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En la “Era de las máquinas”, tercer libro de las memorias de Juan Evangelista –personaje que, como ustedes recordarán, vivió más de trescientos años–, no podía faltar el tránsito por el «lejano oeste», el legendario Far West del más prolífico género del Séptimo Arte y que a todos nos resulta tan familiar.
Sí, Juan Evangelista estuvo allí durante la Primera Guerra India, la guerra de Nube Roja (que tuvo lugar alrededor de 1850), pues como adelantado ingeniero de aquellos tiempos se encontraba contribuyendo a la construcción del Union Pacific, el primer ferrocarril que atravesó el continente norteamericano de costa a costa, y en tales pagos, amén de otras muchas aventuras que en el libro se detallan, le sucedió lo que se dice a continuación.
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ataque a la caravana
En uno de aquellos viajes me fue dado presenciar ese episodio que después tantas veces se ha relatado en las películas, ¡y qué digo presenciar!, sino vivir en mi propia persona el asalto a la larga caravana de carros de transporte que, vigilada de forma permanente por exploradores del país, serpenteaba por la herbosa y amarillenta llanura infinita. Aquellas agrupaciones de carros remolcados por bueyes y en ocasiones por mulas, que me recordaban las antiguas galeras de mi país, se desplazaban lentamente por la llanura en busca del siguiente puesto del ejército, fortificaciones de madera dispersas aquí y allá y que en ocasiones eran asoladas por ejércitos de indígenas. Durante su tránsito por las tierras deshabitadas pasaban por uno y mil peligros, enfermedades como el cólera, frecuentes y terribles tormentas y la constante presencia de indios, pues bandas de salvajes se presentaban continuamente ante los ojos de sus ocupantes y los hostigaban en busca de botín, por lo general, caballos. Las escaramuzas solían saldarse con unos cuantos disparos, pero en ocasiones aparecían desde detrás de cualquier colina grupos muy numerosos, y después de seguir a los carros durante horas desencadenaban uno de sus ataques, que consistían en una carga al galope. Para repelerlos se agrupaban los vehículos formando un círculo en lugares elevados que estuvieran defendidos por árboles y peñas, si se podía llegar hasta ellos, y en uno de aquellos círculos viví yo mi bautismo de fuego en la llanura americana.
Ellos eran trescientos o cuatrocientos, un verdadero ejército, y nosotros sólo cuarenta, y si se lo hubieran propuesto podrían haber pasado con facilidad por encima del lugar que ocupábamos, pero los grupos de jinetes indios se limitaban a dar vueltas alrededor de los carros disparando flechas y viejos fusiles desde sus caballos, y a retirarse tras las descargas. Una oleada seguía a la anterior, y acertarles desde nuestro resguardo era cosa fácil. Aquello era como tirar al blanco sobre seres desarrapados y poco menos que indefensos, y no me gustó hacerlo, pero habida cuenta de las historias que había oído contar, cuando muchedumbres de salvajes pintarrajeados atacaban a sangre y fuego a grupos reducidos –grupos que, por supuesto, eran aniquilados en su totalidad, no importando si entre ellos había mujeres o niños–, olvidaba mis escrúpulos y procuraba disparar con acierto.
Con la caída de la tarde, cuando ya había una cincuentena de cuerpos sobre la pradera, hubimos de enfrentar el ataque de un grupo más numeroso, algunos de cuyos miembros consiguieron introducirse entre los carros. Ante los gritos miré a mi espalda y observé que uno de aquellos atléticos salvajes pintarrajeados, un individuo joven, y no mentiré si digo que bien parecido, con un cuchillo entre los dientes, un hacha en la mano y expresión feroz, venía a la carrera hacia el lugar que ocupaba. Yo tenía en la mano la pistola, el revólver, y cuando el indio, enarbolando el hacha, se abalanzaba congestionado sobre mi persona, pensé, o tú o yo, y levanté el arma y apreté el gatillo. El indio se detuvo en los gritos y la desenfrenada acometida, se llevó las manos al cuello y se desplomó fulminado. Yo me levanté y, lo más rápido que pude, me arrojé bajo las ruedas del carro al tiempo de ver pasar a mi lado los caballos de varios de aquellos energúmenos que vaciaban sus armas sin el menor tino. Luego, tras un último y cerrado intercambio de disparos, no pocos gritos y el acuchillarse de algunos, los indios se retiraron llevándose a sus muertos y algunos caballos y se perdieron lenta y perezosamente en la distancia, y nosotros reanudamos el camino todo lo deprisa que pudimos, pues los indios no atacaban por la noche.
Aquel lance me dio en qué pensar, pues, ¿no era la vez que digo la primera en que mataba a un hombre cara a cara…? Muy distinta había sido mi presencia en anteriores combates, entre los que destacaban los que tuvieron lugar en Ciudad Rodrigo, pero aquella fue una guerra a distancia en la que nunca veías la cara al enemigo y te limitabas a disparar sobre bultos y sombras que no tenían entidad: eran, simplemente, el infiel. Sin embargo, en la ocasión que narro, antes de abandonar precipitadamente el escenario de la batalla me afané en buscar el cadáver de quien había matado, hombre joven que disponía de una larga vida por delante, alguien que sin duda tendría mujer e hijos esperándole…, para encontrarme con un cuerpo desfigurado al que uno de los sargentos que nos acompañaban había arrancado la cabellera, y con ella, la piel de media cara.
–Así no podrá entrar en su Paraíso. ¿No le parece a usted bien? Ellos harían lo mismo con usted. ¿Quiere que le cuente una historia…? –y ante mi indecisión, añadió–. ¿Sabe usted lo que sucedió la pasada primavera en el fuerte Kearney? Pues yo se lo diré: el comandante había llegado con cuatrocientos soldados, pero al cabo de unas semanas sólo le quedaban trescientos… ¿Tampoco oyó hablar de Fetterman? Era un capitán peligroso, uno de esos tipos que creen que lo saben todo. Salió con su compañía a perseguir a un grupo de indios que se pavoneaba en los alrededores del fuerte, y se encontró con una fuerza escondida de varios miles de pieles rojas… La acometida duró escasos minutos y todos fueron masacrados. Luego, durante meses en los que no se les enviaron refuerzos, los que quedaban en el fuerte resistieron como pudieron, faltos de toda comida y la imprescindible agua. Con la llegada de la primavera y la amenaza del ejército de Nube Roja, el comandante, en previsión de un inminente asalto, dio orden de encerrar a las mujeres y los niños en uno de los polvorines, y a un soldado negro el encargo de volar el reducto si los indios se adueñaban del fuerte. Al fin, debido a que los indios se retiraron, no se llevó a cabo semejante estrago, pero todas aquellas personas estuvieron a un paso de la muerte. Otros, sin embargo, no han tenido tanta suerte, y nosotros tampoco la tendremos si no nos vamos pronto de aquí. Apresúrese.