Encuentro con un lince

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En la “Edad de las tinieblas” está esta historia, que sucede cuando Juan Evangelista vivía con sus padres en la cueva de Portugal, rodeado de los bosques y de la naturaleza propia de los comienzos del siglo XVIII.

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 Yo había vivido siempre al aire libre, incluso en la gran casa de mis padres de la antigua Miróbriga, y creía conocer la mayor parte de los resortes de la naturaleza, las blancas nubes que tan escasamente nos enviaban el agua vivificadora, las madrigueras de los topos, el girar de la noria del pozo, los gritos de las rapaces…, pero cuando ante mis ojos de aprendiz transcurrieron varias de aquellas estaciones de apacible, continuada y completa vida silvestre, me di cuenta de que todo lo anterior no había sido sino una ilusión. ¿Qué sabía yo de la diversidad de los vientos de la montaña, de los extremados ciclos de calor y frío –que entonces se manifestaban rudamente–, de los modernos métodos de explotación agrícola que cité o de las huellas de los diferentes animales salvajes? Porque allí aprendí a distinguir las del lobo de las del zorro, las del corzo de las del ciervo y hasta las del tejón de las de la nutria, y trabé consecuente conocimiento con la multitud de animales que poblaban los bosques de mi país, animales tan diversos como las cigüeñas negras que anidaban en los árboles más altos, los alimoches que se cernían en las corrientes ascendentes y los que con total impunidad se paseaban por nuestras posesiones y comían cuanto podían de ellas, cuales eran ardillas y zorros, lirones y jabalíes, tejones y liebres y conejos, ciervos, corzos y gamos, nutrias y tritones, estos últimos instalados a sus anchas en el gran estanque que, aguas arriba, delimitaba el dique del que nos surtíamos. También, como resulta de rigor en las granjas, vivieron en nuestra compañía varios perros y gatos, celosos guardianes de las puertas y despositarios de nuestra confianza, y con uno de aquellos animales, que era una perra y atendía por su raza, me sucedió una notable aventura que por su interés consignaré.

–Galga, vámonos al bosque.

La galga, que disfrutaba como nadie persiguiendo a todo bicho viviente, aunque aquel no fuera su terreno natural, salió corriendo y me esperó anhelante en el linde. Nos internamos en el laberinto vegetal dirigiéndonos a mi lugar preferido, unos peñascos que a cosa de media legua afloraban entre la espesura y desde los que con nítida perfección se divisaba el desvanecimiento del sol sobre la arboleda infinita y las montañas lejanas. Aquella tarde, además, correspondía a fase de luna llena, y yo había observado que su rojiza y fantasmal aparición por el este coincidía en los plenilunios con la puesta del sol por el oeste, estupenda y doble función que no quería perder.

Llegamos a ellos tras muchas carreras y ladridos y escalé su cumbre, en donde permanecí largo rato contemplando el espectáculo mientras la perra corría sin cesar por los alrededores y ladraba con alborozo cada vez que percibía algún incitante rastro de los muchos que en tan salvaje lugar encontraba.

Luego el sol se ocultó, y tras dar media vuelta y contemplar el orto lunar, deslumbrante espectáculo que sucedió sobre los celajes de oriente, decidí volver, puesto que mi padre estaba de viaje y mi madre en la cueva, y aunque tenía otros perros y armas, y sabía usarlas, yo no quería dejarla sola por mucho tiempo, de forma que comencé a descender por las abruptas e inclinadas rocas, fácil tarea que había llevado a cabo en multitud de ocasiones, pero sucedió que aquella vez… Di un resbalón, me doblé un tobillo, rodé por una durísima losa y caí aparatosamente y de espaldas en el fondo de un agujero que, parecido a un ancho pozo lleno de zarzas, formaba la disposición de las piedras. Las punzantes espinas se me clavaron en todas partes, y aunque me sirvieron de colchón e impidieron que me estrellara contra el suelo, sentí cómo mil agujas me taladraban la piel. De un brinco intenté levantarme, pero las fuerzas no me respondieron y las espinas redoblaron sus aguijonazos. Entre mis gritos oí cómo la perra prorrumpía en sollozos desgarrados y carreras sin ton ni son alrededor del lugar en que me encontraba, para ella impenetrable…

Nos separaban aquellas altísismas piedras, sí, pero ella se las ingenió, tras mucho olisquear y escarbar, febril actividad que deduje de los ruidos, para conseguir acceder hasta el lugar que ocupaba por un delgado resquicio que encontró, aunque como aquella hendidura estaba obstruida por las zarzas, el aspecto que presentaba era lastimoso. ¡Pobre Galga, que llena de tierra y sangrando por todas partes llegó a mi lado y me llenó de lametones!

–Galga, no, estáte quieta… –susurré, y ella aulló lastimeramente.

–Sí, tienes razón, me he hecho daño… ¡Espera…!

Intenté enderezarme y descubrí que no podía hacerlo, pues uno de mis pies aparecía doblado en un ángulo inverosímil.

–¡Ayyy…! ¡Galga…!, no me puedo mover…

La perra me miró con alarma y volvió a lamerme con ansiedad. Luego me cogió con los dientes por la ropa, y pensando quizá que yo cabía por donde ella había entrado, intentó tirar de mí hacia la abertura, pero como al moverme me clavaba aún más aquellas lacerantes espinas, volví a gritar.

–¡Galga, no, quieta, quieta!

La oscuridad se cernía sobre mi fosa, y mi estado, tras la caída, tampoco me permitía pensar con rectitud. El tobillo empezaba a dar dolorosas muestras de su extraño estado y torcedura, y las espinas se me clavaban más a cada momento. A mi alrededor sentía las desordenadas carreras de la perra, tan descompuesta como yo, y en el cenit el cambiante tono del crepúsculo. Luego, con el pausado discurrir de los minutos, fue tal el tormento que me llegó que acabé desvanecido. Los objetos comenzaron a girar, todo se borró con mansedumbre, y al final sólo oía los desesperados ladridos de la galga que se iban alejando lentamente…

Cuando me desperté en aquel pozo, iluminado por la luna llena, la noche había caído por completo y el silencio era total. ¡Un pájaro nocturno ululó por las cercanías y un batir de alas se alejó…! ¿Dónde estoy…?, me pregunté, pero las mil y una espinas sobre las que yacía, amén del descoyuntado tobillo, me lo indicaron de inmediato.

–¡Ayyy…! –gemí, y de nuevo me lamenté sin acertar a moverme–. ¡Horrible suerte la tuya, Juan Evangelista, que sólo querías observar las maravillas de la naturaleza y te ves reducido a la parálisis en este lugar inaccesible…!

A punto estuve de echarme a llorar, tal era mi angustia y desolación, pero recordando las enseñanzas de mi padre luché por encauzar los pensamientos.

–Juan Evangelista, no es el momento de huecas palabras, sino el de averiguar lo que se puede hacer en situación semejante…

Escuché con atención, pero ni de la galga, mi única compañía y en quien cifraba las escasas esperanzas que tenía de escapar de aquel agujero, se percibía el menor rumor. Por un momento temí que me hubiera abandonado, aunque de inmediato rechacé tal idea, pues, ¿cómo me iba a dejar allí a mi suerte? Ella era incapaz de tal acto de ingratitud, y lo más probable es que anduviera por los alrededores o hubiese ido a buscar auxilio, aunque, de ser así, ¿conseguiría volver…?, porque la cueva estaba lejos… Pero sí, me dije al instante, porque los perros son listos, como de sobra sabía, además de fieles y abnegados.

Aquel pensamiento me tranquilizó, y disponiéndome a esperar me pregunté, ¿qué hacer en el entretanto? La pierna entera me ardía, y la multitud de espinas, que casi no sentía, me impedían moverme.

–No, Juan Evangelista, permanece quieto y veremos qué sucede –y con fugaces e imperceptibles movimientos que me hacían ver las estrellas intenté colocarme de una forma algo más cómoda, cosa que, aunque pueda sonar raro, al final conseguí.

La luna, allá arriba, me miraba burlona, y el sepulcral silencio del bosque pesaba sobre mi ánimo como una losa. Las escasas estrellas que no eran eclipsadas por la luz lunar me guiñaban sus ojos, y con su única compañía poco a poco fui quedándome de nuevo adormecido, aunque despertado bruscamente a intervalos por los ruidos de la selva…

Más tarde, cuando en sueños me preguntaba dónde estaban mis semejantes, ¿dónde estás, galga, y por qué tardas tanto?, fui de manera imprevista despabilado por un lejano y familiar sonido. ¿No eran aquellos los ladridos de la perra, que seguramente volvía con el anhelado auxilio? Repentinamente excitado y despierto presté oído atento y los ladridos fueron haciéndose más claros y cercanos, e instantes después, antes de que pudiera pensarlo, la galga, como un meteoro y a través del resquicio por el que consiguió entrar la vez anterior, llegaba a mi lado ladrando estrepitosamente de alegría y llenándome de saliva, y entre el coro de ladridos oí una voz conocida.

–¡Juan Evangelista!, ¡Juan Evangelista…! –y mi madre, que se había encaramado a las peñas, asomó la cabeza allá arriba.

–¡Hijo mío…! –exclamó estupefacta, pues aunque era de noche, la luna derramaba su claridad iluminándolo todo.

–¡Madre…! –grité, y el solo movimiento de la boca llegó hasta el tobillo y me hizo soltar un aullido.

–¡No te muevas! –gritó ella–. ¡Ahora bajo yo! –y, en efecto, agarrándose a las piedras de precaria manera comenzó a descender hacia mí, y cuando estaba a punto de conseguirlo, resbaló, tal y como me había sucedido a mí, y con gran estrépito se vino abajo y cayó a mi lado, también sobre la zarza.

–¡Ayyyyy…! –gimió, pero al instante y sin reparar en las espinas, se dio media vuelta y me abrazó.

–¡Juan Evangelista…!, ¿estás bien?

El aspecto de mi cara debía de ser aterrador, porque me contempló con espanto.

–¡Mi pie…!

Mi madre, haciendo caso omiso de los pinchazos que sin duda debía de sentir, se inclinó a mirarlo, y acto seguido entró en frenética actividad. Se quitó el jubón que sobre todos los vestidos llevaba, que era de fuerte tela, y extendiéndolo sobre el mar de zarzas y haciendo un soberano esfuerzo trasladó mi cuerpo a su superficie. Al instante…, ¡qué alivio! Los mil pinchazos cesaron en su totalidad y pude por fin desentumecerme…

Ella, que de rodillas sobre el espinoso arbusto a duras penas podía moverse, se inclinó de nuevo sobre mi pie, me miró con muchísima preocupación y musitó dos palabras.

–¡Dios mío!

¡Henos aquí a mi madre y a mí sobre la superficie de un zarzal que ocupaba el fondo de un empinado embudo, ella con el vestido hecho jirones y yo con un tobillo roto! ¡Envidiable situación…!, pero mi madre, con inconfundibles ademanes, aleccionó de inmediato a la perra para que fuera a buscar ayuda al pueblo, difícil encargo, puesto que estaba lejos y en él pocos la conocían.

–¡Galga, corre al pueblo, corre y trae a alguien, venga, ve, ve…! –y la galga, mirándonos descompuesta y gimoteando como sólo saben hacer los perros, dio media vuelta, se introdujo por la estrechísima ranura por la que entraba y salía, reptó por ella y desapareció.

Nosotros nos quedamos allí, en aquella escondida sima, tristísimos y desamparados y componiendo una especie de descendimiento, pues yo estaba acostado sobre las zarzas y entre sus brazos, y mi madre arrodillada y procurando sostenerme…, y ella, que tras aquel ¡Dios mío! no quería alarmarme más de lo que estaba, se dio en distraerme y comenzó a hablar de lo único que nos era posible observar, el cielo estrellado.

–Juan Evangelista, ¿ves esas tres estrellas que nos miran desde lo alto?

Yo, entre brumas y dolores, procuré verlas.

–¿Cuáles? ¿Las que brillan más…?

–Sí, son las estrellas del verano. El triángulo del verano, como se las conoce desde antiguo. ¡Vega, Deneb y Altair…, pregoneras del buen tiempo! Ahora llegarán los largos días del verano y podremos ir a bañarnos a nuestra poza, aguas arriba de casa. Cuando regrese tu padre tenemos que decirle que repare el dique, que en tan mal estado se encuentra…

La conversación continuó de este tenor, y luego, tras un rato en que contemplamos el cielo en silencio, un gran búho comenzó a chuchear escandalosamente y rompió a volar, aleteando furioso desde los árboles cercanos, tras lo que le oímos alejarse…

La quietud volvió en seguida a hacerse dueña del lugar, callada calma que persistió durante un cierto tiempo…, y cuando no esperábamos oír nada más y yo comenzaba a entrar en un dulce sopor, se percibieron unos imperceptibles y cautelosos pasos y rasquidos…

Nos miramos sorprendidos, y luego mi madre, a media voz, dijo,

–¿Galga…?

… y un instante después un fragor infernal, como el que originarían mil demonios enfurecidos, llenó el aire circundante. Pareció que fueran a desplomarse las rocas, pero al fin, en medio del más indescriptible estrépito de rugidos y arañazos, un extraño animal penetró en el pozo por el mismo lugar que lo había hecho la perra y se mostró ante nosotros iluminado por la luna.

–¿Qué es eso…?

Lo que veíamos era un enorme gato ronroneante, del tamaño de un perro grande y que lucía una ridícula barbita blanca, que con la dificultad que le procuraba el cúmulo de zarzas comenzó a caminar apuradamente alrededor de nosotros como si flotara y no tocara el suelo, y cuyos ojos nos contemplaban asombrados y centelleaban con luz propia…

–¡Un tigre..! –balbuceé con espanto, pues yo conocía tan feroz animal de los libros de zoología de mi padre, aunque nunca hubiera podido imaginar que existieran en nuestras latitudes.

–¡No, el lubicán…, calla! –susurró mi madre, y alzando lentamente una pistola que llevaba al cinto y yo aún no había visto, colocó al animal en su punto de mira.

El gigantesco gato se paseó durante un buen rato sin quitarnos ojo, bufando a intervalos y preguntándose seguramente si constituiríamos presas de agradable sabor, pero luego, quizá porque aquella noche ya había comido suficiente, porque las zarzas le molestaran en demasía o porque dos seres humanos le parecieran excesivo enemigo, tras contemplarnos inmóvil e inquisitivo, como si estuviera pensándolo, de un prodigioso salto dio media vuelta y se introdujo de nuevo, con mucho agitarse de ramas, por la abertura por la que había conseguido entrar, en donde desapareció.

Mi madre y yo, tras aquellos instantes de absoluta tensión, respiramos hondamente y con alivio y ella bajó la pistola.

–Seguramente no volverá… –dijo al fin–. Duerme, hijo, que en seguida será de día y regresará la galga con las gentes del pueblo.

Yo, entre sus brazos, me quedé al fin amodorrado, y no sé cuanto duró aquel estado, aunque debió de ser largo porque cuando desperté comenzaba a clarear. Mi madre estaba muy intranquila y pronto descubrí la razón.

–No te inquietes, hijo. Ahora que ha amanecido iré a buscar ayuda al pueblo y volveré en seguida. Quédate con la pistola. ¿Sabes usarla? –pero cuando, tras darme innumerables besos y hacerme muchísimas otras recomendaciones, se aprestaba a escalar la pared de piedra, que no parecía tarea pequeña, oímos bulliciosos ladridos lejanos.

–¡Espera…! ¿Oyes…?

Yo presté oído y, ¡sí!, sin duda era la galga la que ladraba desaforadamente, aunque aún lejos.

–¿Habrá encontrado a alguien? –se preguntó mi madre, mirando ansiosamente hacia lo alto de las piedras.

Un instante después, en medio de los innumerables aullidos que le hicieron dar las espinas, como un torbellino entró la perra en nuestro reducto, en donde nos colmó de caricias y lametones, y luego, desde lo alto de las piedras, a nuestras espaldas, una voz se oyó.

–¡Señora…! ¡Por todos los diablos…! –y allí terminaron nuestros infortunios.

Quienes nos rescataron eran dos hombres del pueblo, que molestos por los continuos ladridos de la perra y sorprendidos por su actitud, pues aullaba lastimera e intentaba arrastrarlos tirándoles de las ropas, decidieron investigar lo sucedido, y siguiéndola apresuradamente…

 

Publicado en  on Sábado, Agosto 15, 2009 at 5:47 pm Dejar un comentario
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