Arco iris primaveral

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Dicen que Castilla (la vieja) es una región plana, uniforme, austera…, pero en pocos sitios se pueden ver los cielos que se ven en esa comarca. Ello se debe a su altura, claro es, y a que hay pocas fábricas que oscurezcan el aire con sus vapores. Menos aún había durante el siglo XVIII, cuando Juan Evangelista transitaba a su libre albedrío por las mil y mil dehesas que en tal lugar existen, con ocasión de lo cual hizo esta foto…

Eres la primera confusa sensación de mi larga vida y nunca he de olvidarte, vaho de la jara de la sierra de la Peña de Francia, olor mágico y resinoso, olor de dehesa y de grisáceo granito marmolado, y qué digo olor sino sonido o reflejo cristalino, condensación o amalgama del agua de las montañas vecinas y del azul cenital del cielo crepuscular de un día purísimo, un día castellano, uno de esos días que sólo he podido ver en mi amada tierra, sierras de Gata y de Gredos, encaramado en una sólida peña, lejos del mundo y mis enemigos y contemplando, en la dulce compañía de mi madre, cómo el Sol se dirige hacia el lejano horizonte, sobre él se cierne durante unos instantes, cuando lo atraviesa, y luego se oculta dejando un rastro multicolor y dilatado en el tiempo del que nunca llegaré a comprender la verdadera esencia.


(Texto extraído de la “Edad de las tinieblas”, el primero de los libros que escribió nuestro personaje).

Pues como decía, hizo esta foto en el curso de una magnífica tormenta primaveral, y con la cabeza, por supuesto, que entonces no había Kodachromes ni Fujichromes que ayudaran a retener fielmente la imagen, pero es lo mismo, la hizo y aquí la pongo, que me parece que vale la pena.

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