Juan Evangelista, que vivió trescientos años, tuvo tiempo sobrado para recorrer casi todo el planeta. Las aventuras que cuenta son constantes, y de ellas he entresacado esta escena que se puede datar hacia mediados del siglo XVIII y suponer que sucede en algún lugar de la costa occidental del África tropical. Allí estaban las factorías de tratantes de esclavos, y nuestro personaje pasó por una de ellas en cierta ocasión, lo que, amén de otros mil sucesos, narra en el segundo de los libros de sus memorias, el llamado «Siglo de las luces».
—————————————
En el lugar en que estuvimos se concentraban no menos de cuatro o cinco factores diferentes, dueños de almas y haciendas, y de acuerdo con su competencia y rango disponían de harenes más o menos numerosos. Yo nunca tuve trato con ellos, los potentados de las latitudes en que nos encontrábamos, pero sí con la cuidadora de uno de los serrallos, negra vieja y arrugada que hablaba castellano por sus frecuentes tratos con mis paisanos, visitadores frecuentes de las costas, y como en aquel lugar eran pocas las personas que disfrutaban de tal habilidad, trabamos una creciente amistad. Desde el principio me demostró gran simpatía, e incluso curiosidad por mis rarezas, pues me hacía compañía en mis obligados ocios y paseos nocturnos, y una vez hubieron transcurrido los primeros tiempos me abrió las puertas de sus dominios, y de su mano y bajo la vigilancia de un monumental negro que no me quitaba ojo, recorrí los salones en donde las mujeres hacían la vida nocturna entre ruidosos bailes, comilonas y saraos sin fin. Las bebidas corrían sin tasa, y a fe que tras probarlas tuve que convenir en que su calidad no tenía parangón con lo que se servía a los extranjeros en las tascas del poblado, y las desnudeces, unas veces veladas pero otras manifestadas sin recato, estaban a la orden de las horas en que todo se desarrollaba. Aquellas mujeres me miraban, claro es, pues pocos eran, si hacemos excepción de eunucos y otros guardianes, los hombres que en tal lugar tenían entrada, pero debido a mi más que juvenil aspecto, las miradas eran de simpatía o sorpresa y su interés no muy grande.
Un harén, acorde con lo que yo suponía, es un lugar de continuos sobresaltos, de alborotos y frenesíes incesantes, de carreras diurnas y nocturnas y esconderse y ocultarse del amo con el apoyo de los eunucos, personajes con los que allí tuve trato por primera vez, para mostrarse sólo en ocasiones elegidas, cuando las voces arrecian y el castigo se adivina cercano. Es un lugar tumultuoso en el que raras veces se lleva a cabo la función para la que fue creado, ya que su poseedores suelen ser personas de edad avanzada y estado, por lo general, de ebriedad casi absoluta, pero en donde suceden cosas, claro es, puesto que las acogidas en tales instituciones suelen ser jóvenes, en algunos casos muy jóvenes. Con los días descubrí que en un ala del edificio se aposentaban precisamente las más jóvenes, que aparentaban la edad de mi lejana Marifló, y entre ellas descubrí a quien, en el curso de los días venideros, en lo bueno y en lo malo iba a causarme emociones similares a las que me proporcionó Rubí. Aquella niña, mi preferida, de nombre Esmeralda y no descollante por su actividad entre tales hembras y doncellas, era una criatura de piel negra…
Muchas noches pasé allí, pues tras agotar la ronda con mis compinches encaminaba los pasos al lugar que conocía y deseaba, siéndome franqueada la entrada sin reparos en la mayor parte de las ocasiones, y en tal lugar observé algo que había de llamarme la atención, como fue que tras mi cotidiana llegada, la niña de mis ojos dirigía su mirada hacia mi persona… ¿Por qué?, me preguntaba, y es que como ella entraba y salía frecuentemente de aquel gran cuarto en donde se aposentaban las huríes –pues su oficio en el lugar que digo era el de camarera–, con los días pude observar que cuando accedía a la gran habitación me buscaba fugazmente con la mirada, y como su actividad era constante, cada vez que pasaba ante mí me dedicaba una de sus inquisitivas ojeadas, correspondiendo yo a su interés con idéntica actitud y disimuladas sonrisas…
Quien fue mi protectora en aquella parte del mundo, creyendo con buen sentido que ello iba a ser de mi agrado, me introdujo luego en los secretos atisbaderos de las salas, al principio a escondidas pero luego más desahogadamente, en donde me dejaba solo para que me expansionara a mis anchas, y lo que allí encontré… A través de las mil rendijas que en paredes de paja y adobe pueden existir tuve ocasión de observar la vida secreta de las mujeres, conocimiento que está al alcance de pocos y me cautivó, y durante noches dediqué mi atención a los sucesos que en tales lugares se producen…, pero en vez de hacer mención de ello –secretos celosamente guardados, reservados a los elegidos y que no deben desvelarse–, vayamos a lo que de puertas afuera y al alcance de todos sucedió.
La dueña, con los días y habiendo observado mis preferencias, me persuadió para que diera de lado las contemplaciones y pasara a los hechos, y a una ininteligible orden suya, ella, mi preferida, se arrodilló ante mi asiento, alzó su cara hacia la mía, me tomó por la mano y me llevó hasta una habitación desierta…, y de esta forma me encontré en un lecho –que sin duda era observado como los que antes describí– con la niña de mis sueños, pero, ¡sorpresa!, no se desarrollaron los acontecimientos como yo preveía, pues tras las ceremonias de rigor –y con pesar he de decir que me comporté como el más irracional de los animales– ella se levantó, se vistió y desapareció sin haber dado la menor muestra de entusiasmo.
–¡Juan Evangelista… –me dije cuando me quedé solo, desnudo y desconcertado en aquella habitación desconocida–, que te fue regalado el Paraíso y lo mancillaste! Sí, lo envileciste con tus prisas y falta de mundo… ¡Corrompiste el dilatado sentimiento que procuran las miradas lejanas con los actos físicos más urgentes e inmediatos, y todo en aras de esa fugaz necesidad de la que ya no te acuerdas…! ¡Una vez más obligaste a una mujer a llevar a cabo actos no deseados…! –y con cierta aflicción recuperé mis ropas y mi escaso espíritu y, tras hacer propósito de enmienda, salí sin despedirme.
Así transcurrió aquella cálida estación, taladrándonos con agudas miradas a distancia pero sin llegar nunca a comprendernos por entero cuando llegaba la hora del amor, pues aquello se repitió en ocasiones, y si bien estas no fueron todo lo habituales que hubiera deseado, sí he de consignar que mis buenas intenciones quedaron en vanos pensamientos, pues a los arrebatos propios de la edad seguía el poso de tristeza que noche tras noche captaba en su expresión.
Luego, una noche en que observaba las actividades, bailes y risas de las componentes del harén, sucedió que alguien le dijo algo al oído –yo lo observé; desde lejos vi como otra de las camareras le susurraba palabras–, y entonces aquella muchacha, negra como un carbón y hermosa como la diosa Venus, sorprendida por lo que acababa de oír comenzó a dar saltos sobre las partes anteriores de sus pies, creció una vara. Ella era una niña apagada y nunca la había visto distinguirse por sus énfasis, aparentemente mortecina y silenciosa como la misma selva nocturna, tensa e impávida e inescrutable como una estatua y engañosamente débil como una flauta…, pero, aquella vez, Esmeralda comenzó a cantar sobre sus pies, a entonar la dulce y eterna canción de las mujeres que son mujeres y salmodiar con su esqueleto lo que no hubiera comprendido si hubiera salido de su boca, docto recurso y trámite de alguien que ha crecido con el perenne sol sobre su cabeza, el Astro Rey que madura aceleradamente a aquel a quien pone bajo sus ardientes ojos.
Ella era mi preferida, como dije, a quien siempre había encontrado inerte, pero en aquella ocasión y gracias a un exterior impulso, los mecanismos de su cuerpo se pusieron en marcha como nunca hubiera podido figurarme. ¿Cuál era el mensaje que tal milagro había conseguido?, me pregunté tal vez desairado, y para mi sorpresa y disgusto resultó que en seguida iba a averiguar la razón de tales alegrías, y de la forma que más podía desagradarme y menos podía imaginar.
¡Mujeres traidoras, que siempre me sorprendisteis, y cuando más os necesité huisteis raudas de mi lado! ¡Cuántas veces debí tropezar en las mismas preciosas piedras, Rubíes y Esmeraldas…, para acabar averiguando lo que vosotras sabéis desde casi el mismo momento de vuestra concepción!…, y es que la torpeza de los hombres es proverbial y nuestra única función la de fecundadores, siéndonos vedadas la sagacidad y la astucia, la perspicacia y el recto discernimiento, facultades todas que la Naturaleza considera baladíes para llevar a cabo acto tal.
La dueña, aquella noche, me hizo una seña desde el otro extremo del gran y concurrido salón, y cuando atendí a su demanda me encontré una exquisitez entre las piernas, jóvenes mulatas que me condujeron, me desvistieron y se dieron a toda clase de excesos, excesos que yo nunca había imaginado pero me sugirieron nuevos pensamientos.
–¡Esmeralda, eres tú quien grita…! ¡Esmeralda, eres tú quien está aquí, conmigo…! –y pese a cierto remordimiento de conciencia lo disfruté, porque, ¿a quién amarga un dulce?
Luego, acabada la faena –y debo decir que no quedé en absoluto descontento–, retorné obnubilado a la gran sala, y quien me protegía me hizo un nuevo gesto.
–Mi querido Salamanca… –me dijo jocosamente, porque aquella anciana había mejorado con el trato el uso de mi idioma–. ¿Se siente con ánimos, tras su solaz, para contemplar el espectáculo final?
… y como yo, creyendo que al fin iba a producirse alguna novedad en los deseos de mi amada, afirmara con la cabeza, me condujo pasillo adelante hasta una desierta habitación, en donde me dejó solo recomendándome por gestos que guardara silencio…
Los gritos y gemidos que al cabo de un rato comenzaron a adivinarse al otro lado del tabique me resultaron vagamente familiares, y cuando me aproximé a la pared, tan agujereada como todas las que el africano continente encierra, me encontré a la diosa Esmeralda –diosa joven, es cierto, aunque vehemente– abigarrada con dos eunucos del harén, los cuales, babeando y con los ojos como platos, le estaban introduciendo sus ropas, que no eran mayores que una larga y gaseosa y ligerísima túnica blanca, en sus partes más recónditas, y todo lo que no había hecho ni gritado conmigo lo hacía y gritaba en aquel momento, y lo que era más…, ¡en la inexplicable compañía de aquellos dos cerdos!, y fue tal mi indignación, ¡juvenil ignorancia!, que enarbolando el machete que a mis manos vino me precipité a través de la frágil pared rompiéndolo todo y clamando las mil voces del más encendido despecho.
Los eunucos se incorporaron aterrados ante tal visión y desaparecieron en los pasillos dando gritos histéricos, y ella, sorprendida en sus más íntimos actos y amor propio, abrió la boca, de improviso muda… Caí sobre su cuerpo, que yacía desnudo y boquiabierto, inmóvil a más de chasqueado, y levanté el cuchillo dispuesto a cortarle el cuello de un tajo, pero cuando la vi allí, postrada y somnolienta, que aún no había salido de su asombro y ni siquiera parecía darse cuenta de lo que estaba sucediendo, bajé el arma y la contemplé estupefacto. Esmeralda, agitada por lo que parecían estertores, no gritó ni intentó defenderse sino que exhaló un suspiro larguísimo, un suspiro tan ronco como la voz de alguno de aquellos animales invisibles que durante los últimos meses había podido percibir…
De un salto me puse en pie, arrojé el machete a un rincón y, dando media vuelta, salí de la habitación corriendo y casi llorando, y en la antesala pude observar a mi protectora de aquellos lúbricos tiempos, que instalada en un rincón, protegida por el gran guardián y mientras deleitada dejaba escapar sus risillas de comadreja, decía,
–¿Por qué, Salamanca, si tú hiciste lo propio…?
…
¿Sabían ustedes que un burro rebuznando es cosa que asusta muchísimo a las mujeres negras, sobre todo si tal suceso ocurre por la noche? Yo fui instruido en aquella treta por un portugués recién desembarcado y al que conocí en uno de los tugurios que había en nuestra aldea, lugares nocturnamente frecuentados por mi persona tras los sucesos anteriores, pues al harén de mi amiga nunca volví. Tenía, además, el agente necesario, es decir, el asno, que se apresuró a desembarcar en cuanto llegamos a un acuerdo. Él era amigo de toda clase chanzas y chirigotas, y aunque la operación podía tornarse peligrosa para sus autores, puesto que yo ignoraba por completo la actitud de quienes nos alojaban hacia las bromas de grueso calibre, no dudamos en ponerla en práctica.
Una noche oscura, noche sin luna y poblada de cuanto tenebroso rumor pueda esperarse oír en lo más profundo de la selva, condujimos al animal encapuchado desde donde lo teníamos oculto hasta los aledaños de la para mí familiar mansión. Llegados a sus inmediaciones le descubrimos los ojos al tiempo de aguijonearle, y el infeliz jumento, que no esperaba tal acometida de quienes ni siquiera veía, prorrumpió en lamentos y alaridos y se dio a la carrera por los angostillos vecinos, y a inmediata consecuencia de ello, tal y como me había anunciado el portugués, el harén y aun el pueblo entero se despertó y despobló, y ni la multitud de guardianes del serrallo fue capaz de impedir la desbandada. Todas las negras y mulatas del entorno se levantaron como poseídas de sus lechos, corrieron desnudas por calles y pasillos y sobrepasaron los palenques, desapareciendo en la oscuridad de la selva y escalando con envidiable agilidad cuanto árbol encontraron, lugares a los que, cuando llegó la mañana, hubieron de ir a buscarlas sus dueños verdaderos…
Luego todo aquello pasó y mis andanzas nocturnas se redujeron a la nada. El último mes lo ocupamos con noticias que nos hablaban de la inmediata llegada de la mercancía que esperábamos, humana mercancía que debía haber tocado mis fibras, pero como quiera que los acontecimientos que narré estaban recientes, y mi simpatía por lo que representara la raza negra no había aumentado, no pensé ni mucho ni poco en ello, dedicando mis esfuerzos a lograr el mayor éxito posible en nuestra aventura.
Una mañana, cuando lo anterior estaba anegado en frecuentes mares de infame licor, nos llegó la nueva de que el barco iba a ser cargado, operación que se hacía en escaso tiempo y era dirigida por negros armados de pistolas y rebenques, y no había llegado el mediodía cuando nos dijeron que embarcáramos aprisa pues no había barcos a la vista, los temibles corsarios amigos de lo ajeno, lo que hicimos de inmediato, y más tarde, desde el puente y sobre la ascendente marea de voces que llegaba de las bodegas, contemplando cómo se alejaba la costa no pude evitar pensar en quien se quedaba atrás, Esmeralda, mi frustrado amor africano y de la que nunca volvería a ver cómo fugaz y huidizamente ponía sus ojos sobre mi persona…








