Lamentación como del miserere

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¿Qué podría contar de Juan Evangelista, personaje que nació en 1680 y vivió tres siglos, que no haya dicho en estos blogs? Porque semejante fenómeno tiene dedicados a su persona dos de estos engendros informáticos que nadie lee, y si lo hace es por ver si sale algo pornográfico…

(Este es otro de esos blogs: Blog de Juan Evangelista en Ohlog.com)

La verdad es que resulta harto ingrato observar el estado actual de la humanidad, ayuna de estímulos y propósitos y sólo dedicada a desentrañar los secretos del poder, el sexo, el dinero (y el golf)… Codicia, lujuria, soberbia…, pecados capitales todos ellos y que únicamente conducen a la imbecilidad.

Comprar objetos que no necesitamos con dinero que no tenemos para agradar a gentes que nos disgustan… Tal es el entretenimiento de la mayor parte de las personas que conforman la sociedad de consumo, eso que los cursis conocen como estado del bienestar

Sí, nuestra sociedad es una de las más estúpidas que ha engendrado el planeta Tierra, lo digo sin el menor recato, y cosas peores hubiera dicho nuestro protagonista, que vivió a sus anchas durante los siglos XVIII, XIX y XX y de todo supo sacar partido. Por eso, lo dejo aquí. A lo mejor el mes que viene, o el trimestre que viene, vayan ustedes a saber, se me pasa el malhumor y sigo contando las aventuras que me llevaron a abrir estos blogs, aventuras de alguien muy especial pero que en nada interesan a quienes tienen como único guía el don dinero que todo lo puede. ¡Bueno, no!, que mejor voy a añadir un párrafo del “Siglo de las luces“, segundo libro de las memorias de quien se hace mención, y que, en boca de uno de sus amigos ingleses -quien lee de un libro de la época en una discusión sobre constituciones (no se olvide que esto sucede hacia 1770 y en las costas del Perú español de entonces)- dice lo siguiente:

«Hablando de esa confusa ciencia que es la política, hay que decir que las idílicas ideas que el pueblo llano posee sobre las virtudes que se atribuyen a los poderosos, todo cuanto atañe a la justicia, la igualdad, la continencia, la confianza mutua y demás zarandajas con que intentan enredarnos, son falsas. Todo, absolutamente todo, se reduce a la fuerza».

Los impetuosos vientos del otoño, que a tantos desagradan, contribuyen a arrancar de los árboles las hojas secas, y de esta forma consiguen que las plantas (las que sobreviven a la tempestad) se fortalezcan con vistas al próximo ejercicio. ¿Será esto lo que tiene que suceder con las personas? Quizá sea un otoño lo que necesitamos, pero la naturaleza es sabia, y si nos tiene en esta intermedia etapa entre dos revoluciones, por algo será.

(Nota final: en la imagen que antecede al texto, don Juan Evangelista cuando tenía alrededor de sesenta años y vivía en los mares del sur, andanzas que se relatan en el tercer libro, o sea, la “Era de las máquinas”).

Published in: on Sábado, noviembre 7, 2009 at 4:05 pm  Dejar un comentario  
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Ataque a la caravana

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En la “Era de las máquinas”, tercer libro de las memorias de Juan Evangelista –personaje que, como ustedes recordarán, vivió más de trescientos años–, no podía faltar el tránsito por el «lejano oeste», el legendario Far West del más prolífico género del Séptimo Arte y que a todos nos resulta tan familiar.

Sí, Juan Evangelista estuvo allí durante la Primera Guerra India, la guerra de Nube Roja (que tuvo lugar alrededor de 1850), pues como adelantado ingeniero de aquellos tiempos se encontraba contribuyendo a la construcción del Union Pacific, el primer ferrocarril que atravesó el continente norteamericano de costa a costa, y en tales pagos, amén de otras muchas aventuras que en el libro se detallan, le sucedió lo que se dice a continuación.

 

 

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ataque a la caravana

 

En uno de aquellos viajes me fue dado presenciar ese episodio que después tantas veces se ha relatado en las películas, ¡y qué digo presenciar!, sino vivir en mi propia persona el asalto a la larga caravana de carros de transporte que, vigilada de forma permanente por exploradores del país, serpenteaba por la herbosa y amarillenta llanura infinita. Aquellas agrupaciones de carros remolcados por bueyes y en ocasiones por mulas, que me recordaban las antiguas galeras de mi país, se desplazaban lentamente por la llanura en busca del siguiente puesto del ejército, fortificaciones de madera dispersas aquí y allá y que en ocasiones eran asoladas por ejércitos de indígenas. Durante su tránsito por las tierras deshabitadas pasaban por uno y mil peligros, enfermedades como el cólera, frecuentes y terribles tormentas y la constante presencia de indios, pues bandas de salvajes se presentaban continuamente ante los ojos de sus ocupantes y los hostigaban en busca de botín, por lo general, caballos. Las escaramuzas solían saldarse con unos cuantos disparos, pero en ocasiones aparecían desde detrás de cualquier colina grupos muy numerosos, y después de seguir a los carros durante horas desencadenaban uno de sus ataques, que consistían en una carga al galope. Para repelerlos se agrupaban los vehículos formando un círculo en lugares elevados que estuvieran defendidos por árboles y peñas, si se podía llegar hasta ellos, y en uno de aquellos círculos viví yo mi bautismo de fuego en la llanura americana.

Ellos eran trescientos o cuatrocientos, un verdadero ejército, y nosotros sólo cuarenta, y si se lo hubieran propuesto podrían haber pasado con facilidad por encima del lugar que ocupábamos, pero los grupos de jinetes indios se limitaban a dar vueltas alrededor de los carros disparando flechas y viejos fusiles desde sus caballos, y a retirarse tras las descargas. Una oleada seguía a la anterior, y acertarles desde nuestro resguardo era cosa fácil. Aquello era como tirar al blanco sobre seres desarrapados y poco menos que indefensos, y no me gustó hacerlo, pero habida cuenta de las historias que había oído contar, cuando muchedumbres de salvajes pintarrajeados atacaban a sangre y fuego a grupos reducidos –grupos que, por supuesto, eran aniquilados en su totalidad, no importando si entre ellos había mujeres o niños–, olvidaba mis escrúpulos y procuraba disparar con acierto.

Con la caída de la tarde, cuando ya había una cincuentena de cuerpos sobre la pradera, hubimos de enfrentar el ataque de un grupo más numeroso, algunos de cuyos miembros consiguieron introducirse entre los carros. Ante los gritos miré a mi espalda y observé que uno de aquellos atléticos salvajes pintarrajeados, un individuo joven, y no mentiré si digo que bien parecido, con un cuchillo entre los dientes, un hacha en la mano y expresión feroz, venía a la carrera hacia el lugar que ocupaba. Yo tenía en la mano la pistola, el revólver, y cuando el indio, enarbolando el hacha, se abalanzaba congestionado sobre mi persona, pensé, o tú o yo, y levanté el arma y apreté el gatillo. El indio se detuvo en los gritos y la desenfrenada acometida, se llevó las manos al cuello y se desplomó fulminado. Yo me levanté y, lo más rápido que pude, me arrojé bajo las ruedas del carro al tiempo de ver pasar a mi lado los caballos de varios de aquellos energúmenos que vaciaban sus armas sin el menor tino. Luego, tras un último y cerrado intercambio de disparos, no pocos gritos y el acuchillarse de algunos, los indios se retiraron llevándose a sus muertos y algunos caballos y se perdieron lenta y perezosamente en la distancia, y nosotros reanudamos el camino todo lo deprisa que pudimos, pues los indios no atacaban por la noche.

Aquel lance me dio en qué pensar, pues, ¿no era la vez que digo la primera en que mataba a un hombre cara a cara…? Muy distinta había sido mi presencia en anteriores combates, entre los que destacaban los que tuvieron lugar en Ciudad Rodrigo, pero aquella fue una guerra a distancia en la que nunca veías la cara al enemigo y te limitabas a disparar sobre bultos y sombras que no tenían entidad: eran, simplemente, el infiel. Sin embargo, en la ocasión que narro, antes de abandonar precipitadamente el escenario de la batalla me afané en buscar el cadáver de quien había matado, hombre joven que disponía de una larga vida por delante, alguien que sin duda tendría mujer e hijos esperándole…, para encontrarme con un cuerpo desfigurado al que uno de los sargentos que nos acompañaban había arrancado la cabellera, y con ella, la piel de media cara.

–Así no podrá entrar en su Paraíso. ¿No le parece a usted bien? Ellos harían lo mismo con usted. ¿Quiere que le cuente una historia…? –y ante mi indecisión, añadió–. ¿Sabe usted lo que sucedió la pasada primavera en el fuerte Kearney? Pues yo se lo diré: el comandante había llegado con cuatrocientos soldados, pero al cabo de unas semanas sólo le quedaban trescientos… ¿Tampoco oyó hablar de Fetterman? Era un capitán peligroso, uno de esos tipos que creen que lo saben todo. Salió con su compañía a perseguir a un grupo de indios que se pavoneaba en los alrededores del fuerte, y se encontró con una fuerza escondida de varios miles de pieles rojas… La acometida duró escasos minutos y todos fueron masacrados. Luego, durante meses en los que no se les enviaron refuerzos, los que quedaban en el fuerte resistieron como pudieron, faltos de toda comida y la imprescindible agua. Con la llegada de la primavera y la amenaza del ejército de Nube Roja, el comandante, en previsión de un inminente asalto, dio orden de encerrar a las mujeres y los niños en uno de los polvorines, y a un soldado negro el encargo de volar el reducto si los indios se adueñaban del fuerte. Al fin, debido a que los indios se retiraron, no se llevó a cabo semejante estrago, pero todas aquellas personas estuvieron a un paso de la muerte. Otros, sin embargo, no han tenido tanta suerte, y nosotros tampoco la tendremos si no nos vamos pronto de aquí. Apresúrese.

 

 

 

Aventura en la República española

 

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Traigo hoy a colación un fragmento de “Perpétuum móbile“, el cuarto y último de los libros de memorias de Juan Evangelista, que se desarrolla durante el siglo XX. El texto que va más abajo cuenta una de las muchas aventuras que sucedieron al protagonista en el transcurso de la alborotada Segunda República Española, que él vivió en Madrid como delegado de la Cruz Roja. Por aquellos entonces debía de tener el aspecto de una persona de sesenta años, sobre poco más o menos.

 

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Como dije, yo tenía amigos en todas partes (en la Cruz Roja, en los sindicatos, en los bancos ingleses…), y durante aquellos años tuve ocasión de conocer y tratar a personajes variopintos. Por ejemplo, el negro Chevique. El negro Chevique, al que luego ahorcaron en un calabozo de la Modelo (quién, no se supo), era el que con suma añoranza decía, aquí los que tendrían que venir son Satalín y Molotouve, porque él, como sólo leía las revistas de los sindicatos, era un admirador de determinados personajes. El negro Chevique quería hacer las cosas bien, mil veces se lo oí decir acodado en la barra de un bar de la calle del Bronce, pero cómo se van a hacer las cosas bien cuando los que nos rodean tienen aficiones de salvajes y se dedican a voltear sillas por encima de su cabeza cogiéndolas con los dientes por la barra superior del respaldo…, porque aquello era lo que hacía el Matamares, que había venido de un pueblo costero de la Andalucía oriental. El matamares era el que decía,

–Dura e incierta es la vida del marinero…

… para concluir con hondo pesar,

–No hay suerte pa’l hombre honrao.

… y sus amigos sindicalistas atracaban bancos y, en los ratos libres, visitaban domicilios de personas pudientes. No pidas; tómalo, era su consigna.

–Vosotros sois muy valientes con quienes están en casa indefensos, porque la burguesía nunca se atrevió a empuñar las armas, pero ya veremos lo que ocurre el día que os saquen a tiros de algún lado, o cuando nos alcance esa batalla que está a punto de alcanzarnos a todos. No sé cómo no os da vergüenza andar de un lado a otro requisando joyas que luego os metéis en el bolsillo.

El que parecía jefe de aquellos muchachos, pues ninguno llegaba a los treinta, lucía en la gorra un emblema rojo y negro a guisa de galón.

–En realidad no lo hemos requisado, don Juan, no piense usted mal de estos pobres proletarios, que estaba abandonado delante de una casa y ya no era de nadie, ¡fíjese que automóvil tan magnífico! Su dueño ha huido al extranjero cuando se ha enterado de que íbamos a hacerle una visita. Alguien le habrá dado el soplo, porque esto está lleno de infiltrados, pero a nosotros nos ha servido para pasear como esos burgueses que usted dice. Ahora pensábamos ir a un establecimiento, y ya que le hemos encontrado…, ¿quiere acompañarnos?

El Río Club era un cabaret que estaba entre los dos Carabancheles, y aquella noche había actuación. Dejamos el coche en la puerta y ellos entraron en tromba, difícilmente refrenados por los porteros. La actuación había comenzado, y en seguida se alzaron voces reclamando silencio. Mis acompañantes, a los que salía el licor por las orejas, no sin gritos e insultos de muchos de los presentes consiguieron acercarse al escenario e instalarse en una de las primeras filas, detrás de lo que me parecieron unos matrimonios jóvenes, todos muy trajeados. 

Luego se hizo la calma y la actuación prosiguió. Una muchacha cantaba una canción de moda acompañada por una orquestina, y mis conocidos, quizás impacientes ante el aire angelical de la música, comenzaron a gritar y aplaudir junto a las orejas de quienes estaban delante. Luego, no contentos con ello, se levantaron todos a una y, de la forma más discordante y puño en alto, comenzaron a entonar la Internacional. ¡Nunca lo hicieran!

Al principio hubo voces de protesta, sí, mientras ellos contemplaban insolente y chulescamente al personal que les abucheaba –pues no en vano llevaban pistolas en el cinto–, pero luego, de repente, aquellos que me habían parecido unos matrimonios se levantaron como rayos de sus asientos, cogieron las sillas y se las estrellaron a mis amigos en la cabeza, y eso que sólo eran tres. ¡Allí fue Troya!, que se suele decir, y pocas veces he visto una cosa tan rápida. Un instante después yacían los sindicalistas en el suelo, debatiéndose desesperadamente y chorreando sangre por doquier…, que ni oportunidad tuvieron de sacar las pistolas, mucho menos de hacer uso de ellas, y si a mí no me tocaron ello se debió a que, siguiendo el ejemplo del numeroso público, me aparté apresuradamente hacia la puerta una vez comenzada la refriega. La batalla concluyó en brevísimo y se oyeron unas voces, ¡la policía, la policía…!, todo el mundo salió corriendo y entraron unos cuantos guardias de asalto que, mientras intentaban levantarles del suelo, les dijeron, camaradas, ¿qué habéis hecho…?, no sabéis con quién os habéis metido, ¡el clan de la Veci!, gitanos de Andalucía, suerte habéis tenido de quedar vivos, a veces trabajan para los fascistas, ¿qué van a decir en la Dirección…?, ¿cómo se os ha ocurrido hacer una cosa así?, a ver, ¿quién es el que manda aquí?, y uno de ellos, que parecía ser el que llevaba la voz cantante, señaló en mi dirección.

–Bueno, pues venga –dijo el guardia–, todos al cuartelillo que vamos a poner esto en claro –y allá fui con los damnificados, que a duras penas podían caminar.

Llegamos y nos encerraron en un calabozo, y al cabo aparecieron unos guardias que dijeron,

–Desnudaros todos, que vienen los fumigadores… La ropa ahí, en un montón.

… y aunque la medida no me pareció inadecuada, porque aquellos mozos no probaban el agua ni en las comidas, dábase la circunstancia de que yo portaba entre las ropas un diamante enorme –una de las joyas de la marquesa–, que desde antiguo y en ocasiones solía llevar encima convenientemente escondido por si se presentara alguna contingencia inesperada.

–¿Qué hacer? –me dije, pero al instante lo supe.

Con el mayor de los disimulos la extraje de su escondite… y me la tragué. Luego pensé, aquí me las den todas, y observé que en el montón que se iba formando habían caído varias pistolas, que fueron de inmediato requisadas por los guardias.

–¡Todos contra la pared! –se oyó, y al instante fuimos rociados abudantemente con alguno de aquellos elixires que se utilizaban para matar los ácaros…

De aquel lance salimos bien –yo con el diamante dentro– porque al fin, tras muchas firmas, papeleos y gritos con el puño en alto, nos echaron de la comisaría. Sólo éramos una pandilla de borrachos que habían cogido por la noche, y eso, ¿a quién podía interesarle, dado lo que estaba sucediendo en las calles…?, y mientras montábamos de nuevo en el coche que nos había traído, lo pensé.

–¡La única vez que me han obligado a desnudarme, y ha tenido que suceder en la afamada Segunda República Española…!

… aunque el diamante lo recuperé durante el transcurso de la mañana, claro es.

Al día siguiente, en un periódico, con gruesos caracteres decía, ¡Carnaval en Río!, y continuaba, unos matrimonios han puesto fuera de combate a varios miembros de un sindicato; una de las señoras estaba embarazada, pero parece que no hay riesgo de aborto; los heridos fueron conducidos al hospital, en donde se les practicó una cura de urgencia… (etc.).

 

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A este respecto, y en lo que se refiere a estos libros, pueden verse los siguientes enlaces:

 

Edad de las tinieblas

Siglo de las luces

Tetralogía de Juan Evangelista

Aquí comienza el 2009

 

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Camargo Rain, fotógrafo, autor de numerosos cuentos chinos y otras narraciones, ala-pívot en los ratos libres, correcaminos, cocinero por obligación y músico por afición, aficionado a la cerveza y otras hierbas, defensor de la gramática y observador de los cielos estrellados… –amén de otros títulos que me callo–, aprovecha la ocasión para desear a todo el personal que lo pase lo mejor posible en este 2009 que nos ha llegado de manera tan discreta, y ya que estamos de recomendaciones, para enviaros estos enlaces (son los de mis blogs) que a lo mejor os divierten.

 

Blog sobre fotos

Fotos pintadas

Música para viajar

Blog en Google

Blog en Blogia

Trozos de mis novelas, para que quien quiera, lea.

Sobre cómo se escriben diez novelas en diez años

La verdadera historia de Juan Evangelista, novela

Otras consideraciones sobre la extensa vida de Juan Evangelista

Desde la terraza de mi transatlántico

Escaparate 1 en LULU.COM

Escaparate 2 en LULU.COM

 

Published in: on Viernes, enero 2, 2009 at 7:01 pm  Dejar un comentario  
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Libro tercero, página aleatoria

“La verdadera historia de Juan Evangelista” es una larga narración que se compone, por el momento, de tres libros. Traigo hoy a este escaparate (para variar) un trozo del tercero que bien podría llamarse, “En los mares y costas de Insulindia”.

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… entre los soldados y lejos de sus captores, y gracias a ello y a la intervención del capitán, que ordenó enviarlos al barco, no fueron rematados allí mismo, pero otros, aún vivos aunque agonizantes, sufrieron peor suerte.
El capitán y el médico de nuestro barco mantuvieron una breve conversación, y tras ella observé que a los moribundos se les administraba una pócima que les provocaba no pocas convulsiones; luego, escasos segundos después, expiraban.
Yo me adelanté hacia quien se decía doctor, e indignado le tomé por el brazo.
–¿Qué están haciendo ustedes…? ¿Qué es esto? –y el médico, que era un hombretón irlandés, me miró con evidentes malas pulgas y cara de pocos amigos.
–Esto es cianuro potásico –repuso sosegadamente, y añadió–. Ahora, apártese, si no quiere probarlo… –y ante la amenaza y las hoscas miradas de los soldados desistí de mi intento y, con verdadera rabia, ayudé a abrir la fosa en la que fueron arrojados algunos de aquellos cuerpos, que encontraron revuelta sepultura debajo de los árboles.
Algunos de aquellos cuerpos, sí, porque otros fueron llevados hasta el extremo de la playa y quemados entre gran estrépito y aclamaciones, y aun otros amarrados en las más estrambóticas posturas pendientes de los árboles…, y cuando algunos malayos se aprestaban a colgar de los cocoteros los últimos caídos en la batalla, con la ayuda de los soldados que estaban con nosotros quise impedirlo, pero el capitán, que lucía las ropas destrozadas por efecto de la contienda, me impidió de nuevo intervenir. Ante mi más que justificada indignación, dijo,
–Por supuesto que voy a permitir que cuelguen esos cuerpos. Es su costumbre y no hacen mal a nadie…, puesto que están muertos. Hoy ha sido un día muy agitado y no quiero más problemas, y menos con gentes de nuestro propio bando. Al contrario, debería dar usted gracias a Dios por estar vivo, pues sepa que yo he estado en refriegas de las que libramos con bien por pura casualidad.
Luego me contempló con cachaza y añadió,
–¡Vaya, vaya allí y diviértase…!, que correrá el alcohol en abundancia. ¡Una victoria es siempre una victoria!, y todos hemos contribuido a ella.
… y a pesar de mi repugnancia, en compañía de algunos de nuestros hombres, que no mostraban tantos escrúpulos como quien les habla, me acerqué hasta las grandes hogueras que en el otro extremo de la playa habían encendido los naturales del lugar y nos unimos a su desbordada alegría, que fue subrayada por ininteligibles y guturales gritos y sones de tambor malayo.
Cada pueblo tiene sus músicas, y la música de los mercenarios malayos, ¿saben ustedes cuál es? Pues yo se lo diré: es la de las esquilas que colocan en el cuello de los ahorcados en los cocoteros de sus playas. Cuando los ahorcados son cuarenta o más, el concierto es polifónico, y en ocasiones, tocadas por el viento, he creído oír melodías que me resultaban familiares…
Los aborígenes malayos de taparrabos y mirada oscura colocaban esquilas y cencerros y cascabeles en el cuello a los que iban a ahorcar, y a veces también en los pies, y cuando el cocotero, tras ser cortada de un hachazo la cuerda que lo sujetaba, recuperaba su forma, merced al viento el cuerpo se balanceaba sin fin produciendo la consiguiente sinfonía…

Sin embargo, lo que digo resulta excesivamente prolijo y confuso, en ocasiones espeluznante, y ustedes me agradecerán sin duda que se lo ahorre, lo que haré con gusto.
Tan sólo, como final de esta historia de matuteros sucedida en aguas del océano Índico cercanas al estrecho de la Sonda, contaré que, algún tiempo después, quizá un año …

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