Cuando murió la tercera mujer de Juan Evangelista

Este es un trozo del último libro de las memorias de Juan Evangelista, personaje de mis novelas que vivió trescientos años y del que ya he hablado mucho en este y otros blogs. En estas líneas se cuenta algo de lo sucedido a finales del siglo XIX, cuando, casado con una lebaniega, ella contrajo una tuberculosis, enfermedad entonces incurable. Esta página dice así:

 

Mi mujer de aquellos tiempos, Elvira, la Diosa razón, pese a nuestros esfuerzos no mejoraba de su crónica enfermedad, como no mejoraba nadie que contrajera tan terrible mal, para el que entonces no existía cura. Ella intuía un trágico desenlace, y aunque no solía hablar de ello, se aferró a la idea de contemplar la llegada del nuevo siglo, término que daba por bueno, como así sucedió.

Llegó el año 1901, y con él las celebraciones que son de rigor en nuestra vieja sociedad. Pasamos aquellas fiestas con los abuelos en la casa de Santander, y aunque Elvira precisaba muchos cuidados, ello no nos impidió celebrarlas como en ocasiones anteriores, con la abuela y sus artes delante de los fogones. La noche en que iba a amanecer el nuevo siglo preparamos todo cuidadosamente, y habiendo dejado acostados a los abuelos y al niño, como si estuviéramos haciendo algo prohibido abordamos un coche que nos esperaba en la calle y nos dirigimos a las playas, al otro lado de la ciudad, y desde la ribera, aquellas dunas llenas de juncos que miraban hacia el este, esperamos entre las mantas a que saliera el sol, suceso que hizo llorar silenciosamente a Elvira…

Cuando llegó la primavera y parecía que sus males remitían, aun de forma momentánea, un nuevo empeoramiento nos obligó a volver a la ciudad, y allí sucedió lo inevitable. Nunca he olvidado la primavera de 1901, la primera del siglo, porque durante ella Elvira murió en el hospital, y entre mis brazos. Mientras transcurrían las últimas semanas mantuvimos largas conversaciones, coloquios que de nuevo me dieron indicios sobre cuanto guardaba en la cabeza, que era mucho más de lo que aparentaba, y como yo no solía saber qué añadir a sus palabras, ni qué argumentos emplear para darle ánimos, ella finalizaba con consideraciones que me dejaban absorto.

–No digas nada, porque no me importa morir. Lo que tenía que hacer, lo hice, y creo que bien, y Pedrín y tú os quedáis para recordarme. Yo he conocido el nuevo siglo, y siento que no puedo pasar de este lugar. Los tiempos que vendrán serán mejores, y no habrá mujeres a las que obliguen a casarse contra su voluntad, aunque a mí los Hados me vinieran de cara. Sí, todos habéis sido muy buenos conmigo, y estoy contenta por ello, aunque sé que el fin está cerca…

Elvira, mi Diosa razón de aquellos tiempos, la mujer que me dio asilo como consecuencia de sucesos que nunca hubiera podido imaginar, murió mansamente una noche de abril. Yo estaba sentado en el borde de su cama, contemplándola, y de repente despertó del ensueño que le procuraban las medicinas. Se irguió repentinamente y dijo,

–Ven…

La abracé como si quisiera retenerla en este mundo, pero en seguida me di cuenta de que era tarde. Elvira respiró por última vez y se desmadejó lentamente, y me encontré sosteniendo un cuerpo del que al fin había huido el último vestigio de esa fuerza que llamamos vida. Nada latía en su ser, y su cara iba poco a poco tomando el color de la cera… Luego la coloqué cuidadosamente sobre las almohadas y me puse en pie, y allí, ante su cuerpo transformado, durante largo rato dejé que transcurrieran los minutos sin pensar en nada. Al cabo me senté en el sillón que había enfrente, el sillón desde el que tantas horas había pasado contemplándola, y observé que en su cara comenzaba a pintarse la paz que en los últimos meses la había abandonado, lejos del rictus que la ensombreció durante los tiempos que entonces y de manera abrupta finalizaban. Sin poder dejar de mirarla, con la manos cruzadas y el gesto crispado dije para mí,

–Elvira, Ramona Elvira que me quisiste sin yo merecerlo, novio viejo que te dio el Destino…, te has ido como antes se fueron tantos…

… pero nadie podía contestarme, y sólo el runrún de mi cabeza me respondió con aquellas palabras que innúmeras veces oí y decían,

–Una vez más, Juan Evangelista, que de nuevo lo eres porque aquí se acaba esta comedia, estás solo. Tienes al niño, pero él crecerá y correrá a vivir su vida; a ti te toca continuar la travesía. ¿Cuántos años te quedan y cuánta gente se cruzará desde ahora en tu camino? Sin duda que mucha, como siempre sucedió…, y allá nos veremos.

Enterramos a Elvira en el pueblo, y advertí que la tristeza se había extendido a los vecinos, tal había sido su predicamento en aquella cerrada sociedad. Pedrín fue quien más sintió lo sucedido, y durante meses se encerró en un mutismo del que resultaba difícil sacarle. Don Ambrosio y yo hicimos lo posible por distraerle, llevándole a cuanto lugar se nos ocurrió, y éste, un día, me contó que mi hijo había decidido ingresar en un seminario.

–Créame que yo no he influido en ningún aspecto –me dijo con cierto aire de disculpa–, pero me ha parecido que usted debería saberlo. ¿Qué le parece la idea? Es buena carrera para un chico, y Pedrín seguramente la hará, pues tiene disposiciones para ello. Además, ¡cómo oponerse a una vocación…! Dígale algo, si le parece bien, pues después de lo de su madre se ha quedado muy alicaído.

… y yo hice como decía mi amigo el cura, que amigo fue durante aquellos tiempos, y de los buenos, y aprovechando que llegaba el verano, el primer verano del siglo XX, y que en el pueblo todos nos miraban como a damnificados, en su compañía me trasladé a las playas asturianas que tanto gustaban a su madre, lugar en el que permanecimos dos meses.

Él se mostró taciturno y ensimismado, pese a estar allí, en aquel lugar al que tantas veces habíamos ido, pero observé que encontraba enorme placer en sumergirse en el mar, a lo que le habíamos habituado desde pequeño, y en escuchar mis historias de tiempos anteriores, lugares distantes en los que antaño viví y de los que tanto podía contar, y de verdad que en ocasiones logré interesarle pues por un momento olvidaba sus sombrías evocaciones, e incluso una vez, tras escucharme atentamente, con los ojos brillantes, suma exaltación e insospechado entusiasmo, dijo,

–Sí, yo también viajaré a países lejanos…

… aunque luego, inapelablemente, le volvía la morriña, pues, como yo bien sabía, su preferida era su madre, que ya no estaba…

Una de aquellas tardes, esperando en una terraza de la playa a que regresara, pues aprovechaba para bañarse hasta última hora, me entretuve observando la puesta de sol. El astro rey se ocultaba tras el desusadamente límpido horizonte marino, lo que allí resultaba difícil de observar, porque estos lugares, como es lógico, son húmedos y brumosos y el vapor de agua enturbia la atmósfera… Sin embargo, aquel día, al lado de la botella de vino vi ponerse el sol por el mar, justo por el mar, y el tránsito fue claro y preciso. El espectáculo resultó admirable, tan admirable como cuando de joven me había complacido en observar idéntico cuadro desde las cumbres de los majestuosos Andes…, y allí, sentado en la desierta terraza de madera de aquel establecimiento anónimo y disfrutando del crepúsculo que siguió, caí de repente en la cuenta de que todo había acabado y estaba obligado a comenzar una nueva vida…

Una vez más había descendido el telón…

 

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Nota final: dada la enorme cantidad de aventuras que se narran en los libros sobre la vida de este personaje (son 1200 páginas), quizá resulte desconcertante leer un trozo suelto, así, sin más, pues todo tiene su antecedente, pero qué le vamos a hacer, pues no puedo poner estas cosas de otra forma. De todas formas, y para mayor información, puede verse el enlace anterior, en donde quizás se aclaren algunos puntos.

 

Published in: on Martes, abril 12, 2011 at 9:35 pm  Dejar un comentario  
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Viaje a Valdepeñas

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Corre el año de 1740… Juan Evangelista, residente a la sazón en el convento de Úbeda al que fue enviado por su protectora, la marquesa de los ojos violetas, es requerido para llevar a cabo una delicada misión… 

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Mil y una tareas hube de desempeñar durante aquellos años, sí, y la menor no fue, sin duda, la de catador de vino, pues por los años pasados en ambientes lujosos era conocedor y experto en tales materias, y como tal reconocido en la comunidad, resultando que el prior me envió, junto a dos de mis cofrades, a la delicada misión de la compra y traslado del vino que durante un año se consumía en nuestra institución.

–Juan Evangelista… ¿Oyó vuestra merced hablar de vinos pobres y vinos ricos, vinos de gran alcurnia y vinos sin bautizar…? –y ante semejantes y tan familiares palabras de nuestro superior, pronunciadas a mis espaldas en la biblioteca, no pude sino volverme y responder,

–Algo conozco de ello, pero no confíe Su Eminencia en mis escasos saberes al respecto.

El padre prior, que me contemplaba con cierta sorna y una no menos cierta indulgencia, dijo,

–Enorme modestia la suya, hermano, pero creo que, como perito en tales materias, es la persona más indicada de la congregación para llevar a cabo esta necesaria tarea.

El viaje hasta la gran llanura en donde se asienta la populosa ciudad de Valdepeñas, que a tal lugar nos dirigimos, lo hice acompañado de otros dos monjes y siguiendo las pautas de mendicidad de los anteriores, y si bien durante el trayecto no sucedió hecho alguno de mención, una vez llegados allí los acontecimientos se precipitaron. Nos dirigimos a la lonja con objeto de tantear el mercado, y a modo de prueba nos dieron tal cantidad de caldo que salimos sumamente reconfortados en la soleada tarde, animosos y con el mayor de los optimismos pintado en la cara, y, habida cuenta del buen cariz que parecía que tomaban los acontecimientos –y de que nadie supervisaba nuestros actos–, nos obsequiamos con la suculenta cena que merecíamos, y lo que comenzó siendo una pequeña rapiña a los haberes comunitarios terminó con su agotamiento.

Ante tal despojo puse al principio el grito en el cielo y me negué en redondo a secundar las ideas de mis compañeros, pero conforme fueron cayendo jarras de vino en el mejor mesón que encontramos en el pueblo, pues debíamos obligatoriamente digerir el enorme asado del que habíamos dado cuenta a modo de cena, aquello empezó a parecerme menos sin sentido, y aunque intenté borrar la sacrílega idea del ánimo de mis interlocutores, mis admoniciones no dieron resultado alguno. El hermano Silesio, con la bolsa en la mano y fuera de mi alcance, tambaleándose entre los soportales de la plaza mayor y desternillándose ante mi escrupulosa expresión, voceaba,

–¡Dios proveerá, hermano, Dios proveerá…! –jocosas expresiones en las que era auxiliado por el hermano Serafín.

–¡Hombre de poca fe!, que no confiáis en la Providencia…

Toda aquella noche la empleamos asistiendo a saraos y celebraciones bodeguiles sin fin, y la rematamos durmiendo entre sábanas de hilo y acompañados de un montón de extrañas mujeres, alguna joven pero en su mayoría maduras, que si bien nos trasladaron efímeramente al Paraíso, también dieron un buen pellizco a nuestros caudales, y llegada la luminosa mañana, una vez almorzados y recompuestos y habiendo hecho ciertas gestiones para encaminar con bien el negocio que hasta allí nos había llevado…, conseguimos producir idéntico resultado al de la tarde anterior. Nos regalamos con una copiosa comida compuesta por todos los alimentos prohibidos, entre ellos deliciosas perdices y enormes y sanguinolentas tajadas, y por la tarde, tras la sobremesa y pese a nuestras intenciones, volvieron a darse los mismos sucesos…, y no diré más.

De tal manera nos comportamos durante una semana, y cuando desmayadamente y apoyados en una tapia observábamos el ocaso del séptimo día, comenzábamos a estar cansados y nuestra bolsa agotada, dimos en discutir violentamente sobre lo acontecido y las consecuencias de nuestros actos, pero habiendo llevado cabo el acto de contrición convinimos en invertir el resto de los haberes en una opípara cena y una no menos reconfortante noche entre las sábanas del parador, y a la mañana siguiente, con las huellas de aquellos días en los andares y el rostro y harto dolor en el corazón, emprendimos el incierto regreso, que además de incierto había de ser azaroso, pues desde el convento, dada nuestra tardanza, habían despachado una comitiva en busca de noticias.

Una mañana, caminando a buen paso e intentando ponernos de acuerdo sobre las explicaciones que íbamos a dar, alcanzamos a ver una caravana de nobles como aquellas de las que antaño había formado parte. Sucedió que al fondo de la inmensa llanura salteada de viñas, desmedrados trigales y también algunos caseríos que se pintaban en el horizonte, comenzó a divisarse una lejana nube de polvo. Una nube de polvo sólo puede ser causada por un gran número de caballos, y como de nuestra mente no se despegaban las pasadas, a más de luctuosas, aventuras, por las que sentíamos gran aflicción y arrepentimiento, prestamos atención a lo que entraba dentro de lo posible que sucediera, así que cuando alcanzamos a divisar las banderolas y pendones que el cortejo llevaba y al punto reconocimos…

Existía en Úbeda una señora de origen noble y acrecentados caudales que siempre se distinguió por su amistad con el prior, interés por los estudios y trato de favor hacia nuestro convento, y si bien tal dama no hizo sino favorecernos con sus donaciones, no podría decirse lo mismo de su consorte, que era de temer, pues el barón, ruidoso y juerguista personaje, y sumamente grosero con los criados y aun los eclesiásticos, era muy aficionado a la caza, el billar –para lo que disponía de una gran sala provista de todos los aditamentos que tal deporte requería– y las más pesadas bromas, que gastaba a quien tuviera a su alcance, incluida su santa mujer. Con razón o sin ella se había erigido en defensor de nuestra institución, y aunque en ocasiones nos había sacado de algún apuro, las más de las veces sus actos no nos habían proporcionado más que disgustos y complicaciones, como las que, desde que vimos los gallardetes, supimos que iba a suceder.

Con la mayor urgencia nos ocultamos entre los árboles y peñas de aquel lugar, pero el hermano Silesio, al que faltaba un pulmón, no pudo hacerlo con la rapidez que el caso hubiera requerido y fue descubierto, reconocido, perseguido y alcanzado por la vanguardia del temible cortejo. La comitiva se detuvo al borde del camino, las puertas de la carroza se abrieron para dejar paso a la sumamente gruesa figura de su dueño, los caballeros descendieron de sus monturas con chulescos y amenazantes ademanes… Qué dijeron no lo sé, pues la distancia era mucha y nosotros nos preocupamos sobre todo de mantenernos a cubierto y tan sólo asomar los ojos entre el follaje para observar lo que ocurriera, pero entre la nube de polvo que los encerraba aún conseguimos atisbar muchos y groseros gritos, al hermano Silesio arrodillado en el polvo, luego azotado entre carcajadas por la fusta de algunos de aquellos gañanes, y obligado al fin a subir a la galera que escoltaba a la carroza…

Por último, entre innumerables órdenes enmascaradas por la distancia y nuevas y densas polvaredas, la caravana dio media vuelta y retomó la dirección que había traído. ¡Allá fue el escuadrón de gente montada y los carruajes que se bamboleaban sin freno por efecto del malísimo camino…!, y al fin todo se perdió en la lontananza entre nubes de polvo y nosotros dos pudimos salir de nuestro escondrijo y sacudirnos las briznas de los hábitos.

–Hermano Juan Evangelista… ¡Ya podemos irnos preparando para el recibimiento que vamos a tener en casa de nuestros mayores! –lo que fue exacto y cabal y sucedió dos días después, pero de ello no añadiré nada pues constituyó uno más de los sucesos que durante aquellos años viví.

Published in: on Sábado, marzo 15, 2008 at 7:27 pm  Dejar un comentario  
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