Fortaleza califal de Gormaz

Esto era, probablemente, lo que veían las avanzadas de las huestes castellanas cuando se aproximaban a la fortaleza califal de Gormaz, uno de los castillos más interesantes que hay en España. Y todo lleno de amapolas, además… Seguro que alguna de ellas es una Papáver somniferum, esa especie tan solicitada. Habría que decir que el opio castellano, como dice el protagonista de una de mis novelas (no un yonqui, sino un niño diablo, un hijo de un cometa y un lobo solitario)…

–¿Cómo dice…?

–¡Ah, sí! Pues dice,

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La voz blanca simuló no hacerme caso y continuó con su letanía.

–Hace trescientos años, cuando los barcos portugueses iban a traficar a Oriente, como moneda de cambio no llevaban dineros de una u otra nación, no, que allí no les interesaba el metal acuñado en lugares tan lejanos, sino una mercancía infinitamente más preciosa, y esta mercancía, ¿sabe Su Ilustrísima cuál era? Pues yo se lo diré, que era opio castellano, la emanación de las majestuosas Papáver somniferum que en sus llanuras crecen, la mejor y más poderosa variedad del planeta.

–¡Opio castellano…! –dijo con admiración Mendoza, el maestro y constructor de vías de comunicación, que sin duda conocía aquel asunto.

–Sí, opio castellano –continuó la voz–, preciosa materia prima de mis experimentos. Yo vivo para rescatar a los soldados de su dolor, ya sean ingleses, españoles, franceses…

–¿Franceses? –dijo Juan Amadeo, el primero de mis hijos peruanos, que de alguna forma había conseguido colarse también en aquella habitación–. La canalla no merece estos cuidados, y son sus ínfulas imperiales quienes les han colocado en tales circunstancias.

–¿Sus ínfulas imperiales? –terció la criada de la princesa, que aún seguía allí–. De ninguna manera se puede hablar de un pueblo que elige su Destino, sino de las decisiones de quien les gobierna. ¡Nadie, excepto los muy locos, van a la guerra con entusiasmo, sino que son arrastrados a ella por los poderosos y la amenaza de sus represalias!

Hubo un hondo silencio, y cuando creí que se había disuelto aquella tertulia que tan inopinadamente se había formado alrededor de mi cama, la voz, la voz cristalina que yo no sabía de quién era, dijo,

–Sí, así es, y aún añadiremos otras cosas, porque parece que Su Señoría cree que la Revolución Francesa fue la más importante de las revoluciones, pero en ello se equivoca, pues, ¿no es preferible para el pueblo, que todo lo paga con sudor y sangre, la Revolución comercial que al compás de los tiempos y merced a sus barcos han puesto a punto los atrasados e incultos ingleses? Piénselo. Esa revolución hará crecer la riqueza de las naciones, no solamente la de las clases privilegiadas, como siempre sucedió hasta ahora, y todos participaremos de ella. Uno de sus frutos es este reciente producto, esta decantación milagrosa de los principios activos de la planta que nos ocupa y que desde los laboratorios de Inglaterra han hecho llegar a mis manos, la panacea con la que siempre hemos soñado quienes batallamos para que decaiga el dolor que asola el Universo…, y a ti te aliviará mejor que los remedios antiguos, la endemoniada Datura stramonium o los inanes cocimientos de cresta de gallo.

Una mano muy fría pasó de nuevo por mi frente.

–Tu cabeza, por otra parte, ni siquiera se rompió del todo; la tienes muy dura.

Hubo una pausa durante la que ella, como buena mujer, fuera la que fuera, arregló los embozos de mis sábanas, y al fin, contemplando su obra, dijo,

–Yo no soy esa Marifló por la que suspiras, sino miss Gold, ayudante de farmacia del ejército inglés, que me admitió por mis méritos…, aunque tú puedes llamarme Alessandra.

Yo abrí los ojos y miré a aquella chica rubia que no era Marifló, aunque quizá fuera una de las criadas de la princesa.

–¿Cómo se llama? –dije débilmente, y ella me contempló con sorpresa.

–¿Como se llama quién?

Yo dudé.

–Esa panacea maravillosa de que hablabas…

–Se llama morfina.

–¡Ah…!

… y volví a mi ya largo sopor, en el que permanecí un cuantioso tiempo que no podría precisar.

Luego, cuando desperté de aquel sueño inacabable y creí que en seguida podría abandonar el lecho, me encontré con que no podía ni tomar la cuchara que me ofrecían, tal era mi debilidad. No podía ni incorporarme, casi ni abrir la boca, de forma que era alimentado con lo que parecían purés y otras preparaciones cremosas. Eran mujeres quienes me atendían, y algunas de ellas fueron quienes me contaron lo que había olvidado.

–¿Dónde estoy? –pregunté en una ocasión a dos muchachas, casi niñas, que barrían mi habitación haciendo muchísimo ruido.

–¡Anda éste…, qué cosas dice! –dijo una de ellas mirándome pasmada, y muertas de risa salieron corriendo de la estancia.

Una señora mayor que vi después, no obstante, accedió a informarme sobre algunos extremos, pero sospecho que ella no sabía mucho más que yo.

–¿Dónde está la chica?

La señora me contempló maternalmente.

–¿Qué chica?

–Esa chica rubia que a veces viene a verme. ¿Es de veras Marifló?

… y ella no contestó a mi pregunta, pero se irguió y dijo,

–Descanse. Descanse y no hable –y salió.

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El texto anterior está en una de mis novelas, pero esto sería tan complicado de explicar que ni lo intento. Mejor: el que quiera enterarse del conjunto de la cosa, que vaya a este enlace:

Acerca de uno que vivió trescientos años

Published in: on Martes, junio 7, 2011 at 8:21 am  Dejar un comentario  
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Cuando murió la tercera mujer de Juan Evangelista

Este es un trozo del último libro de las memorias de Juan Evangelista, personaje de mis novelas que vivió trescientos años y del que ya he hablado mucho en este y otros blogs. En estas líneas se cuenta algo de lo sucedido a finales del siglo XIX, cuando, casado con una lebaniega, ella contrajo una tuberculosis, enfermedad entonces incurable. Esta página dice así:

 

Mi mujer de aquellos tiempos, Elvira, la Diosa razón, pese a nuestros esfuerzos no mejoraba de su crónica enfermedad, como no mejoraba nadie que contrajera tan terrible mal, para el que entonces no existía cura. Ella intuía un trágico desenlace, y aunque no solía hablar de ello, se aferró a la idea de contemplar la llegada del nuevo siglo, término que daba por bueno, como así sucedió.

Llegó el año 1901, y con él las celebraciones que son de rigor en nuestra vieja sociedad. Pasamos aquellas fiestas con los abuelos en la casa de Santander, y aunque Elvira precisaba muchos cuidados, ello no nos impidió celebrarlas como en ocasiones anteriores, con la abuela y sus artes delante de los fogones. La noche en que iba a amanecer el nuevo siglo preparamos todo cuidadosamente, y habiendo dejado acostados a los abuelos y al niño, como si estuviéramos haciendo algo prohibido abordamos un coche que nos esperaba en la calle y nos dirigimos a las playas, al otro lado de la ciudad, y desde la ribera, aquellas dunas llenas de juncos que miraban hacia el este, esperamos entre las mantas a que saliera el sol, suceso que hizo llorar silenciosamente a Elvira…

Cuando llegó la primavera y parecía que sus males remitían, aun de forma momentánea, un nuevo empeoramiento nos obligó a volver a la ciudad, y allí sucedió lo inevitable. Nunca he olvidado la primavera de 1901, la primera del siglo, porque durante ella Elvira murió en el hospital, y entre mis brazos. Mientras transcurrían las últimas semanas mantuvimos largas conversaciones, coloquios que de nuevo me dieron indicios sobre cuanto guardaba en la cabeza, que era mucho más de lo que aparentaba, y como yo no solía saber qué añadir a sus palabras, ni qué argumentos emplear para darle ánimos, ella finalizaba con consideraciones que me dejaban absorto.

–No digas nada, porque no me importa morir. Lo que tenía que hacer, lo hice, y creo que bien, y Pedrín y tú os quedáis para recordarme. Yo he conocido el nuevo siglo, y siento que no puedo pasar de este lugar. Los tiempos que vendrán serán mejores, y no habrá mujeres a las que obliguen a casarse contra su voluntad, aunque a mí los Hados me vinieran de cara. Sí, todos habéis sido muy buenos conmigo, y estoy contenta por ello, aunque sé que el fin está cerca…

Elvira, mi Diosa razón de aquellos tiempos, la mujer que me dio asilo como consecuencia de sucesos que nunca hubiera podido imaginar, murió mansamente una noche de abril. Yo estaba sentado en el borde de su cama, contemplándola, y de repente despertó del ensueño que le procuraban las medicinas. Se irguió repentinamente y dijo,

–Ven…

La abracé como si quisiera retenerla en este mundo, pero en seguida me di cuenta de que era tarde. Elvira respiró por última vez y se desmadejó lentamente, y me encontré sosteniendo un cuerpo del que al fin había huido el último vestigio de esa fuerza que llamamos vida. Nada latía en su ser, y su cara iba poco a poco tomando el color de la cera… Luego la coloqué cuidadosamente sobre las almohadas y me puse en pie, y allí, ante su cuerpo transformado, durante largo rato dejé que transcurrieran los minutos sin pensar en nada. Al cabo me senté en el sillón que había enfrente, el sillón desde el que tantas horas había pasado contemplándola, y observé que en su cara comenzaba a pintarse la paz que en los últimos meses la había abandonado, lejos del rictus que la ensombreció durante los tiempos que entonces y de manera abrupta finalizaban. Sin poder dejar de mirarla, con la manos cruzadas y el gesto crispado dije para mí,

–Elvira, Ramona Elvira que me quisiste sin yo merecerlo, novio viejo que te dio el Destino…, te has ido como antes se fueron tantos…

… pero nadie podía contestarme, y sólo el runrún de mi cabeza me respondió con aquellas palabras que innúmeras veces oí y decían,

–Una vez más, Juan Evangelista, que de nuevo lo eres porque aquí se acaba esta comedia, estás solo. Tienes al niño, pero él crecerá y correrá a vivir su vida; a ti te toca continuar la travesía. ¿Cuántos años te quedan y cuánta gente se cruzará desde ahora en tu camino? Sin duda que mucha, como siempre sucedió…, y allá nos veremos.

Enterramos a Elvira en el pueblo, y advertí que la tristeza se había extendido a los vecinos, tal había sido su predicamento en aquella cerrada sociedad. Pedrín fue quien más sintió lo sucedido, y durante meses se encerró en un mutismo del que resultaba difícil sacarle. Don Ambrosio y yo hicimos lo posible por distraerle, llevándole a cuanto lugar se nos ocurrió, y éste, un día, me contó que mi hijo había decidido ingresar en un seminario.

–Créame que yo no he influido en ningún aspecto –me dijo con cierto aire de disculpa–, pero me ha parecido que usted debería saberlo. ¿Qué le parece la idea? Es buena carrera para un chico, y Pedrín seguramente la hará, pues tiene disposiciones para ello. Además, ¡cómo oponerse a una vocación…! Dígale algo, si le parece bien, pues después de lo de su madre se ha quedado muy alicaído.

… y yo hice como decía mi amigo el cura, que amigo fue durante aquellos tiempos, y de los buenos, y aprovechando que llegaba el verano, el primer verano del siglo XX, y que en el pueblo todos nos miraban como a damnificados, en su compañía me trasladé a las playas asturianas que tanto gustaban a su madre, lugar en el que permanecimos dos meses.

Él se mostró taciturno y ensimismado, pese a estar allí, en aquel lugar al que tantas veces habíamos ido, pero observé que encontraba enorme placer en sumergirse en el mar, a lo que le habíamos habituado desde pequeño, y en escuchar mis historias de tiempos anteriores, lugares distantes en los que antaño viví y de los que tanto podía contar, y de verdad que en ocasiones logré interesarle pues por un momento olvidaba sus sombrías evocaciones, e incluso una vez, tras escucharme atentamente, con los ojos brillantes, suma exaltación e insospechado entusiasmo, dijo,

–Sí, yo también viajaré a países lejanos…

… aunque luego, inapelablemente, le volvía la morriña, pues, como yo bien sabía, su preferida era su madre, que ya no estaba…

Una de aquellas tardes, esperando en una terraza de la playa a que regresara, pues aprovechaba para bañarse hasta última hora, me entretuve observando la puesta de sol. El astro rey se ocultaba tras el desusadamente límpido horizonte marino, lo que allí resultaba difícil de observar, porque estos lugares, como es lógico, son húmedos y brumosos y el vapor de agua enturbia la atmósfera… Sin embargo, aquel día, al lado de la botella de vino vi ponerse el sol por el mar, justo por el mar, y el tránsito fue claro y preciso. El espectáculo resultó admirable, tan admirable como cuando de joven me había complacido en observar idéntico cuadro desde las cumbres de los majestuosos Andes…, y allí, sentado en la desierta terraza de madera de aquel establecimiento anónimo y disfrutando del crepúsculo que siguió, caí de repente en la cuenta de que todo había acabado y estaba obligado a comenzar una nueva vida…

Una vez más había descendido el telón…

 

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Nota final: dada la enorme cantidad de aventuras que se narran en los libros sobre la vida de este personaje (son 1200 páginas), quizá resulte desconcertante leer un trozo suelto, así, sin más, pues todo tiene su antecedente, pero qué le vamos a hacer, pues no puedo poner estas cosas de otra forma. De todas formas, y para mayor información, puede verse el enlace anterior, en donde quizás se aclaren algunos puntos.

 

Published in: on Martes, abril 12, 2011 at 9:35 pm  Dejar un comentario  
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Juan Evangelista en las Cortes de Cádiz de 1810

 

El episodio que hoy pongo en el blog está en el tercero de los libros de memorias de nuestro protagonista, la “Era de las máquinas”, y narra su paso por las Cortes de Cádiz de 1810, en donde figuró como “diputado suplente”. Sí, porque Juan Evangelista también vivió aquellos días, en donde dejó su particular impronta e hizo mención de sus cosas, como se podrá ver… 

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La comarca de la ciudad de Cádiz era la única zona española libre, y en ella y por encargo del gobierno, al que entonces se conocía como Consejo de Regencia, debían reunirse las Cortes para decidir el futuro de la nación. Sus fines no eran otros que la liberación del pueblo español de la opresión de Bonaparte, y ponerla en lo sucesivo a cubierto de toda clase de tiranías; así se dijo. También debería establecer un gobierno que con su actitud, capacidad y energía respondiera a los deseos de los representados y organizara una resistencia que se adivinaba larga.

A tal efecto habían sido convocados los diputados, pero, debido a las circunstancias que atravesábamos, no era segura su llegada sino en muy escaso número. ¿Qué se hizo para remediarlo? Pues el nombramiento de diputados suplentes, que apoyaran con voz y voto cuanto allí se tratara, y a causa de esta circunstancia fui elegido como tal por quienes a ello se dedicaban.

Habiendo sido preguntado sobre mi naturaleza, contesté,

–Yo nací en Ciudad Rodrigo… –recordando el principio de la canción que tanto éxito había tenido meses atrás entre los defensores de esta ciudad, pero quien me interpelaba no parecía tener tiempo para chácharas.

–¿Ciudad Rodrigo? –dijo al tiempo de consultar unos papeles–. Eso está cerca de Salamanca, ¿verdad? –y añadió–. Pues me parece usted persona suficientemente ilustrada, amén de patriótica, por lo que he oído contar… ¿Le gustaría ejercer como diputado hasta que consigan acceder a estos pagos los designados por el Consejo?

… y fue de esta forma que Juan Evangelista, viejo en el mundo, lobo solitario a lo largo de los siglos, durante unos meses desempeñó el papel, con el que nunca había soñado, de representante de sus paisanos en la más alta asamblea española.

El día 24 de septiembre de 1810, fecha que ha pasado a la historia en letras de molde, se inauguraban aquellas extraordinarias Cortes Españolas. A causa de la epidemia de fiebre amarilla que desde Sevilla amenazaba Cádiz se trasladó la cámara a la Isla de León, población cercana a esta ciudad y que en la actualidad lleva el nombre de San Fernando. Fue en el teatro de dicha localidad, edificio que se titulaba como «Teatro cómico» (lo que quizá diga algo acerca del carácter español, casi siempre a medias entre la tragedia y el esperpento), en donde tuvieron lugar las sesiones preliminares de tan importante suceso.

En carros y carretas, aunque algunos a lomos de lujosamente enjaezadas caballerías, acompañados de enorme algazara y nutrido público –porque aquello fue una fiesta– fuimos trasladados a la iglesia del lugar que he dicho, en donde se ofició una misa y se nos tomó juramento en una ceremonia que contó con la presidencia de un mitrado rodeado de ujieres, monaguillos y otros personajes solemnemente ataviados.

Luego, tan sólo los diputados, aunque acompañados de considerable tumulto y los inacabables vítores y sones de guitarras que se producían ante su fachada, entramos en el vecino teatro y nos acomodamos en las improvisadas tribunas. Tras las obligadas formalidades, por la puerta del fondo accedieron tres personajes que pertenecían, sin duda, a tiempos pasados, ante cuya presencia se hizo el silencio. Era el Consejo de Regencia, es decir, quienes por designación real personificaban el gobierno de la nación. Su presidente nos dirigió un discurso de compromiso y se retiró a continuación, permitiendo de esta manera que la asamblea comenzara sus deliberaciones sin impedimentos de ninguna clase.

Durante los días iniciales nos dimos a nosotros mismos un reglamento y establecimos, por primera vez en la historia de España, la separación de poderes y otras novedades, y no fueron raros los decretos del siguiente tenor: «No conviniendo queden reunidos el poder legislativo, el ejecutivo y el judiciario, declaran las Cortes Generales y Extraordinarias que se reservan el ejercicio del poder legislativo en toda su extensión».

En tales reuniones coexistieron tres corros: el de los conservadores, el de los liberales y el que finalmente consiguió imponer sus tesis, los innovadores, a los que yo, en la medida de mis fuerzas, apoyaba. Las tres facciones estaban de acuerdo en la necesidad de cambiar la estructura jurídica y política del país, es decir, deshacerse del antiguo sistema de estamentos que yo conocí, nobleza, clero y pueblo llano, y dar paso a lo que, en expresión copiada literalmente de los franceses, llamaban «tercer estado». Sin embargo, cada una iba un poco más allá. Por ejemplo, mientras los conservadores defendían el mantenimiento de la monarquía por encima de otras cuestiones, los liberales patrocinaban la división de poderes al modo de Montesquieu, y los innovadores querían acabar con los símbolos del pasado en su totalidad.

Lumbreras de los tiempos que digo, españoles como Jovellanos, Argüelles, Toreno, Larrazábal y otros, brillaron allí haciendo continua gala de su singular oratoria, en unos casos señorial, en otros ceremoniosa y en otros incluso campanuda, pues ¿no nos acompañaba también el célebre e insigne canónigo Blas de Ostolaza? Era aquel personaje pintoresco donde los haya, y que no debió la fama que le acompañaba tan sólo a su vocabulario, sorprendentemente desahogado y barriobajero para un ministro del Señor, sino también a su irrefrenable tendencia al estupro y la sodomía –como se afirmaba en mentideros y, según he leído recientemente, recogen sentencias de la época–, particularidades de su enorme ser que ya se adivinaban en los exagerados ademanes y continente de que solía hacer gala.

Allí, entre aquellos personajes de toda laya, desde los ranciamente ennoblecidos hasta los procedentes del humilde pueblo, pasando por miembros de la Inquisición, la milicia y el alto clero, se redactaron párrafos que decían, «las personas de los diputados son inviolables, y no se puede intentar por ninguna autoridad ni persona particular cosa alguna contra ellos, sino en los términos que se establezcan en el Reglamento General que va a formarse»; se abolieron los antiguos privilegios señoriales, la Inquisición y la tortura, y se aprobaron decretos proclamando la libertad de imprenta, impensable aspiración hasta entonces de los españoles ilustrados.

Yo también tuve la satisfacción de poner mi granito de arena ante aquellas preclaras mentes, y habiendo presentado una propuesta sobre un asunto determinado, fui invitado, cuando me llegó el turno, a exponerla. Mi desbordante facundia, que ya conocen ustedes de anteriores episodios, me resultó de poca utilidad en tal ocasión, porque ¿de qué hubiera podido hablar a aquellos graves y sesudos padres de la Patria que fuera de su interés?, de forma que, tratando de no perder de vista mis limitaciones, comencé,

–Muchos y muy importantes negocios se han tratado en esta sala, no siendo los menos los que amplían las libertades públicas, lo que constituye una auténtica revolución a la española, de la que, al parecer, tan necesitados estamos. Quizá no todos los españoles comprendamos el alcance de lo que aquí se dilucida, pues las cuestiones que se han tratado, por lo abstracto de su naturaleza y el lenguaje utilizado son complejas e intrincadas, pero confío en que al menos la clase ilustrada sea capaz de asimilar tanto concepto nuevo y llevar hasta sus últimos extremos las medidas que se han propuesto para facilitar la vida de los menos favorecidos, y no lo digo por lo que a mi atañe, pues aunque siempre fui un simple agricultor poco versado en leyes…, no crean ustedes, que ante sí tienen a un agricultor enterado del novedoso sistema de los tres campos, precursor del sistema Norfolk y del método Balfour, de los que Sus Señorías sin duda tienen noticias –y aquí hice una pausa–. Sin embargo, pues veo que los asuntos trascendentes ya han sido discutidos, vaya desde aquí mi modesta proposición, que quizá contribuya a remediar algunos de los desarreglos que, desde el punto de vista de la armonía, padece este país –y ante el estupor de los presentes, añadí–. En España, señores, hay pocas escuelas de música, la más bella de las Bellas Artes…

La moción, quizá por su brevedad, fue atentamente escuchada por quienes me contemplaban, discretamente aplaudida y luego admitida a trámite, lo que quizá suene a poco, pero ¿de qué iba a hablar a aquella asamblea que se regodeaba dando vueltas sin fin a conceptos del tono de la soberanía nacional, y otros tan fundamentales como la música había dejado en el olvido?

Creo que hice lo conveniente, y aunque la nación española, por lo que ahora sé, no me ha hecho mucho caso ni tomado en verdadera consideración mi propuesta, yo me siento feliz por lo conseguido en aquellas históricas jornadas.

Todo lo que cuento ocurría durante las que podríamos llamar «pacíficas reuniones», pues si hacemos salvedad de los gritos y silbidos que continuamente se prodigaban en tan desmesurado foro, la sangre no llegó en ningún momento al río y todo se redujo a las incontables advertencias, bravatas y amenazas que intercambiaban los ocupantes de cada una de las tribunas con los de los grupos que se situaban enfrente. Meses de acalorados debates constituyeron lo que, paralelamente a la francesa, podríamos llamar Revolución Española (como yo había tenido buen cuidado de decir en la Asamblea), y cuyo desarrollo llevamos a cabo en el escenario de un teatro y sin verter una sola gota de sangre, al contrario que nuestros vecinos del norte, de cuyos manejos y excesos tenía noticias de primera mano.

Cuando remitió la epidemia que había confinado a las Cortes en el Teatro Cómico, éstas se trasladaron a la iglesia de San Felipe Neri, en Cádiz, monumental templo mucho más acorde y capaz para aquellas tareas, en donde continuaron su labor, pero poco puedo contar de esta nueva etapa, puesto que, recuperada mi plaza de diputado por su legítimo titular, que un buen día apareció, me despedí de quienes había conocido y me uní al ejército español que se trasladaba al vecino país de Portugal, lugar en el que se estaban agrupando las fuerzas que acabarían por expulsar de suelo español a los soldados de Napoleón.

Ataque a la caravana

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En la “Era de las máquinas”, tercer libro de las memorias de Juan Evangelista –personaje que, como ustedes recordarán, vivió más de trescientos años–, no podía faltar el tránsito por el «lejano oeste», el legendario Far West del más prolífico género del Séptimo Arte y que a todos nos resulta tan familiar.

Sí, Juan Evangelista estuvo allí durante la Primera Guerra India, la guerra de Nube Roja (que tuvo lugar alrededor de 1850), pues como adelantado ingeniero de aquellos tiempos se encontraba contribuyendo a la construcción del Union Pacific, el primer ferrocarril que atravesó el continente norteamericano de costa a costa, y en tales pagos, amén de otras muchas aventuras que en el libro se detallan, le sucedió lo que se dice a continuación.

 

 

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ataque a la caravana

 

En uno de aquellos viajes me fue dado presenciar ese episodio que después tantas veces se ha relatado en las películas, ¡y qué digo presenciar!, sino vivir en mi propia persona el asalto a la larga caravana de carros de transporte que, vigilada de forma permanente por exploradores del país, serpenteaba por la herbosa y amarillenta llanura infinita. Aquellas agrupaciones de carros remolcados por bueyes y en ocasiones por mulas, que me recordaban las antiguas galeras de mi país, se desplazaban lentamente por la llanura en busca del siguiente puesto del ejército, fortificaciones de madera dispersas aquí y allá y que en ocasiones eran asoladas por ejércitos de indígenas. Durante su tránsito por las tierras deshabitadas pasaban por uno y mil peligros, enfermedades como el cólera, frecuentes y terribles tormentas y la constante presencia de indios, pues bandas de salvajes se presentaban continuamente ante los ojos de sus ocupantes y los hostigaban en busca de botín, por lo general, caballos. Las escaramuzas solían saldarse con unos cuantos disparos, pero en ocasiones aparecían desde detrás de cualquier colina grupos muy numerosos, y después de seguir a los carros durante horas desencadenaban uno de sus ataques, que consistían en una carga al galope. Para repelerlos se agrupaban los vehículos formando un círculo en lugares elevados que estuvieran defendidos por árboles y peñas, si se podía llegar hasta ellos, y en uno de aquellos círculos viví yo mi bautismo de fuego en la llanura americana.

Ellos eran trescientos o cuatrocientos, un verdadero ejército, y nosotros sólo cuarenta, y si se lo hubieran propuesto podrían haber pasado con facilidad por encima del lugar que ocupábamos, pero los grupos de jinetes indios se limitaban a dar vueltas alrededor de los carros disparando flechas y viejos fusiles desde sus caballos, y a retirarse tras las descargas. Una oleada seguía a la anterior, y acertarles desde nuestro resguardo era cosa fácil. Aquello era como tirar al blanco sobre seres desarrapados y poco menos que indefensos, y no me gustó hacerlo, pero habida cuenta de las historias que había oído contar, cuando muchedumbres de salvajes pintarrajeados atacaban a sangre y fuego a grupos reducidos –grupos que, por supuesto, eran aniquilados en su totalidad, no importando si entre ellos había mujeres o niños–, olvidaba mis escrúpulos y procuraba disparar con acierto.

Con la caída de la tarde, cuando ya había una cincuentena de cuerpos sobre la pradera, hubimos de enfrentar el ataque de un grupo más numeroso, algunos de cuyos miembros consiguieron introducirse entre los carros. Ante los gritos miré a mi espalda y observé que uno de aquellos atléticos salvajes pintarrajeados, un individuo joven, y no mentiré si digo que bien parecido, con un cuchillo entre los dientes, un hacha en la mano y expresión feroz, venía a la carrera hacia el lugar que ocupaba. Yo tenía en la mano la pistola, el revólver, y cuando el indio, enarbolando el hacha, se abalanzaba congestionado sobre mi persona, pensé, o tú o yo, y levanté el arma y apreté el gatillo. El indio se detuvo en los gritos y la desenfrenada acometida, se llevó las manos al cuello y se desplomó fulminado. Yo me levanté y, lo más rápido que pude, me arrojé bajo las ruedas del carro al tiempo de ver pasar a mi lado los caballos de varios de aquellos energúmenos que vaciaban sus armas sin el menor tino. Luego, tras un último y cerrado intercambio de disparos, no pocos gritos y el acuchillarse de algunos, los indios se retiraron llevándose a sus muertos y algunos caballos y se perdieron lenta y perezosamente en la distancia, y nosotros reanudamos el camino todo lo deprisa que pudimos, pues los indios no atacaban por la noche.

Aquel lance me dio en qué pensar, pues, ¿no era la vez que digo la primera en que mataba a un hombre cara a cara…? Muy distinta había sido mi presencia en anteriores combates, entre los que destacaban los que tuvieron lugar en Ciudad Rodrigo, pero aquella fue una guerra a distancia en la que nunca veías la cara al enemigo y te limitabas a disparar sobre bultos y sombras que no tenían entidad: eran, simplemente, el infiel. Sin embargo, en la ocasión que narro, antes de abandonar precipitadamente el escenario de la batalla me afané en buscar el cadáver de quien había matado, hombre joven que disponía de una larga vida por delante, alguien que sin duda tendría mujer e hijos esperándole…, para encontrarme con un cuerpo desfigurado al que uno de los sargentos que nos acompañaban había arrancado la cabellera, y con ella, la piel de media cara.

–Así no podrá entrar en su Paraíso. ¿No le parece a usted bien? Ellos harían lo mismo con usted. ¿Quiere que le cuente una historia…? –y ante mi indecisión, añadió–. ¿Sabe usted lo que sucedió la pasada primavera en el fuerte Kearney? Pues yo se lo diré: el comandante había llegado con cuatrocientos soldados, pero al cabo de unas semanas sólo le quedaban trescientos… ¿Tampoco oyó hablar de Fetterman? Era un capitán peligroso, uno de esos tipos que creen que lo saben todo. Salió con su compañía a perseguir a un grupo de indios que se pavoneaba en los alrededores del fuerte, y se encontró con una fuerza escondida de varios miles de pieles rojas… La acometida duró escasos minutos y todos fueron masacrados. Luego, durante meses en los que no se les enviaron refuerzos, los que quedaban en el fuerte resistieron como pudieron, faltos de toda comida y la imprescindible agua. Con la llegada de la primavera y la amenaza del ejército de Nube Roja, el comandante, en previsión de un inminente asalto, dio orden de encerrar a las mujeres y los niños en uno de los polvorines, y a un soldado negro el encargo de volar el reducto si los indios se adueñaban del fuerte. Al fin, debido a que los indios se retiraron, no se llevó a cabo semejante estrago, pero todas aquellas personas estuvieron a un paso de la muerte. Otros, sin embargo, no han tenido tanta suerte, y nosotros tampoco la tendremos si no nos vamos pronto de aquí. Apresúrese.

 

 

 

Entre los piratas malayos

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Este es un trozo de la “Era de las máquinas”, una de los cuatro libros que Juan Evangelista –que nació en 1680 y vivió alguno más de trescientos años– escribió al final de su vida. Lo que aquí cuenta sucede hacia 1860 en aguas de las Indias Orientales.

 

Al fin, al caer la tarde, regresaron quienes habían ido tras los fugitivos, y de cierto que trajeron a algunos, aunque en qué estado… Los que podían caminar habían sido tan brutalmente apaleados que al vernos se precipitaron entre los soldados y lejos de sus captores, y gracias a ello y a la intervención del capitán, que ordenó enviarlos al barco, no fueron rematados allí mismo, pero otros, aún vivos aunque agonizantes, sufrieron peor suerte.

El capitán y el médico de nuestro barco mantuvieron una breve conversación, y tras ella observé que a los moribundos se les administraba una pócima que les provocaba no pocas convulsiones; luego, escasos segundos después, expiraban.

Yo me adelanté hacia quien se decía doctor, e indignado le tomé por el brazo.

–¿Qué están haciendo ustedes…? ¿Qué es esto? –y el médico, que era un hombretón irlandés, me miró con evidente fastidio y cara de pocos amigos.

–Esto es cianuro potásico –repuso sosegadamente, y añadió–. Ahora, apártese, si no quiere probarlo… –y ante la amenaza y las hoscas miradas de los soldados desistí de mi intento y, con verdadera rabia, ayudé a abrir la fosa en la que fueron arrojados algunos de aquellos cuerpos, que encontraron revuelta sepultura debajo de los árboles.

Algunos de aquellos cuerpos, sí, porque otros fueron llevados hasta el extremo de la playa y quemados entre gran estrépito y aclamaciones, y aun otros amarrados en las más estrambóticas posturas pendientes de los árboles…, y cuando algunos malayos se aprestaban a colgar de los cocoteros los últimos caídos en la batalla, con la ayuda de los soldados que estaban con nosotros quise impedirlo, pero el capitán, que lucía las ropas destrozadas por efecto de la contienda, me impidió de nuevo intervenir. Ante mi más que justificada indignación, dijo,

–Por supuesto que voy a permitir que cuelguen esos cuerpos. Es su costumbre y no hacen mal a nadie…, puesto que están muertos. Hoy ha sido un día muy agitado y no quiero más problemas, y menos con gentes de nuestro propio bando. Al contrario, debería dar usted gracias a Dios por estar vivo, pues sepa que yo he estado en refriegas de las que libramos con bien por pura casualidad.

Luego me contempló con cachaza y añadió,

–¡Vaya, vaya allí y diviértase…!, que correrá el alcohol en abundancia. Una victoria es siempre una victoria, y todos hemos contribuido a ella.

… y a pesar de mi repugnancia, en compañía de algunos de nuestros hombres, que no mostraban tantos remilgos como quien les habla, me acerqué hasta las grandes hogueras que en el otro extremo de la playa habían encendido los naturales del lugar y nos unimos a su desbordada alegría, que fue subrayada por ininteligibles y guturales gritos y sones de tambor malayo.

Todos los pueblos tienen sus músicas, y la música de los mercenarios malayos, ¿saben ustedes cuál es? Pues yo se lo diré: es la de las esquilas que colocan en el cuello de los ahorcados en los cocoteros de sus playas. Cuando los ahorcados son cuarenta o más, el concierto es polifónico, y en ocasiones, tocadas por el viento, he creído oír melodías que me resultaban familiares.

Los aborígenes malayos de taparrabos y mirada oscura colocaban esquilas y cencerros y cascabeles en el cuello a los que iban a ahorcar, y a veces también en los pies, y cuando el cocotero, tras ser cortada de un hachazo la cuerda que lo sujetaba, recuperaba su forma, merced al viento el cuerpo se balanceaba sin fin produciendo la consiguiente sinfonía…

 

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Primer libro de las memorias de Juan Evangelista:  Edad de las tinieblas

 

Libro tercero, página aleatoria

“La verdadera historia de Juan Evangelista” es una larga narración que se compone, por el momento, de tres libros. Traigo hoy a este escaparate (para variar) un trozo del tercero que bien podría llamarse, “En los mares y costas de Insulindia”.

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… entre los soldados y lejos de sus captores, y gracias a ello y a la intervención del capitán, que ordenó enviarlos al barco, no fueron rematados allí mismo, pero otros, aún vivos aunque agonizantes, sufrieron peor suerte.
El capitán y el médico de nuestro barco mantuvieron una breve conversación, y tras ella observé que a los moribundos se les administraba una pócima que les provocaba no pocas convulsiones; luego, escasos segundos después, expiraban.
Yo me adelanté hacia quien se decía doctor, e indignado le tomé por el brazo.
–¿Qué están haciendo ustedes…? ¿Qué es esto? –y el médico, que era un hombretón irlandés, me miró con evidentes malas pulgas y cara de pocos amigos.
–Esto es cianuro potásico –repuso sosegadamente, y añadió–. Ahora, apártese, si no quiere probarlo… –y ante la amenaza y las hoscas miradas de los soldados desistí de mi intento y, con verdadera rabia, ayudé a abrir la fosa en la que fueron arrojados algunos de aquellos cuerpos, que encontraron revuelta sepultura debajo de los árboles.
Algunos de aquellos cuerpos, sí, porque otros fueron llevados hasta el extremo de la playa y quemados entre gran estrépito y aclamaciones, y aun otros amarrados en las más estrambóticas posturas pendientes de los árboles…, y cuando algunos malayos se aprestaban a colgar de los cocoteros los últimos caídos en la batalla, con la ayuda de los soldados que estaban con nosotros quise impedirlo, pero el capitán, que lucía las ropas destrozadas por efecto de la contienda, me impidió de nuevo intervenir. Ante mi más que justificada indignación, dijo,
–Por supuesto que voy a permitir que cuelguen esos cuerpos. Es su costumbre y no hacen mal a nadie…, puesto que están muertos. Hoy ha sido un día muy agitado y no quiero más problemas, y menos con gentes de nuestro propio bando. Al contrario, debería dar usted gracias a Dios por estar vivo, pues sepa que yo he estado en refriegas de las que libramos con bien por pura casualidad.
Luego me contempló con cachaza y añadió,
–¡Vaya, vaya allí y diviértase…!, que correrá el alcohol en abundancia. ¡Una victoria es siempre una victoria!, y todos hemos contribuido a ella.
… y a pesar de mi repugnancia, en compañía de algunos de nuestros hombres, que no mostraban tantos escrúpulos como quien les habla, me acerqué hasta las grandes hogueras que en el otro extremo de la playa habían encendido los naturales del lugar y nos unimos a su desbordada alegría, que fue subrayada por ininteligibles y guturales gritos y sones de tambor malayo.
Cada pueblo tiene sus músicas, y la música de los mercenarios malayos, ¿saben ustedes cuál es? Pues yo se lo diré: es la de las esquilas que colocan en el cuello de los ahorcados en los cocoteros de sus playas. Cuando los ahorcados son cuarenta o más, el concierto es polifónico, y en ocasiones, tocadas por el viento, he creído oír melodías que me resultaban familiares…
Los aborígenes malayos de taparrabos y mirada oscura colocaban esquilas y cencerros y cascabeles en el cuello a los que iban a ahorcar, y a veces también en los pies, y cuando el cocotero, tras ser cortada de un hachazo la cuerda que lo sujetaba, recuperaba su forma, merced al viento el cuerpo se balanceaba sin fin produciendo la consiguiente sinfonía…

Sin embargo, lo que digo resulta excesivamente prolijo y confuso, en ocasiones espeluznante, y ustedes me agradecerán sin duda que se lo ahorre, lo que haré con gusto.
Tan sólo, como final de esta historia de matuteros sucedida en aguas del océano Índico cercanas al estrecho de la Sonda, contaré que, algún tiempo después, quizá un año …

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