Influencia de la música sobre la escritura

 

Trucos diversos sobre el arte literario. Capítulo segundo.

Resulta frecuente sentarse ante la mesa dispuesto a escribir algo maravilloso…, y quedarse en blanco. Pues bien, para combatir tan estéril y frustrante estado de ánimo propongo una receta que a mí me ha dado un resultado cuando menos sorprendente: se trata de escuchar música, de dejarse acompañar por la música (la más bella de las Bellas Artes, como es sabido) al modo en que lo hacía el antiguo hilo musical. No se trata de escucharla conscientemente, sino antes bien de permitir que la mente se sumerja en su acariciador arrullo (por decirlo de una manera historiada) y, bajo su influjo, las neuronas que todos tenemos en el cerebro se vayan acoplando adecuadamente, que no otro es el fenómeno físico al que llamamos inspiración. Por extraño que pueda resultar (a muchos les sonará a cuento chino), es un truco que da resultado, y llega un momento en que las ideas afluyen a la cabeza como surgidas de un lugar que estuviera fuera por completo de los límites de nuestro limitado universo cotidiano, que no es poco. Eso sí, hay que perseverar en el empeño, y añadiré que nadie debe esperar resultados tangibles tras un par de sesiones, pero esto es lo de menos, pues para escribir cosas que valgan la pena hay que aplicarse en la labor durante un número de horas que habría que describir con guarismos más propios de la astronomía.

Y en cuanto a qué música, también desvelaré mi personal punto de vista: yo conseguí tan peculiar estado de ánimo (y advierto que no me ha abandonado y sospecho que ya nunca lo hará, pues en momentos de sequía sigo utilizando este recurso) escuchando una tras otra las famosísismas y abracadabrantes (y digo poco) cantatas de Juan Sebastián Bach, el más influyente y armónico músico que nunca vivió sobre este planeta nuestro. Tienen la ventaja añadida de que son muchísimas (unas 230), y cada una dura del orden de 25 minutos (por término medio), por lo que tras meses y meses de veladas audiciones vuelves a empezar y no te acuerdas de nada, siempre te parece música nueva, que es lo que menos distrae a nuestros propios pensamientos, pues son ellos, precisamente, los que tienen que fluir de la más espontánea de las maneras.

Nota final:

Lo que he escrito, contra el parecer de muchos (seguramente la mayoría en esta sociedad en que lo único que se vende es el fútbol, el cotilleo, la pornografía y todo aquello que nos dicta la televisión), es la pura verdad, aunque resulte raro, y desde aquí recomiendo encarecidamente el uso de esta técnica que da magníficos resultados, como he aprendido por propia experiencia, aunque tampoco desecho la posibilidad de que otras personas consigan lo mismo escuchando otras clases de músicas. Ya me contaréis, si es el caso y alguien se atreve con el experimento.

Published in: on Viernes, abril 16, 2010 at 8:05 am  Dejar un comentario  
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La música de Juan Evangelista

violín afinado para tocar La Resurrección de Biber

Juan Evangelista, en sus cuatro libros, dice muchas cosas de la música. Él toca la flauta, a lo que aprendió de pequeño en la cueva de Portugal (buscar en entradas anteriores), y luego, en la Era de las máquinas, su tercer libro, dice que eso de las polkas y los valses no le enrollan nada; que son cosas de modernos, en una palabra. Y esto es así porque a todos se nos queda grabada la música que oímos de pequeños, de la que ya nunca podremos separarnos. Para él esa música es la del barroco, pues él nació en 1680 y oía a sus padres tocarla, y de entre todas aquellas músicas que oyó, habla mucho de una en particular, la folía de España, que es un anónimo español del siglo XVI y, por lo visto, interpretaba su padre. 

No pongo esta música pero pongo otra cosa, una peliculita que he hecho el otro día y tiene de fondo, precisamente, el principio de la folía de España. Para verla (dura dos minutos) hay que ir al siguiente enlace:

http://www.youtube.com/watch?v=_0D76hus_gI&feature=channel_page

Published in: on Sábado, mayo 9, 2009 at 8:01 pm  Dejar un comentario  
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Concierto de violín en la Bahía Negra

 

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En pleno siglo XVIII, o para ser más exactos, hacia el año de 1780, cuando Juan Evangelista vivía a cuerpo de rey con su mujer e hijos en el Perú colonial de los españoles, pretextando determinados negocios hizo un viaje con su amada Inés, su cuñada, que era una chica guapísima que vivía con ellos y tocaba el violín, habiendo sido instruida en Europa, como los mismísimos ángeles.

Sí, se fue de viaje con Inés, una de esas situaciones que de continuo deseamos que sucedan y suceden siempre sin avisar, y durante él llegaron a las lejanas tierras del más norteño Chile, en cuyas costas había algunas fortalezas de los ingleses, que hartos negocios mantenían por aquellos pagos.

Inés y Juan Evangelista vivieron allí su primera luna de miel, y, amén de sumergirse en las olas del mar (desnudos, por supuesto), algo que él nunca había hecho, tuvieron una serie de encuentros del todo desusados, algunos de los cuales se reseñan en el libro al que nos referimos («Siglo de las luces», el segundo de la serie).

Una de estas anécdotas, que vivieron en la Bahía Negra, es la que se narra a continuación.

 

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Pero no se redujo a los baños en las olas del mar nuestra actividad en aquel lugar que de tan excelente manera acogió la improvisada luna de miel, pues una de aquellas noches –noche de luna–, tras el suculento lunch con que nos había recibido la patrona, inglesa de origen pero dicharachera y sonriente con sus huéspedes como española, tuvo Inés la ocurrencia de salir a tañer su violín en la más alta cúspide de las murallas. La noche era clara y cálida, y desde nuestra encumbrada situación, allá abajo, cerca del agua y junto a los muelles, vimos el resplandor de unas luces mortecinas, de forma que hacia ellas, tan lenta y enamoradamente como cabría esperar, dirigimos nuestros musicales pasos. Entre bienolientes redes y algas y embarcaciones quebrantadas llegamos a aquellas arcadas de madera y piedra que ocultaban la fuente de luz. A través de vidrios mugrientos escrutamos el interior, ruinoso recinto en donde algunos personajes de otros tiempos, viejos y tullidos y rodeados de cubas polvorientas, jugaban a las cartas con gritos apagados, juramentos y carcajadas. A su lado, sobre las mesas, las botellas y vasos iluminados por velones delataban el borrascoso rumbo de la partida, y nosotros, tras un instante de vacilación y con la sonrisa en la cara, empujamos la chirriante puerta y accedimos al lugar. Su sorpresa fue grande, claro es, y el silencio que la visión de Inés con sus mejores galas produjo, profundo. Uno de los contendientes, haraposo, atónito y renqueante, se levantó apresuradamente de su taburete, se colocó tras lo que hacía las veces de mostrador y nos contempló en silencio.

–Buenas noches, señores –cantó la voz de Inés dirigiéndose a la parroquia, y tras una risueña pausa, exclamó–. ¿Serían ustedes tan amables de servir de beber a estos nocturnos caminantes…? –y una carcajada opaca que provenía del rincón más oscuro se dejó sentir.

–¡Pardiez con las señoritas…! –dijo una voz en el idioma castellano–. ¿Qué lleva vuesa merced ahí, tan agarrado?

… ante lo que Inés enarboló el violín, lo mostró a la paralizada concurrencia, se lo colocó en el hombro y, como si de un juego se tratase, comenzó a desgranar una de las antiguas melodías de amor que, a petición de nuestras protectoras, las viejas y negras criadas que en casa teníamos, solía entonar.

El silencio con que tal derroche fue acogido resultó significativo, y cuando tras modular los breves y complicados compases y trinos con que nos obsequió, concluyó con un prolongadísimo diminuendo, los unánimes vítores y aclamaciones de los escasos personajes atronaron la empolvada bodega, tal fue la sorpresa que aquellos sonidos causaron.

El establecimiento en que tan intempestivamente nos habíamos introducido constituía la única taberna portuaria que el puerto albergaba, vieja hasta el extremo y sucia y empolvada por el hacer de siglos, pues las telarañas y la capa de mugre lo cubrían todo. Velones de sebo iluminaban la estancia, plena de vigas carcomidas y toneles desfondados, y al fondo, en aquella, la más impenetrable de las oscuridades, ¿qué ocultos alijos no guardarían…?

–¿Aprobarían vuestras mercedes saborear el madeira? –sugirió el tabernero, a quien le debimos de parecer personas de importancia, y con estas palabras comenzó tan elevada audiencia, que había en verdad de prolongarse hasta que las luces del alba comenzaron a iluminar las murallas y caserío de la Bahía Negra.

Bajo las fantasmales y palpitantes luces dimos cuenta del madeira, por supuesto, extraordinario vino en el que todos nos acompañaron, y luego del apreciado ron y otros licores que llegaban desde el mar de los caribes y el tabernero se encargaba de escanciar, y durante las abundantes libaciones, que se vieron entretenidas por frecuentes tientos a unos apocalípticos puches de los que no pude desentrañar su esencia, fue Inés la que se encargó de embellecer el entorno, y no sólo con su presencia sino también con su música y risas, que reverberaron allí dentro con una cadencia como pocas veces oí. Fueron copiosos los comentarios de los presentes, y no menores los parabienes y elogios que tan distinguido público dedicó a la violinista, y al fin, con la amanecida, nos despedimos no sin pesar de quienes de tan atinada manera nos habían hecho compañía en aquella noche sin igual, y encaminamos, por las empinadas y desiertas callejas, nuestros divertidos y sinuosos pasos hacia el lugar que nos cobijaba.

 

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Si alguien quiere ver cómo son estos libros editados como libros de bolsillo, no tiene más que pulsar el siguiente enlace, que se refiere al primero de los que componen esta serie: “Edad de las tinieblas”.

 

 

Aquí hay tela

Hoy, en vez de hablar de Juan Evangelista, ese personaje que por mor de circunstancias que no sabemos describir, vivió más de trescientos años, podremos contemplar un asunto que también tiene su miga, que no es otro que la renombrada página en la que se explica en qué consiste esto de Camargo Rain & cía., o bien Camargo Rain & asociados, que de muchas formas le dicen.

Puede pìnchar en la imagen y explayarse, y así saldrá de dudas. 

Se trata de la “Música para viajar”.

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Published in: on Miércoles, enero 16, 2008 at 9:21 am  Dejar un comentario  
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