La música de Juan Evangelista

Jordi Savall

Juan Evangelista habla en sus libros de música, puesto que él, educado en ello por sus padres durante la infancia (principios del siglo XVIII), fue un buen flautista. Y cuenta que la pieza que se le quedó grabada para siempre, puesto que la oyó desde muy pequeño, es la celebérrima “Folía de España”, anónimo español que algunos remontan hasta el siglo XIV y que luego, con el correr de los tiempos, iba a ser objeto de glosas sin fin, entre las que destacan el concerto grosso que escribió Arcángelo Corelli y un trío sonata de Antonio Vivaldi, el RV 63.

Su padre era un señor que tocaba el violín, y su madre cantaba y tocaba la flauta. Los amigos de sus padres eran también muy aficionados a la más bella de las Bellas Artes, y entre todos componían una orquesta con violas y violones, dulzainas, cítaras, castañuelas y tambores, que él tuvo ocasión de escuchar harto durante la infancia.

Por cierto, su padre se parecía (a juzgar por lo que se dice en el primer libro, “Edad de las tinieblas”), a quien aparece al principio de este comunicado, que no es otro que el mejor violagambista de este planeta, el archiconocido Jordi Savall.

De esta forma, hoy os traigo el enlace de un sitio de youtube en donde se puede contemplar al grupo del señor que cito (Jordi Savall), tocando precisamente la Folía de España, y tocándola tal y como se debía de tocar en aquellos tiempos, los primeros años del siglo XVIII. Vale la pena verlo, pues la música es maravillosa, y los intérpretes, gente muy seria, maestros donde los haya, y es que el que sabe, sabe, y los demás a Alemania, a aprender, que estamos hartos de aficionados.

Jordi Savall y su grupo tocando la Folía de España

(Lo que puede escucharse no es exactamente la “Folía de España”, sino una de las muchísimas versiones que sobre este anónimo se han escrito: las “Diferencias sobre las folías” de Antonio Martín y Coll, fechada hacia 1706 y música como para caerte de espaldas).

La cueva

 

En la “Edad de las tinieblas”, primero de los cuatro libros en los que Juan Evangelista cuenta su vida, está este texto, que habla de cuando el protagonista tenía unos diez o doce años, es decir, hacia 1720, y por circunstancias que allí se detallan, él y sus padres tuvieron que huir de Castilla y refugiarse en el vecino país de Portugal.  

 

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Un antiguo soldado de Flandes, amigo de faramallas y filaterías, capigorrón por más señas, y rufián de alquiler y embeleco, al que mi padre en sus años mozos había dado seguramente revesa en alguna casa de conversación, fue quien por despecho movió el negocio, tan mal negocio para nuestros intereses que acabamos huyendo una vez más a campo traviesa y lejos de nuestro habitual lugar de residencia, la ciudad amurallada que me viera nacer.

La Inquisición, la Audiencia, el Santo Oficio, los parientes y sus ayudantes, hombres de negro, común color de la época, con las rojas cruces de sus Órdenes sobre los hábitos y desde sus lejanos aposentos compusieron la orden y la firmaron. La orden, en nombre del Rey, era seguramente falsa y amañada, y mi presencia física celosamente vigilada por mis padres, que nunca consintieron en que se me viera de puertas afuera, en la vega, la gran finca en el campo y lugares adyacentes, parajes adonde sólo viajaba en carromato cubierto cuando ya tenía el saludable aspecto de un infante de siete años, pero era tal la cantidad de historias que corrían sobre el niño diablo de la casa del antiguo Ordenador –por entonces músico y hacendado, novator y labriego, guardián y encargado de los caballos del Rey– que los acontecimientos se precipitaron, y lo que a la larga había de suceder se presentó de improviso y cuando menos lo esperábamos.

Pues, como dije, la Inquisición, la Audiencia, quién sabe quién, inducida a ello por la envidia, la avaricia, la codicia, las malas lenguas, la ignorancia o las oscuras razones de quien posee insospechados poderes, tomó cartas en el asunto y una mañana tuvimos una inesperada visita en la persona de don Juan, con el resultado de que mi padre matara a un alguacil o inquisidor, ¿qué más da?, que había ido a nuestra casa sin ser invitado y con el exclusivo fin de prenderme. Hace muchísimo de esto, y constituyó un lance más de los muchos que, de aquella traza, sucedían cotidianamente en los tiempos que narro.

Era don Juan un conocido entonces, aunque antiguo amigo de correrías de mi padre, es decir, alguien que nos resultaba familiar, pero que por ambición, mérito o mala intención, se avino a llevar a cabo el trabajo que nadie quería hacer. Vino de otra comarca, leguas allende, y se presentó como amigo, aunque embozado. Conferenció breves instantes con mi padre en su despacho, y a partir de ahí se desencadenó uno de los mayores zafarranchos que me haya sido dado contemplar. Primero fueron voces altisonantes, luego ruidos de pesados muebles derrumbarse, y al fin todo se volvió boca abajo, más para los ojos de un niño que nunca había visto correr la sangre sino en los mataderos o los periódicos sanmartines. Las estocadas recorrieron el pasillo, y la fuerza y habilidad de los músculos se pusieron de manifiesto, ¡torpeza la de mi homónimo don Juan en presentarse allí solo aquella mañana! Él había dicho, orden del Rey, el Rey lejano no sabía nada pero él dijo, ¡orden del Rey!, mientras, de pie y observado por mi aterrada madre, enarbolaba un grueso papel al que se adivinaban las letras negras. Luego mi padre desenvainó la daga, se acometieron, y don Juan, el confiado, el torpe, el ciego y engreído de sus propias fuerzas, acabó traspasado por el acero, degollado en el suelo, boqueando y pidiendo a gritos confesión, tan negra estaba seguramente su conciencia, de resultas del cual suceso mi padre ordenó inmediatamente enjaezar las mulas, engancharlas a un carruaje entoldado y hacer desaparecer el acusador cuerpo en el monumental horno de la cocina, al que nunca me habían dejado acercarme.

Las cosas, como decía, se pusieron tan mal, más después de lo que acababa de suceder, que nos cambiamos de casa de nuevo. En aquella ocasión, tras muchas vueltas y revueltas por sombríos caminos carreteros, algunos días ocultos en ruinosas construcciones en lo más profundo de los montes y otros agasajados por ilustres conocidos de mi padre que nos recibieron en sus posesiones con los brazos abiertos, acabamos instalándonos, tras cruzar la raya fronteriza e innumerables y peladas sierras, en un poblado sito en lo que llamaban el Vale del Lobo, en el extremo norte del Alentejo, un lugar a resguardo y alejado de las más frecuentes rutas de comunicación.

Aquel lugar era un poblado perdido en lo más hondo de una serranía quebrada, un lugar dejado de la mano de Dios y muy a propósito para lo que eran los planes de mis progenitores, es decir, desaparecer de la pública y notoria vida que llevábamos en nuestro lugar de origen de la Corona de Castilla. Mi padre lo había comprado a la familia de un antiguo conocido portugués que un día se embarcó rumbo a los mares de la China y había sido declarado muerto, y se parecía a lo que luego, con el tiempo, había de llamarse rancho en otras latitudes. Se componía de una gran casa, rodeada de árboles, y dos docenas de cabañas que no osarían ocupar ni los porqueros de Ciudad Rodrigo. Las personas que lo habitaban eran humildes campesinos, porque aquella parte del mundo vivía al margen de la civilización que lo circundaba, un lugar entre sierras al que nunca llegaban noticias ni viajeros, como no fueran los extraviados.

Nosotros, claro es, nos instalamos en la casa grande, que hubo que arreglar, y durante un par de años vivimos rodeados de criados, regalo del que tan escasos estuvimos en nuestra última etapa en la llanura castellana. Mi padre, durante los años que cuento, se dedicó a mejorar las habitaciones de aquellos seres y los campos circundantes, para lo que, aplicando sus conocimientos, que eran muchos, y ayudado por los pobladores de aquel yermo, construyó un viaducto que traía la necesaria agua desde las fuentes de los vecinos montes.

–¡El agua…! Juan Evangelista, ¿no oíste decir que sólo hay agua donde la Tierra se derrumbó y quedaron las montañas?

Yo, que nunca antes había podido hacer una vida normal, es decir, rodeado de seres de mi edad, procuré expansionarme entre aquel cúmulo de desharrapados y trabar amistad con quienes me rodeaban, no sólo las personas sino también los animales, los conejos, perros, gallinas, cerdos y vacas que, entre enormes montones de basura, desarrollaban su vida diaria. A los animales los conocía de sobra, pues ellos fueron mis únicos amigos durante toda la etapa anterior, si exceptuamos a la niña de los ojos violetas y los que luego conocí en la hacienda de ignoto nombre en donde estuvimos algunos años.

–¡Al niño diablo…!

Nosotros nos las prometíamos muy felices, y durante los primeros años, servidos por criados, como digo, y aprovisionados de cuanto pudiéramos desear, lo fuimos, pero una vez hubo una guerra y pasó por allí un ejército, o alguna unidad de un ejército, seres tristes y desorientados, pobremente vestidos y peor armados que no hicieron ninguna tropelía pero se llevaron los pocos artículos comestibles que encontraron y casi todos los caballos, y mi padre, que lo tenía todo previsto, en previsión de insospechados peligros nos escondió en un lugar especial, una gran cueva cercana a nuestra aldea y que él había mandado acondicionar, en donde vivimos mientras duró el conflicto.

Les describiré ahora la cueva.

Estaba en un paraje de aquella comarca al que llamaban el valle del Lobo, un lugar descampado en la ladera de una sierra quebrada y pedregosa a escasa distancia de nuestro pueblo. Presentaba abundantes signos de haber estado habitada con anterioridad, y ante la abertura que hacía de puerta había una gran extensión de tierra fértil salteada de árboles, algunos de adorno pero la mayoría útiles, como alcornoques, nogales, olivos, castaños y otros frutales.

La cueva tenía su entrada en una gran concavidad de la roca que hacía las funciones de antesala, en donde estaba el hogar, el fuego, y a continuación, tras una separación compuesta con tablas y un altísimo y sucinto túnel, se tenía acceso a las habitaciones propiamente dichas. Eran tres las salas de que disponíamos. La primera era grande, alta y pétrea como una catedral, y junto al fondo un pequeño manantial manaba incesante; cuando llegamos el suelo estaba encharcado, pero mi padre, con la ayuda de los hombres del pueblo, lo encauzó debidamente con losas de piedra, y a partir de entonces tuvimos un susurrante arroyuelo dentro de casa que nunca dejó de fluir. Las dos habitaciones del fondo, cuevas de paredes de piedra también, las usábamos como dormitorios, y su suelo era de suave y rojiza tierra apisonada por la que se podía caminar descalzo sin ningún temor. Nos alumbrábamos con las velas y candiles que se usaban habitualmente, pero duraban mucho más porque en las cuevas no existen corrientes de aire, fruto de lo cual son sus altas y claras llamas y su larga duración, y además sólo lo hacíamos durante las horas de sombra y el largo invierno, pues la luz solar, aunque tenue, se daba arte para penetrar hasta el último rincón.

En el interior de la cueva reinaba siempre una temperatura propia del Edén. En invierno, los crudos inviernos de aquel país, no era preciso encender fuego, y en verano, los ardientes veranos que se prolongaban desde San Isidro hasta San Francisco, estar dentro, defendidos por murallas de roca pura, sobre todo en las partes más profundas, constituía una delicia que ni modernamente, con todos los adelantos que nos rodean, he vuelto a experimentar. Mi padre, sin embargo, entarimó buena parte de su sala principal, y bajo ella colocó una gloria que había de ser la calefacción, pero habida cuenta de las favorabilísimas circunstancias de que hablé, no la encendimos casi nunca, y cuando lo hacíamos era para utilizarla como eficaz horno en donde cocer el pan.

Las huertas que cultivaron sus antiguos habitantes se adivinaban, abandonadas y llenas de hierbas, en una vaguada que se extendía entre la cueva y las lindes del bosque, y eran regadas por un arroyo que la recorría. Aguas arriba se observaban los restos de primitivos diques y canalizaciones, amén de los soportes de lo que yo creí noria y resultó ser artificio hidráulico, que mi padre reparó y nos hizo gran servicio, aunque de ello hablaremos llegado el momento.

Los bosques que nos rodeaban eran de robles y castaños, muchos centenarios y retorcidos, pero todos utilísimos pues nos proveían de frutas y madera sin fin, y su suelo un tapiz de helechos y otros arbustos, en algunos lugares impenetrables, a cubierto de los cuales los animales salvajes hacían su vida diaria.

En resumen, ¿era aquello La Arcadia…? Pues sí, algo así, de forma que cuando declinaron los sucesos que nos habían llevado a aquel lugar, fuimos primero posponiendo el regreso, y luego, pasados varios meses, decidimos quedarnos en él. Además, el pueblo había quedado medio vacío por avatares políticos, cual fue la consiguiente leva, y durante un cierto tiempo desaparecieron casi todos los hombres útiles para el trabajo.

Y ahora, permítanme que les hable de nuestros estivales conciertos en la boca de la cueva, porque nosotros, mis padres y yo, a pesar de las iniciales dificultades de nuestra nueva vida, también disfrutamos de muchos y maravillosos momentos, ya que éramos gente de recursos y educación esmerada.

Mi madre, como conté, tocaba la flauta, y durante los tiempos anteriores había procurado enseñarme sus rudimentos, pero una vez instalados en aquel paradisíaco lugar, tan bucólico y silencioso, me sentí impelido a perfeccionar mis competencias sobre tales artes, y con su inestimable y paciente ayuda me interné por caminos que al principio me parecieron sencillos, y luego, con los años, se revelaron inagotables. Ella, sin embargo, no se limitó a enseñarme lo que se refería a la cabal correlación de los dedos sobre la madera, sino también a lo que significaban las particellas y sus diversos signos –teóricas labores en las que a solas con el metrónomo me las hube de ver muchas noches–, así como los fundamentos de la fabricación de tan pastoriles instrumentos, que con sumo cuidado y dedicación se podía abordar tras conseguir el material adecuado, simples cañas que debían secarse y horadarse de la manera apropiada.

El repertorio de mis padres era amplio pues llevaban muchos años haciendo música juntos, y yo procuré ponerme al día con la mayor rapidez posible, pero ello no me resultó difícil porque a mi repentina afición habría que sumarle la facilidad con que de joven se aprende todo. Mi padre, además, era un virtuoso, pues se atrevía hasta con las difíciles piezas de los maestros, de los que tenía muchísimos libros, y de mi madre, ¿qué voy a decir…?, más en aquel escenario suntuoso, y es que el sonido de las cuevas, sonido uniforme y consonante, desde luego, y eufónico y melodioso, clamor que sube y baja y con sus inaudibles ecos envuelve en su seno a cuanto comprende y no permite que la cabeza humana se olvide de tan señalado encantamiento…

 

Cuando Juan Evangelista conoció a miss Gold

(Vista aérea del recinto amurallado de Ciudad Rodrigo)

A finales de 1812 (nos encontramos en plena Guerra de la Independencia) se produce la toma de Ciudad Rodrigo a los franceses por el ejército anglo español, del que Juan Evangelista forma parte, y allí es donde conoce a miss Gold, la inglesa que, con el tiempo, habrá de ser su segunda mujer. El texto que sigue es una página de la “Era de las máquinas”, el tercero de los cuatro libros que nuestro protagonista escribió a guisa de memorias al final de su vida, y la descripción que decíamos, la siguiente:

 

La batalla de Fuentes de Oñoro, previa a la ocupación y en la que no intervine, acabó de descalabrar la debilitada fuerza francesa que operaba en la zona, y tras innumerables avances y retrocesos, pues nuestro general en jefe (Wellington) nunca se distinguió por lo arrojado y atrevido, sino antes bien por lo receloso y calculador, nos presentamos a la vista de mi ciudad cuando acababa el año, aunque las avanzadillas llevaban semanas observando los movimientos de sus ocupantes y el estado de las defensas.
Wellington instaló el tren de sitio en las lomas cercanas y durante algunos días se dedicó a bombardear la plaza. Las fuerzas francesas que la defendían eran escasas, y sus pertrechos y espíritu guerrero muy limitados, pues poco parecía importarles quién se hiciera dueño de la fortaleza. Las armas francesas estaban en pleno retroceso, y el rey José, acompañado de algunos generales, huía por La Mancha en dirección a Valencia. Aquellas noticias llegaban de vez en cuando y con jolgorio hasta las filas de nuestro heterogéneo ejército, replegado a cubierto de bosquecillos y elevaciones y ocupado tan sólo en contemplar la progresiva demolición de los muros.
Luego, unos días después, cuando ya se veía que la resistencia era inútil, nuestro general dio la orden de preparar la toma definitiva de la ciudad, hecho que debería llevar a cabo una columna arropada por innumerables maniobras de distracción, y en efecto, una mañana, tras el amanecer, cuando todos los cañones tronaban sin pausa y un diluvio de obuses caían sobre las murallas, precedidos de grupos de cazadores y un regimiento de caballería sobre el que se concentraron los disparos, a cubierto de las trincheras que días antes se habían cavado conseguimos llegar hasta la base de la muralla…, y lo cuento en primera persona porque yo estaba allí, en aquella fila, puesto que me pareció obligado presentarme como voluntario. De cuantos me acompañaban, seguramente ninguno era hijo de Ciudad Rodrigo, y no pude reprimir el romántico sentimiento que me indujo a añadirme a las vanguardias.
Escalamos el primer talud sin dificultades y casi sin oposición, y cuando tras la explosión de varias minas pudimos observar el pasillo que nos iba a permitir la entrada en la ciudad…, una inoportuna bala llegó zumbando desde la lejanía e impactó en algún lugar de mi cabeza. 

Durante muchísimo tiempo no supe quién era. Tampoco dónde estaba, aunque creía advertir que era trasladado por el aya, que me llevaba en brazos. ¿Es posible tal suceso? Sin duda, pensé, pues todo es posible en el reino de los sueños, no tan engañoso espejismo de la verdadera existencia.
Asimismo aparecía la niña de los ojos violetas en brazos de mi madre, las serpenteantes tomateras, los volcanes con nieve en sus cumbres y la negra Esmeralda, que lo hacía con los eunucos. La concurrida plaza mayor de aquella ciudad en la que por primera vez me sirvieron el negro brebaje que llamaban l’eau heroïque acudió impensadamente a mi cabeza, y para rematar la función, el macho cabrío que disfrazado de demonio se me apareció en la ermita cercana a Úbeda tras recibir la descarga eléctrica de un monumental cúmulo nimbo, comenzó a bailar ante mis ojos.
Todo ello se reflejó en mi retina durante lo que me pareció demasiado tiempo, y de un lugar me trasladaba sin esfuerzo a otro, unas veces acunado por el aya y otras a lomos de los novedosos y esféricos artefactos que, aunque en la lejanía, había podido contemplar desde mi posición en los parapetos que defendían la ciudad de Cádiz; es decir, los globos aerostáticos.
Lo que más me llamó la atención fue el inconfundible y acre aroma de aquella eau heroïque tan lejana en el tiempo, pero, como en seguida veremos, había motivos para que ello sucediera.
Cuando me desperté, era de noche. Entreabrí los ojos, y a la luz de unos candiles y entre los velos de niebla que advertía en el cerebro vi una chica que se inclinaba sobre mí y al pronto me recordó a Marifló.
–¿Marifló…? –dije aturdido e intentando incorporarme, pero en seguida volví a caer en el sopor.
La segunda vez que desperté era de día, pues por un ventanuco que se adivinaba en lo alto de la pared penetraban los fulgurantes rayos del sol. Yo estaba en una habitación de techo muy alto, y a mi derecha había una puerta. Desde la pared de enfrente me observaba un oscuro e inmóvil personaje, y su extraña mirada me hizo retroceder casi dos siglos.
–¿Familiar de la Inquisición? –le pregunté confuso, pero el grave dignatario no se dignó variar un ápice su semblante.
–Claro –me dije–, porque es una pintura antigua de alguien de cuyo nombre ya nadie se acuerda.
En aquella contemplación estuve embebido durante unos instantes, y luego se abrió la puerta y entró una chica rubia.
–Hola –dijo festivamente–. Ya te has despertado…
… y vino hasta mí y me colocó una gélida mano en la frente.
–¿Marifló…? –dije aún más aturdido, pero ella no contestó.
Se limitó a contemplarme con aguda mirada, y luego la vi desvanecerse entre las nieblas que mencioné. Muy a mi pesar, pues la chica era guapa, la cabeza se me torció sobre la almohada y me encontré al lado de una de las lagunas plagada de caimanes que tuvimos que bordear en el memorable viaje que conté que hicimos a través de las tierras del Darién. Yo, a mis sustantivos dieciséis o diecisiete años, iba disfrazado de dominico y procuraba ocultarme tras mis incipientes barbas de las plantas carnívoras, las sierpes enormes, los amenazantes volcanes y la mayor parte de mis compañeros, tan poca confianza me inspiraba aquella ruidosa gente. Entre la comitiva que afrontó el particular viaje se encontraba una princesa, al decir de las hablillas, y tal debía de ser porque viajaba en litera velada por cortinas. Una de sus servidoras, de las que llevaba un ejército, se acercó hasta el lugar que ocupaba, a la orilla de la laguna, y me dijo,
–De sobra se conoce, señor don Juan Everardo, que es Su Ilustrísima entendido en láudanos y aguas heroicas…
Yo la interrumpí.
–¿Otra vez? Hacía mucho tiempo que no oía citar tales preparaciones, y durante la última jornada ya me han hablado de ellas dos veces. El acre olor de la tintura de opio, sin embargo, no se me olvidará nunca.
Luego miré con furia a quien había interrumpido mis meditaciones y grité,
–¡No…! ¡No quiero escuchar de nuevo los cantos de las sirenas que Matatías me llevó a contemplar a la plaza mayor de aquella ruidosa y gran ciudad de cuyo nombre no puedo acordarme! –y allí moderé el tono–. Fue con ocasión de uno de los viajes de mi señora la marquesa, la marquesa de los ojos violetas, apréndaselo usted bien, y yo viajaba en calidad de paje, pero aquella tarde en que pude solazarme entreví el fantasma de la libertad. ¡Qué tiempos aquellos, tan lejanos…! Luego, por la noche, me crucé con Marifló en un pasillo estrecho y huelga decir lo que aconteció…, pero es que yo acababa de estrenar la adolescencia, y ya conoce usted los arrebatos a que en tal ocasión estamos expuestos los mortales…
La voz blanca simuló no hacerme caso y continuó con su letanía.
–Hace trescientos años, cuando los barcos portugueses iban a traficar a Oriente, como moneda de cambio no llevaban dineros de una u otra nación, no, que allí no les interesaba el metal acuñado en lugares tan lejanos, sino una mercancía infinitamente más preciosa, y esta mercancía, ¿sabe Su Ilustrísima cuál era? Pues yo se lo diré, que era opio castellano, la emanación de las majestuosas Papáver somniferum que en sus llanuras crecen, la mejor y más poderosa variedad del planeta.
–¡Opio castellano…! –dijo con admiración Mendoza, el maestro y constructor de vías de comunicación, que sin duda conocía aquel asunto.
–Sí, opio castellano –continuó la voz–, preciosa materia prima de mis experimentos. Yo vivo para rescatar a los soldados de su dolor, ya sean ingleses, españoles, franceses…
–¿Franceses? –dijo Juan Amadeo, el primero de mis hijos peruanos, que de alguna forma había conseguido colarse también en aquella habitación–. La canalla no merece estos cuidados, y son sus ínfulas imperiales quienes les han colocado en tales circunstancias.
–¿Sus ínfulas imperiales? –terció la criada de la princesa, que aún seguía allí–. De ninguna manera se puede hablar de un pueblo que elige su Destino, sino de las decisiones de quien les gobierna. ¡Nadie, excepto los muy locos, van a la guerra con entusiasmo, sino que son arrastrados a ella por los poderosos y la amenaza de sus represalias!
Hubo un hondo silencio, y cuando creí que se había disuelto aquella tertulia que tan inopinadamente se había formado alrededor de mi cama, la voz, la voz cristalina que yo no sabía de quién era, dijo,
–Sí, así es, y aún añadiremos otras cosas, porque parece que Su Señoría cree que la Revolución Francesa fue la más importante de las revoluciones, pero en ello se equivoca, pues, ¿no es preferible para el pueblo, que todo lo paga con sudor y sangre, la Revolución comercial que al compás de los tiempos y merced a sus barcos han puesto a punto los atrasados e incultos ingleses? Piénselo. Esa revolución hará crecer la riqueza de las naciones, no solamente la de las clases privilegiadas, como siempre sucedió hasta ahora, y todos participaremos de ella. Uno de sus frutos es este reciente producto, esta decantación milagrosa de los principios activos de la planta que nos ocupa y que desde los laboratorios de Inglaterra han hecho llegar a mis manos, la panacea con la que siempre hemos soñado quienes batallamos para que decaiga el dolor que asola el Universo…, y a ti te aliviará mejor que los remedios antiguos, la endemoniada Datura stramonium o los inanes cocimientos de cresta de gallo.
Una mano muy fría pasó de nuevo por mi frente.
–Tu cabeza, por otra parte, ni siquiera se rompió del todo; la tienes muy dura.
Hubo una pausa durante la que ella, como buena mujer, fuera la que fuera, arregló los embozos de mis sábanas, y al fin, contemplando su obra, dijo,
–Yo no soy esa Marifló por la que suspiras, sino miss Gold, ayudante de farmacia del ejército inglés, que me admitió por mis méritos…, aunque tú puedes llamarme Alessandra.

 

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