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En pleno siglo XVIII, o para ser más exactos, hacia el año de 1780, cuando Juan Evangelista vivÃa a cuerpo de rey con su mujer e hijos en el Perú colonial de los españoles, pretextando determinados negocios hizo un viaje con su amada Inés, su cuñada, que era una chica guapÃsima que vivÃa con ellos y tocaba el violÃn, habiendo sido instruida en Europa, como los mismÃsimos ángeles.
SÃ, se fue de viaje con Inés, una de esas situaciones que de continuo deseamos que sucedan y suceden siempre sin avisar, y durante él llegaron a las lejanas tierras del más norteño Chile, en cuyas costas habÃa algunas fortalezas de los ingleses, que hartos negocios mantenÃan por aquellos pagos.
Inés y Juan Evangelista vivieron allà su primera luna de miel, y, amén de sumergirse en las olas del mar (desnudos, por supuesto), algo que él nunca habÃa hecho, tuvieron una serie de encuentros del todo desusados, algunos de los cuales se reseñan en el libro al que nos referimos («Siglo de las luces», el segundo de la serie).
Una de estas anécdotas, que vivieron en la BahÃa Negra, es la que se narra a continuación.
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Pero no se redujo a los baños en las olas del mar nuestra actividad en aquel lugar que de tan excelente manera acogió la improvisada luna de miel, pues una de aquellas noches –noche de luna–, tras el suculento lunch con que nos habÃa recibido la patrona, inglesa de origen pero dicharachera y sonriente con sus huéspedes como española, tuvo Inés la ocurrencia de salir a tañer su violÃn en la más alta cúspide de las murallas. La noche era clara y cálida, y desde nuestra encumbrada situación, allá abajo, cerca del agua y junto a los muelles, vimos el resplandor de unas luces mortecinas, de forma que hacia ellas, tan lenta y enamoradamente como cabrÃa esperar, dirigimos nuestros musicales pasos. Entre bienolientes redes y algas y embarcaciones quebrantadas llegamos a aquellas arcadas de madera y piedra que ocultaban la fuente de luz. A través de vidrios mugrientos escrutamos el interior, ruinoso recinto en donde algunos personajes de otros tiempos, viejos y tullidos y rodeados de cubas polvorientas, jugaban a las cartas con gritos apagados, juramentos y carcajadas. A su lado, sobre las mesas, las botellas y vasos iluminados por velones delataban el borrascoso rumbo de la partida, y nosotros, tras un instante de vacilación y con la sonrisa en la cara, empujamos la chirriante puerta y accedimos al lugar. Su sorpresa fue grande, claro es, y el silencio que la visión de Inés con sus mejores galas produjo, profundo. Uno de los contendientes, haraposo, atónito y renqueante, se levantó apresuradamente de su taburete, se colocó tras lo que hacÃa las veces de mostrador y nos contempló en silencio.
–Buenas noches, señores –cantó la voz de Inés dirigiéndose a la parroquia, y tras una risueña pausa, exclamó–. ¿SerÃan ustedes tan amables de servir de beber a estos nocturnos caminantes…? –y una carcajada opaca que provenÃa del rincón más oscuro se dejó sentir.
–¡Pardiez con las señoritas…! –dijo una voz en el idioma castellano–. ¿Qué lleva vuesa merced ahÃ, tan agarrado?
… ante lo que Inés enarboló el violÃn, lo mostró a la paralizada concurrencia, se lo colocó en el hombro y, como si de un juego se tratase, comenzó a desgranar una de las antiguas melodÃas de amor que, a petición de nuestras protectoras, las viejas y negras criadas que en casa tenÃamos, solÃa entonar.
El silencio con que tal derroche fue acogido resultó significativo, y cuando tras modular los breves y complicados compases y trinos con que nos obsequió, concluyó con un prolongadÃsimo diminuendo, los unánimes vÃtores y aclamaciones de los escasos personajes atronaron la empolvada bodega, tal fue la sorpresa que aquellos sonidos causaron.
El establecimiento en que tan intempestivamente nos habÃamos introducido constituÃa la única taberna portuaria que el puerto albergaba, vieja hasta el extremo y sucia y empolvada por el hacer de siglos, pues las telarañas y la capa de mugre lo cubrÃan todo. Velones de sebo iluminaban la estancia, plena de vigas carcomidas y toneles desfondados, y al fondo, en aquella, la más impenetrable de las oscuridades, ¿qué ocultos alijos no guardarÃan…?
–¿AprobarÃan vuestras mercedes saborear el madeira? –sugirió el tabernero, a quien le debimos de parecer personas de importancia, y con estas palabras comenzó tan elevada audiencia, que habÃa en verdad de prolongarse hasta que las luces del alba comenzaron a iluminar las murallas y caserÃo de la BahÃa Negra.
Bajo las fantasmales y palpitantes luces dimos cuenta del madeira, por supuesto, extraordinario vino en el que todos nos acompañaron, y luego del apreciado ron y otros licores que llegaban desde el mar de los caribes y el tabernero se encargaba de escanciar, y durante las abundantes libaciones, que se vieron entretenidas por frecuentes tientos a unos apocalÃpticos puches de los que no pude desentrañar su esencia, fue Inés la que se encargó de embellecer el entorno, y no sólo con su presencia sino también con su música y risas, que reverberaron allà dentro con una cadencia como pocas veces oÃ. Fueron copiosos los comentarios de los presentes, y no menores los parabienes y elogios que tan distinguido público dedicó a la violinista, y al fin, con la amanecida, nos despedimos no sin pesar de quienes de tan atinada manera nos habÃan hecho compañÃa en aquella noche sin igual, y encaminamos, por las empinadas y desiertas callejas, nuestros divertidos y sinuosos pasos hacia el lugar que nos cobijaba.
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Si alguien quiere ver cómo son estos libros editados como libros de bolsillo, no tiene más que pulsar el siguiente enlace, que se refiere al primero de los que componen esta serie: “Edad de las tinieblas”.
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