Sobre este personaje de ficción que se llama Juan Evangelista

Este Juan Evangelista del que se habla en el presente blog es un personaje ficticio. Por supuesto, no tiene nada que ver con San Juan el Evangelista, y lo digo porque más de un mensaje me ha llegado de alguien que los confundía (alguien a quien, según decía, no le cuadraban los datos).
Mi Juan Evangelista se llama así, de nombre de pila, porque de esta manera lo quisieron sus padres cuando nació, allá por los finales del siglo XVII y en la Ciudad Rodrigo de entonces. Luego sucedió que en realidad se reveló como un monstruo, pero no en el mal sentido, sino en el bueno, pues debido a peculiaridades de su metabolismo que muy por encima intentan detallarse en el texto, dado que de esto sabemos muy poco, durante toda su vida creció a un ritmo cuatro veces menor al que es común a las personas, lo que le llevó a perdurar durante más de trescientos de nuestros años…, y a mí me dio pie para narrar sus sin fin aventuras, que tres siglos, el XVIII, el XIX y el XX y sus infinitos sucesos, dan para mucho. A este ilustrado personaje lo he paseado por la haz casi entera del planeta, y el recuento de sus hazañas me ha ocupado durante más de cuatro años. Nunca he escrito una historia tan larga (cuatro libros, 1200 páginas), y espero no tener que volver a hacerlo.
Todo ello es una pura fantasía, claro, como todas las novelas, porque quien se dirige a ustedes encuentra sumo placer en imaginar sucesos que nunca tuvieron lugar y emborronar cuartillas (aunque hoy semejante tarea se lleve a cabo con ventaja en esa máquina poderosa que ahorra tantísimo tiempo y se llama ordenador), y a todo ello fui ayudado (lo digo sin el menor empacho) por los efectos de la cerveza y la sin par música de don Juan Sebastián Bach y los músicos del barroco en general, cuyas diabluras y melodías han inspirado buena parte de lo que puede leerse en la multitud de páginas que la naturaleza me ha llevado a inventar.
Pues bien, como este preámbulo podría alargarse hasta el infinito, dejo que sean mis lectores, o quienes de ellos estén interesados, los que descubran lo que hay debajo de estas líneas, y para ello nada mejor que unas cuantas direcciones de internet, en donde pueden encontrarse cosas que yo no haría sino reiterar. Helas aquí:

Los libros de Juan Evangelista

https://sites.google.com/site/librosparaviajar/

http://camargorainlibros.wordpress.com/

Published in: on Viernes, abril 20, 2012 at 7:42 pm  Dejar un comentario  
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Cuando murió la tercera mujer de Juan Evangelista

Este es un trozo del último libro de las memorias de Juan Evangelista, personaje de mis novelas que vivió trescientos años y del que ya he hablado mucho en este y otros blogs. En estas líneas se cuenta algo de lo sucedido a finales del siglo XIX, cuando, casado con una lebaniega, ella contrajo una tuberculosis, enfermedad entonces incurable. Esta página dice así:

 

Mi mujer de aquellos tiempos, Elvira, la Diosa razón, pese a nuestros esfuerzos no mejoraba de su crónica enfermedad, como no mejoraba nadie que contrajera tan terrible mal, para el que entonces no existía cura. Ella intuía un trágico desenlace, y aunque no solía hablar de ello, se aferró a la idea de contemplar la llegada del nuevo siglo, término que daba por bueno, como así sucedió.

Llegó el año 1901, y con él las celebraciones que son de rigor en nuestra vieja sociedad. Pasamos aquellas fiestas con los abuelos en la casa de Santander, y aunque Elvira precisaba muchos cuidados, ello no nos impidió celebrarlas como en ocasiones anteriores, con la abuela y sus artes delante de los fogones. La noche en que iba a amanecer el nuevo siglo preparamos todo cuidadosamente, y habiendo dejado acostados a los abuelos y al niño, como si estuviéramos haciendo algo prohibido abordamos un coche que nos esperaba en la calle y nos dirigimos a las playas, al otro lado de la ciudad, y desde la ribera, aquellas dunas llenas de juncos que miraban hacia el este, esperamos entre las mantas a que saliera el sol, suceso que hizo llorar silenciosamente a Elvira…

Cuando llegó la primavera y parecía que sus males remitían, aun de forma momentánea, un nuevo empeoramiento nos obligó a volver a la ciudad, y allí sucedió lo inevitable. Nunca he olvidado la primavera de 1901, la primera del siglo, porque durante ella Elvira murió en el hospital, y entre mis brazos. Mientras transcurrían las últimas semanas mantuvimos largas conversaciones, coloquios que de nuevo me dieron indicios sobre cuanto guardaba en la cabeza, que era mucho más de lo que aparentaba, y como yo no solía saber qué añadir a sus palabras, ni qué argumentos emplear para darle ánimos, ella finalizaba con consideraciones que me dejaban absorto.

–No digas nada, porque no me importa morir. Lo que tenía que hacer, lo hice, y creo que bien, y Pedrín y tú os quedáis para recordarme. Yo he conocido el nuevo siglo, y siento que no puedo pasar de este lugar. Los tiempos que vendrán serán mejores, y no habrá mujeres a las que obliguen a casarse contra su voluntad, aunque a mí los Hados me vinieran de cara. Sí, todos habéis sido muy buenos conmigo, y estoy contenta por ello, aunque sé que el fin está cerca…

Elvira, mi Diosa razón de aquellos tiempos, la mujer que me dio asilo como consecuencia de sucesos que nunca hubiera podido imaginar, murió mansamente una noche de abril. Yo estaba sentado en el borde de su cama, contemplándola, y de repente despertó del ensueño que le procuraban las medicinas. Se irguió repentinamente y dijo,

–Ven…

La abracé como si quisiera retenerla en este mundo, pero en seguida me di cuenta de que era tarde. Elvira respiró por última vez y se desmadejó lentamente, y me encontré sosteniendo un cuerpo del que al fin había huido el último vestigio de esa fuerza que llamamos vida. Nada latía en su ser, y su cara iba poco a poco tomando el color de la cera… Luego la coloqué cuidadosamente sobre las almohadas y me puse en pie, y allí, ante su cuerpo transformado, durante largo rato dejé que transcurrieran los minutos sin pensar en nada. Al cabo me senté en el sillón que había enfrente, el sillón desde el que tantas horas había pasado contemplándola, y observé que en su cara comenzaba a pintarse la paz que en los últimos meses la había abandonado, lejos del rictus que la ensombreció durante los tiempos que entonces y de manera abrupta finalizaban. Sin poder dejar de mirarla, con la manos cruzadas y el gesto crispado dije para mí,

–Elvira, Ramona Elvira que me quisiste sin yo merecerlo, novio viejo que te dio el Destino…, te has ido como antes se fueron tantos…

… pero nadie podía contestarme, y sólo el runrún de mi cabeza me respondió con aquellas palabras que innúmeras veces oí y decían,

–Una vez más, Juan Evangelista, que de nuevo lo eres porque aquí se acaba esta comedia, estás solo. Tienes al niño, pero él crecerá y correrá a vivir su vida; a ti te toca continuar la travesía. ¿Cuántos años te quedan y cuánta gente se cruzará desde ahora en tu camino? Sin duda que mucha, como siempre sucedió…, y allá nos veremos.

Enterramos a Elvira en el pueblo, y advertí que la tristeza se había extendido a los vecinos, tal había sido su predicamento en aquella cerrada sociedad. Pedrín fue quien más sintió lo sucedido, y durante meses se encerró en un mutismo del que resultaba difícil sacarle. Don Ambrosio y yo hicimos lo posible por distraerle, llevándole a cuanto lugar se nos ocurrió, y éste, un día, me contó que mi hijo había decidido ingresar en un seminario.

–Créame que yo no he influido en ningún aspecto –me dijo con cierto aire de disculpa–, pero me ha parecido que usted debería saberlo. ¿Qué le parece la idea? Es buena carrera para un chico, y Pedrín seguramente la hará, pues tiene disposiciones para ello. Además, ¡cómo oponerse a una vocación…! Dígale algo, si le parece bien, pues después de lo de su madre se ha quedado muy alicaído.

… y yo hice como decía mi amigo el cura, que amigo fue durante aquellos tiempos, y de los buenos, y aprovechando que llegaba el verano, el primer verano del siglo XX, y que en el pueblo todos nos miraban como a damnificados, en su compañía me trasladé a las playas asturianas que tanto gustaban a su madre, lugar en el que permanecimos dos meses.

Él se mostró taciturno y ensimismado, pese a estar allí, en aquel lugar al que tantas veces habíamos ido, pero observé que encontraba enorme placer en sumergirse en el mar, a lo que le habíamos habituado desde pequeño, y en escuchar mis historias de tiempos anteriores, lugares distantes en los que antaño viví y de los que tanto podía contar, y de verdad que en ocasiones logré interesarle pues por un momento olvidaba sus sombrías evocaciones, e incluso una vez, tras escucharme atentamente, con los ojos brillantes, suma exaltación e insospechado entusiasmo, dijo,

–Sí, yo también viajaré a países lejanos…

… aunque luego, inapelablemente, le volvía la morriña, pues, como yo bien sabía, su preferida era su madre, que ya no estaba…

Una de aquellas tardes, esperando en una terraza de la playa a que regresara, pues aprovechaba para bañarse hasta última hora, me entretuve observando la puesta de sol. El astro rey se ocultaba tras el desusadamente límpido horizonte marino, lo que allí resultaba difícil de observar, porque estos lugares, como es lógico, son húmedos y brumosos y el vapor de agua enturbia la atmósfera… Sin embargo, aquel día, al lado de la botella de vino vi ponerse el sol por el mar, justo por el mar, y el tránsito fue claro y preciso. El espectáculo resultó admirable, tan admirable como cuando de joven me había complacido en observar idéntico cuadro desde las cumbres de los majestuosos Andes…, y allí, sentado en la desierta terraza de madera de aquel establecimiento anónimo y disfrutando del crepúsculo que siguió, caí de repente en la cuenta de que todo había acabado y estaba obligado a comenzar una nueva vida…

Una vez más había descendido el telón…

 

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Nota final: dada la enorme cantidad de aventuras que se narran en los libros sobre la vida de este personaje (son 1200 páginas), quizá resulte desconcertante leer un trozo suelto, así, sin más, pues todo tiene su antecedente, pero qué le vamos a hacer, pues no puedo poner estas cosas de otra forma. De todas formas, y para mayor información, puede verse el enlace anterior, en donde quizás se aclaren algunos puntos.

 

Published in: on Martes, abril 12, 2011 at 9:35 pm  Dejar un comentario  
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Juan Evangelista en un serrallo africano

Juan Evangelista, que vivió trescientos años, tuvo tiempo sobrado para recorrer casi todo el planeta. Las aventuras que cuenta son constantes, y de ellas he entresacado esta escena que se puede datar hacia mediados del siglo XVIII y suponer que sucede en algún lugar de la costa occidental del África tropical. Allí estaban las factorías de tratantes de esclavos, y nuestro personaje pasó por una de ellas en cierta ocasión, lo que, amén de otros mil sucesos, narra en el segundo de los libros de sus memorias, el llamado «Siglo de las luces».

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En el lugar en que estuvimos se concentraban no menos de cuatro o cinco factores diferentes, dueños de almas y haciendas, y de acuerdo con su competencia y rango disponían de harenes más o menos numerosos. Yo nunca tuve trato con ellos, los potentados de las latitudes en que nos encontrábamos, pero sí con la cuidadora de uno de los serrallos, negra vieja y arrugada que hablaba castellano por sus frecuentes tratos con mis paisanos, visitadores frecuentes de las costas, y como en aquel lugar eran pocas las personas que disfrutaban de tal habilidad, trabamos una creciente amistad. Desde el principio me demostró gran simpatía, e incluso curiosidad por mis rarezas, pues me hacía compañía en mis obligados ocios y paseos nocturnos, y una vez hubieron transcurrido los primeros tiempos me abrió las puertas de sus dominios, y de su mano y bajo la vigilancia de un monumental negro que no me quitaba ojo, recorrí los salones en donde las mujeres hacían la vida nocturna entre ruidosos bailes, comilonas y saraos sin fin. Las bebidas corrían sin tasa, y a fe que tras probarlas tuve que convenir en que su calidad no tenía parangón con lo que se servía a los extranjeros en las tascas del poblado, y las desnudeces, unas veces veladas pero otras manifestadas sin recato, estaban a la orden de las horas en que todo se desarrollaba. Aquellas mujeres me miraban, claro es, pues pocos eran, si hacemos excepción de eunucos y otros guardianes, los hombres que en tal lugar tenían entrada, pero debido a mi más que juvenil aspecto, las miradas eran de simpatía o sorpresa y su interés no muy grande.

Un harén, acorde con lo que yo suponía, es un lugar de continuos sobresaltos, de alborotos y frenesíes incesantes, de carreras diurnas y nocturnas y esconderse y ocultarse del amo con el apoyo de los eunucos, personajes con los que allí tuve trato por primera vez, para mostrarse sólo en ocasiones elegidas, cuando las voces arrecian y el castigo se adivina cercano. Es un lugar tumultuoso en el que raras veces se lleva a cabo la función para la que fue creado, ya que su poseedores suelen ser personas de edad avanzada y estado, por lo general, de ebriedad casi absoluta, pero en donde suceden cosas, claro es, puesto que las acogidas en tales instituciones suelen ser jóvenes, en algunos casos muy jóvenes. Con los días descubrí que en un ala del edificio se aposentaban precisamente las más jóvenes, que aparentaban la edad de mi lejana Marifló, y entre ellas descubrí a quien, en el curso de los días venideros, en lo bueno y en lo malo iba a causarme emociones similares a las que me proporcionó Rubí. Aquella niña, mi preferida, de nombre Esmeralda y no descollante por su actividad entre tales hembras y doncellas, era una criatura de piel negra…

Muchas noches pasé allí, pues tras agotar la ronda con mis compinches encaminaba los pasos al lugar que conocía y deseaba, siéndome franqueada la entrada sin reparos en la mayor parte de las ocasiones, y en tal lugar observé algo que había de llamarme la atención, como fue que tras mi cotidiana llegada, la niña de mis ojos dirigía su mirada hacia mi persona… ¿Por qué?, me preguntaba, y es que como ella entraba y salía frecuentemente de aquel gran cuarto en donde se aposentaban las huríes –pues su oficio en el lugar que digo era el de camarera–, con los días pude observar que cuando accedía a la gran habitación me buscaba fugazmente con la mirada, y como su actividad era constante, cada vez que pasaba ante mí me dedicaba una de sus inquisitivas ojeadas, correspondiendo yo a su interés con idéntica actitud y disimuladas sonrisas…

Quien fue mi protectora en aquella parte del mundo, creyendo con buen sentido que ello iba a ser de mi agrado, me introdujo luego en los secretos atisbaderos de las salas, al principio a escondidas pero luego más desahogadamente, en donde me dejaba solo para que me expansionara a mis anchas, y lo que allí encontré… A través de las mil rendijas que en paredes de paja y adobe pueden existir tuve ocasión de observar la vida secreta de las mujeres, conocimiento que está al alcance de pocos y me cautivó, y durante noches dediqué mi atención a los sucesos que en tales lugares se producen…, pero en vez de hacer mención de ello –secretos celosamente guardados, reservados a los elegidos y que no deben desvelarse–, vayamos a lo que de puertas afuera y al alcance de todos sucedió.

La dueña, con los días y habiendo observado mis preferencias, me persuadió para que diera de lado las contemplaciones y pasara a los hechos, y a una ininteligible orden suya, ella, mi preferida, se arrodilló ante mi asiento, alzó su cara hacia la mía, me tomó por la mano y me llevó hasta una habitación desierta…, y de esta forma me encontré en un lecho –que sin duda era observado como los que antes describí– con la niña de mis sueños, pero, ¡sorpresa!, no se desarrollaron los acontecimientos como yo preveía, pues tras las ceremonias de rigor –y con pesar he de decir que me comporté como el más irracional de los animales– ella se levantó, se vistió y desapareció sin haber dado la menor muestra de entusiasmo.

–¡Juan Evangelista… –me dije cuando me quedé solo, desnudo y desconcertado en aquella habitación desconocida–, que te fue regalado el Paraíso y lo mancillaste! Sí, lo envileciste con tus prisas y falta de mundo… ¡Corrompiste el dilatado sentimiento que procuran las miradas lejanas con los actos físicos más urgentes e inmediatos, y todo en aras de esa fugaz necesidad de la que ya no te acuerdas…! ¡Una vez más obligaste a una mujer a llevar a cabo actos no deseados…! –y con cierta aflicción recuperé mis ropas y mi escaso espíritu y, tras hacer propósito de enmienda, salí sin despedirme.

Así transcurrió aquella cálida estación, taladrándonos con agudas miradas a distancia pero sin llegar nunca a comprendernos por entero cuando llegaba la hora del amor, pues aquello se repitió en ocasiones, y si bien estas no fueron todo lo habituales que hubiera deseado, sí he de consignar que mis buenas intenciones quedaron en vanos pensamientos, pues a los arrebatos propios de la edad seguía el poso de tristeza que noche tras noche captaba en su expresión.

Luego, una noche en que observaba las actividades, bailes y risas de las componentes del harén, sucedió que alguien le dijo algo al oído –yo lo observé; desde lejos vi como otra de las camareras le susurraba palabras–, y entonces aquella muchacha, negra como un carbón y hermosa como la diosa Venus, sorprendida por lo que acababa de oír comenzó a dar saltos sobre las partes anteriores de sus pies, creció una vara. Ella era una niña apagada y nunca la había visto distinguirse por sus énfasis, aparentemente mortecina y silenciosa como la misma selva nocturna, tensa e impávida e inescrutable como una estatua y engañosamente débil como una flauta…, pero, aquella vez, Esmeralda comenzó a cantar sobre sus pies, a entonar la dulce y eterna canción de las mujeres que son mujeres y salmodiar con su esqueleto lo que no hubiera comprendido si hubiera salido de su boca, docto recurso y trámite de alguien que ha crecido con el perenne sol sobre su cabeza, el Astro Rey que madura aceleradamente a aquel a quien pone bajo sus ardientes ojos.

Ella era mi preferida, como dije, a quien siempre había encontrado inerte, pero en aquella ocasión y gracias a un exterior impulso, los mecanismos de su cuerpo se pusieron en marcha como nunca hubiera podido figurarme. ¿Cuál era el mensaje que tal milagro había conseguido?, me pregunté tal vez desairado, y para mi sorpresa y disgusto resultó que en seguida iba a averiguar la razón de tales alegrías, y de la forma que más podía desagradarme y menos podía imaginar.

¡Mujeres traidoras, que siempre me sorprendisteis, y cuando más os necesité huisteis raudas de mi lado! ¡Cuántas veces debí tropezar en las mismas preciosas piedras, Rubíes y Esmeraldas…, para acabar averiguando lo que vosotras sabéis desde casi el mismo momento de vuestra concepción!…, y es que la torpeza de los hombres es proverbial y nuestra única función la de fecundadores, siéndonos vedadas la sagacidad y la astucia, la perspicacia y el recto discernimiento, facultades todas que la Naturaleza considera baladíes para llevar a cabo acto tal.

La dueña, aquella noche, me hizo una seña desde el otro extremo del gran y concurrido salón, y cuando atendí a su demanda me encontré una exquisitez entre las piernas, jóvenes mulatas que me condujeron, me desvistieron y se dieron a toda clase de excesos, excesos que yo nunca había imaginado pero me sugirieron nuevos pensamientos.

–¡Esmeralda, eres tú quien grita…! ¡Esmeralda, eres tú quien está aquí, conmigo…! –y pese a cierto remordimiento de conciencia lo disfruté, porque, ¿a quién amarga un dulce?

Luego, acabada la faena –y debo decir que no quedé en absoluto descontento–, retorné obnubilado a la gran sala, y quien me protegía me hizo un nuevo gesto.

–Mi querido Salamanca… –me dijo jocosamente, porque aquella anciana había mejorado con el trato el uso de mi idioma–. ¿Se siente con ánimos, tras su solaz, para contemplar el espectáculo final?

… y como yo, creyendo que al fin iba a producirse alguna novedad en los deseos de mi amada, afirmara con la cabeza, me condujo pasillo adelante hasta una desierta habitación, en donde me dejó solo recomendándome por gestos que guardara silencio…

Los gritos y gemidos que al cabo de un rato comenzaron a adivinarse al otro lado del tabique me resultaron vagamente familiares, y cuando me aproximé a la pared, tan agujereada como todas las que el africano continente encierra, me encontré a la diosa Esmeralda –diosa joven, es cierto, aunque vehemente– abigarrada con dos eunucos del harén, los cuales, babeando y con los ojos como platos, le estaban introduciendo sus ropas, que no eran mayores que una larga y gaseosa y ligerísima túnica blanca, en sus partes más recónditas, y todo lo que no había hecho ni gritado conmigo lo hacía y gritaba en aquel momento, y lo que era más…, ¡en la inexplicable compañía de aquellos dos cerdos!, y fue tal mi indignación, ¡juvenil ignorancia!, que enarbolando el machete que a mis manos vino me precipité a través de la frágil pared rompiéndolo todo y clamando las mil voces del más encendido despecho.

Los eunucos se incorporaron aterrados ante tal visión y desaparecieron en los pasillos dando gritos histéricos, y ella, sorprendida en sus más íntimos actos y amor propio, abrió la boca, de improviso muda… Caí sobre su cuerpo, que yacía desnudo y boquiabierto, inmóvil a más de chasqueado, y levanté el cuchillo dispuesto a cortarle el cuello de un tajo, pero cuando la vi allí, postrada y somnolienta, que aún no había salido de su asombro y ni siquiera parecía darse cuenta de lo que estaba sucediendo, bajé el arma y la contemplé estupefacto. Esmeralda, agitada por lo que parecían estertores, no gritó ni intentó defenderse sino que exhaló un suspiro larguísimo, un suspiro tan ronco como la voz de alguno de aquellos animales invisibles que durante los últimos meses había podido percibir…

De un salto me puse en pie, arrojé el machete a un rincón y, dando media vuelta, salí de la habitación corriendo y casi llorando, y en la antesala pude observar a mi protectora de aquellos lúbricos tiempos, que instalada en un rincón, protegida por el gran guardián y mientras deleitada dejaba escapar sus risillas de comadreja, decía,

–¿Por qué, Salamanca, si tú hiciste lo propio…?

¿Sabían ustedes que un burro rebuznando es cosa que asusta muchísimo a las mujeres negras, sobre todo si tal suceso ocurre por la noche? Yo fui instruido en aquella treta por un portugués recién desembarcado y al que conocí en uno de los tugurios que había en nuestra aldea, lugares nocturnamente frecuentados por mi persona tras los sucesos anteriores, pues al harén de mi amiga nunca volví. Tenía, además, el agente necesario, es decir, el asno, que se apresuró a desembarcar en cuanto llegamos a un acuerdo. Él era amigo de toda clase chanzas y chirigotas, y aunque la operación podía tornarse peligrosa para sus autores, puesto que yo ignoraba por completo la actitud de quienes nos alojaban hacia las bromas de grueso calibre, no dudamos en ponerla en práctica.

Una noche oscura, noche sin luna y poblada de cuanto tenebroso rumor pueda esperarse oír en lo más profundo de la selva, condujimos al animal encapuchado desde donde lo teníamos oculto hasta los aledaños de la para mí familiar mansión. Llegados a sus inmediaciones le descubrimos los ojos al tiempo de aguijonearle, y el infeliz jumento, que no esperaba tal acometida de quienes ni siquiera veía, prorrumpió en lamentos y alaridos y se dio a la carrera por los angostillos vecinos, y a inmediata consecuencia de ello, tal y como me había anunciado el portugués, el harén y aun el pueblo entero se despertó y despobló, y ni la multitud de guardianes del serrallo fue capaz de impedir la desbandada. Todas las negras y mulatas del entorno se levantaron como poseídas de sus lechos, corrieron desnudas por calles y pasillos y sobrepasaron los palenques, desapareciendo en la oscuridad de la selva y escalando con envidiable agilidad cuanto árbol encontraron, lugares a los que, cuando llegó la mañana, hubieron de ir a buscarlas sus dueños verdaderos…

Luego todo aquello pasó y mis andanzas nocturnas se redujeron a la nada. El último mes lo ocupamos con noticias que nos hablaban de la inmediata llegada de la mercancía que esperábamos, humana mercancía que debía haber tocado mis fibras, pero como quiera que los acontecimientos que narré estaban recientes, y mi simpatía por lo que representara la raza negra no había aumentado, no pensé ni mucho ni poco en ello, dedicando mis esfuerzos a lograr el mayor éxito posible en nuestra aventura.

Una mañana, cuando lo anterior estaba anegado en frecuentes mares de infame licor, nos llegó la nueva de que el barco iba a ser cargado, operación que se hacía en escaso tiempo y era dirigida por negros armados de pistolas y rebenques, y no había llegado el mediodía cuando nos dijeron que embarcáramos aprisa pues no había barcos a la vista, los temibles corsarios amigos de lo ajeno, lo que hicimos de inmediato, y más tarde, desde el puente y sobre la ascendente marea de voces que llegaba de las bodegas, contemplando cómo se alejaba la costa no pude evitar pensar en quien se quedaba atrás, Esmeralda, mi frustrado amor africano y de la que nunca volvería a ver cómo fugaz y huidizamente ponía sus ojos sobre mi persona…

Published in: on Sábado, octubre 16, 2010 at 2:25 pm  Dejar un comentario  
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Aclaración sobre Juan Evangelista

Escribo esta nota porque no sé si alguien se está confundiendo con este blog y las cosas que en él se dicen…

Aquí se habla de un señor que se llama Juan Evangelista, sí, pero no es san Juan Evangelista (uno de los cuatro evangelistas, como es sabido), ni mucho menos, aunque este que me he inventado, personaje de ficción, también es un ser bastante peculiar.

Nació a finales del siglo XVII (en 1680, concretamente) en Ciudad Rodrigo, maravillosa plaza de la provincia de Salamanca que recomiendo a todo el mundo que visite, y murió en la estación de ferrocarril de Balaguer (lugar en el que se encontraba de manera casual y cuando ya era muy mayor) a principios del XXI, es decir, ahora, aunque el momento exacto no se detalla, y ni falta que hace.

Lo anterior significa que este señor vivió alguno más de trescientos años (las explicaciones pertinentes a tan desusado fenómeno, dentro de lo que cabe, se dan en el texto) durante los cuales le dio tiempo a recorrer nuestro planeta casi por completo, de las tierras españolas de fines del Siglo de oro al continente americano, y de este a Europa (Francia, Inglaterra, Italia, de nuevo España, Rusia y otros lugares aparecen abundantemente), pasando por la construcción de los ferrocarriles decimonónicos y las factorías de las Indias Orientales…

Resulta imposible detallar en cuatro líneas todo cuanto transcurrió a su lado, pero de muchas de sus aventuras hace mención en los cuatro libros que en el término de su vida escribió, los cuales llevan por títulos:

1/ Edad de las tinieblas, que llega hasta 1740, más o menos, y en el que habla de su infancia y parte de su juventud.

2/ Siglo de las luces, que cuenta lo que resta del siglo XVIII, que pasó en tierras sudamericanas.

3/ Era de las máquinas, en donde se narra el siglo XIX y sus mil y mil viajes y peripecias a lo ancho y largo del planeta Tierra,

y 4/ Perpétuum móbile, que se refiere al siglo XX y a todo cuanto le sucedió en aquellos tiempos, que tampoco fue parco.

Todo esto constituye una novela, claro es, una tetralogía editada en «lulu.com» como libros de bolsillo, y no tiene nada que ver con el personaje evangélico. Eso sí, el sinfín de aventuras es inacabable y propio de alguien de vida muy larga y agitada, este Juan Evangelista que no fue santo sino niño diablo, hijo del cometa y lobo solitario…

Nota final: en este blog hay bastantes trozos de estos libros, por si a alguien le entra la curiosidad.

Published in: on Martes, julio 13, 2010 at 1:18 pm  Dejar un comentario  
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Juan Evangelista en las Cortes de Cádiz de 1810

 

El episodio que hoy pongo en el blog está en el tercero de los libros de memorias de nuestro protagonista, la “Era de las máquinas”, y narra su paso por las Cortes de Cádiz de 1810, en donde figuró como “diputado suplente”. Sí, porque Juan Evangelista también vivió aquellos días, en donde dejó su particular impronta e hizo mención de sus cosas, como se podrá ver… 

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La comarca de la ciudad de Cádiz era la única zona española libre, y en ella y por encargo del gobierno, al que entonces se conocía como Consejo de Regencia, debían reunirse las Cortes para decidir el futuro de la nación. Sus fines no eran otros que la liberación del pueblo español de la opresión de Bonaparte, y ponerla en lo sucesivo a cubierto de toda clase de tiranías; así se dijo. También debería establecer un gobierno que con su actitud, capacidad y energía respondiera a los deseos de los representados y organizara una resistencia que se adivinaba larga.

A tal efecto habían sido convocados los diputados, pero, debido a las circunstancias que atravesábamos, no era segura su llegada sino en muy escaso número. ¿Qué se hizo para remediarlo? Pues el nombramiento de diputados suplentes, que apoyaran con voz y voto cuanto allí se tratara, y a causa de esta circunstancia fui elegido como tal por quienes a ello se dedicaban.

Habiendo sido preguntado sobre mi naturaleza, contesté,

–Yo nací en Ciudad Rodrigo… –recordando el principio de la canción que tanto éxito había tenido meses atrás entre los defensores de esta ciudad, pero quien me interpelaba no parecía tener tiempo para chácharas.

–¿Ciudad Rodrigo? –dijo al tiempo de consultar unos papeles–. Eso está cerca de Salamanca, ¿verdad? –y añadió–. Pues me parece usted persona suficientemente ilustrada, amén de patriótica, por lo que he oído contar… ¿Le gustaría ejercer como diputado hasta que consigan acceder a estos pagos los designados por el Consejo?

… y fue de esta forma que Juan Evangelista, viejo en el mundo, lobo solitario a lo largo de los siglos, durante unos meses desempeñó el papel, con el que nunca había soñado, de representante de sus paisanos en la más alta asamblea española.

El día 24 de septiembre de 1810, fecha que ha pasado a la historia en letras de molde, se inauguraban aquellas extraordinarias Cortes Españolas. A causa de la epidemia de fiebre amarilla que desde Sevilla amenazaba Cádiz se trasladó la cámara a la Isla de León, población cercana a esta ciudad y que en la actualidad lleva el nombre de San Fernando. Fue en el teatro de dicha localidad, edificio que se titulaba como «Teatro cómico» (lo que quizá diga algo acerca del carácter español, casi siempre a medias entre la tragedia y el esperpento), en donde tuvieron lugar las sesiones preliminares de tan importante suceso.

En carros y carretas, aunque algunos a lomos de lujosamente enjaezadas caballerías, acompañados de enorme algazara y nutrido público –porque aquello fue una fiesta– fuimos trasladados a la iglesia del lugar que he dicho, en donde se ofició una misa y se nos tomó juramento en una ceremonia que contó con la presidencia de un mitrado rodeado de ujieres, monaguillos y otros personajes solemnemente ataviados.

Luego, tan sólo los diputados, aunque acompañados de considerable tumulto y los inacabables vítores y sones de guitarras que se producían ante su fachada, entramos en el vecino teatro y nos acomodamos en las improvisadas tribunas. Tras las obligadas formalidades, por la puerta del fondo accedieron tres personajes que pertenecían, sin duda, a tiempos pasados, ante cuya presencia se hizo el silencio. Era el Consejo de Regencia, es decir, quienes por designación real personificaban el gobierno de la nación. Su presidente nos dirigió un discurso de compromiso y se retiró a continuación, permitiendo de esta manera que la asamblea comenzara sus deliberaciones sin impedimentos de ninguna clase.

Durante los días iniciales nos dimos a nosotros mismos un reglamento y establecimos, por primera vez en la historia de España, la separación de poderes y otras novedades, y no fueron raros los decretos del siguiente tenor: «No conviniendo queden reunidos el poder legislativo, el ejecutivo y el judiciario, declaran las Cortes Generales y Extraordinarias que se reservan el ejercicio del poder legislativo en toda su extensión».

En tales reuniones coexistieron tres corros: el de los conservadores, el de los liberales y el que finalmente consiguió imponer sus tesis, los innovadores, a los que yo, en la medida de mis fuerzas, apoyaba. Las tres facciones estaban de acuerdo en la necesidad de cambiar la estructura jurídica y política del país, es decir, deshacerse del antiguo sistema de estamentos que yo conocí, nobleza, clero y pueblo llano, y dar paso a lo que, en expresión copiada literalmente de los franceses, llamaban «tercer estado». Sin embargo, cada una iba un poco más allá. Por ejemplo, mientras los conservadores defendían el mantenimiento de la monarquía por encima de otras cuestiones, los liberales patrocinaban la división de poderes al modo de Montesquieu, y los innovadores querían acabar con los símbolos del pasado en su totalidad.

Lumbreras de los tiempos que digo, españoles como Jovellanos, Argüelles, Toreno, Larrazábal y otros, brillaron allí haciendo continua gala de su singular oratoria, en unos casos señorial, en otros ceremoniosa y en otros incluso campanuda, pues ¿no nos acompañaba también el célebre e insigne canónigo Blas de Ostolaza? Era aquel personaje pintoresco donde los haya, y que no debió la fama que le acompañaba tan sólo a su vocabulario, sorprendentemente desahogado y barriobajero para un ministro del Señor, sino también a su irrefrenable tendencia al estupro y la sodomía –como se afirmaba en mentideros y, según he leído recientemente, recogen sentencias de la época–, particularidades de su enorme ser que ya se adivinaban en los exagerados ademanes y continente de que solía hacer gala.

Allí, entre aquellos personajes de toda laya, desde los ranciamente ennoblecidos hasta los procedentes del humilde pueblo, pasando por miembros de la Inquisición, la milicia y el alto clero, se redactaron párrafos que decían, «las personas de los diputados son inviolables, y no se puede intentar por ninguna autoridad ni persona particular cosa alguna contra ellos, sino en los términos que se establezcan en el Reglamento General que va a formarse»; se abolieron los antiguos privilegios señoriales, la Inquisición y la tortura, y se aprobaron decretos proclamando la libertad de imprenta, impensable aspiración hasta entonces de los españoles ilustrados.

Yo también tuve la satisfacción de poner mi granito de arena ante aquellas preclaras mentes, y habiendo presentado una propuesta sobre un asunto determinado, fui invitado, cuando me llegó el turno, a exponerla. Mi desbordante facundia, que ya conocen ustedes de anteriores episodios, me resultó de poca utilidad en tal ocasión, porque ¿de qué hubiera podido hablar a aquellos graves y sesudos padres de la Patria que fuera de su interés?, de forma que, tratando de no perder de vista mis limitaciones, comencé,

–Muchos y muy importantes negocios se han tratado en esta sala, no siendo los menos los que amplían las libertades públicas, lo que constituye una auténtica revolución a la española, de la que, al parecer, tan necesitados estamos. Quizá no todos los españoles comprendamos el alcance de lo que aquí se dilucida, pues las cuestiones que se han tratado, por lo abstracto de su naturaleza y el lenguaje utilizado son complejas e intrincadas, pero confío en que al menos la clase ilustrada sea capaz de asimilar tanto concepto nuevo y llevar hasta sus últimos extremos las medidas que se han propuesto para facilitar la vida de los menos favorecidos, y no lo digo por lo que a mi atañe, pues aunque siempre fui un simple agricultor poco versado en leyes…, no crean ustedes, que ante sí tienen a un agricultor enterado del novedoso sistema de los tres campos, precursor del sistema Norfolk y del método Balfour, de los que Sus Señorías sin duda tienen noticias –y aquí hice una pausa–. Sin embargo, pues veo que los asuntos trascendentes ya han sido discutidos, vaya desde aquí mi modesta proposición, que quizá contribuya a remediar algunos de los desarreglos que, desde el punto de vista de la armonía, padece este país –y ante el estupor de los presentes, añadí–. En España, señores, hay pocas escuelas de música, la más bella de las Bellas Artes…

La moción, quizá por su brevedad, fue atentamente escuchada por quienes me contemplaban, discretamente aplaudida y luego admitida a trámite, lo que quizá suene a poco, pero ¿de qué iba a hablar a aquella asamblea que se regodeaba dando vueltas sin fin a conceptos del tono de la soberanía nacional, y otros tan fundamentales como la música había dejado en el olvido?

Creo que hice lo conveniente, y aunque la nación española, por lo que ahora sé, no me ha hecho mucho caso ni tomado en verdadera consideración mi propuesta, yo me siento feliz por lo conseguido en aquellas históricas jornadas.

Todo lo que cuento ocurría durante las que podríamos llamar «pacíficas reuniones», pues si hacemos salvedad de los gritos y silbidos que continuamente se prodigaban en tan desmesurado foro, la sangre no llegó en ningún momento al río y todo se redujo a las incontables advertencias, bravatas y amenazas que intercambiaban los ocupantes de cada una de las tribunas con los de los grupos que se situaban enfrente. Meses de acalorados debates constituyeron lo que, paralelamente a la francesa, podríamos llamar Revolución Española (como yo había tenido buen cuidado de decir en la Asamblea), y cuyo desarrollo llevamos a cabo en el escenario de un teatro y sin verter una sola gota de sangre, al contrario que nuestros vecinos del norte, de cuyos manejos y excesos tenía noticias de primera mano.

Cuando remitió la epidemia que había confinado a las Cortes en el Teatro Cómico, éstas se trasladaron a la iglesia de San Felipe Neri, en Cádiz, monumental templo mucho más acorde y capaz para aquellas tareas, en donde continuaron su labor, pero poco puedo contar de esta nueva etapa, puesto que, recuperada mi plaza de diputado por su legítimo titular, que un buen día apareció, me despedí de quienes había conocido y me uní al ejército español que se trasladaba al vecino país de Portugal, lugar en el que se estaban agrupando las fuerzas que acabarían por expulsar de suelo español a los soldados de Napoleón.

Lamentación como del miserere

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¿Qué podría contar de Juan Evangelista, personaje que nació en 1680 y vivió tres siglos, que no haya dicho en estos blogs? Porque semejante fenómeno tiene dedicados a su persona dos de estos engendros informáticos que nadie lee, y si lo hace es por ver si sale algo pornográfico…

(Este es otro de esos blogs: Blog de Juan Evangelista en Ohlog.com)

La verdad es que resulta harto ingrato observar el estado actual de la humanidad, ayuna de estímulos y propósitos y sólo dedicada a desentrañar los secretos del poder, el sexo, el dinero (y el golf)… Codicia, lujuria, soberbia…, pecados capitales todos ellos y que únicamente conducen a la imbecilidad.

Comprar objetos que no necesitamos con dinero que no tenemos para agradar a gentes que nos disgustan… Tal es el entretenimiento de la mayor parte de las personas que conforman la sociedad de consumo, eso que los cursis conocen como estado del bienestar

Sí, nuestra sociedad es una de las más estúpidas que ha engendrado el planeta Tierra, lo digo sin el menor recato, y cosas peores hubiera dicho nuestro protagonista, que vivió a sus anchas durante los siglos XVIII, XIX y XX y de todo supo sacar partido. Por eso, lo dejo aquí. A lo mejor el mes que viene, o el trimestre que viene, vayan ustedes a saber, se me pasa el malhumor y sigo contando las aventuras que me llevaron a abrir estos blogs, aventuras de alguien muy especial pero que en nada interesan a quienes tienen como único guía el don dinero que todo lo puede. ¡Bueno, no!, que mejor voy a añadir un párrafo del “Siglo de las luces“, segundo libro de las memorias de quien se hace mención, y que, en boca de uno de sus amigos ingleses -quien lee de un libro de la época en una discusión sobre constituciones (no se olvide que esto sucede hacia 1770 y en las costas del Perú español de entonces)- dice lo siguiente:

«Hablando de esa confusa ciencia que es la política, hay que decir que las idílicas ideas que el pueblo llano posee sobre las virtudes que se atribuyen a los poderosos, todo cuanto atañe a la justicia, la igualdad, la continencia, la confianza mutua y demás zarandajas con que intentan enredarnos, son falsas. Todo, absolutamente todo, se reduce a la fuerza».

Los impetuosos vientos del otoño, que a tantos desagradan, contribuyen a arrancar de los árboles las hojas secas, y de esta forma consiguen que las plantas (las que sobreviven a la tempestad) se fortalezcan con vistas al próximo ejercicio. ¿Será esto lo que tiene que suceder con las personas? Quizá sea un otoño lo que necesitamos, pero la naturaleza es sabia, y si nos tiene en esta intermedia etapa entre dos revoluciones, por algo será.

(Nota final: en la imagen que antecede al texto, don Juan Evangelista cuando tenía alrededor de sesenta años y vivía en los mares del sur, andanzas que se relatan en el tercer libro, o sea, la “Era de las máquinas”).

Published in: on Sábado, noviembre 7, 2009 at 4:05 pm  Dejar un comentario  
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Encuentro con un lince

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En la “Edad de las tinieblas” está esta historia, que sucede cuando Juan Evangelista vivía con sus padres en la cueva de Portugal, rodeado de los bosques y de la naturaleza propia de los comienzos del siglo XVIII.

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 Yo había vivido siempre al aire libre, incluso en la gran casa de mis padres de la antigua Miróbriga, y creía conocer la mayor parte de los resortes de la naturaleza, las blancas nubes que tan escasamente nos enviaban el agua vivificadora, las madrigueras de los topos, el girar de la noria del pozo, los gritos de las rapaces…, pero cuando ante mis ojos de aprendiz transcurrieron varias de aquellas estaciones de apacible, continuada y completa vida silvestre, me di cuenta de que todo lo anterior no había sido sino una ilusión. ¿Qué sabía yo de la diversidad de los vientos de la montaña, de los extremados ciclos de calor y frío –que entonces se manifestaban rudamente–, de los modernos métodos de explotación agrícola que cité o de las huellas de los diferentes animales salvajes? Porque allí aprendí a distinguir las del lobo de las del zorro, las del corzo de las del ciervo y hasta las del tejón de las de la nutria, y trabé consecuente conocimiento con la multitud de animales que poblaban los bosques de mi país, animales tan diversos como las cigüeñas negras que anidaban en los árboles más altos, los alimoches que se cernían en las corrientes ascendentes y los que con total impunidad se paseaban por nuestras posesiones y comían cuanto podían de ellas, cuales eran ardillas y zorros, lirones y jabalíes, tejones y liebres y conejos, ciervos, corzos y gamos, nutrias y tritones, estos últimos instalados a sus anchas en el gran estanque que, aguas arriba, delimitaba el dique del que nos surtíamos. También, como resulta de rigor en las granjas, vivieron en nuestra compañía varios perros y gatos, celosos guardianes de las puertas y despositarios de nuestra confianza, y con uno de aquellos animales, que era una perra y atendía por su raza, me sucedió una notable aventura que por su interés consignaré.

–Galga, vámonos al bosque.

La galga, que disfrutaba como nadie persiguiendo a todo bicho viviente, aunque aquel no fuera su terreno natural, salió corriendo y me esperó anhelante en el linde. Nos internamos en el laberinto vegetal dirigiéndonos a mi lugar preferido, unos peñascos que a cosa de media legua afloraban entre la espesura y desde los que con nítida perfección se divisaba el desvanecimiento del sol sobre la arboleda infinita y las montañas lejanas. Aquella tarde, además, correspondía a fase de luna llena, y yo había observado que su rojiza y fantasmal aparición por el este coincidía en los plenilunios con la puesta del sol por el oeste, estupenda y doble función que no quería perder.

Llegamos a ellos tras muchas carreras y ladridos y escalé su cumbre, en donde permanecí largo rato contemplando el espectáculo mientras la perra corría sin cesar por los alrededores y ladraba con alborozo cada vez que percibía algún incitante rastro de los muchos que en tan salvaje lugar encontraba.

Luego el sol se ocultó, y tras dar media vuelta y contemplar el orto lunar, deslumbrante espectáculo que sucedió sobre los celajes de oriente, decidí volver, puesto que mi padre estaba de viaje y mi madre en la cueva, y aunque tenía otros perros y armas, y sabía usarlas, yo no quería dejarla sola por mucho tiempo, de forma que comencé a descender por las abruptas e inclinadas rocas, fácil tarea que había llevado a cabo en multitud de ocasiones, pero sucedió que aquella vez… Di un resbalón, me doblé un tobillo, rodé por una durísima losa y caí aparatosamente y de espaldas en el fondo de un agujero que, parecido a un ancho pozo lleno de zarzas, formaba la disposición de las piedras. Las punzantes espinas se me clavaron en todas partes, y aunque me sirvieron de colchón e impidieron que me estrellara contra el suelo, sentí cómo mil agujas me taladraban la piel. De un brinco intenté levantarme, pero las fuerzas no me respondieron y las espinas redoblaron sus aguijonazos. Entre mis gritos oí cómo la perra prorrumpía en sollozos desgarrados y carreras sin ton ni son alrededor del lugar en que me encontraba, para ella impenetrable…

Nos separaban aquellas altísismas piedras, sí, pero ella se las ingenió, tras mucho olisquear y escarbar, febril actividad que deduje de los ruidos, para conseguir acceder hasta el lugar que ocupaba por un delgado resquicio que encontró, aunque como aquella hendidura estaba obstruida por las zarzas, el aspecto que presentaba era lastimoso. ¡Pobre Galga, que llena de tierra y sangrando por todas partes llegó a mi lado y me llenó de lametones!

–Galga, no, estáte quieta… –susurré, y ella aulló lastimeramente.

–Sí, tienes razón, me he hecho daño… ¡Espera…!

Intenté enderezarme y descubrí que no podía hacerlo, pues uno de mis pies aparecía doblado en un ángulo inverosímil.

–¡Ayyy…! ¡Galga…!, no me puedo mover…

La perra me miró con alarma y volvió a lamerme con ansiedad. Luego me cogió con los dientes por la ropa, y pensando quizá que yo cabía por donde ella había entrado, intentó tirar de mí hacia la abertura, pero como al moverme me clavaba aún más aquellas lacerantes espinas, volví a gritar.

–¡Galga, no, quieta, quieta!

La oscuridad se cernía sobre mi fosa, y mi estado, tras la caída, tampoco me permitía pensar con rectitud. El tobillo empezaba a dar dolorosas muestras de su extraño estado y torcedura, y las espinas se me clavaban más a cada momento. A mi alrededor sentía las desordenadas carreras de la perra, tan descompuesta como yo, y en el cenit el cambiante tono del crepúsculo. Luego, con el pausado discurrir de los minutos, fue tal el tormento que me llegó que acabé desvanecido. Los objetos comenzaron a girar, todo se borró con mansedumbre, y al final sólo oía los desesperados ladridos de la galga que se iban alejando lentamente…

Cuando me desperté en aquel pozo, iluminado por la luna llena, la noche había caído por completo y el silencio era total. ¡Un pájaro nocturno ululó por las cercanías y un batir de alas se alejó…! ¿Dónde estoy…?, me pregunté, pero las mil y una espinas sobre las que yacía, amén del descoyuntado tobillo, me lo indicaron de inmediato.

–¡Ayyy…! –gemí, y de nuevo me lamenté sin acertar a moverme–. ¡Horrible suerte la tuya, Juan Evangelista, que sólo querías observar las maravillas de la naturaleza y te ves reducido a la parálisis en este lugar inaccesible…!

A punto estuve de echarme a llorar, tal era mi angustia y desolación, pero recordando las enseñanzas de mi padre luché por encauzar los pensamientos.

–Juan Evangelista, no es el momento de huecas palabras, sino el de averiguar lo que se puede hacer en situación semejante…

Escuché con atención, pero ni de la galga, mi única compañía y en quien cifraba las escasas esperanzas que tenía de escapar de aquel agujero, se percibía el menor rumor. Por un momento temí que me hubiera abandonado, aunque de inmediato rechacé tal idea, pues, ¿cómo me iba a dejar allí a mi suerte? Ella era incapaz de tal acto de ingratitud, y lo más probable es que anduviera por los alrededores o hubiese ido a buscar auxilio, aunque, de ser así, ¿conseguiría volver…?, porque la cueva estaba lejos… Pero sí, me dije al instante, porque los perros son listos, como de sobra sabía, además de fieles y abnegados.

Aquel pensamiento me tranquilizó, y disponiéndome a esperar me pregunté, ¿qué hacer en el entretanto? La pierna entera me ardía, y la multitud de espinas, que casi no sentía, me impedían moverme.

–No, Juan Evangelista, permanece quieto y veremos qué sucede –y con fugaces e imperceptibles movimientos que me hacían ver las estrellas intenté colocarme de una forma algo más cómoda, cosa que, aunque pueda sonar raro, al final conseguí.

La luna, allá arriba, me miraba burlona, y el sepulcral silencio del bosque pesaba sobre mi ánimo como una losa. Las escasas estrellas que no eran eclipsadas por la luz lunar me guiñaban sus ojos, y con su única compañía poco a poco fui quedándome de nuevo adormecido, aunque despertado bruscamente a intervalos por los ruidos de la selva…

Más tarde, cuando en sueños me preguntaba dónde estaban mis semejantes, ¿dónde estás, galga, y por qué tardas tanto?, fui de manera imprevista despabilado por un lejano y familiar sonido. ¿No eran aquellos los ladridos de la perra, que seguramente volvía con el anhelado auxilio? Repentinamente excitado y despierto presté oído atento y los ladridos fueron haciéndose más claros y cercanos, e instantes después, antes de que pudiera pensarlo, la galga, como un meteoro y a través del resquicio por el que consiguió entrar la vez anterior, llegaba a mi lado ladrando estrepitosamente de alegría y llenándome de saliva, y entre el coro de ladridos oí una voz conocida.

–¡Juan Evangelista!, ¡Juan Evangelista…! –y mi madre, que se había encaramado a las peñas, asomó la cabeza allá arriba.

–¡Hijo mío…! –exclamó estupefacta, pues aunque era de noche, la luna derramaba su claridad iluminándolo todo.

–¡Madre…! –grité, y el solo movimiento de la boca llegó hasta el tobillo y me hizo soltar un aullido.

–¡No te muevas! –gritó ella–. ¡Ahora bajo yo! –y, en efecto, agarrándose a las piedras de precaria manera comenzó a descender hacia mí, y cuando estaba a punto de conseguirlo, resbaló, tal y como me había sucedido a mí, y con gran estrépito se vino abajo y cayó a mi lado, también sobre la zarza.

–¡Ayyyyy…! –gimió, pero al instante y sin reparar en las espinas, se dio media vuelta y me abrazó.

–¡Juan Evangelista…!, ¿estás bien?

El aspecto de mi cara debía de ser aterrador, porque me contempló con espanto.

–¡Mi pie…!

Mi madre, haciendo caso omiso de los pinchazos que sin duda debía de sentir, se inclinó a mirarlo, y acto seguido entró en frenética actividad. Se quitó el jubón que sobre todos los vestidos llevaba, que era de fuerte tela, y extendiéndolo sobre el mar de zarzas y haciendo un soberano esfuerzo trasladó mi cuerpo a su superficie. Al instante…, ¡qué alivio! Los mil pinchazos cesaron en su totalidad y pude por fin desentumecerme…

Ella, que de rodillas sobre el espinoso arbusto a duras penas podía moverse, se inclinó de nuevo sobre mi pie, me miró con muchísima preocupación y musitó dos palabras.

–¡Dios mío!

¡Henos aquí a mi madre y a mí sobre la superficie de un zarzal que ocupaba el fondo de un empinado embudo, ella con el vestido hecho jirones y yo con un tobillo roto! ¡Envidiable situación…!, pero mi madre, con inconfundibles ademanes, aleccionó de inmediato a la perra para que fuera a buscar ayuda al pueblo, difícil encargo, puesto que estaba lejos y en él pocos la conocían.

–¡Galga, corre al pueblo, corre y trae a alguien, venga, ve, ve…! –y la galga, mirándonos descompuesta y gimoteando como sólo saben hacer los perros, dio media vuelta, se introdujo por la estrechísima ranura por la que entraba y salía, reptó por ella y desapareció.

Nosotros nos quedamos allí, en aquella escondida sima, tristísimos y desamparados y componiendo una especie de descendimiento, pues yo estaba acostado sobre las zarzas y entre sus brazos, y mi madre arrodillada y procurando sostenerme…, y ella, que tras aquel ¡Dios mío! no quería alarmarme más de lo que estaba, se dio en distraerme y comenzó a hablar de lo único que nos era posible observar, el cielo estrellado.

–Juan Evangelista, ¿ves esas tres estrellas que nos miran desde lo alto?

Yo, entre brumas y dolores, procuré verlas.

–¿Cuáles? ¿Las que brillan más…?

–Sí, son las estrellas del verano. El triángulo del verano, como se las conoce desde antiguo. ¡Vega, Deneb y Altair…, pregoneras del buen tiempo! Ahora llegarán los largos días del verano y podremos ir a bañarnos a nuestra poza, aguas arriba de casa. Cuando regrese tu padre tenemos que decirle que repare el dique, que en tan mal estado se encuentra…

La conversación continuó de este tenor, y luego, tras un rato en que contemplamos el cielo en silencio, un gran búho comenzó a chuchear escandalosamente y rompió a volar, aleteando furioso desde los árboles cercanos, tras lo que le oímos alejarse…

La quietud volvió en seguida a hacerse dueña del lugar, callada calma que persistió durante un cierto tiempo…, y cuando no esperábamos oír nada más y yo comenzaba a entrar en un dulce sopor, se percibieron unos imperceptibles y cautelosos pasos y rasquidos…

Nos miramos sorprendidos, y luego mi madre, a media voz, dijo,

–¿Galga…?

… y un instante después un fragor infernal, como el que originarían mil demonios enfurecidos, llenó el aire circundante. Pareció que fueran a desplomarse las rocas, pero al fin, en medio del más indescriptible estrépito de rugidos y arañazos, un extraño animal penetró en el pozo por el mismo lugar que lo había hecho la perra y se mostró ante nosotros iluminado por la luna.

–¿Qué es eso…?

Lo que veíamos era un enorme gato ronroneante, del tamaño de un perro grande y que lucía una ridícula barbita blanca, que con la dificultad que le procuraba el cúmulo de zarzas comenzó a caminar apuradamente alrededor de nosotros como si flotara y no tocara el suelo, y cuyos ojos nos contemplaban asombrados y centelleaban con luz propia…

–¡Un tigre..! –balbuceé con espanto, pues yo conocía tan feroz animal de los libros de zoología de mi padre, aunque nunca hubiera podido imaginar que existieran en nuestras latitudes.

–¡No, el lubicán…, calla! –susurró mi madre, y alzando lentamente una pistola que llevaba al cinto y yo aún no había visto, colocó al animal en su punto de mira.

El gigantesco gato se paseó durante un buen rato sin quitarnos ojo, bufando a intervalos y preguntándose seguramente si constituiríamos presas de agradable sabor, pero luego, quizá porque aquella noche ya había comido suficiente, porque las zarzas le molestaran en demasía o porque dos seres humanos le parecieran excesivo enemigo, tras contemplarnos inmóvil e inquisitivo, como si estuviera pensándolo, de un prodigioso salto dio media vuelta y se introdujo de nuevo, con mucho agitarse de ramas, por la abertura por la que había conseguido entrar, en donde desapareció.

Mi madre y yo, tras aquellos instantes de absoluta tensión, respiramos hondamente y con alivio y ella bajó la pistola.

–Seguramente no volverá… –dijo al fin–. Duerme, hijo, que en seguida será de día y regresará la galga con las gentes del pueblo.

Yo, entre sus brazos, me quedé al fin amodorrado, y no sé cuanto duró aquel estado, aunque debió de ser largo porque cuando desperté comenzaba a clarear. Mi madre estaba muy intranquila y pronto descubrí la razón.

–No te inquietes, hijo. Ahora que ha amanecido iré a buscar ayuda al pueblo y volveré en seguida. Quédate con la pistola. ¿Sabes usarla? –pero cuando, tras darme innumerables besos y hacerme muchísimas otras recomendaciones, se aprestaba a escalar la pared de piedra, que no parecía tarea pequeña, oímos bulliciosos ladridos lejanos.

–¡Espera…! ¿Oyes…?

Yo presté oído y, ¡sí!, sin duda era la galga la que ladraba desaforadamente, aunque aún lejos.

–¿Habrá encontrado a alguien? –se preguntó mi madre, mirando ansiosamente hacia lo alto de las piedras.

Un instante después, en medio de los innumerables aullidos que le hicieron dar las espinas, como un torbellino entró la perra en nuestro reducto, en donde nos colmó de caricias y lametones, y luego, desde lo alto de las piedras, a nuestras espaldas, una voz se oyó.

–¡Señora…! ¡Por todos los diablos…! –y allí terminaron nuestros infortunios.

Quienes nos rescataron eran dos hombres del pueblo, que molestos por los continuos ladridos de la perra y sorprendidos por su actitud, pues aullaba lastimera e intentaba arrastrarlos tirándoles de las ropas, decidieron investigar lo sucedido, y siguiéndola apresuradamente…

 

Published in: on Sábado, agosto 15, 2009 at 5:47 pm  Dejar un comentario  
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Referencia a Camargo Rain, padre de Juan Evangelista

 

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Hoy pongo la dirección de un señor que se refiere a uno de mis libros. Me hace gracia el texto que ha elegido, que está en “Las estaciones”, una de mis novelas, y aún más gracia que me haya puesto el primero de la lista, lo que quizá indique que es lo que más le ha gustado, aunque suene un tanto inmodesto. Bueno, pues desde aquí se lo agradezco.

Este señor (Ángel Romero) está en Canarias, creo que en Tenerife, en donde mantiene algo relacionado con la informática, y las direcciones que se refieren a un servidor son: 

http://angelromero.es/literatoslulu.com/literatoslulu/index.html 

y

http://angelromero.es/literatoslulu.com/literatoslulu/camargo-rain/index.html

 

Published in: on Sábado, agosto 1, 2009 at 6:22 pm  Dejar un comentario  
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Arco iris primaveral

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Dicen que Castilla (la vieja) es una región plana, uniforme, austera…, pero en pocos sitios se pueden ver los cielos que se ven en esa comarca. Ello se debe a su altura, claro es, y a que hay pocas fábricas que oscurezcan el aire con sus vapores. Menos aún había durante el siglo XVIII, cuando Juan Evangelista transitaba a su libre albedrío por las mil y mil dehesas que en tal lugar existen, con ocasión de lo cual hizo esta foto…

Eres la primera confusa sensación de mi larga vida y nunca he de olvidarte, vaho de la jara de la sierra de la Peña de Francia, olor mágico y resinoso, olor de dehesa y de grisáceo granito marmolado, y qué digo olor sino sonido o reflejo cristalino, condensación o amalgama del agua de las montañas vecinas y del azul cenital del cielo crepuscular de un día purísimo, un día castellano, uno de esos días que sólo he podido ver en mi amada tierra, sierras de Gata y de Gredos, encaramado en una sólida peña, lejos del mundo y mis enemigos y contemplando, en la dulce compañía de mi madre, cómo el Sol se dirige hacia el lejano horizonte, sobre él se cierne durante unos instantes, cuando lo atraviesa, y luego se oculta dejando un rastro multicolor y dilatado en el tiempo del que nunca llegaré a comprender la verdadera esencia.


(Texto extraído de la “Edad de las tinieblas”, el primero de los libros que escribió nuestro personaje).

Pues como decía, hizo esta foto en el curso de una magnífica tormenta primaveral, y con la cabeza, por supuesto, que entonces no había Kodachromes ni Fujichromes que ayudaran a retener fielmente la imagen, pero es lo mismo, la hizo y aquí la pongo, que me parece que vale la pena.

Published in: on Martes, junio 16, 2009 at 10:16 am  Dejar un comentario  
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Vídeo clip sobre las andanzas del protagonista

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Lo de Juan Evangelista, que escribió cuatro libros al final de su vida, ya lo he dicho un montón de veces, pero que también hay una peliculita en la que se explica a toda velocidad cómo fue aquello, todavía no lo había dicho. La dirección es:

http://www.youtube.com/watch?v=LiitjbnFVTY

Published in: on Viernes, mayo 29, 2009 at 6:37 pm  Dejar un comentario  
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