El texto que va a continuación pertenece al segundo de los libros que Juan Evangelista escribió al final de su vida, y al que llamó “Siglo de las luces”. En este trozo (que está casi al principio del libro) se cuenta lo que sucedió cuando, en medio del océano, alcanzó la tormenta al Convoy de Indias…

Cuando ya llevábamos tres semanas de durísima e incierta navegación, más para alguien que nunca había imaginado siquiera un barco, nos sobrevino -al principio, durante los días anteriores, nos sobrevoló, y luego, por más que intentamos apartarnos, nos sobrevino- una inclemencia propia de la zona intertropical, una de las renombradas tempestades del océano Atlántico que deshizo el orgulloso convoy, la Flota de Indias, y dejó a la mayor parte de sus navíos al garete. ¡Vanidades del mundo…!
El huracán nos alcanzó por la mañana, cuando yo empezaba a sentir la premura del sueño y buscaba un lugar en donde no fuera molestado. Sin embargo, ante la súbita aparición de la cólera de los cielos tuve que olvidarme de ello, y entre los histéricos gritos que a duras penas alcanzaba a entender, colaborar en las faenas sobre las que tan poco sabía. Como pude ayudé a tirar de cabos que me salieron al paso y a girar molinetes cuya función no entendí, labores en que se afanaban cuantos a mi alrededor se movían y que en breves momentos trocaron el aspecto de la embarcación aparejándola para las nuevas cir-cunstancias, encarar el vendaval, aunque no con tan escasa fortuna como yo creí que podría suceder. Las olas, alguna montañosa, llegaban desde la parte delantera, y si bien las primeras a que hubimos de enfrentarnos me dejaron sobrecogido por su poder y tamaño, pronto observé que, guiados por la hábil mano del piloto, las sorteábamos sin dificultad. Durante toda la mañana subimos y bajamos por el inagotable tobogán de las enardecidas olas oceánicas, y si hasta entonces el convoy se había mantenido a la vista, pues siempre, ora delante, ora detrás, era posible divisar tres o cuatro de aquellas velas lejanas, con la llegada del nublado y el vaivén de la mar, pronto estuvimos solos en la inmensidad de blanca espuma que nos impedía ver más allá de la siguiente y amenazadora cresta.
Por la tarde el viento arreció y las compuertas del cielo parecieron abrirse súbitamente, lo que añadió mayores dificultades a nuestra comprometida situación. Hasta entonces habíamos tenido que luchar tan sólo con las olas encrespadas y el rugiente viento, pero desde aquel momento hubimos de hacerlo cegados por las cataratas que desde el cielo nos llegaban, y amenazados, por ende, por la noche que se nos echaba encima.
Era ya el atardecer, o el cielo estaba tan negro que lo parecía. Ajironadas y pesadas nubes grises desfilaban a gran velocidad sobre nuestras cabezas mientras dejaban caer su agua torrencial, cuando, en medio del fragor, una repentina racha nos levantó en vilo como si el navío entero hubiese sido tomado por la mano de un gigante que surgiera de las aguas. Sonó un terrible ruido, al que siguió otro parecido, y uno de los formidables mástiles, en el que aún ondeaban los restos del velamen que no habían sido arrancados por el ciclón, cayó sobre cubierta aplastando todo aquello que quedó debajo. Yo, que acompañado por un aterrorizado Juan Everardo que portaba el rosario entre las crispadas manos, observaba la escena a cubierto de los frágiles adornos que había bajo el castillo de popa, no más que la entrada en los pasillos que conducían a los camarotes, vi que se me venía encima aquel alud de maderas y cuerdas y salté como pude hacia el interior. Todo a mi alrededor crujió y se estremeció, tanto que creí que nos hundíamos sin remedio y para siempre…, pero no fue así. El barco cabeceó hasta lo más hondo, se estremeció como si llegara el fin del mundo… y salimos a flote entre montañas de espuma que escurrían por los imbornales como cataratas. Me sacudí como un perro, gané la cubierta, y lo que a mi lado vi… Llevándome las manos a la cabeza grité, ¡Juan Everardo!, ¡Juan Everardo!, pero él no podía escucharme porque su cabeza estaba muerta, torcida en un ángulo imposible, y de una de sus sienes manaba un revelador hilillo de sangre. Tenía los ojos abiertos, sí, pero no veía, y aunque aún respiraba y su corazón seguramente latía… Luego, tras una nueva embestida de las olas y un maretazo que casi pudo conmigo, el cuerpo de Juan Everardo resbaló, al principio lentamente y luego adquiriendo velocidad al compás de la inclinación, y acabó cayendo por la borda cercana y desapareciendo tras ella. El ruido del chapuzón no se oyó. Quedó enmascarado en la oscuridad reinante, el viento rugidor y las montañas de agua que nos pasaban por encima.
Yo, ante la catástrofe, corrí a esconderme en donde pude, y en buena hora lo hice, porque una ola monumental, una ola gigantesca que acaso viniera directamente desde el continente que pretendíamos alcanzar, barrió por entero la cubierta y se llevó en su seno todo aquello que no estuviera firmemente asentado. Dos o tres cuerpos, desfigurados como monigotes, fueron arrancados a viva fuerza de los lugares que ocupaban y manoteando desaparecieron en el caos. Alaridos, de los que no pude distinguir su procedencia, creí oír a mis espaldas…
Una vez más me zambullí en las entrañas de aquel casco que alguna vez me pareció colosal, frágil cáscara de nuez entre las furias del océano, y sentado en un suelo oscuro, desconocido y encharcado, con la aturdida por las bruscas oscilaciones cabeza entre las manos me encomendé a Dios, que tan favorablemente me había tratado hasta aquel momento.
-¡Dios mío…!, ¿qué hemos hecho para que nos trates así? ¡Dios mío y todos los Santos…!, ¿por qué nos maltratáis de esta manera…? ¡Virgen Santa, haz un milagro…! Deja que una de esas olas penetre hasta lo más profundo de la nave y a todos nos lleve al fondo de manera instantánea… -y con estas confusas oraciones y en medio de esporádicos diluvios, que a ráfagas penetraban por las destrozadas portillas, me quedé dormido en aquella postura fetal, porque, como ya dije, había transcurrido un día entero desde que empezara a sentir la influencia del sueño, y un vaporoso cansancio…
Al amanecer, tras toda una noche en la que fuimos zarandeados hasta lo indecible, la tormenta amainó, y yo, cansado como nunca lo estuve y sumamente alterado en mis humores, me desperté como si no hubiera dormido sino un par de minutos. Una luz de incierto color grisáceo aparentaba comprenderlo todo, y el barco, o lo que quedaba de él, aún se movía al compás de largas olas que parecían venir de muy lejos, pero la furia que horas anteriores casi nos condujera al fondo del abismo se desplazaba hacia la parte de Levante, horizonte en donde aún podían observarse torrenciales chubascos que se desprendían de lejanas nubes negras. Con enormes dificultades, pues la postura y el hecho de estar absolutamente empapado me habían dejado agarrotado, conseguí ponerme en pie y subir al desbaratado puente, en donde constaté que las barandillas que lo protegían, la gran rueda del timón y la bitácora, las lámparas de situación y los adornos de madera policromada, es decir, cuantos objetos lo embellecieran, habían sido barridos por la furia de los elementos. Nuestra nao estaba desarbolada por completo. Los mástiles, o sus restos, descansaban sobre la cubierta partidos en varios trozos de extremos astillados, y el casco rechinaba amenazante al compás del ritmo del aún levantado oleaje. El aparejo había desaparecido en su totalidad, y sólo grises colgajos de lo que parecía blanca estameña ondeaban acá y allá a merced de las aún furiosas rachas de la cola del vendaval… En la vasta y anubarrada inmensidad marina, además, no se divisaba una sola vela.
Luego, durante la plomiza mañana, mudos fantasmas de inciertos andares, desencajadas expresiones y destrozadas ropas aparecieron en cubierta. Uno de los oficiales, con el uniforme rasgado por innumerables sitios y un látigo en la mano, el primero; un contramaestre, un hercúleo y tambaleante negro de anchos labios, que durante el tiempo que duró nuestra aventura prácticamente no abrió la boca, aunque sobre sus espaldas llevara buena parte del peso de la situación, el segundo; tres miembros de la marinería, uno de los cuales era mudo, aunque los tres estaban rotos y desasosegados, y yo mismo, embutido en mis pobres y calados hábitos, los restantes. Entre todos componíamos el elemento humano sobreviviente a la galerna, pues el resto de oficiales, tripulación o pasaje, parecía haber sido tragados por los vientos, si hacemos excepción de varios cuerpos que, irreconocibles, algunos mutilados y otros aplastados, aparecían dispersos aquí y allá. El oficial, sin soltar el látigo y con ronca voz, ordenó arrojar al mar aquellos restos, tarea que de mala gana llevamos a cabo los demás, y a continuación tuvo lugar el único incidente que durante aquellos días ocurrió…