Prólogo del Siglo de las luces

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Este es el prólogo del segundo libro de Juan Evangelista, “Siglo de las luces”, en el que, por avatares del destino, se vio forzado a trasladarse a las Indias Occidentales en compañía de Juan Everardo, aquel monje dominico que no era de su agrado…

 

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­–Juan Evangelista, hijo de padres ricos y tocado de la melancolía, flautista avezado y comedor de carne…, ¡no sabes encender un fuego! –dije para mis adentros aquella noche en la que, habiendo transcurrido sesenta y tantos años terrestres desde mi nacimiento, me encontraba, con aspecto de tener dieciséis, refugiado en una caverna, huyendo del temporal y en la poco o nada grata ni conveniente compañía de Juan Everardo, monje enjuto y de indeseables procederes, lugar al que la Providencia se había dignado conducirnos. ¡Hágase Su voluntad!

–Y tú, Candela, Candelita, mi burra preferida, respira hondo y báñame con tu aliento mientras puedas… –susurré en la más absoluta de las obscuridades al tiempo de arrimarme al animal, que rebuznaba mansamente de placer.

¡Mis padres…! Allá se quedaron, atrás en el tiempo, bajo la tierra, y la marquesa, la inolvidable marquesa de la Vega Grande, mi segunda madre y por siempre protectora, también, y todos los demás, Matatías y el Prior y Asunción la ventera y la niña de mis sueños, Marifló, que ahora mismo estarás cuidando niños de otro… ¡Todos os fuisteis para siempre y nunca volveré a veros…!

–Sí, Juan Evangelista, flautista avezado y comedor de carne… ¡Tú, que con los ojos puedes oler los sonidos de las campanas de la vecina catedral y con las manos observar las emanaciones de los braseros en donde se quema la jara de la sierra de la Peña de Francia…!, no sabes encender el fuego que esta noche te hubiera librado del frío y las tinieblas, pese a que tu padre intentó por todos los medios que lo retuvieras para lo sucesivo…

¡Mi larga vida…!, que comenzó en la silla de partos de una de las mansiones que por aquellos tiempos adornaban las siempre bulliciosas calles de la sin par Ciudad Rodrigo y continuó entre robles y encinas y jarales, dehesas viejas y desde la noche de los tiempos pobladas de animales salvajes… ¡La sierra…!, mi sierra de la Peña de Francia, en cuyas laderas y de las manos de mi padre y criados y cetreros aprendí los secretos de la Naturaleza… ¡El aya…, que me protegió con su cuerpo de las pedradas de quienes me creían niño diablo…! Diste tu vida por mí y ahora estarás contemplándome desde Lo Más Alto, el Reino de los Justos… Y el niño, el niño salvaje también, Silvestre, que tan poco duraste entre los seres vivos y ya sólo existes en mi recuerdo, pues nadie te conoció… ¡Vida…!, supremo concepto en este mundo que me ha tocado habitar, ¡qué fugaz eres…!

Y mi madre, mi hermosa madre que me trajo con enormes esfuerzos y peligro de su vida a este valle de lágrimas, me inició en los secretos de la más bella de las Bellas Artes y me llevó a admirar sin tregua los múltiples ocasos que desde lo alto de las peñas en nuestro mundo se divisan.

–¡Juan Evangelista, corre…!, que no alcanzaremos a contemplar nuestro espectáculo preferido… ¡Juan Evangelista, apresúrate, que el Sol no espera…!

Luego la regalada vida en el campo entre mieses y ganados y frutales, la huida hacia la nueva heredad en las colinas de Galisteo a resguardo de miradas indiscretas y del largo y torpe brazo del Santo Oficio y los alguaciles, y la cueva al fin, nuestra cueva enclavada en el Paraíso y rodeada de bosques no hollados por nadie y animales que ya no existen…, lugar en el que viví tantos años y aprendí tantas cosas…

¡La huida fue…!, sí, la huida a uña de caballo lejos de los poderes establecidos, pues mis patentes anomalías de orden físico, asombro de cuantos tuvieron conocimiento de ello, mis desordenados ciclos de sueño y mi horror por determinadas sustancias, la principal de las cuales era la simple y pura cal –aunque también había de sufrir idénticos fenómenos en mis escasos tratos con la leche y todo cuanto con ella se confeccionaba, como era el queso–, me llevaron a descubrir que mi obligado destino consistía en cambiar de lugar continuamente. El joven que no crece, dirían, como antes dijeron el niño que no crece, ¡el niño diablo!, y luego será el eterno fugitivo, perenne situación a que me condenaron mis singularidades.

Más tarde la marquesa de los ojos violetas, mi segunda madre, mi educadora en el palacio de la Vega Grande, caserón enorme y Gran Casa, y los criados y criadas, los canónigos y mayordomos y guardianes armados, y Marifló, la divina Marifló de mis primeros amores, compañera de estudios y vecina de habitación en los desvanes, la niña que crecía y yo no…, y al fin el convento, el lugar al que la marquesa me dirigiera con tino tras su muerte y en donde iba a encontrar al último de los protectores, y aun amigo, que en mi vida anterior me fuera dado conocer, San Pedro con las llaves al cinto, también fray Pedro, músico meticuloso, estudioso bajo cuerda de las nuevas tendencias ilustradas y amante del orden y la higiene; el Prior, sobrino lejano y confidente de mi señora la marquesa, que me ocultó durante aquellos años tras los altos muros de su convento y en el entretanto me enseñó los secretos del contrapunto y la armonía, el Derecho Canónico y las Ciencias Naturales…

Sí, fue pródiga en acontecimientos la Edad de las Tinieblas, mi primera vida, el larguísimo tiempo que me condujo hasta aquí, y al final de todo ello, ¿qué me queda, sino la indeseable compañía de este asno rijoso que mancilla el hábito que viste, Juan Everardo, tan parejo en nombre a mi persona pero tan diferente en su conducta, en sus rutinas y en la educación que seguramente nunca recibió?

–Señor que todo lo ves, Creador del Mundo…, ¿por qué me has castigado así…? Pero no, que tus caminos son inescrutables, y aunque ahora me dirijas hacia el país del malaire y la serpiente tragavenados, ¿qué duda cabe de que en él hallaré nuevas ocupaciones que me lleven hacia el más allá de la Vida, ese inexplicable fenómeno…? ¡Juan Evangelista, adelante, como siempre hiciste!, incluso en la más desesperada de las situaciones, porque alguien vela por ti y te contempla desde Lo Más Alto, ese Reino de los Justos…, ¡adelante en la Edad de la Razón…!, y tú, Candela, Candelita, mi burra preferida, lo único amable en esta noche de rayos y ventisca…, ¡respira!, sí, respira hondo e imbúyeme de tu aliento cálido y reparador… –y de semejante forma, sobre el duro suelo sólo atenuado por la gruesa tela de mi hábito, abrazado en las tinieblas al peludo cuello de una burra inquieta, aterida y resoplante, procuré descansar, pues el largo viaje que investido de las órdenes menores me llevaba desde el convento ubetense hasta la gran y desconocida ciudad de Cádiz, en donde debía comenzar una más de las muchas etapas de que se compuso mi dilatada vida, amenazaba con no acabarse nunca.

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Published in: on Martes, diciembre 2, 2008 at 9:51 am  Dejar un comentario  
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Tempestad en el Atlántico

El texto que va a continuación pertenece al segundo de los libros que Juan Evangelista escribió al final de su vida, y al que llamó “Siglo de las luces”. En este trozo (que está casi al principio del libro) se cuenta lo que sucedió cuando, en medio del océano, alcanzó la tormenta al Convoy de Indias…

 

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Cuando ya llevábamos tres semanas de durísima e incierta navegación, más para alguien que nunca había imaginado siquiera un barco, nos sobrevino -al principio, durante los días anteriores, nos sobrevoló, y luego, por más que intentamos apartarnos, nos sobrevino- una inclemencia propia de la zona intertropical, una de las renombradas tempestades del océano Atlántico que deshizo el orgulloso convoy, la Flota de Indias, y dejó a la mayor parte de sus navíos al garete. ¡Vanidades del mundo…!
El huracán nos alcanzó por la mañana, cuando yo empezaba a sentir la premura del sueño y buscaba un lugar en donde no fuera molestado. Sin embargo, ante la súbita aparición de la cólera de los cielos tuve que olvidarme de ello, y entre los histéricos gritos que a duras penas alcanzaba a entender, colaborar en las faenas sobre las que tan poco sabía. Como pude ayudé a tirar de cabos que me salieron al paso y a girar molinetes cuya función no entendí, labores en que se afanaban cuantos a mi alrededor se movían y que en breves momentos trocaron el aspecto de la embarcación aparejándola para las nuevas cir-cunstancias, encarar el vendaval, aunque no con tan escasa fortuna como yo creí que podría suceder. Las olas, alguna montañosa, llegaban desde la parte delantera, y si bien las primeras a que hubimos de enfrentarnos me dejaron sobrecogido por su poder y tamaño, pronto observé que, guiados por la hábil mano del piloto, las sorteábamos sin dificultad. Durante toda la mañana subimos y bajamos por el inagotable tobogán de las enardecidas olas oceánicas, y si hasta entonces el convoy se había mantenido a la vista, pues siempre, ora delante, ora detrás, era posible divisar tres o cuatro de aquellas velas lejanas, con la llegada del nublado y el vaivén de la mar, pronto estuvimos solos en la inmensidad de blanca espuma que nos impedía ver más allá de la siguiente y amenazadora cresta.
Por la tarde el viento arreció y las compuertas del cielo parecieron abrirse súbitamente, lo que añadió mayores dificultades a nuestra comprometida situación. Hasta entonces habíamos tenido que luchar tan sólo con las olas encrespadas y el rugiente viento, pero desde aquel momento hubimos de hacerlo cegados por las cataratas que desde el cielo nos llegaban, y amenazados, por ende, por la noche que se nos echaba encima.
Era ya el atardecer, o el cielo estaba tan negro que lo parecía. Ajironadas y pesadas nubes grises desfilaban a gran velocidad sobre nuestras cabezas mientras dejaban caer su agua torrencial, cuando, en medio del fragor, una repentina racha nos levantó en vilo como si el navío entero hubiese sido tomado por la mano de un gigante que surgiera de las aguas. Sonó un terrible ruido, al que siguió otro parecido, y uno de los formidables mástiles, en el que aún ondeaban los restos del velamen que no habían sido arrancados por el ciclón, cayó sobre cubierta aplastando todo aquello que quedó debajo. Yo, que acompañado por un aterrorizado Juan Everardo que portaba el rosario entre las crispadas manos, observaba la escena a cubierto de los frágiles adornos que había bajo el castillo de popa, no más que la entrada en los pasillos que conducían a los camarotes, vi que se me venía encima aquel alud de maderas y cuerdas y salté como pude hacia el interior. Todo a mi alrededor crujió y se estremeció, tanto que creí que nos hundíamos sin remedio y para siempre…, pero no fue así. El barco cabeceó hasta lo más hondo, se estremeció como si llegara el fin del mundo… y salimos a flote entre montañas de espuma que escurrían por los imbornales como cataratas. Me sacudí como un perro, gané la cubierta, y lo que a mi lado vi… Llevándome las manos a la cabeza grité, ¡Juan Everardo!, ¡Juan Everardo!, pero él no podía escucharme porque su cabeza estaba muerta, torcida en un ángulo imposible, y de una de sus sienes manaba un revelador hilillo de sangre. Tenía los ojos abiertos, sí, pero no veía, y aunque aún respiraba y su corazón seguramente latía… Luego, tras una nueva embestida de las olas y un maretazo que casi pudo conmigo, el cuerpo de Juan Everardo resbaló, al principio lentamente y luego adquiriendo velocidad al compás de la inclinación, y acabó cayendo por la borda cercana y desapareciendo tras ella. El ruido del chapuzón no se oyó. Quedó enmascarado en la oscuridad reinante, el viento rugidor y las montañas de agua que nos pasaban por encima.
Yo, ante la catástrofe, corrí a esconderme en donde pude, y en buena hora lo hice, porque una ola monumental, una ola gigantesca que acaso viniera directamente desde el continente que pretendíamos alcanzar, barrió por entero la cubierta y se llevó en su seno todo aquello que no estuviera firmemente asentado. Dos o tres cuerpos, desfigurados como monigotes, fueron arrancados a viva fuerza de los lugares que ocupaban y manoteando desaparecieron en el caos. Alaridos, de los que no pude distinguir su procedencia, creí oír a mis espaldas…
Una vez más me zambullí en las entrañas de aquel casco que alguna vez me pareció colosal, frágil cáscara de nuez entre las furias del océano, y sentado en un suelo oscuro, desconocido y encharcado, con la aturdida por las bruscas oscilaciones cabeza entre las manos me encomendé a Dios, que tan favorablemente me había tratado hasta aquel momento.
-¡Dios mío…!, ¿qué hemos hecho para que nos trates así? ¡Dios mío y todos los Santos…!, ¿por qué nos maltratáis de esta manera…? ¡Virgen Santa, haz un milagro…! Deja que una de esas olas penetre hasta lo más profundo de la nave y a todos nos lleve al fondo de manera instantánea… -y con estas confusas oraciones y en medio de esporádicos diluvios, que a ráfagas penetraban por las destrozadas portillas, me quedé dormido en aquella postura fetal, porque, como ya dije, había transcurrido un día entero desde que empezara a sentir la influencia del sueño, y un vaporoso cansancio…
Al amanecer, tras toda una noche en la que fuimos zarandeados hasta lo indecible, la tormenta amainó, y yo, cansado como nunca lo estuve y sumamente alterado en mis humores, me desperté como si no hubiera dormido sino un par de minutos. Una luz de incierto color grisáceo aparentaba comprenderlo todo, y el barco, o lo que quedaba de él, aún se movía al compás de largas olas que parecían venir de muy lejos, pero la furia que horas anteriores casi nos condujera al fondo del abismo se desplazaba hacia la parte de Levante, horizonte en donde aún podían observarse torrenciales chubascos que se desprendían de lejanas nubes negras. Con enormes dificultades, pues la postura y el hecho de estar absolutamente empapado me habían dejado agarrotado, conseguí ponerme en pie y subir al desbaratado puente, en donde constaté que las barandillas que lo protegían, la gran rueda del timón y la bitácora, las lámparas de situación y los adornos de madera policromada, es decir, cuantos objetos lo embellecieran, habían sido barridos por la furia de los elementos. Nuestra nao estaba desarbolada por completo. Los mástiles, o sus restos, descansaban sobre la cubierta partidos en varios trozos de extremos astillados, y el casco rechinaba amenazante al compás del ritmo del aún levantado oleaje. El aparejo había desaparecido en su totalidad, y sólo grises colgajos de lo que parecía blanca estameña ondeaban acá y allá a merced de las aún furiosas rachas de la cola del vendaval… En la vasta y anubarrada inmensidad marina, además, no se divisaba una sola vela.
Luego, durante la plomiza mañana, mudos fantasmas de inciertos andares, desencajadas expresiones y destrozadas ropas aparecieron en cubierta. Uno de los oficiales, con el uniforme rasgado por innumerables sitios y un látigo en la mano, el primero; un contramaestre, un hercúleo y tambaleante negro de anchos labios, que durante el tiempo que duró nuestra aventura prácticamente no abrió la boca, aunque sobre sus espaldas llevara buena parte del peso de la situación, el segundo; tres miembros de la marinería, uno de los cuales era mudo, aunque los tres estaban rotos y desasosegados, y yo mismo, embutido en mis pobres y calados hábitos, los restantes. Entre todos componíamos el elemento humano sobreviviente a la galerna, pues el resto de oficiales, tripulación o pasaje, parecía haber sido tragados por los vientos, si hacemos excepción de varios cuerpos que, irreconocibles, algunos mutilados y otros aplastados, aparecían dispersos aquí y allá. El oficial, sin soltar el látigo y con ronca voz, ordenó arrojar al mar aquellos restos, tarea que de mala gana llevamos a cabo los demás, y a continuación tuvo lugar el único incidente que durante aquellos días ocurrió…

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