero mi padre, con la ayuda de los hombres del pueblo, lo encauzó debidamente con losas de piedra, y a partir de entonces tuvimos un susurrante arroyuelo dentro de casa que nunca dejó de fluir. Las dos habitaciones del fondo, cuevas de paredes de piedra también, las usábamos como dormitorios, y su suelo era de suave y rojiza tierra apisonada por la que se podía caminar descalzo sin ningún temor. Nos alumbrábamos con las velas y candiles que se usaban habitualmente, pero duraban mucho más porque en las cuevas no existen corrientes de aire, fruto de lo cual son sus altas y claras llamas y su larga duración, y además sólo lo hacíamos durante las horas de sombra y el largo invierno, pues la luz solar, aunque tenue, se daba arte para penetrar hasta el último rincón.

En el interior de la cueva reinaba siempre una temperatura propia del Edén. En invierno, los crudos inviernos de aquel país, no era preciso encender fuego, y en verano, los ardientes veranos que se prolongaban desde San Isidro hasta San Francisco, estar dentro, defendidos por murallas de roca pura, sobre todo en las partes más profundas, constituía una delicia que ni modernamente, con todos los adelantos que nos rodean, he vuelto a experimentar. Mi padre, sin embargo, entarimó buena parte de su sala principal, y bajo ella colocó una gloria que había de ser la calefacción, pero habida cuenta de las favorabilísimas circunstancias de que hablé, no la encendimos casi nunca, y cuando lo hacíamos era para utilizarla como eficaz horno en donde cocer el pan.

Las huertas que cultivaron sus antiguos habitantes se adivinaban, abandonadas y llenas de hierbas, en una vaguada que se extendía entre la cueva y las lindes del bosque, y eran regadas por un arroyo que la recorría. Aguas arriba se observaban los restos de primitivos diques y canalizaciones, amén de los soportes de lo que yo creí noria y resultó ser artificio hidráulico, que mi padre reparó y nos hizo gran servicio, aunque de ello hablaremos llegado el momento.

Los bosques que nos rodeaban eran de robles y castaños, muchos centenarios y retorcidos, pero todos utilísimos pues nos proveían de frutas y madera sin fin, y su suelo un tapiz de helechos y otros arbustos, en algunos lugares impenetrables, a cubierto de los cuales los animales salvajes hacían su vida diaria.

En resumen, ¿era aquello La Arcadia…? Pues sí, algo así, de forma que cuando declinaron los sucesos que nos habían llevado a aquel lugar, fuimos primero posponiendo el regreso, y luego, pasados varios meses, decidimos quedarnos en él. Además, el pueblo había quedado medio vacío por avatares políticos, cual fue la consiguiente leva, y durante un cierto tiempo desaparecieron casi todos los hombres útiles para el trabajo.

Y ahora, permítanme que les hable de nuestros estivales conciertos en la boca de la cueva, porque nosotros, mis padres y yo, a pesar de las iniciales dificultades de nuestra nueva vida, también disfrutamos de muchos y maravillosos momentos, ya que éramos gente de recursos y educación esmerada.

Mi madre, como conté, tocaba la flauta, y durante los tiempos anteriores había procurado enseñarme sus rudimentos, pero una vez instalados en aquel paradisíaco lugar, tan bucólico y silencioso, me sentí impelido a perfeccionar mis competencias sobre tales artes, y con su inestimable y paciente ayuda me interné por caminos que al principio me parecieron sencillos, y luego, con los años, se revelaron inagotables. Ella, sin embargo, no se limitó a enseñarme lo que se refería a la cabal correlación de los dedos sobre la madera, sino también a lo que significaban las particellas y sus diversos signos –teóricas labores en las que a solas con el metrónomo me las hube de ver muchas noches–, así como los fundamentos de la fabricación de tan pastoriles instrumentos, que con sumo cuidado y dedicación se podía abordar tras conseguir el material adecuado, simples cañas que debían secarse y horadarse de la manera apropiada.

El repertorio de mis padres era amplio pues llevaban muchos años haciendo música juntos, y yo procuré ponerme al día con la mayor rapidez posible, pero ello no me resultó difícil porque a mi repentina afición habría que sumarle la facilidad con que de joven se aprende todo. Mi padre, además, era un virtuoso, pues se atrevía hasta con las difíciles piezas de los maestros, de los que tenía muchísimos libros, y de mi madre, ¿qué voy a decir…?, más en aquel escenario suntuoso, y es que el sonido de las cuevas, sonido uniforme y consonante, desde luego, y eufónico y melodioso, clamor que sube y baja y con sus inaudibles ecos envuelve en su seno a cuanto comprende y no permite que la cabeza humana se olvide de tan señalado encantamiento…

 

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