
Pongo hoy una página perteneciente al primer libro (“Edad de las tinieblas“) de los cuatro que Juan Evangelista escribió al final de su vida. En él habla de algo que le sucedió durante los primeros años del siglo XVIII en una venta que había cerca del lugar en que entonces vivía, la sin par cueva de Portugal.
Comer huevos con patatas no es tan fácil, hay que saber hacerlo sin pan. Los huevos con patatas asadas en la brasa…, sí, los huevos con patatas de las tabernas de los caminos que recorren las cercanías del campo de Argañán, llevan pimiento verde y son el complemento perfecto a la mansa tarde, casi al crepúsculo, y al camino de tierra que se pierde en la lejanía. Yo estoy en la puerta del ventorrillo bajo el porche de cañizo, ante una mesa, al otro lado de la frontera, callado y sentado en una silla, y allá, a lo lejos, el sol se hurta tras el horizonte. Sin embargo, cerca, ante mí, hay un humeante plato de loza con huevos y patatas y pimientos asados que la ventera acaba de colocar cuidadosamente. Ahora me trae el pan porque yo se lo he pedido, hoy quiero pan, hoy me apetece, pan negro y blanco, pan de avena y morcajo, y agua, y por el distante camino, más allá de la primera loma, viene un personaje oscuro. Es mi padre, que llega lentamente en un mulo y cansado por mi culpa. Viene solo y triste porque no está mi madre, mi madre se quedó allá atrás, y el niño del bosque también, hace mucho tiempo de esto, y mi padre, el novator, el cuidadoso músico, el titiritero o el buhonero, no lo sé, el fullero o el mago, depende…, llega desde la lejanía envuelto en un capote. Seguramente acaba de desvalijar al siete a algún incauto traficante, ¿quién sabe?, y lo ha hecho en el vecino establecimiento, la venta al otro lado de la raya fronteriza adonde nunca quiere llevarme. No, tú quédate aquí y espérame a que vuelva. El Consejo de Castilla y el Santo Oficio te la tienen jurada, no te olvides de ello. Busca lagartijas para María Asunción, la ventera, nuestra amiga por mor de las circunstancias.
-María Asunción, dime, ¿a ti también te echaron de Castilla?
-No, a mí no. Me fui yo porque me dio la gana, pero este lugar es mejor. El cielo y los caminantes son los mismos pero aquí no nos conoce nadie, ni a ti ni a mí, y los dos tenemos motivos para escondernos. Sin embargo, ¿quién iba a buscarnos en un lugar perdido del Alentejo, tan cerca y tan lejos? Ni aun la Santa Hermandad se atreve a aventurarse por estos pagos dejados de la mano de Dios. Oye, Juan Evangelista, ¿por qué comes tan despacio…? Oye, escúchame, ¿y por qué siempre te lavas?
-María Asunción…, ¿no quieres lagartijas?
-¿Lagartijas…? Sí, pero ahora es tarde y tenemos una comida mejor. Los pimientos asados en las brasas no pueden esperar. ¡Come, Juan Evangelista!
Yo empecé a comer, y mientras lo hacía con cautela y observaba el luminoso atardecer que tanto le gustaba a mi madre, una suerte de agradecimiento hacia quienes me rodeaban me embargó de arriba abajo.
-¡Yo os convidaré a ti y a mi padre a almorzar algún día! ¿Quieres, María Asunción?
-Por supuesto que sí, niño de la cueva, pero ahora…, ¡come y no te preocupes de más!
Cuando llegó el verano y las graníticas peñas que nos aposentaban se llenaron de aquellos pequeños saurios, dediqué una mañana entera a intentar atrapar cuanto animal transitó por las cercanías, y tras haber conseguido llenar un gran zurrón nos dirigimos a la posada. Cuando ella observó el producto de mi cacería, dijo,
-¡Por todos los santos, Juan Evangelista, que despoblarás los contornos de estos animales de Dios!
-No, María Asunción, que las lagartijas se multiplican como los granos de las espigas de nuestros campos. ¡Yo cojo muchas, y todos los años hay más!
-Bueno. ¿Tendremos un perol tan grande en que nos quepan todas?
-Sí, seguro, María Asunción. ¿Te ayudo a pelarlas? -y tras múltiples manipulaciones en que nos acompañaron cebollas y ajos, zanahorias, pimientos y nabos y castañas, productos todos de nuestra huerta, las esencias del aceite y el vino blanco y un enorme caldero de cobre, en la luminosa tarde hicimos una cena con mi caza en cuyo guiso era ella experta, y la comimos con enorme satisfacción y regada de oscuro vino.
Al fin, tras una larga sobremesa iluminada por la luz del ocaso y la de los candiles y hachones de aquella venta, infantilmente sentí saldada una antigua e indefinible deuda con mis antepasados y semejantes.